29 8 de julio
Las calles de Cielo Alto se sumergían en una escena de penumbra en pleno verano.
El sol había caído y el pueblo se veía envuelto en un atardecer prolongado que se extendía como un manto oscuro sobre sus calles.
Entre el silencio que abrazaba al pueblo de Cielo Alto, la llegada discreta de cuatro vehículos de policía irrumpió en la escena.
Los coches, comandados por Alfie, Lucy y Tom, avanzaron con sigilo por las calles adyacentes, sin ninguna luz ni sonido que pudiera llamar la atención.
Los coches se detuvieron a pocos metros de la casa del capitán Mitchell, pero sin estar demasiado cerca para que no pudieran ser vistos.
Los agentes esperaron un tiempo en el interior de los vehículos.
Mientras tanto, en el interior de la casa, Mitchell se mostraba como un buen anfitrión, guiando a Robert con entusiasmo por los distintos espacios de su habitáculo.
Mostró cada rincón con detalle, enseñando fotos y recuerdos de su vida angelina.
Anduvieron por la casa hasta que llegaron frente a una puerta que parecía una especie de despensa.
—Te enseñaría su interior, pero tendría que matarte — dijo Mitchell soltando una sonora carcajada—. No, lo que pasa es que la despensa está hecha unos zorros y quiero que tengas una buena imagen de mí.
Robert forzó una carcajada para que Matthew no notara la hostilidad que sentía en todo momento por él y después siguió al anfitrión hasta la cocina.
—¿Café? —preguntó Mitchell mientras cogía una taza—. Lo compré en un viaje a Colombia.
—Mismamente —respondió Robert mientras miraba el reloj, nervioso—. No tardaré en irme de todas formas, Matthew. Tengo a Maggie sola en casa y ya sabes el estado en el que está.
—No te preocupes, un café rápido por los viejos tiempos —dijo Mitchell mientras asentía con una sonrisa.
El capitán se dirigió a uno de los armarios, lo abrió y sacó un tarro con lo que parecía café en su interior. Abrió el recipiente, vertió un par de cucharadas en la taza de Robert y revolvió con ganas. Tras ello, guardó el café en su sitio y llevó las dos tazas a la mesa.
—¿Tú no tomas? —preguntó Robert, echando un vistazo a la taza de Mitchell.
—Si tomo un sorbo de eso no pego ojo en toda la noche —respondió el capitán entre risas—. Ya verás qué buen sabor.
Robert miró la taza mientras revolvía el interior con calma, pensando en que le parecía extraña aquella situación.
—¿Sabes de qué me acordé ayer, Rob? De mi último día como agente de policía en Cielo Alto… ¡Qué tiempos! — exclamó Mitchell mientras daba un sorbo a su taza de leche.
—Fue hace mucho, la verdad —respondió Robert, un poco tenso por recordar aquella escena.
—Me fui de la comisaría queriendo mataros a todos, pero ya ves, treinta y cinco años después te tengo que dar las gracias por aquello —Mitchell miró a los ojos a Robert—. Así que, ¡gracias, tío!
—No hay de qué —respondió Robert—. En aquel momento creí que era lo que debía hacer, ya sabes. Ahora eres capitán —Robert inhaló aire con fuerza—. Tienes que tomar decisiones, te guste o no.
—Es así, Robert. Y no te culpo —respondió Mitchell. Después miró a la taza—. ¿No te tomas el café?
—Tengo cerrado el estómago, Matthew —respondió Robert, diciendo lo primero que se le vino a la mente—. Ya sabes… Hace días que nada es normal en nuestras vidas.
—Lo entiendo, amigo, sé por lo que estáis pasando — dijo Mitchell poniendo un gesto solemne en su rostro—. A mí también me ha afectado mucho.
Robert respiró profundamente. Su gesto de cerrar los ojos mientras inhalaba aire revelaba una reacción interna contenida.
Las palabras de Mitchell parecían haber sido un detonante para una ira que crecía en su interior, suscitando una mezcla de frustración y disgusto por la hipocresía y mezquindad en las palabras de su anfitrión.
A pocos metros, fuera de la casa, Lucy y Alfie por delante, seguidos del agente McKay, se concentraban para actuar. En medio de la tranquilidad de la noche, la decisión se reflejaba en sus rostros mientras intercambiaban miradas de seguridad .
—Es el momento, Lucy —dijo Alfie con cierto nerviosismo—. No te expongas mucho, tu vida y la de Tom son más válidas que la mía, así que no hagáis tonterías.
—Tu vida vale igual que la nuestra, Alfie. No digas eso, por favor —respondió Lucy, regañando a su superior por las palabras.
—Soy mayor, tengo mi vida hecha y Robert igual.
De hecho, él es más inestable, porque tiene una razón para matarlo —afirmó Alfie.
Respiró hondo y miró a Lucy—. Tú eres joven, tienes un gran futuro por delante, tanto en el cuerpo de policía como con este mozo de aquí atrás.
Así que, por favor, si las cosas se ponen feas, salid los dos de la casa.
—Alfie…
—Ni Alfie, ni nada, Lucy —respondió el sheriff al instante—. Tengo demasiados años y mucha experiencia en el cuerpo como para haber visto de todo. No tengo ganas de ninguna atrocidad más, y menos con alguien a la que considero mi hija.
El impacto emocional de las palabras resonó profundamente en Lucy, cuyos ojos se humedecieron de manera repentina.
A pesar de la concentración previa a la misión que tenían, las palabras generaron una emoción incontenible en ella, por lo que se movió impulsada por sus sentimientos y abrazó a Alfie con sinceridad y afecto.
Alfie, sorprendido pero receptivo, aceptó el abrazo con calidez.
Tras varios segundos se separaron, y Lucy se secó las lágrimas para después dedicarle otra mirada de cariño.
—Vamos a entrar ahí y vamos a detener a Mitchell — dijo Lucy con decisión—. Y cuando esté entre rejas pagando todo lo que ha hecho, vamos a ir tú y yo al cementerio a despedir a Madison como se merece. ¿Entendido?
Alfie, con una sonrisa que reflejaba complicidad, dejó escapar una tímida risa, mostrando una faceta más relajada y cercana de su personalidad. Con ternura, llevó su mano hacia el rostro de Lucy, acariciándolo con cariño y aprecio.
—Gracias, Lucy —dijo Alfie con gesto de gratitud—. Lo detendremos e iremos al cementerio a ofrecer a la pequeña Madison una paz eterna.
Alfie, Lucy y Tom intercambiaron un gesto que denotaba entendimiento mutuo, marcando así el inicio de la siguiente fase de su misión.
Tras ajustarse el chaleco antibalas, Alfie se encaminó hacia los otros vehículos donde se encontraban sus compañeros y les transmitió un mensaje claro y conciso, instándolos a mantenerse alerta por si llegaba el momento de intervenir.
Una vez se hubo asegurado de que el mensaje había sido comprendido, se reunió de nuevo con Lucy y Tom para avanzar juntos hacia la puerta de la casa con cautela y sigilo.
Dentro de la vivienda, Mitchell había comenzado a hablar sobre el caso de Madison y estaba compartiendo detalles con Robert, haciéndole ver que el sheriff Spinster era el culpable del asesinato de su hija.
Sin embargo, la atención del señor Harris se desviaba constantemente hacia el reloj que tenía frente a él con una notoria impaciencia.
—Pero bueno, gracias a Dios está pagando por lo que hizo y…
De pronto, tres sonoros golpes en la puerta interrumpieron la conversación entre los dos hombres. Mitchell y el señor Harris intercambiaron miradas, ambos desconcertados por una visita inesperada .
—¿Esperas a alguien? —preguntó Robert, mirando hacia la puerta.
Mitchell negó y se puso en pie. En lo que hacía esa acción, sonó el segundo conjunto de golpes, más fuertes y enérgicos que los primeros.
El capitán se dirigió hacia la puerta titubeando y preguntándose quién podría estar llamando así de fuerte a esas horas.
El momento tenso alcanzó su punto máximo cuando Mitchell estaba a punto de llegar a la entrada.
Los golpes resonaron una vez más, esta vez con una fuerza todavía más notable, resonando por toda la casa.
—¡Sé que estás ahí, Mitchell! —exclamó una voz desde fuera.
El reconocimiento instantáneo de la voz de Alfie dejó a Mitchell atónito y desconcertado. La sorpresa se reflejaba en su cara, mientras intentaba procesar la improbabilidad de escuchar la voz de alguien que, según sus cuentas, debía estar en el calabozo de la comisaría de Cielo Alto.
—¡Abre ahora mismo! —repitió Alfie golpeando de nuevo la puerta—. Creo que ya va siendo hora de que pagues por todo lo que has hecho.
—¿Qué diablos haces fuera de tu celda, Spinster? — gritó Mitchell a la puerta—. ¿Desde cuándo es el asesino el que detiene al policía?
—¡Nadie se cree tu historia, Mitchell! ¡Ni siquiera el huésped que tienes ahora mismo en tu casa! —gritó Alfie—. Haz el favor de abrir y entregarte. No lo ponga más difícil, como siempre.
De pronto, Matthew recordó que Robert estaba en su cocina y que podía estar escuchando todo, por lo que decidió ignorar a Alfie.
Sin embargo, antes de poder reaccionar, el sonido inconfundible de un arma siendo cargada resonó tras él.
Mitchell se giró poco a poco y se encontró cara a cara con Robert a escasos metros, quien lo apuntaba directamente con un arma. Reflejaba una mirada firme y decidida.
—¿Cómo eres capaz siquiera de mirarme a la cara, Matthew? —preguntó Robert, temblando de ira y apuntando a Mitchell con una pistola.
—Robert, ¿qué haces? —preguntó Mitchell con suavidad—. No hagas caso a Spinster, lleva muchos días encerrado y es inestable.
—¡Cállate la puta boca! —exclamó el señor Harris acercándose un poco más hacia el capitán—. No es que me lo crea, es que he escuchado audios, he visto vídeos y he escuchado testimonios de cómo has drogado, violado y matado a mi hija, cabrón, hijo de puta.
—Robert. Vamos a hablar, ¿quieres? —pidió Mitchell con voz temblorosa—. No estás en tus cabales.