18 29 de junio
Día de la fiesta
Tras varios minutos recorriendo las calles oscuras y desiertas de Cielo Alto, el taxi finalmente llegó al aparcamiento del gimnasio de Ruby, el lugar donde Madison había quedado con Ethan.
La joven dejó escapar un leve suspiro y, antes de bajar, volvió a disculparse con el taxista.
Este asintió y cobró el viaje a la joven.
Tras ello, volvió a ajustarse el mechón rebelde de su cabello, y repasó su labial con una ligera presión en los labios.
Una vez lista, empujó la puerta del taxi y salió con elegancia.
Cerró la puerta con suavidad y se dirigió hacia Ethan, que la esperaba impaciente junto a su coche.
—¡Vaya, señorita Harris! —exclamó Ethan, con sus ojos brillando con admiración al verla acercarse—. ¡Estás espectacular!
Madison se sonrojó al escuchar el cumplido, ligeramente incomoda, y desvió la mirada con una sonrisa tímida.
—Anda, anda, exagerado —respondió Madison con una risa nerviosa mientras jugueteaba con los bordes de su vestido.
Ethan no pudo evitar una carcajada. Con una sonrisa traviesa, extendió la mano hacia ella, tomando su muñeca con suavidad. La giró hacia él con un movimiento fluido, como si fueran a comenzar un baile, y le hizo dar una vuelta completa.
—¡Espectacular, en serio! —repitió, esta vez con una calidez en la voz que hacía que sus palabras sonaran aún más sinceras.
Justo detrás de ellos se abrió la puerta del gimnasio y apareció Ruby Morales, que llevaba un precioso vestido morado y unos tacones del mismo color que combinaban a la perfección.
La joven se paró en seco, y miró a ambos durante varios segundos de arriba abajo.
Después, puso un gesto de asco y siguió hacia su coche.
Los dos jóvenes hicieron caso omiso y decidieron montar en el coche para ir hacia la fiesta de Will Tucker.
Circularon de nuevo por el pueblo hasta llegar a las afueras.
Madison miró por el retrovisor y vio un coche rojo detrás de ellos y, dado que eran los únicos coches que rondaban por allí, dedujo que irían también a la fiesta.
Después, miró de nuevo a su amigo. Como era muy detallista, se fijó que la miraba de reojo en varias ocasiones, así que a la quinta vez fue ella la que se le quedó mirando fijamente.
—¿Qué pasa? —preguntó Ethan, notando que la mirada de Madison había cambiado de forma repentina.
—Tú dirás —respondió Madison, con tono más duro del que le hubiera gustado .
Ethan, confundido y preocupado, desvió de nuevo la vista hacia la carretera. El silencio que llenó el espacio entre ellos fue denso, como una capa invisible que ambos intentaban ignorar. Tras unos minutos, y a pesar de su intento por mantenerse distante, Ethan no pudo evitar romper el silencio.
—¿Qué te ha pasado en casa? —preguntó con cautela. Estaba casi seguro de saber lo que había sucedido, aunque no lo hubiera visto con sus propios ojos.
Madison bajó la mirada, con el peso de la vergüenza cargándose en su rostro. Al notar su incomodidad, Ethan extendió la mano, tocando suavemente su mejilla. Su gesto fue tierno y reconfortante.
—Soy tu amigo, Madi —añadió con voz suave—. Sabes que puedes contarme cualquier cosa. Lo que sea.
Madison, al sentir la calidez de su amigo, cerró los ojos un momento, buscando calma. El gesto de Ethan la tranquilizó, pero no era el momento de hablar de lo que acababa de suceder.
—Vamos a pasarlo bien, ¿vale? —respondió Madison con una sonrisa tranquilizadora, buscando darle a Ethan un respiro de seguridad.
El joven, sin embargo, no dejó de mirar al frente, pero su mano alcanzó la de Madison, cubriéndola con un gesto que buscaba transmitir más que palabras.
—Sabes que si te pasa algo me muero, ¿no? —dijo con una intensidad suave, pero firme, mientras su mano permanecía sobre la de ella—. Puedes contarme lo que sea.
Madison apretó ligeramente su mano contra la suya, agradecida por el apoyo de su amigo.
—Lo sé —respondió con sinceridad—. Pero por ahora, vamos a dejar todo eso a un lado. Solo quiero bailar, beber y, aunque sea por un rato, olvidar.
Ethan sonrió con complicidad, entendiendo perfectamente lo que Madison necesitaba en ese momento. Soltó una pequeña risa y volvió a concentrarse en la carretera. La vista frente a ellos se fue llenando de mansiones imponentes y casas de lujo que se alzaban como gigantes en la penumbra de la noche.
—Supongo que hemos llegado —comentó Madison entre risas, mirando las enormes residencias.
Ethan soltó una carcajada y asintió con una sonrisa cómplice.
Sin perder el tiempo, giró el volante y se adentró en el aparcamiento subterráneo, un espacio amplio y perfectamente iluminado que parecía la entrada secreta a un mundo distinto.
Detuvo el coche con destreza en la plaza número siete y, tras apagar el motor, ambos salieron del vehículo.
Cruzaron el aparcamiento hacia el ascensor, cuya elegante puerta metálica parecía brillar con luz artificial.
El ascensor, moderno y minimalista, los llevó directamente al porche de la mansión de Tucker.
Madison aprovechó el trayecto en el ascensor para mirarse en el espejo y darse unos últimos retoques mientras que Ethan, a su lado, se recolocaba la americana negra con gestos tranquilos, estirando los brazos para sentirse cómodo.
El sonido del timbre del ascensor resonó suavemente y las puertas se abrieron.
Al salir al exterior, delante de ellos se extendía un mar de personas: cientos de invitados conversaban animadamente entre sí, todos ellos engalanados con trajes lujosos y máscaras intrincadas que ocultaban sus rostros, creando un aire de misterio y exclusividad.
Madison y Ethan intercambiaron una mirada, sonriéndose el uno al otro.
—¡Aquí está mi colega Murphy! —exclamó una voz cálida que atravesó el bullicio de la multitud. De repente, dos personas se apartaron, dejando espacio para que un hombre alto y musculoso, de piel oscura, emergiera con una sonrisa radiante.
—¡Qué pasa, Tucker! —gritó Ethan, con voz llena de entusiasmo al ver a su amigo. Se acercó rápidamente y le dio un fuerte choque de manos—. Te presento a Madison Harris —añadió Ethan, señalando a su amiga con una sonrisa cómplice.
Tucker, con una sonrisa genuina, se inclinó ligeramente hacia Madison, dándole dos besos con una elegancia natural.
Madison, aún sorprendida por la magnitud de la situación, correspondió con los besos sin poder evitar que su rostro mostrara el asombro.
Estaba conociendo a una de las figuras que más admiraban tanto ella como su padre, y la emoción era palpable en su expresión.
—¡Soy una gran admiradora! Muchas gracias por la invitación —dijo Madison, con la voz ligeramente temblorosa, pero llena de sinceridad.
Tucker sonrió ampliamente, haciendo un gesto de agradecimiento con la mano.
—¡Es un placer! —respondió con calidez. Luego, sin perder su energía, cogió suavemente la mano de Madison y la giró, invitándola a dar una vuelta con la misma gracia con la que Ethan lo había hecho en el aparcamiento—. ¡Vaya, Murphy! —continuó Tucker—. Sí que tienes buen gusto, macho. ¡Sí señor !
Ethan rio y Madison se ruborizó al instante.
—No es mi novia, tío. Es solo una amiga —aclaró Ethan, con tono afable, pero firme.
—¡Ouch! Mis disculpas, guapa —respondió Tucker con una sonrisa avergonzada, llevándose una mano al pecho como si quisiera enfatizar su arrepentimiento—. Llevo ya unas cuantas cervezas encima y ya no sé ni lo que estoy diciendo.
Madison esbozó una sonrisa tímida, intentando disimular su rubor.
—Pero, ¡qué hacéis ahí parados! —exclamó Tucker con entusiasmo renovado, moviendo los brazos como si quisiera empujarlos hacia dentro—. ¡Entrad! Voy a presentar a Madison a la gente.
Con esa invitación, Tucker giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia el interior de la mansión. Madison lo siguió, caminando junto a Ethan, quien le dedicó una mirada tranquilizadora.
Mientras avanzaban por el vestíbulo, la joven no pudo evitar sentirse un poco abrumada. Sus mejillas estaban teñidas de un rojo intenso que combinaban a la perfección con su vestido, un reflejo claro de la mezcla de timidez y emoción que estaba sintiendo.
El interior de la mansión era un espectáculo en sí mismo: techos altos decorados con frescos carísimos, lámparas enormes de cristal que caían del techo como arañas y paredes adornadas con obras de arte modernas.
Pero lo que más llamaba la atención no eran los detalles arquitectónicos, sino las personas que se movían en el lugar.
Madison alcanzó a distinguir a varias figuras que reconoció al instante.
Había cantantes cuyas canciones formaban parte de la banda sonora de su vida, futbolistas cuyas jugadas había visto una y otra vez en televisión, y actores que parecían más brillantes aún en persona que en la pantalla.
La joven tragó saliva, mientras pensaba que podría acostumbrarse fácilmente a aquella vida.
—Tranquila —susurró Ethan, inclinándose un poco hacia ella mientras caminaban—. Encajarás perfectamente.
Madison asintió, ofreciéndole una pequeña sonrisa de agradecimiento.
—¡Ronald! —gritó Tucker al divisar a un hombre de porte atlético, vestido con un polo rosa perfectamente planchado y un pendiente blanco que brillaba en su oreja derecha—. ¡Ronald, ven aquí, tío!
Ronald, que estaba apoyado en la barra del minibar con un vaso en la mano, giró la cabeza con curiosidad al escuchar su nombre. Tras dejar el vaso con calma, se abrió paso entre los invitados.
—Madison, te presento a Ronald—dijo Tucker con un tono lleno de orgullo y un guiño cómplice—. Es delantero de Los Ángeles Galaxy.
—Ya sé quién eres. ¡Encantada de conocerte! — exclamó con entusiasmo, esforzándose por no parecer demasiado fanática, aunque sus ojos brillaran con emoción.
—El gusto es mío, señorita —respondió Ronald con una sonrisa deslumbrante. Luego, tomando la mano de Madison con la delicadeza de un caballero, le depositó un beso ligero en el dorso mientras la miraba directamente a los ojos.