29 8 de julio #2
—Nunca he estado más cuerdo que ahora, Mitchell.
Te lo aseguro —respondió Robert mientras llevaba la mirilla hacia la cabeza del capitán—.
Alfie tenía razón. Hace más de treinta años me dijo que eras un peligro para el mundo, que serías capaz de matar con tal de salirte con la tuya —espetó Robert.
Las lágrimas comenzaron a caer por su cara mientras sostenía el arma con convicción—.
No lo supe ver entonces, pero ahora sí lo hago. El mundo es mejor sin gente como tú.
—¡No lo hagas, Robert! ¡Tiene que pagar por lo que ha hecho! —exclamó Alfie desde fuera de la casa—. Abre la puerta y lo detendremos, pero, por favor, no hagas ninguna locura.
—Se acabaron las formalidades, Alfie —respondió con voz alta Robert—. Este cabrón tiene que pagar por lo que ha hecho.
En medio del tenso enfrentamiento, Robert agarró el arma aún más fuerte y apuntó con decisión a Mitchell, quien le suplicaba de rodillas en el suelo que no lo hiciera, negando la veracidad de las acusaciones en su contra.
El señor Harris se vio abrumado por el momento y tuvo un instante de dudas, pues, aunque aquel hombre fuera el asesino de su hija, él no era como la persona que tenía delante.
Todo aquel mar de dudas lo aprovechó Matthew para coger un jarrón próximo a él, que se encontraba en una mesita pequeña, para arrojárselo a la cabeza de Robert, lo que hizo que cayera al suelo.
Se puso en pie, cogió la pistola de su excompañero y disparó al generador de electricidad, dejando toda la casa a oscuras.
Después, se deslizó por el pasillo, desapareciendo en la oscuridad.
—¡Robert! —exclamaron los tres policías a la vez.
—¡Robert! ¿Qué ha pasado? —preguntó Alfie mientras daba golpes a la puerta.
El señor Harris recobró el conocimiento después de unos segundos.
Se llevó las manos a la cabeza, la cual sentía dolorida por el impacto de lo que antes había sido un jarrón, pues estaba hecho añicos en el suelo.
Con esfuerzo, se puso de pie luchando contra la sensación de mareo, y se dirigió tambaleante hacia la puerta de la casa.
Al llegar la abrió. Alfie entró veloz como un rayo y lo sostuvo de los hombros.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el sheriff totalmente alarmado—. ¿Te ha disparado?
—No, me ha tirado un jarrón a la cabeza y me ha robado la pistola —respondió Robert llevándose de nuevo la mano hacia el golpe—. Ha disparado contra el cuadro de luces y se ha escondido.
De repente, sonó el estruendo ensordecedor de un disparo que impactó contra el espejo, rompiéndolo en mil pedazos.
La bala rozó ligeramente el hombro de Lucy, que no estaba protegido por el chaleco antibalas.
La joven cayó al suelo, lanzando un grito de dolor.
El estruendo del disparo llenó la habitación, creando un momento de caos y pánico repentino.
Tanto Tom como Alfie fueron a su encuentro alarmados por la herida de bala de su compañera.
—¡Lucy! ¿Estás bien? —exclamó Alfie, con el corazón latiendo fuerte por la inquietud.
—Déjame ver la herida —urgió Tom, preocupado, mientras buscaba el rastro del impacto de la bala.
—Tranquilos… Estoy bien —murmuró Lucy con voz entrecortada, su rostro reflejaba el dolor que atravesaba su cuerpo.
—Tom, lleva a Robert fuera de la casa, por favor. Luego vuelve con cautela —pidió Alfie con firmeza al joven agente.
Tom asintió y se dirigió hacia Robert. Le comunicó el deseo del sheriff de que abandonara el escenario, puesto que, por mucho que hubiera sido jefe de policía en su día, ahora mismo se trataba de un civil.
A pesar de sentirse resignado, Robert aceptó la sugerencia de Tom y ambos salieron cuidadosamente de la casa.
—¡Entrégate ya, Mitchell! ¡Deja de añadir cargos a tu expediente! —gritó Alfie dirigiéndose hacia el capitán, que se encontraba escondido en algún punto de la casa.
Mitchell se mantuvo en silencio. Optó por no pronunciar palabra alguna, y pegó un tiro que pasó rozando la cabeza de Spinster. Ese gesto era una clara advertencia de que podía tomar medidas extremas si fuera necesario.
—Aquí agente Evans, hemos oído disparos. ¿Entramos, sheriff? — dijo una voz a través del walkie-talkie del sheriff.
Alfie observó la escena con preocupación, encontrando a Lucy en el suelo.
Aunque afectada por el dolor, seguía mostrando determinación al sostener el arma, lista para continuar con la misión.
Tom, una vez se hubo asegurado de que Lucy estaba relativamente bien, se puso en posición.
El sheriff dudó un instante, ya que la presencia de la policía en la casa podía acabar con más de una víctima, incluso con Mitchell muerto.
En pocos segundos tuvo que tomar una decisión.
—No, gracias agente Evans. Todo controlado, esperen órdenes. Cambio y corto —respondió Alfie mientras cerraba los ojos por la tensión que sentía en ese momento.
La intensidad y tensión del momento se reflejaba en las miradas compartidas entre Alfie y Lucy.
En los ojos de la joven, Alfie detectó no solo miedo, sino también una determinación palpable por capturar al asesino de Madison.
Por otro lado, miró a Tom y pudo ver reflejada una rabia profunda hacia el capitán por haber herido a su pareja.
Los tres intercambiaron miradas, comunicándose sin necesidad de palabras.
En un gesto de asentimiento, Alfie dio a entender que el momento esperado había llegado; era hora de poner fin a la situación de Matthew Mitchell de una vez por todas.
—Por Madison —dijo el sheriff.
—¡Por Madison! —exclamó al unísono la pareja de agentes.