¿Quién mató a Madison Harris? 16 6 de agosto de 1987 #2
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16 6 de agosto de 1987 #2

—Por favor, ¿crees que serás capaz de no decir ni hacer absolutamente nada cuando Rebecca nos traiga los perritos? —preguntó Alfie con exasperación. Su tono era serio, casi como una advertencia—. Tienes veintitrés años, Matthew, ya va siendo hora de que empieces a madurar.

—¿Por quién me tomas, Alf? ¡Nunca haría algo tan estúpido! —respondió Matthew con un tono más alto de lo que pretendía, ofendido por la insinuación de su colega—. ¿Qué pasa? ¿Crees que no sé comportarme?

Alfie lo miró sin decir nada, sabiendo que, aunque Matthew era muy bromista, todavía tenía que aprender a controlar su impulsividad.

Pasados unos instantes, Rebecca se acercó con las bandejas de comida, con su rostro ligeramente tenso, aunque mantenía la compostura.

Alfie no pudo evitar fijar su mirada en Matthew, que intentaba contener una sonrisa traviesa, sabiendo que su amigo iba a ser incapaz de callarse, o que iba a soltar en cualquier momento algún tipo de comentario de mal gusto.

La tensión era palpable, pero el joven, por raro que pareciera, se limitó a morderse la lengua, aunque era evidente que se estaba conteniendo con todas sus fuerzas.

Rebecca dejó las bandejas en la mesa, evitándolos con una frialdad que no pasó desapercibida.

Sin embargo, después de eso, todo se calmó.

Alfie y Matthew comenzaron a cenar, charlando sobre cosas banales, esas conversaciones que transcurren sin un rumbo fijo, pero que mantienen a los amigos unidos.

Mientras saboreaban la comida, se permitió las licencias de siempre: bromas suaves, risas que aliviaban la tensión del día.

Cuando finalmente hubieron acabado, se levantaron al unísono, con la sensación de haber superado la incomodidad.

Matthew, como de costumbre después de cada cena, se dirigió al baño, dejando a Alfie solo en la mesa.

Aprovechando el momento, Alfie se acercó al mostrador donde se encontraba la señora Rogers, preparándose para pagar.

Sabía que debía hacer algo para reparar la situación con Rebecca, quien aún se encontraba limpiando una mesa cercana.

Con una sonrisa sincera, Alfie se acercó a la joven camarera.

—Rebecca, de verdad, lamento el comportamiento de Matthew. No es excusa, pero a veces se deja llevar por su impulso. Espero que no te haya molestado demasiado —dijo, mirando a la joven con la disculpa reflejada en sus ojos.

Rebecca lo miró por un instante, y finalmente asintió con una ligera sonrisa.

—Está bien, Alfie. No es la primera vez que tengo que lidiar con personajes como él —respondió con una voz más relajada—. Gracias por disculparte, no pasa nada.

Agradeciéndole de nuevo la disculpa, se despidió y se dirigió donde la señora Rogers, pagó la cuenta y le dio las gracias a la dueña. Cuando salió, Matthew ya lo esperaba, sonriendo ampliamente al ver que la noche parecía haber comenzado.

—Vamos a por unas cervezas y luego entramos —dijo Matthew, señalando con la mano la tienda junto a la discoteca Moon .

—Mejor entramos ya y te invito a unas dentro —sugirió Alfie, con una sonrisa cómplice. La palabra invitar fue suficiente para que Matthew accediera sin pensárselo dos veces.

Ambos jóvenes se acercaron a la cola, que avanzaba con una lentitud que ponía a prueba la paciencia de cualquiera.

Tras lo que pareció una eternidad, finalmente lograron cruzar la puerta y entrar al bullicioso interior de la discoteca.

La energía del lugar era increíble, con el sonido de la música envolviendo cada rincón.

Nada más entrar, una canción que ya les era familiar resonó por los altavoces, The Final Countdown, justo la misma que había sonado horas antes en la radio.

Matthew no pudo evitar sonreír, sintiéndose aún más animado por la coincidencia.

El lugar estaba abarrotado de jóvenes, todos moviéndose al ritmo de la música, lo que hacía casi imposible acercarse a la barra.

Alfie, decidido, comenzó a abrirse paso entre la multitud, apartando a la gente con firmeza.

Matthew lo seguía de cerca, sin querer perder de vista a su amigo.

A medida que se acercaban a la barra, la dificultad aumentaba; la multitud se hacía cada vez más densa.

De repente, Alfie tropezó y, en un torpe movimiento, chocó contra la espalda de una joven que se encontraba a su lado.

El vaso que sostenía la chica cayó al suelo, rompiéndose en pedazos con un estrepitoso crack .

—¡Mira por dónde vas, gilipollas! —exclamó la joven, visiblemente molesta, girándose para encararse con Alfie .

—Perdona, señorita. Ha sido un accidente, he tropezado y no he podido evitar chocar contigo —dijo Alfie, intentando disculparse con tono amable.

La joven lo miró unos segundos, frunciendo el ceño, pero de repente su expresión cambio. Una sonrisa tímida apareció en su rostro.

—Vaya, qué guapo eres, ¿no?

—¿En serio? —preguntó Alfie, casi incrédulo por la pregunta de la joven.

—¿Qué pasa, que no te lo suelen decir mucho? — preguntó la joven con un toque juguetón, mientras se reía suavemente.

—Pues no, la verdad.

Justo en ese momento, Matthew apareció por detrás. Al ver la escena, su rostro se iluminó con sorpresa.

—¡Te había perdido, Alf! ¡Joder! ¿Y quién es este pibón? —preguntó Matthew con una sonrisa traviesa, al notar lo atractiva que era la chica con la que su amigo estaba hablando. Con un gesto confiado, extendió la mano—. Soy Matthew Mitchell, encantado.

Sin pensarlo, le dio dos besos a la joven.

—Yo soy Emily. Encantada —respondió ella con una sonrisa y un guiño coqueto hacia Matthew.

Alfie, aunque algo nervioso por la repentina atención que su amigo estaba recibiendo, no pudo evitar sentirse un tanto incómodo en esa situación.

—Bueno, vamos a la barra a pedir una —dijo Alfie rápidamente, intentando desviar la conversación y, con un gesto cortés, se despidió de la chica—. Encantado, Emily.

Alfie se dirigió a la barra con la intención de disfrutar de la noche y sumergirse en la atmósfera vibrante del club.

Tras unos largos minutos de espera, el camarero finalmente le sirvió las dos cervezas.

Con una sonrisa de satisfacción, Alfie tomó ambas y, al volverse, buscó a su amigo para ofrecerle una.

Sin embargo, Matthew ya no estaba a su lado.

Un poco desconcertado, Alfie comenzó a abrirse paso de nuevo entre la multitud, sorteando los cuerpos que se movían al ritmo de la música.

Avanzó hasta un claro en el centro de la pista, donde la multitud se despejaba, Cuando finalmente logró librarse de la última persona que bloqueaba su camino, lo vio.

Matthew, en un rincón apartado, estaba besando a Emily con una intensidad palpable, completamente absorto en el momento.

Alfie se quedó unos segundos observando la escena, su rostro reflejando una mezcla de incredulidad y desaprobación.

Negó con la cabeza, como si tratara de borrar la imagen de su mente y, con un suspiro irritado, se dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia la barra.

Esta vez con más rapidez y algo de agresividad en sus pasos.

Un rato largo transcurrió mientras Alfie bebía las dos cervezas sin que su amigo apareciera.

El ambiente ya no tenía el mismo brillo para él.

La emoción se había desvanecido, y su paciencia se agotaba.

Decidió que era la hora de poner fin a la noche.

Con desgana, se despidió del camarero, tomó su jersey del pequeño perchero que había bajo la barra y se encaminó hacia la salida.

Justo antes de llegar a la puerta, se encontró con Matthew y Emily, que avanzaban juntos, caminando abrazados, con la cadera de ella enroscada entre los brazos de su amigo.

Alfie los miró un instante antes de continuar su camino sin decir nada, con la mirada fija en el suelo.

—¡Alfie, amigo mío! —exclamó Matthew con una amplia sonrisa al ver a su amigo—. Estaba buscándote. Mira, Emily y yo hemos conectado bastante bien, ya sabes… Así que hemos decidido ir a mi apartamento y conocernos un poco más a fondo —añadió con tono juguetón.

Ambos rieron al unísono, como si lo que decía fuera un simple chiste.

Alfie se quedó en silencio, con una expresión solemne. Tras una ligera pausa, soltó un suspiro y, sin siquiera mirarlos, comenzó a dar pequeños pasos hacia otra dirección.

—Me parece bien. Yo me largo a casa —dijo con una calma que no hacía más que acentuar la frialdad que sentía. Sin dar más explicaciones, comenzó a caminar hacia la salida del bar.

Matthew lo observó confundido, al principio sin entender la razón detrás de la actitud de su amigo. A medida que Alfie se alejaba cada vez más, su voz se alzaba detrás de él.

—¿Alfie? ¡Tío, no te pongas así! —exclamó, intentando frenar a su amigo—. ¡Vamos, no te enfades por tonterías!

Alfie no se detuvo. Con pasos firmes, pero desganados, siguió su camino hacia casa, dejando atrás el bullicio de la noche y el eco de la música que aún retumbaba en su cabeza.

Lo que había comenzado como una velada prometedora, cargada de risas y expectativas, se había transformado en una amarga decepción.

Sabía que su amigo tenía sus defectos, pero nunca se imaginó que lo dejaría de lado de esa manera por una chica.

Una chica que no solo había sido la que él mismo había visto primero, sino también quien había coqueteado abiertamente con él.

Al llegar a su casa, abrió la puerta con desgana y la cerró con un portazo que resonó en toda la vivienda. Sin pensar demasiado, se despojó de su ropa, dejó caer la chaqueta y los zapatos al suelo. Finalmente, con los músculos tensos y la mente inquieta, se deslizó bajo las sábanas de la cama.

—Vaya amigo de mierda —murmuró en voz muy baja mientras cerraba los ojos, dispuesto a dormir.