¿Quién mató a Madison Harris? 15 4 de julio #3
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15 4 de julio #3

—Robert, no creerás realmente que fui yo, ¿verdad? — dijo Alfie, intentando encontrar algo de sentido común en medio de aquel caos—. Sabes que jamás haría algo así, amigo.

—¡¿Amigo?! —gritó el señor Harris, con voz rasgada por el odio y la indignación. Antes de que Alfie pudiera reaccionar, una bofetada de desprecio llegó en forma de escupitajo que le cayó directamente en la cara—. No te atrevas a llamarme así, asesino.

Alfie quedó inmóvil, con los ojos cerrados por un instante, como si la humillación fuera más dolorosa que cualquier golpe físico.

Un nudo le apretó la garganta, y un vacío abrumador se instaló en su pecho.

Las lágrimas del viejo mandatario del pueblo comenzaron a caer sin ningún tipo de consuelo posible.

Con un dolor palpable, Alfie no pudo ver más allá de la mirada perdida y devastada de Robert.

En ese instante, comprendió que no había nada que pudiera decir para sanar el sufrimiento de un padre que acababa de perder a su hija y que, comprensiblemente, habían aceptado cualquier discurso como válido con tal de saber de una vez «la verdad».

Dejó caer la cabeza, sintiendo el peso de la situación, mientras que, por fin, llegaba a la entrada de la comisaría. Sin poder hacer nada más, pasó el umbral mirando al suelo, con los ojos vacíos y el alma hecha pedazos.

—Atenderé a la prensa en unos minutos —dijo Mitchell con una sonrisa fría, su mirada fija en las cámaras que lo esperaban fuera.

Con un gesto brusco, tomó de un brazo a Alfie y lo empujó hacia la puerta de los calabozos.

Descendieron las escaleras y, al llegar a la última celda al final del pasillo, Mitchell abrió la puerta con un giro de muñeca, abalanzó a Alfie hacia adentro y la cerró con un golpe seco, asegurándola con llave.

El capitán se quedó allí un momento, observando a Alfie como si le fuera a devorar con la mirada, manteniendo una expresión de desprecio y disfrute en su rostro.

—Voy a dar el caso por cerrado, Spinster —dijo con voz grave y autoritaria—. Te juzgarán, y pasarás el resto de tus días entre rejas. Tu historia se termina aquí.

Sin esperar respuesta, Mitchell dio media vuelta, avanzó por el pasillo con paso firme, para luego subir las escaleras con una calma calculada. Su mente ya estaba en otro lugar: la rueda de prensa lo esperaba y, con ella, la oportunidad de relatar su versión y cerrar el círculo ante el mundo.

—Buenas noches, señoras y señores —dijo Mitchell, con su mirada recorriendo la sala, deteniéndose en cada cámara y periodista que lo observaba expectante.

Luego desvió la vista hacia Robert, con una sonrisa ligera de suficiencia—.

Estamos aquí para tratar el tema que ha dominado los titulares esta semana, el caso que ha dejado una marca imborrable en nuestra comunidad.

Gracias a la colaboración efectiva entre las autoridades locales y al apoyo incansable del gobierno de California, hemos logrado dar con el responsable de tan atroz crimen.

Madison Harris era una joven llena de vida, una promesa de futuro que, lamentablemente, se vio truncada por la violencia de un ser despreciable.

Hace unas semanas, tuve la oportunidad de verla por última vez, una chica vibrante, llena de energía.

Pero la noche del veintinueve de junio, un monstruo se cruzó en su camino, abusó de ella y después la asesinó.

Tras una investigación exhaustiva y minuciosa, podemos afirmar con certeza que el culpable está detenido, y se enfrentará a la justicia.

Gracias a ello, el alma de Madison Harris puede finalmente descansar en paz, y los habitantes de Cielo Alto podrán volver a caminar tranquilos por las calles.

Maggie comenzó a sollozar sin consuelo; las lágrimas bañaban su rostro mientras las cámaras, al unísono, se giraban hacia ella para captar su dolor palpable. No era la única; el impacto de este caso había sacudido al pueblo de una manera que nunca antes se había experimentado.

—Igualmente, hemos logrado resolver el caso de Ruby Morales —continuó el capitán, con voz firme, mientras los ojos de todos los presentes permanecían fijos en él—.

Las pruebas forenses han confirmado que, en efecto, se trató de un suicidio.

Los hallazgos en la escena del crimen fueron contundentes, y no dieron pie a ningún otro tipo de suposición.

Además, el análisis exhaustivo del arma no dejó lugar a dudas: solo se hallaron huellas de la propia fallecida.

Los periodistas anotaban frenéticamente sobre sus cuadernos en busca de los mejores titulares, mientras que el capitán Mitchell hacía un breve descanso.

Se encontraba frente al atril del micrófono con una sonrisa de satisfacción.

Ajustó su corbata, satisfecho por la reacción del público.

Miró a Robert, quien lo observaba con una mirada de gratitud profunda, y le devolvió la sonrisa.

Se aclaró la garganta y, con una última mirada a los periodistas, cerró el capítulo con una sentencia definitiva.

—Damos el caso por cerrado.