¿Quién mató a Madison Harris? 19 Madrugada del 30 de junio
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19 Madrugada del 30 de junio

Fin de la fiesta

Matthew ocultó el bate de béisbol en un rincón discreto de la habitación, mientras el sonido de los pasos y las voces se hacía cada vez más cercano.

El capitán regresó al lado de Ethan y se agachó, simulando que le prestaba ayuda.

De pronto, la puerta se abrió de golpe y apareció un aluvión de gente.

Entre ellos estaban Will y Ruby, que se quedaron petrificados al ver el cuerpo del joven tendido en el suelo con un reguero de sangre brotando de su cabeza.

—¡Llamad a una ambulancia, por Dios! —gritó Ruby, con un llanto desesperado.

—Ya vienen de camino —informó Mitchell, mientras comprobaba las constantes vitales y colocaba a Ethan en posición lateral de seguridad.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Will, incapaz de asimilar la escena.

—Salía del baño cuando escuché unos gemidos aquí dentro —empezó a relatar Matthew, acompañando sus palabras de grandes aspavientos—.

La puerta estaba cerrada y los sonidos eran cada vez más fuertes.

Toqué varias veces, pero nadie respondió, así que la eché abajo.

Lo que vi fue… horrible. Madison estaba en la cama, tumbada, con el vestido remangado, y Ethan…

con los pantalones en los tobillos, manoseándola por todo el cuerpo.

Will frunció el ceño, mirando el cuerpo de Ethan con creciente tensión.

Luego desvió la mirada hacia la cama, donde Madison, aún aturdida, comenzaba a incorporarse.

La joven se arregló la ropa con manos temblorosas y, al reparar en el cuerpo de Ethan, se levantó de golpe.

Corrió hacia él, un torrente de lágrimas desbordándose por su rostro.

Ruby, al verla acercarse, se apartó con gesto de repulsión y murmuró toda clase de improperios.

—Vale, Matthew… pero, ¿cómo ha acabado Ethan así? —preguntó Will, intentando comprender lo sucedido.

—Iba a intervenir —continuó Matthew con voz temblorosa—, pero entonces irrumpieron dos tipos. Uno, rapado, vestido como un rapero de barrio. El otro era alto, moreno, con barba. El moreno empezó a darle una paliza brutal hasta dejarlo así y luego se marcharon corriendo.

Will se quedó pensativo.

—¿Noah? —preguntó Madison con la voz rota—. ¿Fue Noah quien hizo esto?

—¿Quién demonios es Noah? —inquirió Mitchell, evitando mirar a la joven.

Sabía perfectamente la verdad .

—Mi… mi exnovio —susurró Madison, con un nudo de rabia y dolor en la garganta.

—No lo conozco —repuso Matthew—, pero por la paliza que le dieron, bien podría ser él.

En ese instante, una luz azulada se filtró por las ventanas, acompañada del chillido de una sirena.

La ambulancia acababa de llegar. Los sanitarios irrumpieron en la habitación, abriéndose paso entre los presentes.

Tras unos minutos de caos, lograron estabilizar a Ethan, colocarlo en la camilla y llevárselo.

Madison no soltó su mano en ningún momento, hasta llegar a la ambulancia.

—¿Quieres acompañarnos? —preguntó amablemente una de las técnicas sanitarias.

Madison dudó un segundo, pero enseguida negó con la cabeza.

La sanitaria asintió, cerró la puerta y la ambulancia arrancó rumbo al hospital.

Madison se quedó inmóvil, sola y desolada.

El miedo la atenazaba: miedo por el largo periodo de inconsciencia, por la brutalidad de lo ocurrido y, sobre todo, por la idea de que su exnovio fuera capaz de semejante acto.

Tras un rato inmersa en sus pensamientos, decidió volver a la fiesta para recoger sus cosas. Atravesó el vestíbulo y salió al jardín, donde el bullicio había regresado como si nada hubiese pasado.

—No te has quedado satisfecha hasta que casi lo matan, ¿verdad? —escuchó una voz familiar a su espalda.

Madison se giró y vio a Ruby entre la multitud, con los brazos cruzados y una mirada llena de desprecio.

—No sé qué crees que he hecho, Ruby, pero…

—¡Os vi! —la interrumpió Ruby con voz cargada de ira—. No quiero más mentiras. Por tu culpa, Ethan está en el hospital. No quiero volver a hablar contigo ni ver tu cara de mentirosa. Por mí, como si te mueres esta misma noche.

El corazón de Madison se hizo trizas al oír aquellas palabras. Las lágrimas le nublaron la vista y se apresuró a secárselas con la manga antes de que la delataran.

—No hay nada, Ruby… confía en mí —suplicó, dando un tímido paso hacia ella.

—No —espetó Ruby, alejándose un paso—. No quiero saber nada más de ti, puta embustera.

La tristeza de Madison se transformó en una furia incontrolable.

Se abalanzó sobre Ruby, le propinó un bofetón y la agarró del pelo con todas sus fuerzas.

Ruby respondió tirándole también del cabello y arañándole los brazos para zafarse.

Will irrumpió en la escena y, tras un forcejeo, logró separarlas.

—¡Zorra de mierda! —vociferó Ruby, fuera de sí—. Así te mueras, hija de puta.

Madison, destrozada, se tapó los oídos con las manos y huyó llorando hacia la habitación.

—Se va a enterar —gruñó Ruby, buscando su teléfono móvil en el bolso con manos temblorosas.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó una de sus amigas, alarmada.

Ruby no respondió. Activó la cámara frontal, pulsó la tecla de grabar y empezó a hablar con una sonrisa venenosa.

—¡Hola, bebés! Hoy vengo a hablaros de un tema que me toca lo personal.

Antes de nada, quiero decir que Madison Harris es una puta zorra, aparte de una mala amiga.

Como no quiero verte esa cara de guarra roba-novios que tienes te dedico un vídeo, guapa.

Eso no se hace, a nadie, y mucho menos a una amiga.

Bueno, examiga, porque por mí como si te mueres.

Así te encuentren en una cuneta tirada, ¡no sabes cómo me alegraría, tía!

Cuando terminó de grabar, publicó el vídeo sin pestañear, ajena a las miradas atónitas de sus amigas y de Will.

En la habitación, Madison seguía llorando desconsolada.

Vio que eran las tres de la mañana. No tenía sentido quedarse allí.

Se levantó con esfuerzo, arrastrando los pies debido al alcohol y a otras sustancias en su organismo.

Fue al baño, se arrodilló junto al inodoro y vomitó hasta vaciarse por completo.

Después se enjuagó la boca y se lavó la cara antes de regresar a recoger sus cosas.

En ese momento, su teléfono vibró. Contestó con voz quebrada.

—¿Sí? ¿Qué quieres? —preguntó con frialdad—. Sigo en la fiesta, pero me voy ya. Voy a pedir un taxi.

La voz al otro lado se prolongó durante varios segundos. Madison apretó los dientes, pero su expresión de ira se fue apagando poco a poco, reemplazada por un dolor profundo.

—Vale… —susurró entre lágrimas, sorbiéndose los mocos—. Recógeme en la puerta en diez minutos.

Colgó, se miró al espejo y se arregló el pelo con manos temblorosas. Su rostro estaba decente. Cogió su bolso y abandonó la habitación. Bajó las escaleras con paso inseguro, cruzó el jardín procurando no llamar la atención y salió al exterior.

En la calle, consultó la hora en su teléfono: las tres y media de la madrugada.

No había nadie. A lo lejos, el sonido de un motor rompió el silencio.

Un coche rojo se aproximaba lentamente hasta detenerse frente a ella.

Madison respiró hondo, contuvo el llanto y, tras abrir la puerta, subió al asiento del copiloto.

El coche arrancó, dejando atrás el barrio de Will Tucker y adentrándose en la carretera hacia el bosque frondoso de Cielo Alto.