¿Quién mató a Madison Harris? 24 8 de julio
76%

24 8 de julio

En el interior de la sombría y lúgubre celda del calabozo de la comisaría, el sheriff Alfie Spinster permanecía aislado, viendo pasar los días con una lentitud insoportable.

La soledad lo estaba matando, y el tiempo parecía que iba hacia atrás en vez de hacia delante.

Las cuatro paredes frías y descoloridas lo rodeaban, y no había señal de visitas o de una tregua a su confinamiento.

Tres largos días habían transcurrido, inmerso en sus pensamientos y en su dolor, cuando un destello de esperanza iluminó el desolado calabozo.

Lucy irrumpió en los pasillos de las celdas, parecía que estaba agitada y con prisa.

—Alfie, lo siento de verdad —exclamó Lucy con alivio, interrumpiendo el silencio que había en las celdas—. He intentado bajar antes, pero me ha sido imposible.

—No te preocupes, Lucy, es lo normal —respondió Alfie con voz temblorosa.

Habían pasado tantos días solo que parecía que se le había olvidado hablar.

—Debo contarte lo que hemos descubierto —dijo Lucy, sin perder tiempo y entrando directamente en el meollo del asunto.

Alfie se puso de pie y se acercó lo máximo posible a Lucy.

La joven comenzó a relatar los acontecimientos que habían estado ocurriendo fuera de las frías paredes de la celda.

Le habló del pendrive, de lo que había en el interior, de los vídeos que involucraban a Ruby Morales y Noah y del hallazgo del cadáver de la periodista Beverly Cook en un arcón congelador de la despensa de la casa del capitán.

Con cada palabra que salía de los labios de Lucy, la mente de Alfie se desgarraba aún más.

El dolor y la preocupación se reflejaban en su rostro mientras se llevaba las manos a la cabeza, incapaz de asimilar por completo la magnitud de lo que acababa de escuchar.

La verdad sobre lo que estaba ocurriendo en Cielo Alto se volvía cada vez más oscura y retorcida y el sheriff sabía que el reloj seguía avanzando sin descanso.

Estaba atrapado en una celda mientras un psicópata estaba campando a sus anchas.

De pronto, un golpe seco sonó en la parte de arriba del calabozo.

Lucy escuchó con atención el sonido de la puerta que se cerraba y unos pasos que resonaban en el pasillo.

Con la mirada llena de nervios, se apresuró a esconderse en la penumbra del pasillo de acceso, justo al lado de los archivadores, donde podría mantenerse fuera del campo de visión de cualquier persona que se adentrara en el oscuro lugar.

La entrada reveló la robusta figura de Robert Harris, el padre de Madison.

Sus ojos, que denotaban una profunda tristeza, se posaron en el sheriff Spinster, mientras su rostro reflejaba claros signos de dolor.

A pesar de la sorpresa que se dibujaba en el rostro de Alfie al ver a Robert, este último avanzó hacia la celda con una decisión inquebrantable.

—Robert… —murmuró Alfie apenas sin tono de voz debido a la sorpresa—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—He pasado días y días reflexionando. En mi hija, en mi mujer, que se está desmayando día sí día también —los ojos de Robert se llenaban de dolor con cada palabra que pronunciaba—. Y también en ti. En cómo has podido hacer tal cosa.

—Robert, por favor, escúchame —suplicó Alfie, colocando su mano en el antebrazo de su excompañero.

—No me toques —respondió Robert, apartando bruscamente la mano de Spinster.

—¿De verdad crees que sería capaz de hacer algo así? —preguntó Alfie llevando una gran impotencia en su interior—. Tú mejor que nadie sabes cuánto la quería. ¡Cómo a una hija! Y cuánto os aprecio a ti y a Maggie. Sois como mi familia.

Los ojos de Robert, previamente llenos de tristeza, comenzaron a reflejar un atisbo de cambio.

La incredulidad cruzó su rostro mientras procesaba las palabras de su excompañero.

La idea de que el sheriff, alguien que había sido un amigo de confianza durante tantos años, pudiera ser el asesino de Madison, empezaba a desvanecerse en su mente.

Un cúmulo de emociones se apoderaron del padre de Madison: la tristeza que sentía los últimos días se estaba empezando a convertir en dudas y en necesidad de respuestas.

La perspectiva de que Alfie no fuera el culpable le otorgaba una chispa de esperanza en medio de la oscuridad en la que había estado viviendo.

—¿Y quién ha sido, según tú? —preguntó Robert confundido, pero temeroso .

—La respuesta no te va a gustar, Robert —respondió Alfie quitando la mirada de los ojos de su amigo y dirigiéndola al suelo.

—Mírame, Alfie —pidió Robert mientras agarraba con fuerza la verja de la celda—. Llevo varios putos días intentando autoconvencerme de que no has sido tú quien ha hecho eso a mi pequeña. Así que te pido… ¡No! ¡Te exijo que si sabes algo me lo digas!

Alfie siguió mirando al suelo unos segundos. Sabía que si decía lo que pensaba Robert lo iba a tomar por loco.

—Creo que ha sido Matthew, Robert —respondió Alfie devolviendo su mirada a los ojos del padre de Madison.

Robert, incrédulo, frunció el ceño y agitó la cabeza con desconfianza.

—¿Te has vuelto loco o qué? —exclamó el señor Harris bastante exaltado por las palabras de su amigo—. Él es la única razón por la que Madison puede descansar en paz.

—¿Lo crees de verdad? —preguntó Alfie, esta vez más serio y seco.

La idea de que Matthew Mitchell fuera el asesino le resultaba difícil de creer a Robert, y no confiaba en que fuera así en absoluto. La confusión y la incredulidad se reflejaron en su cara, mientras luchaba por procesar la acusación que Alfie había vertido.

—¿Qué razón tiene Matthew para hacer eso? Es que es ridículo —dijo Robert intentando convencerse de que era imposible que aquellas palabras fuesen ciertas.

—¿Y qué móvil tengo yo? —preguntó Alfie mirando fijamente a los ojos de su excompañero.

Robert se quedó callado durante un momento, pensando en esa pregunta. Poco a poco, comenzó a darse cuenta de que las acusaciones sobre Alfie carecían de sentido.

Observó a Spinster unos segundos y por fin cayó en la cuenta de que el sheriff no tenía ninguna razón para cometer un crimen tan atroz, cuando Madison siempre había sido como una hija para él.

—En cuanto a Matthew… —prosiguió Alfie viendo que Robert permanecía callado absorto en sus pensamientos— . Siento decirte que tiene un móvil para hacerlo.

—¿Qué móvil? —preguntó Robert seriamente escuchando con atención cada palabra del actual exsheriff.

Alfie, consciente de la angustia que causaría a Robert la información que tenían, inhaló profundamente y fijó su mirada en el padre de Madison con una expresión de lástima y decisión.

Sabía que las palabras que pronunciaría a continuación serían difíciles de asimilar, pero creía que era él quien tenía que abrirle los ojos.

—La noche en la que Madison fue asesinada, Matthew la violó, Robert —dijo Alfie con determinación y con cierta pena, pues sabía que el corazón de su amigo iba a desquebrajarse con sus palabras.

Cuando Spinster por fin reveló el secreto, Robert volvió a poner el gesto de incredulidad que había esbozado hacía un rato. Sus ojos se abrieron de par en par, su mandíbula se tensó y sus labios emitieron murmullos incomprensibles. Le costaba aceptar que aquello que Alfie había dicho fuera verdad.

—No te creo —dijo Robert enfadado—. Eres un embustero y estás usando a mi hija como arma arrojadiza contra Matthew. ¡Es imposible que él fuera capaz de hacerle eso a mi pequeña! Estuvo unos días antes de que ocurriera todo esto en mi casa…

Robert, lleno de ira, arremetió contra Alfie con una furia incontenible. Sus palabras cargadas de dolor llenaron el espacio de la celda mientras acusaba a Alfie de difamar la memoria de Madison. De pronto, en medio de esa tormenta de emociones, Lucy emergió de las sombras con valentía.

—Cálmate, Robert, por favor —pidió Lucy al hombre, el cual se quedó petrificado al ver a la agente saliendo de una esquina del calabozo—. Tengo pruebas de que lo que dice Alfie es verdad, puedo enseñártelas si quieres.

Con una mezcla de asombro e incredulidad el rudo hombre se giró hacia Lucy. Ansiaba cualquier evidencia que pudiera nutrirlo de respuestas sobre la terrible verdad que había rodeado el asesinato de su hija.

—Quiero verlas —dijo Robert con una voz que todavía mezclaba rastros de su ira anterior. La esperanza y el miedo se reflejaron en sus ojos mientras aguardaba que la agente de policía le enseñara todo lo que tenía.

Lucy sacó su teléfono con decisión y, tras un breve instante de búsqueda, encontró la grabadora que contenía las pruebas que confirmarían la historia de Alfie. Con gestos precisos y un pulso firme, presionó el botón de reproducción.

«…Tienes razón, Spinster. Estuve en esa fiesta.

Y cuando la vi aparecer con ese vestido rojo ajustado, los labios carmesí…

Dios, era irresistible. Quise que fuera mía en ese mismo instante.

Pasé toda la noche detrás de ella, charlando, seduciéndola, y bebimos juntos, ¿por qué no admitirlo?

Incluso nos metimos alguna que otra raya, por supuesto.

La vi reír, relajarse… y luego, finalmente se me insinuó.

No pude resistirme, ¿cómo iba a hacerlo?

La llevé a una de las habitaciones, la de ese estúpido jugador de fútbol americano, y me la follé ahí mismo como un puto animal. »

Robert escuchó la grabación con una mezcla de asombro, repugnancia y angustia.

Sus ojos se abrieron de par en par, como si hubiera recibido un golpe en el estómago.

Su rostro pasó por varias fases, primero incredulidad, seguido de desesperación para finalizar con un rostro de ira incontenible.

La piel de su cara se tornó pálida y sus manos temblaban.

Lucy, lejos de sentir que ya había hecho suficiente, puso otro extracto del audio:

«La drogaste para tener sexo con ella, eres un ser repugnante. […] Es posible. Quería tenerla para mí esa noche. Y su novio estaba por ahí rondando, así que… bueno, tuve que ser creativo.»