¿Quién mató a Madison Harris? 28 25 de agosto de 1987
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28 25 de agosto de 1987

La tarde se deslizaba con la parsimonia propia de un día veraniego en la comisaría.

El aire se llenaba con el suave tintineo de las máquinas de escribir, el rasgueo intermitente de los lápices sobre el papel y el ocasional murmullo de conversaciones entre los trabajadores.

Los agentes, sumidos en sus quehaceres rutinarios, parecían trabajar tranquilamente en un ambiente plácido.

Sin embargo, la tranquilidad se vio repentinamente interrumpida por un sonido estridente, un portazo que resonó por los pasillos de la comisaría.

El ruido obligó a los presentes a girarse; todos pudieron observar a un desaliñado Mitchell entrando a paso ligero por la puerta.

Las miradas se encontraron entre los colegas mientras la incertidumbre se apoderaba del ambiente.

El agente Mitchell se movió con decisión entre los escritorios, sorteando los espacios reducidos de la comisaría.

Su semblante se hallaba adornado con una expresión de furia contenida, los músculos de su mandíbula tensos y sus cejas fruncidas como de costumbre, solo que esta vez con un toque más de frustración.

Al alcanzar el escritorio donde Alfie se encontraba haciendo sus labores, se detuvo de golpe y plantó sus manos con fuerza sobre la superficie del mueble, mirándolo totalmente airado.

—¡¿Cómo se puede ser tan hijo de puta?! —exclamó Mitchell a viva voz, haciendo que, ahora sí, toda la comisaría se diera la vuelta para mirar la escena—. ¡Te consideraba mi amigo! ¡Mi hermano!

A pesar del ímpetu y la furia palpable de Matthew, Alfie permaneció inmóvil, como si la presencia enfurecida de su compañero a su lado fuera simplemente una brisa pasajera.

Sin dignarse a dirigir siquiera una mirada al rostro crispado de Mitchell, Alfie continuó con sus tareas con una serenidad exasperante.

Los murmullos comenzaron a elevarse en la sala y las miradas furtivas revelaban la intriga que aquella situación imponía en el ambiente.

—¿No piensas decir nada, rata asquerosa? —preguntó Mitchell agobiado por la indiferencia de Alfie y más furioso cada vez.

La tensión en la sala se hacía palpable, como si estuvieran al borde de un colapso.

Las miradas se desviaban entre ambos hombres, esperando una explosión inminente que parecía anhelada por algunos y temida por otros.

Por fin, tras varios segundos de pasotismo por parte de Alfie, dirigió su mirada a los ojos de Mitchell.

—¿Tú y yo hermanos? Llevamos semanas sin hablarnos —respondió Alfie sin ganas de mantener aquella conversación.

—¿Y eso te da derecho a follarte a mi novia, Alfie? — preguntó Mitchell fuera de sí mientras pegaba un puñetazo al escritorio.

Tras la acusación, un murmullo nervioso se propagó rápidamente por la sala. Alfie se vio obligado a levantarse al percibir el creciente alboroto. Lanzó una mirada fugaz hacia los presentes, detectando una expectación general.

—Las cosas no son como tú crees, Matthew — respondió Alfie, con tono bastante nervioso—. En cualquier caso, las explicaciones te las tiene que dar Emily. A mí déjame en paz.

Sin pasar prácticamente ni un segundo, la furia de Mitchell alcanzó un punto álgido, de modo que, sin titubear, rodeó la mesa de Alfie y agarró a este por la pechera, acercando sus rostros en un enfrentamiento tenso.

—¡Te voy a arrancar la cabeza! —dijo Matthew furioso con su compañero—. Lo vas a pagar caro.

—¡Qué cojones haces! ¡Suéltame, loco de mierda! — exclamó Alfie mientras trataba de zafarse de los brazos de Mitchell.

Alfie consiguió liberarse tras dar un brusco empujón a Mitchell, que salió disparado varios metros hacia atrás.

Antes de que pudiera tomar algo de aliento, y sin darle tiempo a reaccionar, Mitchell descargó un puñetazo contundente en la cara de Alfie, haciendo que el policía cayera al suelo acompañado de un fuerte sonido.

Un hilo de sangre comenzó a fluir desde la nariz de Alfie.

—¿Estás loco o qué te pasa? —preguntó Alfie desde el suelo, llevándose la mano a la nariz para ver si estaba sangrando.

—Te voy a matar —respondió Mitchell mientras se remangaba lentamente la camisa.

—No es mi culpa si me quiere más a mí que a ti —dijo Alfie, con la mano aún en la nariz—. Eres un enfermo mental. ¿Cómo esperas que Emily te quiera? Bueno ni Emily ni ninguna. Eres incapaz de tratar a una mujer como hay que hacerlo, y luego te sorprendes de que todas te odien.

Mitchell rio irónicamente. Tras pocos segundos, el agente sacó una pistola y apuntó directamente a la cabeza de Alfie, que seguía en el suelo con la mano en la nariz.

El silencio se tornó ensordecedor mientras todos quedaban petrificados ante aquella peligrosa escena.

En ese preciso instante, Robert salió de su despacho y vio de lleno el espectáculo.

Descendió rápidamente las escaleras y entró en el vestíbulo.

—¿Qué haces, Mitchell? ¿Te has vuelto loco? ¡Baja el arma ahora mismo! —exclamó Robert justo cuando llegaba a la zona.

Mitchell, sin pronunciar palabra alguna, mantuvo su mirada fija llena de odio, sosteniendo la pistola con una determinación helada, todavía apuntando directamente a Alfie.

—¡Es una orden! —exclamó Robert. Tras ello, sacó su arma y apuntó a Mitchell—. ¡Suelta el arma! ¡Ahora!

Mitchell, al verse sin opción alguna en ese momento, bajó el arma, retirando la mirada cargada de odio que sostenía contra Spinster. Con un gesto decidido, pasó la pistola a Robert, quien la recibió con una brusquedad evidente.

—¡Ven ahora mismo a mi despacho! —exclamó Robert—. Vamos a hablar tú y yo largo y tendido.

Mitchell asintió en señal de sumisión y, con una última mirada llena de odio dirigida a Alfie, que aún permanecía en el suelo totalmente conmocionado, se encaminó hacia el despacho de su jefe.

Con pasos decididos, se perdió por la escalera que llevaba al lugar.

Mientras tanto, Robert colocó el arma de Mitchell en un cajón de su despacho y volvió a salir para aproximarse a Alfie.

Con gesto compasivo, le tendió su mano, ofreciéndole ayuda para levantarse del suelo.

—¿Qué rayos ha pasado? —preguntó Robert sin entender nada—. ¿Pero vosotros no eráis amigos?

La falta de respuesta por parte de Alfie evidenciaba el impacto emocional que la situación había tenido en él.

Mientras el policía permanecía con la mirada perdida, Robert, visiblemente consternado por la situación, se retiró hacia su despacho entre murmullos y negaciones con la cabeza, manifestando así su preocupación y decepción por lo ocurrido.

Al llegar a la sala, vio a Mitchell esperándolo.

Le echó una mirada de desaprobación y lo invitó a pasar tras él.

—Siéntate —pidió Robert mientras él hacía lo propio en su sillón—. Tienes un grave problema de control y una actitud de mierda, Matthew.

—¿Tendré yo la culpa encima? Me ha traicionado, Robert —dijo Mitchell con claro tono de defensa.

Robert seguía sumido en la preocupación por lo acontecido.

Decidió levantarse del asiento, mientras negaba una vez más con la cabeza.

Era evidente que reconocía las habilidades y la valía de Mitchell como agente, pero al mismo tiempo comprendía que su comportamiento no podía ser tolerado.

Después de observar por la ventana durante unos instantes, sumido en sus propios pensamientos, Robert regresó a su asiento con un gesto reflexivo.

—Mira, Matthew, sé que eres un gran policía, a la vista está. Llevas tiempo en esta comisaría y todo ha ido sobre ruedas — dijo Robert sin quitar la mirada ni un instante de los ojos de Mitchell—. Pero esto no puede seguir así.

—¿Seguir así? —respondió Mitchell lanzando una sonrisa irónica—. ¿Seguir así qué? No hay un policía mejor que yo en todo Cielo Alto, y lo peor es que tú lo sabes.

—Me da igual lo que me digas, Matthew. La decisión está tomada.

La mirada de Mitchell se posó lentamente en el rostro preocupado de Robert, intentando descifrar el significado de aquellas palabras.

—¿Qué decisión? —preguntó Mitchell mirando con recelo a su superior.

—Te vas a Los Ángeles. Llevaba días pensando en si hacerlo o no, pero esta escena que has protagonizado hoy en la comisaría me ha dado el último empujón.

—Me niego —dijo Mitchell levantándose instintivamente de la silla—. Me quedo aquí.

—No es algo en lo que puedas tener voz y voto, Matthew —explicó Robert con calma, para no poner más nervioso al policía—. Llevo con la petición de traslado más de dos meses, sopesando si aceptarla o no. Pero me lo has puesto fácil. Recoge todas tus cosas porque hoy es tu último día aquí.

El agitado estado emocional de Mitchell se hizo evidente cuando se llevó las manos a la cabeza y comenzó a pasear nerviosamente por la sala. Mientras tanto, Robert observaba la desesperación del joven agente, sin intención de cambiar su decisión.

Después de unos instantes de lamento, Mitchell se dirigió hacia la puerta, la abrió y volvió su mirada hacia Robert.

—¡Te juro que esta me la pagas, Harris! —gritó Matthew lanzando la misma mirada de odio que a Alfie minutos atrás.

Robert no volvió a responder y Mitchell, tras dar un sonoro portazo, bajó por las escaleras, entró en el vestíbulo y se dirigió hacia sus ya excompañeros con un tono amenazante.

—Aquí os quedáis, pandilla de fracasados.

Tras ello, se volvió a dirigir al escritorio de Alfie, el cual ya se había recuperado del golpe y estaba sentado en su sillón.

—Esto no acaba aquí, Spinster. Nos volveremos a encontrar en el camino.

Matthew se dio la vuelta y lanzó una última mirada de desprecio dirigida a la comisaría.

Después, se alejó con paso decidido y desapareció por la puerta.

Tras varios minutos de murmullos y cotilleos, el sonido del teléfono de la mesa de Alfie resonó por toda la sala, haciendo que de nuevo todas las miradas se clavaran en él.

—¿Quién es? —respondió Alfie, nervioso—. Perfecto, ahora mismo voy.

Alfie colgó el teléfono y se puso de pie.

Decidido, y ante la atenta mirada de sus compañeros, avanzó hacia la escalera y la subió con paso firme.

Al llegar al piso superior, cruzó el umbral del despacho de Robert y cerró la puerta tras de sí.

Una vez dentro, avanzó unos cuantos pasos y se sentó en la silla frente al escritorio de su superior.

—¿Qué ha pasado, Alfie? —preguntó Robert, con un tono más calmado y relajado que anteriormente.

—Estaba trabajando en mi mesa, y de pronto entró como un loco… se puso a gritarme y a pegarme —respondió Alfie con firmeza.

—Pero… ¿por qué? —insistió Robert, que quería entender por qué dos personas que tenían una gran amistad habían terminado así.

Alfie comenzó a relatar la historia del enfado entre ambos amigos, detallando los eventos y las razones que lo habían llevado a aquel desenlace.

Mientras exponía su versión de los hechos, la expresión de sorpresa en el rostro de Robert se hizo evidente, mostrando gestos de incredulidad y asombro conforme Alfie desarrollaba la historia.

—No puede ser que una mujer sea la causa del final de una relación de amistad, Alfie. Y no me vale el «yo la vi primero» —dijo Robert pausadamente, intentando dar su opinión con cordura.

—No es solo eso, Robert. Está loco y es un peligro para el mundo —respondió Alfie mientras apretaba el puño—. Trata muy mal a las mujeres. Precisamente el día que conocimos a Emily no sabes la vergüenza que me hizo pasar.

—¿Un peligro por qué? —preguntó Robert, extrañado.

—Te digo de verdad, con la mano en el corazón, que creo que este hombre es capaz de matar a alguien con tal de salirse con la suya —dijo Alfie vertiendo una acusación muy grave hacia Mitchell—. El tiempo me dará la razón.

Robert negó con la cabeza mientras suspiraba profundamente.

—El caso es que ya no habrá más problemas.

Lo he destinado a Los Ángeles, creo que un cambio de aires le vendrá bien —explicó Robert—.

Y ya de paso nos da aire a los demás —añadió dirigiendo la mirada a la nariz de Alfie, que estaba hinchada y con rastros de sangre seca—. Cuídate eso, Alfie. Puedes marcharte.

Alfie se puso en pie agradecido, mostrando una sonrisa y asintiendo en señal de gratitud hacia Robert por escuchar su versión.

Tras ello, se despidió de manera cortés y salió del despacho.

Una vez Alfie hubo abandonado la sala, Robert quedó sumido en sus pensamientos, reflexionando con preocupación sobre las palabras que había escuchado y la opinión que Alfie le había compartido acerca de Mitchell.

Robert se levantó, volvió a mirar por la ventana y decidió despreocuparse.

Al fin y al cabo, en su opinión, Matthew Mitchell era un gran policía y no sería capaz de hacer algo así.