¿Quién mató a Madison Harris? 27 8 de julio #2
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27 8 de julio #2

Robert escuchaba con concentración la historia de Noah.

Sus ojos estaban fijos en el joven, intentando procesar toda la información.

Maggie, por otro lado, escuchaba la narración con una expresión de sufrimiento en su rostro, con el corazón apretado por todo lo que estaba proyectando en su mente.

Su mirada estaba en el joven, pero su cabeza recorría los recuerdos de su hija Madison al ser nombrada tantas veces.

—Al final me cansé y me fui, y no sabéis lo que me arrepiento…

—dijo Noah volviendo a cerrar los ojos y respirando profundamente—.

Cuando me iba, me fijé en unas luces que provenían del otro lado de la carretera, así que frené, pensando que sería el taxi.

Pero no, era un coche gris. Volví por la carretera, aparqué el vehículo en un camino vecinal, ocultándolo.

Me escondí detrás de unos arbustos. Vi que Matthew Mitchell bajaba del coche y se dirigía a Madison, por lo que me fui de allí.

Yo ya había hecho muchas cosas mal esa noche y no quería acabar en comisaría. Lo demás ya lo conocéis.

—¿Insinúas que el capitán Matthew Mitchell asesinó a Madison? —preguntó Lucy, intuyendo la respuesta.

—No lo insinúo, lo afirmo —respondió Noah tajante. Después, dirigió la mirada a Robert—. Sé que es tu amigo y colega de la policía de toda la vida, pero te lo juro por lo más sagrado que fue él.

—¿Cómo estás tan seguro? —preguntó Robert, ya sin sorprenderle lo más mínimo cualquier noticia que apareciera de Mitchell.

Noah calló y Lucy, que era muy perspicaz, notó un semblante diferente en la cara del joven.

—¿Por qué no nos has contado nada antes, Noah? — preguntó Lucy indagando aún más en el interior de Noah.

Noah dirigió una mirada de temor a la joven policía.

—El día que fui a la comisaría y estuve hablando con la psicóloga, Mitchell me visitó por la tarde —explicó Noah, mientras comenzaba a temblar—.

Yo sabía que había sido él, porque lo vi en el bosque, pero él no se había percatado de mí.

Me dijo que fuera esa misma tarde a Los Ángeles, que quería hablar conmigo.

Fui hasta allí y entré en una habitación.

Estaba grabando en vídeo toda la conversación, no tengo ni idea de para qué.

Allí, me preguntó si yo sabía algo —Noah respiró de nuevo y tragó saliva—.

Le dije que nada, pero él no me creía. Entonces, después de un encuentro poco agradable, me pegó y apagó la cámara.

Ahí fue mi oportunidad y le dije que sabía que había sido él.

Su cara fue un poema, por lo que deduje que estaba en lo cierto.

Me amenazó diciendo que si contaba algo se encargaría personalmente de joderme la vida.

Palabras textuales. Por último, le dije que me daba igual, que yo ya estaba muerto.

—¿Y qué te respondió? —preguntó Lucy aprovechando un momento de silencio en el que Noah se estaba sonando los mocos.

—Me contestó que yo sí, pero que sabía perfectamente la vida de mis padres, abuelos y amigos — afirmó. Noah dirigió la mirada a Keira—. Me dijo que iría a por ti también.

Keira negaba con la cabeza mientras escuchaba la historia. Lucy y Tom se miraron resignados.

—Qué hijo de puta —murmuró Tom, bastante más alto de lo que hubiera querido.

—Estaba condenado, y si hablaba estaba condenando a Keira, a mis padres y a mis amigos.

Y sabiendo cómo es estoy seguro de que lo habría hecho.

Por eso no he dicho nada, ni cuando fui a la comisaría las dos veces, ni el otro día cuando hablé contigo en el funeral.

Porque no podía vivir pensando en que la gente a la que quiero pudiera sufrir el mismo destino que Madison.

Cuando Noah terminó su relato, en la sala se percibía una atmósfera cargada de emociones encontradas.

Tom miraba al chico con una expresión de preocupación.

Lucy, por su parte, alternaba la mirada entre Noah y Robert, mientras intentaba asimilar las palabras del joven.

Robert estaba sentado con una calma tensa, rara en él, puesto que acababa de enterarse de quién era el asesino de su hija.

Maggie, en cambio, tenía los ojos llenos de lágrimas y una expresión de profundo sufrimiento en su cara.

No podía evitar pensar en su hija Madison y en todo lo que había sucedido.

—¿Y ahora qué se supone que debo hacer? — preguntó Robert resignado—. ¿Tengo que esperar a que actuéis? ¿O me puedo presentar en la comisaría y arrancar la cabeza a ese hijo de puta?

—Robert, sé que es difícil, pero te pido un poco de cabeza en esta situación —contestó Lucy—. Tienes que ir a la comisaría, pero a hablar con Alfie. Cuéntale todo e idead un plan. Nosotros iremos contigo y buscaremos la forma de detenerlo.

—Yo no quiero detenerlo —respondió Robert lleno de ira—. Lo que quiero es matarlo a golpes.

—Robert, por favor… —insistió Lucy—. Vamos a comisaría. Keira, tú quédate aquí y cuida de Noah. Te necesita mucho.

—Yo también quiero ir —respondió Noah—. No podéis dejarme aquí sin saber qué está pasando.

—Eres un civil, Noah. ¡No puedes venir! —exclamó Lucy dando el tema por zanjado. Mirando a Keira añadió—: Quédate con él aquí. Mandaré una patrulla por si acaso.

Keira asintió en señal de agradecimiento.

Lucy y Tom se pusieron de pie, seguidos por Robert y Maggie, indicando que estaban listos para marcharse.

La conversación con Noah había sido intensa y cada uno necesitaba su momento para procesar todo.

Se dirigieron hacia la puerta, y se montaron en sus respectivos coches.

Lucy y Tom se encaminaron a la comisaría mientras que Robert lo hizo hacia su casa para dejar a Maggie.

Tras ello, acudiría a la comisaría para hacer lo que le habían aconsejado los policías.

El atardecer estaba a punto de llegar a su fin, con el sol descendiendo en el horizonte, aunque aún dejaba tras de sí una suave luz dorada que bañaba el paisaje.

Era un atardecer veraniego, por lo que todavía había bastante luz por las calles de Cielo Alto.

El coche de Robert finalmente llegó a la comisaría y aparcó frente a ella.

Tras un suspiro, el señor Harris se bajó del vehículo y se dirigió a la entrada principal.

Justo cuando estaba a punto de empujar la puerta, se encontró con la figura del capitán Mitchell, que abandonaba el lugar para volver a casa. Este mostró sorpresa al verlo por allí.

—¿Robert? ¿Qué haces aquí? —preguntó el capitán, extrañado.

—Quería ver a Alfie de nuevo —respondió con seriedad Robert. Encontrarse de frente con el asesino de su hija estaba siendo muy complicado—. Maggie y yo no conseguimos descansar, y quiero saber más.

—Spinster no merece la pena, Robert. Se va a pudrir en la cárcel, no te preocupes —respondió Mitchell mientras propinaba un suave toque en la espalda de su exjefe—. Oye, vente a casa. Tomemos algo.

—No estoy ahora para esto, Matthew, de verdad — respondió Robert tajante, con ganas de perder de vista a Mitchell.

—Venga, ¡vamos! Tenemos que ponernos al día — resolvió Matthew. Después se dirigió al coche y abrió la puerta para ofrecer asiento a Robert.

El señor Harris dudó. Evidentemente no tenía ninguna gana de ir, pero pensándolo bien era una forma de mantener a Matthew despistado mientras Lucy y Tom trabajaban en la comisaría.

—Está bien —cedió Robert—. Pero una copa, que estoy mayor.

Mitchell rio con desdén, esperó a que Robert entrara y cerró la puerta tras él.

Luego, subió a su coche y arrancó. Esta escena no pasó desapercibida para Lucy, quien la observó desde la ventana de la comisaría.

Comprendiendo que era el momento adecuado, fue en busca de Tom, y juntos se dirigieron al despacho de Matthew.

—Está cerrado —dijo Lucy—. ¡Mierda! —propinó un golpe a la puerta y respiró mientras posaba una mano en su frente .

Tom la besó con pasión, sus manos acariciaron su rostro y logró que Lucy momentáneamente olvidara todos sus problemas.

Luego, con una sonrisa traviesa, la apartó suavemente unos pasos, tomó impulso y chocó contra la puerta, que se abrió de par en par debido a la fuerza del agente.

Lucy, sonrojada, respondió a su novio con otro beso con pasión y, juntos, entraron al despacho.

—Buscamos la llave de la celda de Alfie —explicó Lucy—. Apostaría a que la guarda aquí.

La pareja rastreó cada rincón del despacho con minucia.

Inspeccionaron los armarios, rebuscaron entre los papeles amontonados en la mesa, y revisaron todos los cajones en busca de las llaves.

Después de varios minutos de búsqueda exhaustiva, cuando ya empezaban a dudar de la presencia de la llave en aquella sala, Tom se percató de un detalle que escapó a sus ojos al principio.

Con cuidado, levantó un cuadro que colgaba en la pared, y allí, oculta a la vista de cualquiera, descubrió una pequeña llave.

—Se te da genial encontrar cosas, ¿eh? —exclamó Lucy llena de júbilo por el hallazgo de su pareja.

—Qué voy a decir… muchos pasatiempos en mi infancia —bromeó Tom.

Tom y Lucy, aprovechando la falta de vigilancia en la puerta de los calabozos, bajaron rápidamente por las escaleras.

Cuando llegaron a la celda de Alfie, encontraron al sheriff en un lamentable estado.

Estaba vestido con una camiseta interior amarillenta y su cabello estaba completamente despeinado.

Su semblante denotaba agotamiento y preocupación, pero se iluminó al ver a sus amigos.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Alfie con tono de sorpresa.

Sin mediar palabra, Lucy sacó la llave y se llevó una alegría al ver que, efectivamente, la llave encajaba y abría la celda de Alfie. Todo esto ocurrió ante la cara de incredulidad del sheriff, que no entendía absolutamente nada.

—¡Eres libre, Alfie! —exclamó Lucy mientras se lanzaba a sus brazos para darle un profundo abrazo.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy libre? —preguntó Alfie, aún sin comprender lo que estaba pasando.