¿Quién mató a Madison Harris? 23 6 de julio
74%

23 6 de julio

El nuevo día comenzaba con un amanecer suave y dorado que se filtraba a través de la ventana de la casa de Lucy.

Los dos agentes se encontraban en silencio frente al ordenador.

Tom le había narrado a Lucy la escalofriante experiencia con el cadáver congelado de Beverly Cook, y sus palabras dejaron en ella una profunda impresión.

El asombro se reflejaba en el rostro de la joven, quien se encontraba atónita por la siniestra revelación.

—Como encontremos algo en este dispositivo podremos ir a por él con todo —dijo Lucy con unas ganas tremendas de ver caer al capitán.

—Y aunque no encontremos nada. ¡Tiene un cadáver en casa! —exclamó Tom con la misma cara de susto que tenía cuando lo encontró.

A pesar de ser muy pronto no habían podido dormir más debido a las ganas de saber lo que había en el pendrive que Tom había encontrado en casa del capitán Mitchell.

La casa estaba en calma, y el único sonido que rompía el silencio era el suave zumbido del ordenador mientras intentaban abrir los archivos del interior de la memoria externa.

Con cada clic del ratón e intento de acceso, la expectación crecía.

Se sentían como unos detectives en una misión crucial, persiguiendo una pista que podían revelar secretos oscuros.

Sin embargo, en lugar de reflejar inmediatamente los secretos del capitán, el ordenador les presentó un desafío: una ventana emergente les solicitaba un código de cuatro dígitos para acceder al contenido.

—¡Jodido Mitchell! —exclamó Tom sacudiendo un puñetazo al aire—. ¿Qué clase de psicópata pone una contraseña a su propio pendrive?

—¿Qué esperabas? —preguntó Lucy mirando con incredulidad a su novio—. Probablemente aquí dentro haya cosas muy turbias. Precisamente querría evitar que si lo perdía o se lo robaban pudiera entrar cualquiera.

Tom encogió los hombros y, tras asentir, se relajó.

Volvió a ponerse junto a Lucy mientras pensaba con ahínco cuál podría ser la combinación.

La incertidumbre se cernía en la habitación mientras sus mentes trabajaban a toda velocidad para descifrar el enigma digital.

Sabían que lo que contenía ese pendrive podría cambiarlo todo, cosa que añadía aún más presión a los dos jóvenes.

—Estoy perdida, no sé por dónde tirar —dijo Lucy un poco consternada por la situación—. ¿Cuántos años tendrá Mitchell?

—No sé, ¿sesenta? ¿Setenta? Se conserva muy mal el viejo —respondió Tom dejando ver en su cara un gesto de desprecio hacia él.

—¿Cómo va a tener setenta? Robert tiene menos y está jubilado ya —respondió Lucy mirando con atención a su pareja, que parecía estar ya desvariando.

Lucy y Tom intercambiaron miradas de complicidad mientras se enfrentaban al enigma de la maldita contraseña de cuatro dígitos.

Tenían la sospecha de que podría estar relacionada con el año de nacimiento del capitán Mitchell.

Lucy se inclinó hacia el ordenador y comenzó a buscar información sobre Mitchell en línea.

Abrió su navegador y empezó por escribir su nombre, recorriendo resultados de búsqueda.

Tom, por su parte, se dedicó a mirar embobado a su chica mientras esta trabajaba.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucy cuando se dio cuenta de que Tom la observaba sin parar—. ¿Qué tengo?

Lucy se pasó la mano por el flequillo.

—Nada, que estás muy guapa por la mañana — respondió Tom con una sonrisa tonta en la cara.

Lucy sonrió, le dio un besito en la mejilla y prosiguió con la búsqueda. Con cada búsqueda, notaba cómo crecía la ansiedad que tenía.

—¡Aquí está! —exclamó Lucy apretando el puño en señal de victoria—. Matthew Mitchell nació en Los Ángeles, el diez de septiembre de mil novecientos sesenta y tres.

La emoción invadió a la joven, y sus ojos se iluminaron con la sensación de estar un paso más cerca de entrar en lo que hubiera dentro del pendrive.

Con manos temblorosas, introdujo los números, 1-9-6-3, como posible contraseña.

Sin embargo, el ordenador respondió con un zumbido y un mensaje de error parpadeante en la pantalla.

Toda la emoción que sentía segundos antes se desvaneció y la decepción le invadió en un instante.

Lucy respiró profundamente y cerró los ojos por un momento, mientras Tom, consciente del estrés de su pareja, le masajeaba la espalda para quitar tensión.

—¿Qué diablos puede poner este enfermo mental como contraseña? —preguntó Lucy con un tono arisco creado sin duda por la tensión que sufría en ese momento.

—No sé —respondió Tom—. Tiene que ser algo importante para él. Como el cumpleaños de un ser querido o una fecha especial.

Lucy pensó mientras se acariciaba el mentón. Se levantó de la silla del escritorio y empezó a caminar por la habitación, intentando tener una lluvia de ideas mental para tratar de descubrir algo.

—¿El año en el que comenzó su carrera de policía?

— sugirió la joven mirando a Tom. Este encogió los hombros mientras asentía dando a entender que era una opción válida, por lo que Lucy volvió a tomar asiento rápidamente—.

Este hombre es de 1963, así que empezaría de policía… ¿en qué año?… ¿mil novecientos ochenta?

Tom señaló con la cabeza el teclado diciendo a la joven indirectamente que probara.

Lucy, sintiendo una presión cada vez mayor, introdujo 1-9-8-0 como posible contraseña, pensando en el año en que Mitchell podría haber comenzado su andadura policial, pero la pantalla rápidamente respondió nuevamente con un mensaje de error, dejándola desilusionada.

El agente McKay, viendo la frustración de su chica, la animó a seguir intentándolo.

—Tú puedes con esto y con más —le dijo—. La chica más fuerte e increíble que he conocido .

Lucy sonrió mientras notaba cómo se ruborizaba.

La joven pensó que no sería ese año, pero que de ir por ahí los tiros no andarían muy lejos, así que probó cinco años más tarde, como 1-9-8-5, pero volvió a aparecer el zumbido.

La incertidumbre era palpable, Lucy estaba al borde de la desesperación, pero rendirse no era una opción por lo que probó el 1-9-8-6 teniendo el mismo resultado que las dos anteriores.

—Mil novecientos ochenta y siete —dijo Lucy bruscamente mientras golpeaba las teclas del teclado con violencia.

El sonido de rechazo volvió a retumbar en la habitación.

La joven se sintió frustrada, mientras que Tom, en silencio, contemplaba la pantalla del ordenador a la vez que su mente trabajaba exhaustivamente.

La cifra 1987 le resultaba familiar y su rostro reflejaba una lucha interna por recordar.

De pronto, un destello de memoria cruzó su mente.

—¡La foto! —exclamó Tom de repente, acción que hizo que Lucy diera un bote del susto—. ¿Cómo era?

—¿De qué estás hablando, Tom? —preguntó Lucy mirándolo con incredulidad.

—Cuando fui a casa de Mitchell, tenía una foto con una chica, su novia o yo qué sé —explicó el joven un poco exaltado—. El caso es que había una fecha y podría ser la combinación.

Tom exprimió su cerebro todo lo que pudo mientras balbuceaba números.

—Ocho… Seis… Seis del ocho… ¡Seis del ocho de mil novecientos ochenta y siete! —gritó con un brillo especial en sus ojos .

Lucy seguía mirándole sin saber a qué se refería.

Tom la instó a que metiera como contraseña los números 6-8-8-7, que era la fecha de la foto en formato acortado.

Lucy, sintiendo una mezcla de emoción y desconcierto, siguió las indicaciones de Tom y escribió los números en el teclado del ordenador.

Dudó, pero nerviosa presionó la tecla Enter .

Ambos se quedaron en silencio, esperando respuesta.

Aquella vez, en lugar del habitual rechazo, escucharon un sonido triunfante que indicaba que habían conseguido entrar en el interior del pendrive.

Lucy miró a Tom con una sonrisa y emoción en sus ojos.

—¡Ves! ¡Te dije que confiaras en mí! —dijo Tom triunfante.

—Te amo mucho, Tom. De verdad —dijo la joven apartándose un poco y mirándolo a los ojos—. Todo esto es por ti, por hacer una investigación increíble y por haber accedido a ayudar poniéndote en peligro, aunque no fuese contigo el tema.

—Claro que va conmigo. Yo no conozco a Spinster tanto como tú, pero sé que lo quieres como a tu familia y, por lo tanto, también es mi familia —afirmó Tom. Sonrió y tocó la cara de la joven, la cual había perdido ese gesto de tensión y se encontraba más relajada.

—Eres el mejor.

Lucy, con los dedos aún temblorosos por la emoción y la incertidumbre, volvió a tomar asiento frente al ordenador.

Sabía que habían logrado desbloquear el pendrive, y ahora sentía que estaba al borde de un descubrimiento importante.

Junto a Tom, comenzaron a explorar las carpetas y los documentos contenidos en el dispositivo.

Dentro de las numerosas carpetas que se desplegaban, encontraron una en particular que llamó su atención: «Emily».

Intrigados, hicieron clic en la carpeta y se reveló una serie de fotos de Mitchell con la chica rubia de la foto del fondo de pantalla.

Las imágenes mostraban momentos de complicidad entre ambos, y era evidente que no se trataba de una simple amistad.

Cerraron la carpeta y prosiguieron con la búsqueda.

—Pulsa en esa, en la que pone TS —dijo Tom señalando con el dedo la carpeta de la que estaba hablando.

—¿Qué diantres será TS ? —preguntó Lucy entornando los ojos mientras trataba de resolver el enigma.

—No será Top Secret , ¿verdad? —inquirió Tom con media sonrisa en la cara.

—Capaz de serlo… —Lucy rio y negó con la cabeza.

La joven, intrigada por la carpeta con las letras «TS», decidió clicar y analizar su contenido.

Al abrirla, encontró varios vídeos de interrogatorios.

Decidió abrir uno de ellos, y en la pantalla apareció una joven musulmana siendo interrogada de manera bastante intimidante por el capitán Mitchell.

Sin embargo, rápidamente se dieron cuenta de que esto no tenía relación con lo que estaban buscando y cerraron la grabación.

Continuaron explorando los archivos minuciosamente.

En la miniatura de otro video, vieron la imagen de una chica que les resultaba familiar.

Sus ojos se abrieron del asombro al reconocerla.

La chica se trataba de alguien que conocían y cuya implicación en el caso era determinante.

—¿Esa no es…? —preguntó Lucy alucinando al ver aquello.

—Ruby Morales —dijo Tom terminando la frase de la joven mientras asentía totalmente seguro.

Lucy, con las manos ya habitualmente temblorosas durante aquella mañana y el corazón latiendo con fuerza, hizo clic en el vídeo que mostraba a Ruby Morales en el interrogatorio.

Sabía que la grabación iba a ser importante y, cuando el video se abrió, su mirada se centró en la imagen de Ruby. Su expresión se tornó ansiosa.

—¿Sabe por qué está aquí, señorita Morales? ¿Tiene idea de las consecuencias de sus acciones? —se oía a Mitchell preguntar en el vídeo con una voz autoritaria.

—No sé de qué estás hablando —respondió Ruby con la voz quebrada—. No he hecho nada malo.

Se veía cómo Mitchell se levantaba de su asiento y cogía el mando de un televisor que estaba incrustado en la pared, le daba al play y comenzaba a reproducirse el vídeo en el que Ruby deseaba lo peor a Madison en la fiesta.

—¡No finja, señorita Morales! —gritó Mitchell señalando a la pantalla—. Este vídeo que grabó puede estar relacionado directamente con la muerte de Madison Harris. ¡Yo estaba allí! ¡Vi todo lo que sucedió!

Ruby comenzó a llorar desconsoladamente, las lágrimas invadieron su preciosa cara de ébano.

—¡No! —exclamó—. ¡Yo no tenía ni idea de lo que iba a pasar! No puedo creer que algo tan terrible haya sucedido.

—Pues, debería haberlo pensado antes —dijo Mitchell con tono amenazante—. Ha desatado una tormenta que, créame, voy a asegurarme de que caiga sobre usted. Voy a cargarle personalmente con el peso de lo que sucedió.

El vídeo terminó y dejó a ambos jóvenes completamente helados.

Lucy, observando el vídeo con atención, se dio cuenta de que este había sido grabado el día anterior al suicidio de Ruby Morales.

Estaba segura de que Mitchell había sido el causante de ello y, además, se acordó de que fue la primera vez que el capitán apareció en un escenario de un crimen.

Lucy y Tom continuaron mirando los vídeos almacenados en el pendrive.

De pronto, se encontraron con uno en el que aparecía Noah, el prometido de Madison.

La sorpresa los invadió nuevamente, y sus ojos se pusieron como platos ante lo que estaban viendo.

Pinchó el vídeo con decisión. En él podía verse cómo el capitán y Noah mantenían una conversación tensa.

La actitud de Mitchell seguía siendo abusiva como en el de Ruby Morales, y Lucy y Tom no pudieron evitar sentir preocupación por lo que estaban viendo.

—Bien, señor Young. Ya sabe por qué está aquí. Quiero que me cuente todo lo que vio aquella noche en el bosque — espetó el capitán con tono amenazante.

—¿Qué noche? ¡No vi nada, lo juro! —exclamó Noah nervioso.

—Está mintiendo, señor Young. Estaba en ese bosque la misma noche en la que horas después apareció el cadáver de Madison. No puede esconderse de la verdad. ¡Confiese lo que sabe! —volvió a exclamar Mitchell, esta vez aumentando más la presión hacia el joven.

Noah Young guardó silencio y no dijo ni una palabra más.

Su respiración era entrecortada y se podía ver perfectamente la mirada de odio con la que observaba al capitán.

Lucy y Tom pudieron ver claramente cómo el capitán, en un intento desesperado de hacerle hablar, le propinó un tortazo con rudeza.

La tensión en la habitación de Lucy y Tom aumentó.

Se miraron y en sus ojos vieron que estaban pensando exactamente lo mismo.

—¿Sabrá algo? —preguntó Tom señalando a Noah con el dedo.

Lucy se quedó con la mirada pensativa y, tras unos segundos, volvió en sí.

—Un momento… ¿Cómo sabe Mitchell que Noah estuvo en el bosque? —preguntó Lucy con la sensación de que habían encontrado una pista crucial en la investigación.