¿Quién mató a Madison Harris? 27 8 de julio
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27 8 de julio

Noah se encontraba de pie en medio de la habitación, con la mirada baja y una expresión de desasosiego en su rostro, ya que Robert lo tenía agarrado de la pechera de su camisa en un intento desesperado de obtener respuestas.

Keira, la amiga de Noah, intentó separarlos, colocándose entre los dos hombres para calmar la tensión.

Maggie, por su parte, también se unió al forcejeo, instando a su esposo a que dejara de agarrar al chico para que hablaran todos como personas adultas y racionales.

Finalmente, Robert lo soltó, y este comenzó a sollozar, abrumado por la situación.

Keira, con un gesto de compasión en su rostro, sugirió a Robert y a Maggie que la acompañaran a la cocina para conversar más tranquilamente, y de paso dejar que Noah se calmara.

El grupo de tres se dirigió hacia la cocina mientras el joven se quedaba en el salón sentado en su butaca negando con la cabeza.

—Noah lo ha pasado muy mal. De hecho, lo está pasando fatal y lo último que necesita es que vengas a zarandearlo como si fuera un perro —recriminó Keira con seriedad—. Sé que todos estáis de los nervios, pero, por favor, un poco de cabeza.

—Él lo está pasando mal. ¿Y nosotros no? —se defendió Robert sin dar su brazo a torcer.

—Mira, Robert, ¿puedo serte sincera? —preguntó Keira retando al suegro de Noah con la mirada—. Madison me caía fatal. Evidentemente no se merecía esto, pero ha estado todo el mes haciendo tonterías típicas de niñata de dieciséis años… teniendo veintinueve.

La cara de Robert se transformó en una mezcla de incredulidad e ira mientras la joven decía aquellas palabras.

Maggie, viendo la tensión que se sentía en aquella sala, tomó la mano de Robert y lo instó a escuchar lo que Keira tenía que decir, cerrando los ojos como señal para que permaneciera en silencio.

Con una respiración profunda, volvió a dirigir la mirada a la joven.

—Noah sabe cosas. Muchas cosas —siguió diciendo Keira—. De hecho, sabe demasiadas, por eso mismo tiene muchísimo miedo.

—¿Qué sabe? —preguntó Robert impotente por querer respuestas.

—No me corresponde a mí contarlo, Robert — respondió Keira agachando la mirada—. Solo digo que llevo días tratando de que hable, de que le eche valor. Apoyándolo a diario para que se sepa la verdad.

Robert, al calmarse y darse cuenta de que la situación requería una conversación más tranquila, miró a su esposa y sugirió que volvieran al salón para tratar de hablar con Noah con calma y sosiego.

Maggie asintió, y a Keira le pareció buena idea, por lo que salieron de la cocina en dirección al salón.

Los tres avanzaron por el largo pasillo hasta el cuarto de estar, y lo que encontraron allí los dejó helados.

Noah estaba de pie, temblando, con un arma en la mano apuntándose a la cabeza.

El joven dirigió la mirada hacia ellos, en la cual podía verse todo el temor que lo acechaba.

Keira, con las manos levantadas, avanzó hacia su amigo lentamente.

—Noah, te lo suplico, no hagas ninguna locura —pidió la chica con la voz totalmente quebrada.

—No valgo para nada, Keira —respondió Noah sin mover el arma ni un milímetro—. El mundo está mejor sin mí.

Keira siguió avanzando lentamente, pero Robert la agarró del brazo y le hizo un gesto con la cabeza para que retrocediera. Su dilatada experiencia policial lo había preparado también para momentos como este.

—Noah, sé que he sido muy duro contigo, probablemente demasiado, y sin ninguna razón —dijo Robert mientras levantaba las palmas de la mano como Keira—.

Pero Madison se ha ido, es una realidad.

Y sé que tú tienes la clave de todo esto.

Yo también sé todo lo que ha hecho ese hijo de puta, pero necesito que me cuentes lo que sabes.

Nadie nos va a traer de vuelta a nuestra querida Madison, pero sí podemos hacer justicia para que descanse en paz.

El joven dudó. Las palabras de Robert y su actitud calmada le hicieron reconsiderar su posición.

La idea de confesar todo para liberarse de esa carga comenzó a parecerle una opción más plausible.

Noah fue bajando el arma poco a poco, lleno de dudas y miedos.

Su cabeza funcionaba rápidamente. Después de unos largos segundos de indecisión, volvió a colocarla en su sien con firmeza.

—Noah, por favor… —suplicó Keira de nuevo, con la cara llena de lágrimas—. Hemos trabajado mucho, no lo hagas.

De pronto, Maggie apartó suavemente a su marido y dio un paso hacia Noah, mirándolo con dulzura y comprensión.

—A Madison no le gustaría verte así, querido —dijo la señora Harris con voz suave—.

La vida me ha quitado a lo que más quería, y sé que a ti también.

Sabes que siempre te he abierto las puertas de mi casa y te he recibido con una sonrisa en el rostro, con los brazos abiertos.

En tus ojos veo que eres una persona maravillosa.

Por eso te pido que bajes el arma, Noah.

Ya hemos sufrido todos demasiado, y desde ahora debemos ir hacia delante para que se haga justicia por nuestra amada Madison de una vez.

El discurso de Maggie cautivó a Noah, quien bajó el arma por completo. Tembloroso, la tiró al suelo. Luego, se dejó caer en el sofá mientras las lágrimas caían en cascada por su rostro. Keira recogió el arma y se la entregó a Robert, que acto seguido la guardó en su cinturón.

—Noah, no está todo perdido —insistió Robert sentándose en un sillón frente a él—. Cuéntanos lo que sepas, por favor.

Noah se quedó mirando a la pared, y después de un momento, dirigió su mirada hacia la de Robert.

—Está bien —respondió Noah, ante la atenta mirada de orgullo de Keira—. Pero antes debo hacer una cosa.

Noah sacó su teléfono móvil, buscó en la agenda y marcó el número. Tuvo que esperar varios segundos hasta que la otra persona contestara .

—¿Lucy? Soy Noah —respondió el joven sin quitar la mirada de la pared—. Ven a mi casa. Voy a contarlo todo.

Lucy respondió afirmativamente y Noah colgó.

El ambiente en la habitación estaba cargado de tensión.

Noah, sentado en el sofá, parecía abrumado por sus pensamientos.

Suspiraba con frecuencia y sus ojos reflejaban una mezcla de tristeza y ansiedad.

La sala estaba en penumbra, con la luz de una lámpara de pie creando un ambiente lúgubre.

El silencio se rompía solo por el tic-tac del reloj en la pared.

Era un momento de incertidumbre mientras los cuatro esperaban la llegada de Lucy.

Sin hacerse mucho de rogar, la puerta sonó pocos minutos después.

Keira fue a abrirla y se encontró a Lucy y al agente McKay, su acompañante en todas las batallas.

Ambos cruzaron el umbral y se dirigieron hacia el salón.

—Noah, ¿cómo estás? —preguntó Lucy al ver el aspecto del pobre muchacho.

El joven no respondió y únicamente miró a Lucy. Después, echó un vistazo a Tom.

—Ha estado a punto de hacer una tontería —explicó Keira mientras sentía un escalofrío por recordar la escena—. Pero ha entrado en razón y va a contar todo.

—¿No me digas que…? —Lucy dirigió la mirada a Noah—. Cuéntanos todo, Noah. Seguro que tiene solución.

Noah, visiblemente afectado, hizo un esfuerzo por reponerse, por lo que se acomodó en el sillón. Una mirada de resignación cruzó por sus ojos mientras una última lágrima resbalaba por su cara. La tensión de la habitación aumentaba, pero el joven estaba decidido a enfrentarse a la verdad.

—Cuando la fiesta acabó llamé a Madison —comenzó a contar el joven con voz quebrada—.

Habíamos discutido, y yo me presenté en la fiesta lleno de ira.

Pegué al pobre Ethan… sí, eso es cierto.

Pero cuando me fui seguía consciente. Lo dejé en la habitación, con Madison.

Ella estaba inconsciente, pero también había otra persona con ellos… El capitán Mitchell.

—¿Estás diciendo que Mitchell fue quien dejó inconsciente a Ethan? —preguntó Lucy apuntando rápidamente todo en el bloc de notas.

—Estoy diciendo que yo no fui —Noah cerró los ojos—. Y Madison tampoco.

Lucy anotó alguna cosa en la libreta y volvió a dirigir la mirada a Noah, con ganas de que siguiera contando.

—Madison se montó en el coche y empezamos a hablar.

Sin embargo, enseguida volvimos a discutir.

Ella me odiaba y yo quería saber por qué —explicó Noah mientras volvían a resbalar unas cuantas lágrimas por su cara—.

Entonces llegamos a la altura del bosque de Cielo Alto.

No sabría decir a cuál, aunque ya estuvisteis allí.

Madison me pidió que la dejara bajar y yo me negué, pero aun así lo hizo.

Después, decidí seguirla, pero quiero dejar claro que en ningún momento quería hacerle daño. Simplemente quería hablar.

Tanto Lucy como Tom percibieron claramente que el corazón de Noah latía a un ritmo frenético. Era evidente que se encontraba al borde de revelar algo de suma importancia.

—Ella se pensó que quería herirla, por lo que abrió el maletero del coche de Jayden, el chico con el que acudí a casa de Tucker, y cogió una pala para defenderse de mí —continuó diciendo Noah.

Lucy y Tom intercambiaron miradas de asombro. La pala de la que hablaba Noah era el arma homicida que habían encontrado en el bosque el día del hallazgo del cadáver.

—Pero no es posible — respondió Lucy—. Sullivan nos dijo que no había huellas.

—Eso es porque el que la usó habría borrado las huellas después —respondió Noah—. ¿Sigo?

Lucy se disculpó y asintió.

—Fui hacia ella, le quité la pala y la tiré junto a unos arbustos. Le repetí que, por favor, entrara al coche y así la llevaba a casa. ¿Y qué dijo ella? Que prefería volver en taxi porque no quería estar conmigo ni un minuto más.