20 5 de julio
El sheriff Spinster se encontraba solo en el calabozo de la comisaría de Cielo Alto.
Las primeras luces de la mañana se filtraban tímidamente a través de las pequeñas ventanas, proyectando fugaces rayos de sol en la celda.
Mientras la luz se posaba en su rostro abatido, su mente estaba llena de pensamientos tumultuosos y una profunda amargura le oprimía el pecho.
Había sido acusado del asesinato de Madison Harris, la hija de su viejo amigo, una de las personas más alegres y risueñas que conocía, y el capitán Mitchell era el culpable de ello.
Alfie nunca había imaginado que se vería envuelto en una situación tan desgarradora.
Recordaba con cariño y emoción los momentos compartidos con Madison cuando era niña, y los juegos y las risas en la casa de su amigo.
Ahora, todo se había vuelto una maraña de confusión y desesperación.
A medida que los rayos del sol avanzaban por la celda, su mirada perdida reflejaba su profunda tristeza y su lucha interna por comprender lo que había sucedido y cómo había llegado a este punto.
La sombra de la acusación injusta se cernía sobre él, y solo el tiempo y la búsqueda de la verdad podrían liberarlo de las garras de la incertidumbre.
Sin embargo, estaba encerrado y desde la celda poco podía hacer para esclarecer las cosas.
De repente, el recuerdo de Madison se disipó de su mente y comenzó a pensar en Lucy y Tom y en cómo habrían reaccionado a la noticia.
No habían bajado a visitarlo aún, y ya llevaba más de medio día en la celda.
«El acceso estará totalmente vigilado» , pensó mientras hacía un gesto con la cara como diciendo que sería lo lógico.
El sheriff se hallaba absorto en sus pensamientos, sentado en el rincón de su celda, cuando la puerta del calabozo se abrió con cuidado.
No esperaba a nadie en ese momento, y su sorpresa fue palpable al ver a Lucy aparecer por la entrada.
La joven, que llevaba signos de estrés y preocupación en su rostro, se deslizó silenciosamente por el pasillo de celdas. Su mirada se encontró con la de Alfie y un fugaz, pero cálido, destello de complicidad brilló en sus ojos. A pesar de todo, Alfie se sintió bien por un momento al ver a su amiga.
La celda estaba vigilada, y tanto Alfie como Lucy sabían que no podían hablar con libertad, por lo que Lucy le hizo un gesto discreto, indicando que tenía información importante que quería compartir con él.
Sin decir una palabra, el sheriff asintió y se acercó lo suficiente a las rejas de la celda para poder escuchar claramente lo que la joven decía.
—Tienes que ver cómo está la comisaría, está muy vigilada. No he podido bajar antes —susurró Lucy dejando ver en sus ojos la pena que sentía.
—No te preocupes, justo ahora mismo lo estaba pensando —respondió Alfie tratando de quitar peso al asunto—. ¿Qué tienes?
Lucy miró hacia un lado y después hacia el otro y, como no vio a nadie, se volvió a girar hacia Alfie para seguir hablando en voz baja.
—Ayer cuando hablaste con Mitchell en tu casa estábamos en el armario.
—Lo sé. Y menos mal que no os pilló —respondió Alfie con nerviosismo—. No sé qué sería de mí si encima os cogen a los dos.
—El caso es que en un arrebato de lucidez me dio por darle a grabar en la grabadora del móvil.
El rostro de Alfie se iluminó de alegría instantáneamente, pero su entusiasmo se mantuvo contenido para evitar llamar la atención de los agentes.
—¿Todo, todo? —preguntó haciendo énfasis para saber si estaban hablando de lo mismo.
—Todo, todo —respondió Lucy dejando aparecer una tímida sonrisa.
—¡Eso está genial, Lucy! —exclamó Alfie conteniendo su alegría—. Pero eso no demuestra nada sobre el asesinato. No digo que haya sido él, pero tampoco yo. Me estoy pudriendo en esta celda mientras el asesino de verdad campa a sus anchas.
Lucy escuchaba con atención a su jefe mientras esperaba a que terminara para explicar su idea.
—Tom y yo hemos estado hablando —comenzó a decir Lucy mientras quitaba por un instante la mirada de los ojos del sheriff—. Vamos a entrar en casa de Mitchell — susurró.
La momentánea cara de alegría de Alfie se esfumó por completo y volvió la de sufrimiento y estrés.
—¿Te has vuelto loca o qué?
—Es la única manera de sacar algo en claro — respondió Lucy entre susurros mientras gesticulaba con las manos—. Tengo un presentimiento.
Alfie, inquieto por la idea que Lucy acababa de plantearle, miró a su compañera con una mezcla de preocupación.
Su mente se llenó de posibles escenarios y consecuencias de los que, sin duda, se sentiría culpable.
A pesar de su resistencia inicial, la idea comenzó a tomar forma en su mente.
Alfie se dio cuenta de que tal vez, con él en prisión, aquella idea era la única oportunidad de demostrar su inocencia y de hacer justicia por Madison.
—No lo sé, Lucy… —dijo Alfie con dudas.
—Sabes que haría cualquier cosa por ti, Alfie. Cualquiera —comenzó a decir Lucy mientras se le empañaban los ojos—. Y si eso supone colarme en la casa de un violador de mierda lo haré, porque no quiero ver cómo la persona a la que considero mi padre se pudre en un calabozo. Es que me niego.
Lucy apartó la vista del sheriff mientras se frotaba los ojos. Alfie se quedó con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos. Aquellas palabras de Lucy le habían llegado muy hondo en su corazón y por eso precisamente no quería someter a la joven a esa misión tan peligrosa.
—Lucy —llamó Alfie a la joven, que se había dado la vuelta para que su jefe no la viera llorar—. Lucy, mírame.
Lucy se volvió de nuevo hacia Alfie, el cual tenía los ojos más vidriosos que nunca.
—Lo haremos —decidió el sheriff con determinación—. ¿Qué habéis pensado?
Lucy sonrió mientras se quitaba las últimas lágrimas que caían por su cara.
—Hemos pensado entrar aprovechando que el funeral de Madison es esta tarde —dijo la joven, teniendo cuidado con las palabras, pues sabía que Alfie iba a sufrir con ellas.
En la cara de Alfie se pudieron ver una serie de emociones abrumadoras.
Una profunda tristeza nubló sus ojos mientras pensaba de nuevo en la muerte de Madison, que parecía haber pasado a segundo plano debido a todo lo acontecido recientemente.
La impotencia le consumió al darse cuenta de que, debido a su cautiverio, no podría asistir a darle el último adiós en el funeral.
Sus labios se tensaron mostrando una expresión de pesar, y en sus ojos se pudo ver reflejado una mezcla de ira y frustración.
Aunque en ese momento estaba totalmente entregado a intentar demostrar su inocencia, el dolor de no poder despedirse de Madison lo atormentaba, sumado a que el padre de la joven tenía claro que había sido él el asesino de su hija.
—Está bien, pero tú no irás —dijo Alfie con seguridad.
—¿Por qué no? —respondió la joven arqueando una ceja.
—Tu sitio está en el funeral, Lucy —explicó el sheriff— . Además, es muy cantoso que no se te vea por allí, y si queremos que todo esto salga bien tenemos que hacer todo perfecto sin cometer ni un mínimo error.
Lucy se frustró. Su idea principal era entrar en aquella casa, además tenía ganas de ser ella misma la que encontrara algo con lo que incriminar a Mitchell.
—Está bien. ¿Qué propones?
—¿El agente McKay tiene libre, o está ahora mismo en algún caso? —susurró Spinster pegándose a la celda.
—Podría ir. ¿Él no tiene que ir al funeral? —preguntó Lucy un poco airada.
—Lucy, por favor. Vamos a hacerlo así —respondió el sheriff dejando a un lado la pataleta de su compañera.
Lucy asintió y sonrió tímidamente para hacer ver que todo estaba bien.
—Me voy a ir, el capitán estará al llegar y no quiero que me pille hablando contigo —explicó Lucy con pesar—. Te juro por todo que haré cualquier cosa para sacarte de aquí. Te mantendré informado en la medida que pueda.
Lucy se alejó del calabozo y desapareció por la puerta.
Alfie quedó en la celda, sumido en sus pensamientos más profundos.
Deseaba con todas sus fuerzas que el plan funcionara, pero al mismo tiempo lo invadía la preocupación por el peligro que conllevaba la misión.
Mientras repasaba mentalmente los detalles del plan, los recuerdos de que no podría estar en el funeral de Madison volvieron a su mente.
La tristeza y la impotencia se apoderaron de él, y las lágrimas brotaron sin control.
En la soledad de la celda, Alfie lloró una vez más por la pérdida de la hija de su amigo y por la injusticia que le había arrebatado la oportunidad de despedirse de ella.