¿Quién mató a Madison Harris? 16 6 de agosto de 1987
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16 6 de agosto de 1987

Era la tarde de viernes más abrasadora que Cielo Alto había experimentado en todo el verano.

Los últimos rayos de sol se colaban por los agujeros de las cortinas, bañando la comisaría de un resplandor cálido.

El edificio, en su mayoría, se hallaba en un silencio casi absoluto, ya que la mayoría de los agentes habían terminado su jornada y se habían retirado a sus hogares.

La única presencia constante era la de la secretaria, cuya vieja máquina de escribir resonaba con cada golpe de tecla, como un eco incesante en el aire pesado de la tarde.

En la sala principal, solo dos mesas permanecían ocupadas.

En una de ellas, un joven policía, aún inmerso en su trabajo, había dejado una radio sobre la superficie de su mesa.

La melodía de The Final Countdown de Europe llenaba el espacio, un himno de la época que, irónicamente, parecía una despedida de todo lo que había sido lo «normal».

—¡Joder, qué temazo! —exclamó uno de los policías que quedaba en la sala, moviendo la cabeza al ritmo de la música—. Qué ganas de menear el cuerpo. ¿Hoy saldremos, no, Alf?

El otro joven, que estaba a escasos metros de él, soltó un largo suspiro y, con los ojos en blanco, asintió, dibujando una ligera sonrisa en su rostro.

—Sí… ¿A dónde iremos? —respondió el joven Spinster, dejando escapar una leve risa—. No quiero que nos echen como la última vez, Matthew. Ahora tenemos que mantener la compostura.

Matthew le lanzó una mirada despreocupada y, con una risa burlona, desestimó la advertencia. A pesar de que le molestaron ligeramente las palabras de su compañero, decidió ignorarlas y se acercó a la mesa de Alfie con una actitud confiada.

—¡No te preocupes, colega! —respondió con un tono amable, mientras le señalaba el pecho a Alfie con el dedo índice—. Esta noche tanto tú como yo vamos a ligarnos a dos rubias increíbles, lo sabes.

Alfie no pudo evitar sonreír mientras negaba con la cabeza, viendo cómo Matthew se entregaba al momento y volvía a su mesa, cantando a todo pulmón el estribillo de The Final Countdown.

La energía de su compañero era inconfundible.

Matthew Mitchell y Alfie Spinster no solo compartían el uniforme, sino una amistad que venía desde la infancia.

Se conocieron en el colegio y, aunque Matthew le sacaba cuatro años, esa diferencia nunca fue un obstáculo.

Desde el principio, hicieron buenas migas y compartieron tardes enteras llenas de juegos, travesuras y aventuras.

Cuando alcanzaron la veintena, su decisión de unirse a las fuerzas policiales fue casi inevitable.

Ambos ingresaron a la misma academia, listos para enfrentar juntos los desafíos de la vida adulta.

De pronto, el sonido de la sirena rompió la tranquilidad de la sala.

Eran las ocho de la tarde. La alerta resonó en el vacío de la comisaría, cortando la rutina de la jornada.

Matthew, sin perder ni un solo segundo, aplaudió y se levantó de su asiento como si de un resorte se tratara.

Alfie, en cambio, adoptó un ritmo más pausado, ordenando los papeles sobre su mesa y dejando todo en su lugar para continuar el lunes con su trabajo.

Apenas se hubo incorporado, la puerta que se situaba detrás de él se abrió con un chirrido leve.

Un joven apareció en el umbral. Era algo mayor que ellos, de estatura imponente, con un físico trabajado y una barba poblada que le daba un aire maduro y seguro.

—¿Qué hacéis aún aquí? —preguntó el hombre al ver a los dos agentes todavía trabajando. Su tono era de sorpresa, como si le resultara incomprensible que estuvieran allí a estas horas—. ¿No tenéis vida o qué? —rio con un tono divertido.

—Eso mismo le estaba diciendo yo a mi compañero, Robert —contestó Matthew dejando escapar una pequeña carcajada mientras hablaba.

—Imagino que vais a ir a la Moon esta noche, ¿verdad? —preguntó Robert Harris, mostrando un mínimo interés por el ocio de los jóvenes.

—¡Por supuesto, jefe! —respondió Matthew con una motivación palpable—. ¿Te vienes?

Robert soltó una risa ligera, sabiendo que sus compañeros no dejaban pasar la oportunidad de intentar unirlo al plan.

Aunque era unos años mayor que ellos, el sheriff Harris había alcanzado una etapa de vida diferente.

Casado y con planes de aumentar la familia, su tiempo libre estaba cada vez más limitado.

—Si Maggie se entera de que salgo de fiesta, me mata, ya lo sabes —respondió entre dientes, esbozando una sonrisa cómplice—. Y, además, estamos en plena búsqueda de nuestro primer hijo, así que mis servicios están bastante demandados últimamente… ya me entendéis.

—¡Joder! Ya a por un hijo, ¿eh? ¿Cuántos años tienes? Aún eres joven, Harris, no te jodas la vida tan pronto y vente de fiesta —bromeó Mitchell, riéndose de buena gana para asegurarse de que su jefe entendiera que no hablaba en serio.

Robert, sin una pizca de molestia en su rostro, le lanzó una mirada amistosa mientras sonreía levemente.

—Mis días de fiesta ya pasaron, Mitchell —respondió, con tono relajado, pero firme—. Ahora os toca a vosotros disfrutar. Yo ya tengo otras responsabilidades.

Robert soltó una risa y, tras coger la gorra que tenía colgada en el perchero, se la acomodó en la cabeza antes de salir por la puerta con paso tranquilo.

Alfie y Matthew, aún con la charla con Robert en la cabeza, se dirigieron rápidamente a los vestuarios.

Se ducharon a toda prisa, conscientes de que la conversación con su jefe les había restado más tiempo del que hubieran deseado.

En cuanto terminaron, se vistieron con agilidad y salieron de la comisaría.

—¿ Rogers ? —sugirió Matthew como lugar de cena.

—¿Otra vez a ese restaurante? —preguntó Alfie, fingiendo un leve fastidio mientras arrugaba la nariz—. Al final me voy a poner como una foca por tu culpa.

Su amigo soltó una carcajada sin preocuparse lo más mínimo, mientras caminaban por el pasillo hacia la salida. Después, cruzaron la calle y entraron en el restaurante.

—¿Y a dónde quieres ir? Es nuestro bar de confianza, relájate —respondió con un tono jocoso, dándole una suave colleja en la cabeza a su compañero—. O mejor aún… ¡Que te relaje alguna esta noche! —añadió con una sonrisa traviesa, guiñándole un ojo.

Alfie le lanzó una mirada furtiva, pero no pudo evitar sonreír ante el tono animado de Matthew.

—¡Eres un cerdo, chaval! —respondió Alfie entre carcajadas, sin poder evitarlo—. ¿No piensas en otra cosa, o qué?

—Hace mucho que no descargo, tío —murmuró Matthew, con esa media sonrisa que lo caracterizaba—. Mira quién está ahí… ¡Rebecca!

Rebecca era la camarera del Rogers. La típica chica que se hacía notar sin esfuerzo.

De piel dorada por el sol, cabellera rubia y ojos verdes que casi deslumbraban.

Alta y con una figura que no pasaba desapercibida, Rebecca era conocida por ser la chica con más curvas de Cielo Alto, y su presencia siempre causaba revuelo.

Al notar la mirada de Matthew, se detuvo en seco y, por un momento, pareció dudar, como si quisiera dar media vuelta.

Sin embargo, al recordar que estaba trabajando, soltó un suspiro resignado y, con una mezcla de incomodidad y profesionalismo, se acercó a la mesa en la que estaban los dos amigos.

—¿Qué tal, chicos? ¿Todo bien? —preguntó Rebecca con tono cansado, notándose en su voz que la jornada estaba siendo larga.

—Ahora mejor —respondió Matthew, sin poder disimular su mirada, que recorría a la joven de arriba abajo .

—¿Qué os pongo? —preguntó la chica, ignorando por completo la actitud de Matthew.

—¿Tú estás en la carta? —preguntó Matthew, soltando una risa ligera, esperando a que Alfie se uniera a la broma. Sin embargo, Alfie no podía estar más incómodo: su rostro completamente colorado, mirando al suelo y sin saber muy bien cómo reaccionar.

—Mira, chaval, ¡que te jodan! —exclamó Rebecca, visiblemente molesta, mientras cerraba la libreta con un golpe seco. La rabia brillaba en sus ojos—. No tengo por qué aguantar este tipo de comentarios.

Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y se dirigió rápidamente hacia la cocina, donde comenzó a quejarse con la señora Rogers, la dueña del local, quien observó la escena con una expresión malhumorada. Matthew se quedó mirándola, confundido por la reacción de la camarera.

—Cómo se ha puesto, ¿no? Si tampoco está tan buena… —dijo el joven, con cierto tono de indignación.

Alfie, rojo de la vergüenza, lo miró con incredulidad, intentando calmar la situación.

—¿Pero tú te oyes todo lo que dices? No puedes decir lo que te dé la gana sin pensar, Matthew —dijo con tono serio, aún avergonzado por el comportamiento de su amigo—. Vamos a cenar, por favor. Tengo ganas de irme de aquí cuanto antes.

Matthew siguió mirando fijamente a su amigo, confundido y sin entender lo que tanto había molestado a él y a Rebecca.

El silencio que se había instaurado entre ellos se sentía pesado, como si algo invisible se hubiera interpuesto entre sus palabras.

Pasaron varios minutos hasta que, finalmente, la señora Rogers apareció con cara de pocos amigos, la mirada fija y sin una pizca de amabilidad.

Con pasos firmes, se acercó a su mesa para tomar la comanda.

—¿Qué van a querer? —preguntó, casi sin entonación, mientras deslizaba sus ojos entre los dos jóvenes.

—Una hamburguesa de costilla con barbacoa, por favor —respondió Alfie, decidido a elegir algo rápido para que aquella escena terminase cuanto antes.

Matthew, por su parte, pidió dos perritos calientes, sin apartar la vista de la señora Rogers, quien, tras anotar las órdenes, se retiró hacia la cocina sin articular palabra. Los dos amigos quedaron de nuevo solos, con una tensión palpable en el aire.