¿Quién mató a Madison Harris? 26 30 de junio
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26 30 de junio

El coche rojo en el que se montó Madison avanzaba por la carretera en aquella noche cerrada.

Madison y el conductor compartían un incómodo silencio.

Aunque el peso de la situación recaía sobre ambos, ninguno parecía dispuesto a romper el hielo.

Sus miradas se cruzaban de vez en cuando, cargadas de un sentimiento de culpa compartido, pero la distancia entre ellos parecía insalvable.

El ambiente en aquel vehículo estaba lleno de tensión, como si las palabras no fueran suficientes para expresar lo que sentían.

Ambos eran orgullosos, y cada minuto que pasaba solo aumentaba la distancia entre ellos.

A medida que avanzaban por la carretera, la oscuridad de la noche se cerraba a su alrededor, y el paisaje exterior se difuminaba en las sombras.

Madison y Noah seguían en silencio, atrapados en un limbo emocional que parecía no tener fin.

—¿Para qué me has recogido si vas a estar callado? — preguntó Madison con un tono tan seco como ácido.

—Porque creo que te debo una explicación — respondió Noah, agarrando fuerte el volante debido a la tensión que arrastraba.

—¿De cuál de todas las cosas que has hecho mal?

— preguntó Madison irónicamente—. ¿De tus celos?

¿De haberme cogido del cuello? ¿De haberme llamado «puta de mierda»?

—añadió. El tono de Madison cada vez era más grave—.

Ah no, ya sé. De dar una paliza a mi amigo pensando que ha hecho algo que no ha hecho.

—¿Tú cómo sabes eso? —preguntó Noah mirando por primera vez a Madison fijamente—. Estabas…

—¿Desmayada? Sí, ¿y qué? Cualquiera que te conozca un poco sabría que has sido tú —espetó Madison tratando de hacer sentir culpable a Noah—. ¿Para qué preguntar? Mejor entrar como un puto animal y dejar inconsciente a Ethan.

—¿Inconsciente? Le pegué porque los celos se apoderaron de mí y porque tú no has sido capaz en todo el mes de calmarme ni una sola vez. Me has visto por los suelos y no has sido capaz de preocuparte por mí. Eres una egoísta.

—¿Egoísta yo? —estalló Madison indignada—. Mira, para el puto coche que me bajo. Prefiero quedarme en medio del bosque antes que aguantarte un minuto más.

—Madison…

—¡Que pares el puto coche, Noah! —gritó Madison, bastante por encima de sus posibilidades. El grito retumbó por todo el vehículo e hizo que Noah frenara de golpe. De la inercia, Madison se dio con la cabeza en la carrocería, de modo que empezó a correr un hilillo de sangre por su frente.

Madison se miró la mano y vio que tenía sangre que procedía de la cabeza.

Su frustración e ira aumentaron, y las lágrimas se mezclaron con el dolor y la furia.

Sin pensarlo, salió del coche mientras profería gritos de enfado en dirección a Noah.

Este, preocupado por la herida y por la reacción de la joven, salió del coche apresuradamente y la siguió.

—Madison, entra en el coche, por favor —pidió Noah más tranquilo, viendo si así podía convencer a la chica.

—No quiero ir contigo a ningún lado. Ni ahora ni nunca —respondió Madison—. A ver si te queda claro de una puta vez que tú y yo ya no somos nada.

Noah, con la respiración entrecortada, no dijo nada más.

Su rostro reflejaba frustración y algo de enfado.

Sin más, comenzó a avanzar hacia Madison, con ganas de llegar a su posición y hacerle entrar en razón.

La joven, al ver que Noah iba hacia ella, rodeó el coche, llegó al maletero y lo abrió, buscando algo con lo que defenderse.

Vio una pala al fondo, así que la cogió y, temblando de rabia, amenazó a Noah con ella.

Este se detuvo en seco, con las manos en alto y una mirada de sorpresa en el rostro.

Comprendió que la situación se estaba agravando y debía actuar con cautela.

—¿De verdad crees que sería capaz de hacerte daño? — preguntó Noah aún sorprendido viendo cómo Madison lo amenazaba con aquel objeto.

—Ya me lo has hecho más de una vez —respondió Madison llena de lágrimas y con voz temblorosa mientras sujetaba firmemente la pala—. Como te acerques te vuelo la cabeza con ella.

Noah, al ver que Madison seguía aferrando la pala en alto, decidió detenerse en seco.

Sus ojos se encontraron con los de ella en un intento de transmitirle que no era una amenaza.

Permanecieron así unos instantes, hasta que finalmente Noah, al ver que nada cambiaba, dio un paso atrás en un gesto de calma y paciencia.

Tras unos segundos, volvió a mirar a Madison con lágrimas en los ojos.

—Hace menos de un mes te pedí matrimonio. Éramos felices, teníamos sueños —dijo Noah intentando, sin éxito, aguantar el llanto—. ¿Qué nos ha pasado, Madi?

La joven, pala en mano, no dijo nada. Siguió en silencio, mientras respiraba fuerte y notaba las pulsaciones muy por encima de la media.

—Todavía estamos a tiempo, cariño —insistió Noah al ver que su exprometida no emitía ninguna palabra—. Todo se puede solucionar, siempre que los dos queramos.

Un atisbo de duda se pudo ver en la cara de Madison, que fue bajando la pala poco a poco. Finalmente, tras varios segundos, la soltó y se quedó de pie, inerte mirando al chico.

—Estoy enamorada de Ethan, Noah. Espero que lo entiendas y tengas la suficiente madurez como para llevarme a casa y dejarme en paz de una santa vez —respondió Madison, consciente de que estaba haciendo daño a Noah con sus palabras, pero a su vez aliviada por haber soltado por fin sus sentimientos.

Su exprometido, visiblemente afectado por la tensión y la rabia, se quedó inmóvil mirando a la joven, sin articular ni una palabra.

Madison lo miró y soltó una carcajada irónica.

—¿Ves? Lo que yo decía —añadió—. Ni en sueños pasaría mi vida junto a alguien tan inmaduro como tú.

Dicho lo cual, Madison se dio la vuelta y sacó el móvil para llamar a un taxi que la llevara de regreso a casa.

Noah, sin saber muy bien por qué y dominado por la rabia que sentía en ese momento, avanzó lentamente hacia la pala que había soltado Madison segundos antes.

Cuando llegó junto a ella, la cogió sin perder de vista a la joven, y empezó a acercarse a ella.

De pronto, sin esperarlo, comenzó a correr con la pala en mano y, tras varios pasos, la tiró hacia un lado con rabia a la vez que comenzaba a llorar desconsolado.

—¡Aquí te quedas! ¡Que venga Ethan a recogerte! — exclamó Noah a Madison, la cual siguió de espaldas sin hacer ni caso a las palabras del joven.

—¿Hola? Necesitaría un taxi —oyó decir a Madison mientras Noah avanzaba hacia el coche—. En algún lado del bosque de Cielo Alto, no te sé decir el lugar exacto. Sí, estoy al lado de la carretera.

Noah se subió al vehículo y arrancó con rapidez.

Las luces impactaron de lleno en Madison, que quedó iluminada por completo.

Con la mente llena de pensamientos y emociones revueltas, dudó unos instantes.

Al final, tras sopesarlo de nuevo, dio marcha atrás, se incorporó a la carretera y se marchó.

Pero algo más lo hizo dudar. Justo cuando llegó al final de una larga recta, vio en su retrovisor cómo un coche gris aparecía en la posición en la que había estado él segundos atrás.

Noah dudó, pues era demasiado rápido para que el taxi hubiera llegado.

Además, los taxis del pueblo eran blancos.

El conductor del coche gris dio marcha atrás y paró en el mismo lugar donde había aparcado Noah.

Intrigado y cauteloso, el joven desvió su coche hacia un camino vecinal oculto y estacionó.

Apagó las luces y regresó al lugar donde había dejado a su exprometida a pie con sigilo para observar quién o qué había llegado.

El corazón le latía con fuerza, cosa que le venía bien para mantenerse alerta.

A medida que se acercaba, podía distinguir la figura del hombre que estaba saliendo del vehículo.

—¿Qué coño hace el capitán Mitchell aquí? —musitó Noah totalmente sorprendido.

Noah pensó qué hacer durante unos segundos, pero al considerar las posibles consecuencias legales de su situación, optó por la prudencia.

La presencia de un policía en el lugar añadió una capa de riesgo a su situación, y no quería verse involucrado en un problema aún mayor ni pasar unos años en prisión.

Con la mente llena de preocupaciones decidió abandonar el lugar y poner tierra de por medio.

Regresó al coche de Jayden, recogió a su amigo de la fiesta y continuó su camino hacia casa, pues la presencia del capitán aseguraba que Madison iba a estar bien e iba a regresar sana y salva.

Madison, al ver al capitán Mitchell acercándose, se tensó de nuevo.

—¡Hola! —exclamó Madison con una falsa efusividad al ver cómo Mitchell avanzaba hacia ella—. Acabo de llamar a un taxi y me llevará a casa, no te preocupes.

Mitchell se detuvo y observó a la joven, que tenía el rímel completamente corrido de llorar y estaba bastante despeinada. Además, se fijó en la herida que tenía en la frente.

—¿Qué te ha pasado? ¿Te ha hecho algo? —preguntó Mitchell preocupado por la joven—. Una llamada y lo puedo meter en la cárcel de por vida.

Madison, harta de tener que fingir y abrumada por la tensión, estalló en una risa nerviosa que resonó en medio del bosque.

Acompañó sus risas con aplausos irónicos que se escucharon en el silencio de la noche.

La reacción de la joven dejó al capitán perplejo, sin comprender el motivo de su actitud, y sin saber cómo debía reaccionar ante esa extraña escena .

—¿Te crees que soy tonta? ¿Realmente piensas que me trago este acto de héroe, en el que apareces como un rescatador de damiselas en apuros solo para lucirte con una medalla más?

—dijo Madison en tono desafiante, acercándose al capitán.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo miró con ojos llenos de desprecio—.

He pasado toda la noche intentando borrar de mi mente esa repugnante imagen de ti abusando de mí en la cama mientras estaba drogada.

Droga que, por cierto, tú me pusiste en la copa.

Mitchell se quedó paralizado, completamente desconcertado. Se sentía atrapado y sin saber cómo reaccionar. Su mirada se volvió errante, buscando una salida, pero parecía que aquella vez su truco de contar mentiras no iba a salvarlo.

—¡Anda! ¡Si se pensabas que no me había dado cuenta!

—exclamó Madison al ver que el capitán no solo no decía nada, sino que se había quedado con el rostro del color de un folio— .

Si no desapareces de mi vista esta noche, mañana todos van a saber lo que me hiciste —amenazó Madison.

Acto seguido sacó su teléfono y añadió—: ¿Dónde diablos está mi taxi?

—Madison, entra en mi coche —pidió Mitchell recuperando de golpe la voz—. Vamos a hablar las cosas.

—No hay nada de qué hablar, jodido cerdo hijo de puta —dijo Madison de forma vehemente —. Te vas a pudrir en la cárcel.

Madison, sin inmutarse, se dio la vuelta y llamó al taxista de nuevo para averiguar cuánto tiempo le quedaba para su llegada.

Mitchell, que se encontraba fuera de sí por no poder dominar la situación, se sentía acorralado en aquel bosque y buscó desesperadamente una salida.

Observó a su alrededor y, en un acto impulsivo, vio una pala tirada unos metros más a la derecha, iluminada por los faros de su coche.

Se aproximó, tomó la herramienta del suelo con decisión y miró a la joven.

El capitán, cegado por la rabia y por el miedo a que Madison revelara la verdad sobre sus acciones, se abalanzó hacia la chica sin previo aviso.

Aprovechando el momento en el que ella soltaba el móvil, Mitchell le propinó un potente puñetazo en la cara.

Madison trató de defenderse mientras gritaba, pero tal golpe supuso su caída al suelo, aturdida y sorprendida por la agresión.

—¡Tú no vas a contar nada, puta de mierda! —gritó Mitchell a la joven, que estaba tumbada en el suelo sin poder levantarse.

—No, por favor —suplicó Madison balbuceando por el puñetazo que acababa de recibir—. No diré nada, lo juro, pero deja que me vaya.

Mitchell negó con la cabeza. Era consciente de que, en la situación en la que estaban, no podía dejar que Madison campara a sus anchas por el pueblo.

Sin decir ni una palabra más, aprovechó que la joven utilizaba sus últimas fuerzas para incorporarse, y agarró con fuerza la pala que tenía en sus manos para golpear con todas sus fuerzas su cabeza.

Madison se derrumbó contra el suelo, muriendo al instante.

El impacto de la pala sonó con fuerza en el silencio de la noche, y el cadáver de Madison quedó inerte en el suelo mientras brotaba la sangre por su cabeza.

El capitán Mitchell, con la adrenalina corriendo por sus venas, se quedó mirando el cuerpo inmóvil de la chica, sin poder creerse lo que acababa de hacer.

Se dio cuenta de que en cualquier momento el taxi iba a hacer acto de presencia.

Por ello, sin perder más tiempo, se puso unos guantes de látex y cogió el cuerpo de Madison, teniendo cuidado de no dejar ningún tipo de prueba.

Desplazó el cadáver hasta unos arbustos que se encontraban al lado de donde se había producido la pelea.

Una vez la hubo dejado, agarró la pala, fue al coche y sacó un bote de alcohol isopropílico que tenía guardado en la guantera.

Roció generosamente la pala para eliminar cualquier huella y la limpió con cuidado, aún con los guantes de látex puestos.

Finalmente, la arrojó cerca de un arbusto a varios metros de donde había depositado a Madison.

De pronto, el sonido de unos ladridos de un perro se hizo eco a lo largo del bosque.

—¿Qué pasa, Spike? —se oyó decir a una voz masculina—. ¿Has vuelto a ver otro ciervo?

El capitán Mitchell, con el corazón latiéndole a mil por hora, corrió hacia su coche y se montó rápidamente para abandonar el lugar lo más rápido que pudo. Condujo lejos de la escena, con la mente llena de confusión.

Minutos después, el taxi de Madison pasó por la carretera cercana, ajeno a lo que acababa de ocurrir, mientras su cadáver permanecía todavía caliente entre los arbustos.