¿Quién mató a Madison Harris? 18 29 de junio #2
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18 29 de junio #2

El gesto la tomó completamente por sorpresa. Un calor extraño recorrió su cuerpo y, aunque intentó mantener la compostura, el rubor que se extendía por sus mejillas la delató. Se pasó una mano por el pelo, tratando de disimular el sudor que empezaba a acumularse en su nuca.

«Solo vine aquí a pasarlo bien» , pensó, aunque en ese instante sentía que su cuerpo estaba envuelto en una extraña mezcla de nervios y atracción.

—¡Hombre, cabronazo! —la voz de Tucker resonó a unos metros, atrayendo la atención de Madison.

Will estaba abrazando a un hombre de complexión robusta, cabello canoso y mirada astuta, vestido con un traje oscuro.

— El capitán de policía más corrupto de toda América —bromeó Tucker con una carcajada mientras le daba una palmada en la espalda.

El hombre rio también, aunque de forma más contenida, y le devolvió un puñetazo amistoso en el hombro. Luego, tomó un trago de su whisky con tranquilidad mientras su mirada recorría la sala.

—¿Madison? ¡Vaya sorpresa! —exclamó el hombre al verla, esbozando una amplia sonrisa que acentuaba las líneas de expresión en su rostro—. Soy Matthew Mitchell, quizás no me recuerdes. Trabajé con tu padre en el departamento de policía hace algunos años.

Madison frunció ligeramente el ceño mientras intentaba situarlo en su memoria. Aquella voz y su rostro le resultaban familiares, aunque no lograba ubicarlo del todo. Sin embargo, tras unos segundos, una chispa pasó por su mente.

—¡Oh, claro! Sí, ya lo recuerdo —respondió Madison, devolviéndole la sonrisa de cortesía—. Nos vimos hace unos días en casa de mis padres, ¿verdad? Durante una de sus visitas.

El hombre asintió con satisfacción, mientras apoyaba el vaso de whisky en la barra.

—Exacto, eso fue. Ya veía yo que no te habías olvidado de mí —Mitchell rio con un tono profundo y agradable, aunque sus ojos tenían un brillo astuto que no pasó desapercibido para Madison.

—Le diré a mi padre que lo he visto por aquí —dijo ella con tono dulce.

—Tutéame, por Dios —replicó Mitchell con una carcajada—. No tengo ochenta años… todavía —luego, acercándose un poco, añadió con aire de complicidad—: aunque si no le dices nada a tu padre, te lo agradecería. No quiero que piense que me he pasado al lado oscuro.

Madison no pudo evitar reírse ante el comentario, pero notó algo extraño en su actitud, algo que la incomodó ligeramente.

—No se preocupe… quiero decir, no te preocupes. Quedará entre nosotros —dijo finalmente con un guiño amable.

El capitán asintió con una risa torcida, levantando su vaso en un gesto de agradecimiento.

—Eres una chica lista, Madison. Pásalo bien esta noche.

Ella se despidió con un leve movimiento de cabeza y se giró para caminar hacia donde la esperaban Ethan y Will. Mientras avanzaba, sentía la mirada fija de Mitchell en su espalda, una sensación que no pudo ignorar, de modo que aceleró el paso y dejó aquella extraña intervención atrás.

Madison llegó junto a Ethan, quien la había observado con atención desde el momento en el que había empezado a hablar con aquel extraño hombre. Aunque trataba de parecer despreocupado, sus ojos delataban lo contrario .

—¿Quién era ese viejo? —preguntó Ethan con curiosidad, sin disimular una mirada desconfiada hacia el hombre que seguía en la barra, ahora concentrado en su whisky.

—Un antiguo compañero de mi padre en la policía. Lo conocí en casa hace unos días —respondió Madison, restándole importancia al encuentro. Luego, cambiando el tono y con una sonrisa que iluminaba su rostro, añadió—: ¿Bailamos?

Ethan, aliviado al ver su entusiasmo intacto, sonrió ampliamente y asintió.

—Por supuesto, señorita Harris.

Con un gesto galante, cogió la mano de Madison y la condujo hacia el centro de la pista de baile, donde las luces parpadeantes y la música vibrante marcaban el pulso de la fiesta. Entre risas y bailes, se dejaron llevar por el ritmo, envolviéndose en la energía del momento.

Madison se sentía libre. Por un instante, todo lo que había sucedido momentos antes en su casa parecía un recuerdo borroso, un eco lejano que se desvanecía en la euforia de la noche.

Cada giro, cada baile y cada carcajada, le hacía entrar en una terapia perfecta para olvidar sus traumas más recientes.

—¿Te estás divirtiendo, Madi? —preguntó Ethan, acercándose para que pudiera escucharlo sobre el estruendo de la música.

—¡Mucho! Esto es increíble. Mil gracias por traerme — respondió ella, alzando la voz mientras levantaba su copa con gesto de brindis.

—Te lo mereces, Madi —contestó Ethan con tono sincero y protector .

La joven le dedicó una sonrisa mientras, sin quererlo, se le escapaba una mirada furtiva hacia los labios del joven. Ethan lo notó y se ruborizó, pero no dio pie a que sucediera nada más.

—Voy a ir a buscar a Will, no sé dónde se ha metido — dijo Ethan mientras buscaba entre todas las cabezas que había en la sala—. Tiene que darme dos entradas para el partido.

—Ve a buscarlo, yo voy a sentarme un poco en aquellos sofás, estoy un poco cansada —dijo Madison señalando a una zona de la sala donde había sillones y cojines.

Ethan asintió, dio un beso en la cara a la joven y se perdió entre la multitud.

Madison por su parte se dirigió con dificultad hacia los asientos, pasando entre toda la gente.

Cuando llegó se dejó caer y dio un suspiro de placer al descansar un poco por fin.

Mientras estaba sentada curioseó un poco mirando alrededor y viendo todo tipo de encontronazos y chismes.

No pudo dejar de mirar la escena en la que Ronald, el futbolista que le habían presentado antes, se estaba besando apasionadamente con Sarah Jay, cantante de una conocida banda de rock estadounidense.

A su lado había una chica rubia con gafas tratando de disimular que estaba grabando y haciendo fotos de la escena.

Madison pensó en ir donde Ronald a decirle que una paparazzi quería hundirle la carrera, pero decidió que le dolían demasiado los pies como para levantarse en ese momento.

Entretanto apareció el capitán Mitchell, con una encantadora sonrisa y dos copas en la mano.

—Me he fijado en que te gusta el Sex on the Beach —dijo el hombre mientras tomaba asiento al lado de Madison y le cedía la copa—. A mí también, aunque tengo que admitir que soy más de whisky .

Madison sonrió al hombre y aceptó amablemente la copa del excompañero de su padre.

—¿Brindamos por tu padre? —sugirió Mitchell con voz de orgullo—. He pasado más de cuarenta años con él y ahora estoy de fiesta con su hija. ¡Cómo es la vida!

Madison no se fiaba de aquel hombre al cien por cien, pero decidió que había demasiada gente en aquella sala para que le pasara algo malo, así que brindó con él.

—¡Por mi padre! —exclamó Madison con una sonrisa. Después, dio un trago a la bebida y se relamió.

—Ay, Robert… Qué mayores somos ya —dijo Matthew con un tono solemne—. Aunque él por lo menos está jubilado, yo todavía sigo al pie del cañón —dijo mientras soltaba una carcajada.

—Sí, ahí está en casa, haciéndole la vida imposible a mi madre y atendiendo cursos de bricolaje para el jardín — respondió Madison entre risas. Matthew se rio a carcajadas.

—Para lo que ha quedado el cabrón —dijo Mitchell, previo a dar un sorbo a su whisky—. Es un gran hombre, y tu madre también. No me extraña que haya salido una hija tan especial.

—Muchas gracias, Matthew. La verdad es que son increíbles los dos —respondió la joven emocionándose un poco, acordándose del cariño que tenía a sus padres—. Ellos me lo han dado todo y quiero devolvérselo.

Matthew asintió y siguió tomando, al igual que Madison.

Tras esa charla, conversaron sobre fútbol americano, ya que estaban en casa de un famoso que se dedicaba a ese deporte, y no podían dejar pasar la oportunidad de comentar las mejores jugadas del quarterback .

A medida que pasaban los minutos, Madison se encontraba cada vez más cómoda con Matthew.

—Tengo que admitir que al principio me dabas mala espina —se atrevió a decir Madison—. Pero que va, eres un buen tío.

Madison dio el último sorbo y se acabó la copa. Dejó el vaso en la mesa y se llevó una mano a la frente.

—¡Qué mareo llevo! —dijo Madison mientras hipaba—. Yo pensaba que esto no subía tanto.

Madison pidió disculpas a Matthew y se levantó para dirigirse al baño. Estaba muy mareada y tampoco había bebido tanto, solamente tres cervezas y dos copas. Avanzó hacia el baño dando tumbos hasta que se cruzó con Ethan, el cual fue hacia su posición para agarrar la cara de la chica.

—¿Estás bien? ¿Qué te pasa? —preguntó Ethan un poco alarmado al ver cómo se tambaleaba su amiga.

—Sí… Tranquilo… —respondió Madison. Cada segundo que pasaba se encontraba más adormilada aún—. Voy al baño… y después… a tumbarme por ahí.

Ethan agarró a Madison y la acompañó al baño.

Entró con ella y le dio igual todas las miradas que estaba recibiendo puesto que solo quería que su amiga se recuperara.

Tras varios segundos refrescándose bajo el agua, levantó la cabeza y miró a su amigo, que estaba mirándola fijamente para ver cómo evolucionaba.

—Acompáñame a una cama, por favor —pidió Madison con los ojos entrecerrados—. Necesito tumbarme.

Ethan puso el brazo de Madison alrededor de su cuello y avanzó a duras penas con la joven hasta el piso superior donde se encontraban las habitaciones.

Subieron las escaleras con dificultad, parando incluso varias veces para que la joven recuperara fuerzas.

Una vez en el primer piso, avanzaron por un ancho y largo pasillo hasta que vieron la primera habitación.

Ethan metió a Madison en ella y poco a poco tumbó con delicadeza a la joven en la cama.

—Gra-Gracias… —murmuró Madison con los ojos cerrados y la voz suave—. Te quiero mucho, Ethan.

Este sonrió, se sentó junto a ella en la cama y comenzó a hacerle caricias en la cara.

—Yo también te quiero, Madison. Pero ahora descansa un ratito, ya hablaremos después de esto —respondió el joven con cierto tono de ilusión.