17 29 de junio
Día de la fiesta
Madison deslizó el dedo sobre la pantalla del móvil, enviando su mensaje: «Voy a empezar a prepararme. Cuando esté lista, llamaré a un taxi.»
Ethan respondió con un icono de un pulgar levantado, una confirmación escueta, pero suficiente.
Madison esbozó una sonrisa fugaz, bloqueó el teléfono con un leve chasquido y lo dejó caer sobre la mesilla con más fuerza de la necesaria.
Su mirada se perdió un instante en la pantalla apagada antes de desviar los ojos hacia la puerta de la habitación.
Estaba sentada en el borde de la cama, vestida únicamente con un sujetador rojo que realzaba su piel clara, y un tanga negro.
Un suspiro se escapó de sus labios al tiempo que sus hombros se encogían, como si el peso de sus pensamientos se volviera insoportable.
Las cosas con Noah no podían estar peor.
Habían llegado al punto en el que convivir se parecía más a compartir piso con un conocido que a una relación.
Apenas hablaban y, cuando lo hacían, era sobre temas triviales, como qué pedir de cenar o qué programa ver en la televisión.
Con un leve movimiento de cabeza, como si intentara escapar de sus ideas, Madison se levantó y caminó hacia el baño.
Se miró en el espejo, dejando que la luz blanca iluminara su rostro.
Se veía preciosa, pero algo en su cara le hacía ver que realmente estaba inquieta, como si algo invisible tirara de ella hacia abajo.
Decidida a no dejar que esos pensamientos enturbiaran su noche, abrió el neceser y comenzó a maquillarse.
Cuando terminó, Madison se tomó un momento para admirar el resultado.
Se veía espectacular, y lo sabía. Cogió su móvil y comenzó a hacerse fotos, jugando con las poses frente al espejo, lanzando besos a la cámara y guiñando un ojo.
Por un instante, se le pasó por la cabeza la idea de enviarle una de las fotos a Ethan, pero un atisbo de culpa la detuvo.
Noah, después de todo, seguía allí, abajo, aunque la distancia entre ellos se sintiera más grande que nunca en los diez años de relación que llevaban juntos.
Al mirar el reloj, un sobresalto la sacó de su ensimismamiento.
Había perdido más de media hora sacándose fotos y mirándose en el espejo lo guapa que estaba.
Con prisa, cogió el vestido que le había regalado Alfie y se lo puso, deslizando con sumo cuidado la cremallera.
El rojo vibrante del vestido parecía iluminar la habitación.
Con el móvil en la mano, llamó a un taxi.
El conductor le aseguró que estaría en la puerta en cinco minutos.
No había tiempo que perder. Cogió su bolso, las llaves y apagó la luz antes de bajar las escaleras.
El sonido de sus tacones resonó en la madera, haciendo que Noah, que estaba tirado en el sofá con el televisor a todo volumen, girara la cabeza distraídamente.
Su primera reacción fue apenas un vistazo de reojo, pero algo lo obligó a mirar de nuevo, esta vez con total atención.
La joven se detuvo al pie de la escalera, ajustándose un mechón de pelo detrás de la oreja. Noah la observó, sus ojos recorrieron su figura de arriba abajo con un movimiento casi mecánico. Sin embargo, su rostro permaneció impasible, sin una pizca de emoción que delatara lo que sentía.
Madison, acostumbrada a ese vacío en él, no dijo nada. Simplemente se ajustó el bolso al hombro.
—El taxi llegará enseguida… —dijo Madison, con una voz suave.
—Así que vas a ir… —espetó Noah, frunciendo el ceño. Después de eso, puso una sonrisa irónica—. Muy bien.
Sin añadir más, apartó la mirada de Madison y volvió a centrarla en la tele, aunque esta vez el brillo de la pantalla no lograba captar del todo su atención.
Un leve apretón de su mandíbula y la rigidez de su postura delataban que, por más que intentara fingir indiferencia, la situación le afectaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Claro que voy a ir. ¿Por qué no debería? —replicó Madison, con sus ojos clavados en él con una firmeza que contrastaba con el tono calmado de sus palabras.
Noah giró la cabeza hacia ella de nuevo, esta vez con una expresión más intensa y con sus cejas levemente alzadas en una mezcla de incredulidad y desafío.
—¿A ti te gustaría que yo saliera de fiesta con otras chicas? ¿Estando así como estamos? —preguntó el joven. Después, inclinó ligeramente hacia delante con sus ojos entrecerrados—- ¿A que no ?
—A mí me da igual lo que hagas, siempre que me respetes, Noah. Lo sabes —respondió Madison, con su voz quebrándose al final de la frase. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y, aunque intentó mantener la compostura, el dolor que sentía era evidente.
—¡Pues tú no me estás respetando, Madison! —rugió, golpeando el sofá con un puño cerrado. El ruido resonó en la habitación. De un salto, se puso en pie y caminó hacia ella con pasos firmes, casi amenazantes—. ¡Nunca me respetas! ¡Nunca! —añadió, fuera de sí.
Madison retrocedió instintivamente, sintiendo cómo el calor de la situación se volvía asfixiante.
—Noah… me estás asustando… —murmuró con su voz saliendo como un susurro.
El miedo comenzó a apoderarse de su expresión mientras daba pasos hacia atrás, tratando de poner distancia entre ellos. Pero Noah no se detuvo. Al contrario, su voz se alzó aún más, cargada de rabia y tristeza mal disimulada.
—¡Estoy hasta los huevos de aguantar tus tonterías!
— gritó de nuevo, gesticulando con violencia mientras miraba con ojos desorbitados—.
¿Dónde quedaron los días del italiano, Madison?
¿Eh? ¿Dónde quedaron los putos días en los que lo único que te importaba era casarte conmigo y construir una vida juntos?
—Pues para tu información, ya no estoy embarazada, Noah —la voz de Madison tembló al principio, pero rápidamente se alzó, cargada de furia—. ¡Te lo habría dicho si no estuvieras todo el día drogándote!
Sus palabras cortaron el aire como un cuchillo, y su mirada desafiante parecía retar a Noah a replicar. Él, lejos de quedarse callado, dio un paso adelante, con sus ojos encendidos en una ira ya descontrolada.
—¡Me lo habrías dicho si no estuvieras todo el día follándote a tu amiguito del gimnasio! —gritó, con un tono aún más feroz.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado, como la calma que precede a una tormenta.
Entonces, antes de que hubiera tiempo para procesar lo dicho, Madison levantó el brazo y, sin vacilar, le cruzó la cara a Noah con una bofetada contundente.
El joven se quedó inmóvil por un instante, como si el impacto lo hubiera dejado paralizado.
Sin embargo, la quietud duró apenas un segundo antes de que su reacción llegara con una violencia aún mayor.
Sus manos se alzaron y, en un movimiento rápido, la agarró del cuello con fuerza.
Madison apenas tuvo tiempo de emitir un jadeo antes de sentir su espalda golpear contra la pared.
La fuerza del impacto la dejó aturdida mientras el aire se escapaba poco a poco de sus pulmones.
—¡Que sea la última vez que me pegas, puta de mierda! —rugió Noah, con su rostro a escasos centímetros del de ella. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de su garganta, y el odio que sentía era tan ardiente que no estaba dispuesto a soltarla de ninguna manera.
Madison intentó desesperadamente liberar su cuello de las manos de Noah, pero el aire comenzaba a faltarle.
Su voz, reducida a jadeos entrecortados, era incapaz de formar palabras.
Sin esperar un segundo más, hundió sus largas uñas con fuerza en los brazos de Noah, dejando surcos rojos en su piel.
El tiempo parecía ralentizarse mientras luchaba por escapar.
En un movimiento instintivo, alzó la rodilla y lanzó un rodillazo certero que impactó de lleno en los testículos de Noah.
El grito ahogado que él soltó fue seguido por un gemido de dolor mientras sus manos se soltaban de inmediato del cuello de Madison.
Aprovechando el instante de libertad, Madison arañó con fuerza uno de sus brazos, desgarrando la piel lo suficiente como para dejar marcas visibles. Noah cayó al suelo, incapaz de mantenerse en pie, y se encogió en posición fetal, jadeando con dificultad mientras se tocaba el abdomen.
Madison, aún temblorosa, se tambaleó hacia atrás, cogiendo aire con grandes bocanadas.
Se llevó una mano al cuello, notando la piel sensible y enrojecida.
Durante un momento, permaneció inmóvil, como si su mente tratara de procesar lo que acababa de suceder.
Finalmente, alisó su vestido con movimientos automáticos, enderezándose con un esfuerzo consciente.
Sus ojos se clavaron en Noah, que seguía retorciéndose en el suelo.
—No sé en qué estaba pensando al querer casarme contigo, pero esto se ha acabado, Noah —dijo Madison, con voz serena, aunque temblorosa—. Te has arruinado la vida tú solito, y ni siquiera me diste la oportunidad de ayudarte. Así que ahí te quedas. Suerte para quien tenga que soportarte.
Su mirada permaneció fija en él durante un instante. Noah, todavía recostado en el suelo, jadeaba con dificultad, incapaz de levantar la cabeza.
—Vete a la fiesta, puta de mierda. ¡Y no vuelvas! — exclamó Noah con voz ronca y quebrada.
Madison lo observó con una mezcla de incredulidad y repulsión.
Durante un segundo, pensó en responder, pero decidió que no valía la pena.
Sin decir una palabra más, giró sobre sus tacones y caminó hacia la puerta.
Salió apresuradamente de la casa y pudo observar al taxi que la esperaba fuera.
La joven avanzó hacia él ante la atenta mirada del taxista, que se quejaba airadamente mientras tocaba su muñeca con el dedo índice.
—Disculpe, señor. He tenido un pequeño percance en casa, espero que pueda disculparme —dijo Madison, esforzándose por sonar dulce mientras luchaba por mantener la compostura.
El taxista, un hombre de mediana edad con un bigote espeso, la miró de reojo por el espejo retrovisor. Tras un momento de silencio, se encogió de hombros con indiferencia.
—A mí me da igual, señorita. El contador lleva corriendo quince minutos —respondió con una voz ronca y desinteresada, señalando con un dedo la pantalla luminosa del taxímetro.
El taxi arrancó, y Madison observó por la ventana cómo la casa quedaba atrás, reduciéndose poco a poco hasta desaparecer en la distancia. Su destino era la fiesta, pero su mente seguía atrapada en el caos que había dejado atrás.
Mientras tanto, dentro de la casa, Noah, aún recuperándose del golpe físico y emocional, se levantó de golpe al escuchar el ruido del motor del coche alejándose.
Con pasos apresurados, salió por la puerta principal y alcanzó a ver la parte trasera del taxi doblando la esquina.
Permaneció allí, inmóvil por unos segundos, con el pecho subiendo y bajando rápidamente debido a la respiración agitada.
Sin perder más el tiempo, volvió al interior y se dirigió directamente hacia su teléfono móvil.
Sus dedos tamborilearon nerviosamente sobre la pantalla mientras navegaba por su lista de contactos.
Finalmente, encontró el nombre que buscaba y presionó para llamar.
—¿Jayden? ¡Qué pasa, tío! —exclamó Noah con una energía casi eufórica—. ¿Te apetece venirte a una fiesta? ¿Sí? Pasa a recogerme por casa, estoy listo.
Colgó antes de escuchar cualquier respuesta.
Cerró la puerta con un golpe seco y se dirigió hacia la parte trasera de la vivienda.
Allí, en la pequeña caseta de herramientas junto a la huerta descuidada, buscó algo específico.
Tras ponerse unos guantes desgastados, sacó una pala con un movimiento rápido y decidido.
Avanzó de nuevo hacia la parte delantera y se apoyó contra el porche, observando la calle vacía con una mezcla de impaciencia y tensión. Cada sonido, cada sombra que cruzaba su campo de visión, parecía encender una chispa en su interior mientras esperaba ansiosamente la llegada de Jayden.