¿Quién mató a Madison Harris? 21 5 de julio #3
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21 5 de julio #3

Con movimientos precisos, aprovechó la oportunidad y se deslizó a través de la ventana.

El interior de la casa estaba envuelto en penumbras, ya que no había nadie en el interior.

El agente se movió en silencio, dedicando tiempo a explorar cada rincón.

Nada más entrar al baño pudo ver unos zapatos sucios, en los que se evidenciaba el intento de haber sido lavados con ahínco.

Sabía que la verdad que buscaba estaba en algún lugar de esa enorme casa en la que se encontraba, y no descansaría hasta encontrarla.

Tom continuó con su ardua búsqueda por la vivienda, buscando pistas que lo acercaran a resolver el caso.

El joven se encontraba en el centro de la casa, rodeado de múltiples habitaciones.

Cada uno de sus pasos tenía que ser calculado y sigiloso para no llamar la atención.

De pronto, la puerta de la calle se abrió y el vigilante de seguridad entró, dispuesto a hacer la ronda pertinente.

El hombre avanzó por los pasillos, explorando cada rincón en busca de cualquier anomalía.

Sus sentidos estaban en modo alerta y sus oídos preparados para cualquier sonido inusual.

Tom, al oír la puerta cerrarse avanzó con cautela hacia una pequeña despensa.

Al llegar a la puerta, giró la manilla con cuidado, asegurándose de que no chirriara.

Con el corazón en la garganta, entró en la pequeña sala y cerró la puerta sin hacer el mínimo ruido.

El joven policía permaneció escondido en la pequeña salita, aguantando la respiración mientras el guardia revisaba cada parte de la casa.

Por fin, tras varios minutos, el de seguridad confirmó que todo estaba correcto y abandonó de nuevo la casa.

Tom pudo soltar todo el aire que llevaba conteniendo un buen rato.

Ya que se encontraba en esa pequeña sala, analizó todos los objetos y estanterías.

Le llamó poderosamente la atención un arcón congelador grande que había al final de la habitación.

Se acercó hacia él y, tras un ligero momento de duda, finalmente lo abrió, dejándose llevar por la curiosidad.

Para su horror, se encontró con un cadáver en el interior.

El pánico se apoderó de Tom mientras retrocedía, con su corazón latiendo con fuerza en el pecho.

Los pensamientos se agolparon en su mente; la conmoción, el asco y el temor se entrelazaron en un torbellino de emociones.

El cuerpo era nada más y nada menos que el de Beverly Cook, la periodista a la que días antes habían interrogado.

Extrañado y con miedo, Tom sacó su teléfono móvil y tomó varias fotos del macabro hallazgo.

Sabía que esta evidencia sí que podía ser crucial para ir a por el capitán.

Cuando se hubo relajado un poco, decidió seguir explorando la casa en busca de pistas.

Todavía con el temblor en sus piernas, avanzó sigilosamente por el largo pasillo hasta que llegó a una puerta grande.

Finalmente, ingresó en una habitación que parecía ser el despacho personal del capitán.

El lugar estaba ligeramente iluminado por el salvapantallas del ordenador que se encontraba en el centro del escritorio de la sala.

La pantalla mostraba una foto de Mitchell de joven con una chica rubia y bastante guapa.

Tom pudo observar de pasada que era una foto sacada el día seis de agosto de mil novecientos ochenta y siete, ya que venía la fecha en la parte baja derecha de la imagen.

El joven policía sacó su teléfono móvil e hizo varias fotos a la sala, para buscar alguna prueba también cuando saliera de allí.

Tom siguió explorando el despacho con minucia.

Multitud de objetos decoraban las baldas, por lo que Tom, con los guantes de látex puestos, analizó unos cuantos.

Cogió figuras de porcelana y las miró minuciosamente en busca de alguna prueba.

Junto a las figuritas, cogió un bote parecido al del amoniaco.

«Alcohol isopropílico» leyó el joven entornando los ojos para leer correctamente.

De pronto, notó que una pequeña caja estaba en el suelo dando la sensación de que había caído por error.

El agente miró hacia los lados, se agachó para recogerla y la abrió.

Dentro de la cajita, encontró un pequeño pendrive.

El dispositivo de almacenamiento se encontraba resguardado, como si el capitán estuviera intentando ocultarlo.

Tom lo tomó entre sus dedos con una sensación de que dentro de aquel objeto iban a encontrar algo que los llevaría a sacar a Alfie de la cárcel, ya que, como veía en las películas de policías de niño, un pendrive podía contener información crucial.

Tom, con el USB en la mano, se preparaba para conectarlo al ordenador y descubrir las posibles pruebas que podrían estar almacenadas en él.

De pronto, justo en el momento en el que iba a llevar a cabo la acción, su teléfono empezó a vibrar, ya que había quitado el tono de llamada por precaución.

Era una llamada entrante de Lucy y vio que también tenía un montón de mensajes de ella.

—¿Sí? —contestó Tom en voz baja.

—Hola, amor. ¿Cómo vas? —preguntó Lucy con voz nerviosa—. ¿Te queda mucho?

Tom cogió el teléfono con la otra mano para estar más cómodo e intentó insertar el dispositivo en el ordenador, sin suerte.

—He encontrado un pendrive en el despacho de Mitchell, entre otras cosas —Tom se encogió al recordar el hallazgo en el arcón—. Ahora voy a mirar a ver qué hay — añadió con tono de orgullo.

—Tienes que salir de ahí, el funeral ya ha acabado y el capitán vuelve a casa —dijo Lucy tensa por la situación.

—Entendido, nos vemos en un rato.

Tras escuchar las palabras de Lucy, comprendió la urgencia de la situación.

El funeral había terminado y el capitán le iba a pillar in fraganti , por lo que era vital que Tom abandonara la casa cuanto antes.

Cogió el USB y se lo guardó en el bolsillo.

Se quitó los guantes y se dirigió con sigilo hacia el baño, desde donde había entrado minutos antes para deslizarse de nuevo por la misma ventana.

En su huida de la casa, se aseguró de no dejar rastro de su presencia y tras ello, se movió con la discreción que sus años de policía le habían enseñado.