¿Quién mató a Madison Harris? 15 4 de julio #2
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15 4 de julio #2

—Si seguís investigando, vais a descubrir lo que hice, lo que te acabo de contar —dijo Mitchell con una sonrisa cínica, como si estuviera revelando una verdad insignificante— .

Pero no hice más que asistir a una fiesta y follarme a una tía.

Eso no me convierte en un violador y mucho menos en un asesino.

—¡Esa tía era la hija de tu amigo, por el amor de Dios! ¿No tienes ni un atisbo de humanidad, Mitchell? —preguntó Alfie con voz quebrada por el llanto que amenazaba con derramar. Miró fijamente a su superior, con los ojos llenos de impotencia y rabia.

—Por eso será nuestro secreto —murmuró Mitchell con una sonrisa venenosa, disfrutando del control que tenía sobre la situación—. Robert ya tiene suficiente con saber que su amigo fue el que mató a su propia hija.

—No habrás sido capaz… —musitó Alfie con voz temblorosa por la angustia .

La idea de lo que Mitchell acababa de insinuar lo dejó paralizado por un instante.

—He mandado a dos agentes a su casa. Mi deber es informar a la familia —respondió con una mueca, guiñando un ojo al sheriff con descaro.

—Eres un hijo de puta, Matthew. Y vas a pagar por esto —dijo Alfie golpeando la mesa con una furia incontrolable.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué piensas hacer desde la cárcel? — respondió Mitchell riendo entre dientes. Se adelantó hacia Alfie, sacando un par de esposas con una sonrisa burlona—. Basta de cháchara, Spinster. Vamos, es hora de que vayas a la comisaría.

Con un movimiento rápido y preciso, colocó las esposas en las muñecas de Alfie, sujetándolo con firmeza.

—Ahora sí te las pongo. No me fío un pelo de ti.

Con gesto decidido, Mitchell aseguró las esposas en las muñecas de Alfie, luego extrajo su pistola, colocando la punta fría del cañón contra su espalda.

La amenaza era clara: cualquier movimiento en falso sería respondido con violencia.

Con una mano firme, hizo una señal hacia adelante, indicándole que avanzara.

Sin vacilar, Alfie comenzó a caminar, con el dolor de la brecha en su cabeza pulsando con cada paso, y con el ardor de las muñecas apretadas por las esposas.

Atravesó la puerta de su casa, con Mitchell siguiéndolo de cerca.

El capitán cerró la puerta con un suave, pero decidido golpe, como si sellara el destino de todo lo que había sucedido allí dentro.

La casa quedó envuelta en un pesado silencio, como si el mismo aire estuviera consciente de la tragedia que acababa de desarrollarse entre sus paredes.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la puerta del armario de la habitación contigua se abrió lentamente, y emergió Tom.

Su rostro estaba blanco como el papel, los ojos desorbitados, aún atrapado en la conmoción de todo lo que había escuchado.

Estaba paralizado, como si el peso de la revelación le hubiera robado el aliento.

—¿Lucy? —susurró el agente McKay, buscando a su compañera entre las sombras de la habitación.

En respuesta, el crujido de otro armario aún más cercano a la habitación contigua resonó suavemente, y de él emergió Lucy.

Su rostro estaba pálido y desencajado, marcado por la ansiedad y el shock, mucho más afectada que Tom.

Tras un par de segundos de vacilación, la joven corrió hacia el lavabo más cercano, apenas capaz de contener el torrente de náuseas que la invadía.

Se inclinó sobre el váter, liberando su estómago con un violentísimo vómito.

Con las manos temblorosas, se lavó la cara con agua fría, tratando de despejar la mente.

Respiró hondo varias veces antes de regresar al salón, donde encontró a Tom, sentado en el sofá, con las manos entrelazadas en su cabeza, como si intentara impedir que su cerebro explotara.

—¿Qué diablos ha sido eso, Lucy? —preguntó Tom, con voz entrecortada.

Lucy, visiblemente afectada, secó su rostro con una toalla, sin poder quitarse el peso de la escena de encima.

—Ha sido una confesión —dijo Lucy, con un tono seco y vacío. El agente McKay la miró con incredulidad.

—Nadie nos va a creer… —respondió. La tristeza se había apoderado de sus palabras—. Ha dicho que fue consentido .

Lucy, sin embargo, no parecía dispuesta a rendirse.

Con manos temblorosas, buscó en sus bolsillos hasta encontrar su teléfono móvil.

Lo desbloqueó con la huella dactilar, y enseguida la pantalla se iluminó, revelando el menú.

Su mirada se tornó ferozmente concentrada, con los ojos entrecerrados como si estuviera a punto de estallar en cualquier momento.

Tras unos segundos que parecieron eternos, tocó la pantalla con un suave “clic” y unas palabras comenzaron a sonar.

«Siempre has sido un blando, Spinster. Una basura. Un policía nefasto…»

Tom levantó la cabeza lentamente y dirigió la mirada a su novia con los ojos como platos.

«…Tienes razón, Spinster. Estuve en esa fiesta.

Y cuando la vi aparecer con ese vestido rojo ajustado, los labios carmesí…

Dios, era irresistible. Quise que fuera mía en ese mismo instante.

Pasé toda la noche detrás de ella, charlando, seduciéndola, y bebimos juntos, ¿por qué no admitirlo?

Incluso nos metimos alguna que otra raya, por supuesto.

La vi reír, relajarse… y luego, finalmente se me insinuó.

No pude resistirme, ¿cómo iba a hacerlo?

La llevé a una de las habitaciones, la de ese estúpido jugador de fútbol americano, y me la follé ahí mismo como un puto animal. »

Tom se levantó y se dirigió hacia Lucy, quien sostenía su teléfono móvil con una sonrisa de oreja a oreja.

«La drogaste para poder acostarte con ella. Eres un ser repugnante.»

«Es posible. Quería tenerla para mí esa noche. Y su novio estaba por ahí rondando, así que… bueno, tuve que ser creativo.»

—¡Lo tenemos! —exclamó Tom con la emoción desbordándose en su voz. En ese instante, como si el mundo que los rodeaba se desvaneciera, se acercó rápidamente a Lucy y, sin pensarlo, la levantó en brazos, estrechándola con fuerza para, acto seguido, besarla con una pasión arrebatadora

Varios kilómetros al este, el coche de policía llegó finalmente a la comisaría, escoltado por otro vehículo en el que viajaban los dos oficiales.

Los coches se detuvieron con precisión y, al instante, los agentes se bajaron y se acercaron al automóvil donde el capitán Mitchell y el ya exsheriff del pueblo, Alfie Spinster, se encontraban.

Primero salió Mitchell, con una sonrisa en el rostro que destilaba una expresión de triunfo absoluto.

Su paso era firme y seguro, como el de un hombre que se siente dueño de la situación.

Detrás de él salió Alfie. La sangre seca de su rostro impactó a los allí presentes.

Estaba esposado, su andar era vacilante y su mirada perdida revelaba la derrota más profunda.

Era un hombre agotado, marcado por la angustia y la desesperación.

Alfie no reaccionó ante las cámaras que estallaban en destellos a su alrededor, ni ante los gritos de los reporteros que lo rodeaban.

Mantuvo una expresión vacía, como si ya nada pudiera herirlo más.

Un suspiro pesado de resignación escapó de sus labios mientras caminaba hacia la entrada de la comisaría, arrastrando su cuerpo a través de la marea de prensa que lo perseguía, incapaz de dejarlo en paz.

Antes de cruzar la puerta de la comisaría, sus ojos se encontraron con una escena que heló, aún más si cabe, su alma.

A su derecha, entre la multitud de cámaras, vio a Robert y Maggie Harris.

Esta última con el rostro descompuesto por el llanto, su dolor era palpable, mientras su marido, Robert, mantenía una expresión furiosa, llena de rabia.

Sus miradas se cruzaron y, por un instante, Alfie sintió el peso de la tragedia sobre él, como si todo lo que había hecho, o no había hecho, hubiera sido reflejado en los ojos de aquel hombre, que ahora lo observaba como culpable de un dolor irreversible.

Alfie avanzó hacia ellos, impulsado por una necesidad inexplicable de hacerles comprender, aunque sabía que no había palabras que pudiesen reparar lo que ya estaba roto.