15 4 de julio
Alfie no opuso resistencia mientras Mitchell le colocaba las esposas, aunque el sheriff pudo notar que el capitán sacaba su pistola y la apuntaba directamente a su pecho, un gesto innecesario que no hacía más que añadir tensión al momento.
—Adentro —ordenó Mitchell, haciendo un leve movimiento de cabeza hacia el interior de la casa.
Alfie obedeció, dándose la vuelta y caminando lentamente hacia el salón.
Aunque intentaba mantener una fachada de calma, sus manos temblaban ligeramente, y su mandíbula estaba tan apretada que los músculos se marcaban con fuerza bajo la piel.
Mitchell lo siguió de cerca, con pasos firmes, y los dos agentes que lo acompañaban hicieron el ademán de entrar, pero el capitán alzó la mano.
—¡Alto! —exclamó Mitchell girándose bruscamente hacia ellos—. Entro solo. Quiero interrogar a este bastardo personalmente .
—Como ordene, señor —respondió uno de los policías con indiferencia, encogiéndose de hombros antes de retroceder para custodiar la entrada junto a su compañero.
Mitchell cerró la puerta detrás de él con un gesto suave y silencioso, como si no quisiera alertar a nadie de lo que estaba a punto de ocurrir dentro.
Sin previo aviso, cogió las llaves de las esposas y se las quitó, para acto seguido apuntar de nuevo a Alfie con su arma, reflejando en sus ojos una mezcla de desprecio y satisfacción.
—Siéntate en la silla. ¡Vamos! —gruñó el capitán con una voz cargada de veneno.
—¿Y este numerito de las esposas? —preguntó Alfie— . ¿No tienes miedo de que esté sin ellas?
—¿Por qué? —replicó Mitchell con una sonrisa torcida—. Como te muevas un centímetro te vuelo la cabeza. Y créeme, la gente lo entenderá. Un acto en defensa propia… Ya sabes, un asesino como tú no merece menos.
Las palabras del capitán resonaron como un golpe en la habitación. Alfie sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor, su corazón palpitaba con furia, pero logró mantener la compostura.
—No soy nada de eso, Matthew, y lo sabes mejor que nadie —replicó Alfie, manteniendo un tono calmado, aunque el temblor en su voz delataba el esfuerzo que hacía por mantenerse sereno—. No puedo imaginar cuánto tiempo te habrá llevado manipular las pruebas para incriminarme, pero…
Antes de que pudiera terminar la frase, Mitchell dio un paso hacia él y, con un movimiento brusco, le colocó el cañón de la pistola directamente en la sien. La fría presión del metal contra su piel hizo que Alfie cerrara los ojos, apretando los dientes.
—No me lo pongas tan fácil, Spinster —escupió el capitán entre dientes, con voz baja y cargada de una ira contenida—. Sabes perfectamente de lo que se te acusa.
El sheriff tragó saliva, sus labios temblaban mientras levantaba la mirada hacia su antiguo amigo, ahora aparentemente convertido en enemigo.
—Tú sabes bien que jamás haría daño a Madison. Era como una hija para mí —dijo Alfie, dejando que la tristeza se filtrara en cada palabra.
Mitchell apartó la vista por un instante. Guardó el arma con un gesto deliberado y se dejó caer en la silla frente a Alfie, soltando un suspiro cargado de desprecio.
—Vaya, entonces parece que has perdido a tu segunda hija. Debo decir, Alfie, que eres un padre horrible.
La burla fue como un puñetazo en el estómago para Alfie.
Sin pensarlo, se levantó de la silla de un salto, movido por la furia ciega, y se abalanzó hacia Mitchell.
Pero el capitán, previendo su reacción, sacó de nuevo la pistola y apuntó directamente al pecho del sheriff, deteniéndolo en seco.
Alfie se quedó inmóvil, con la respiración agitada y con unas pocas lágrimas cayendo por su rostro.
—Vuelve a sentarte —ordenó Mitchell con voz helada.
Jadeante y con el rostro desfigurado por la rabia, Alfie se dejó caer de nuevo en la silla, sin apartar la mirada de Mitchell. Era una mirada de profundo odio, de dolor y traición.
—Siempre has sido un blando, Spinster. Una basura.
Un policía nefasto —dijo el capitán con desdén, agitando el arma con un gesto amenazante—.
No fuiste capaz de proteger a la hija de tu amigo en este pequeño agujero al que llamáis pueblo.
¿Qué sería de la ciudad de Los Ángeles si estuvieras tú para proteger a sus ciudadanos?
Reinaría el caos. Los criminales se darían un festín, serían los ganadores.
Alfie soltó una carcajada seca, cargada de amargura y sarcasmo. La expresión de Mitchell se endureció, visiblemente irritado.
—No sé de qué te ríes, Spinster —dijo el capitán, entrecerrando los ojos—. Te aseguro que no estás en posición de tomarte a risa nada de esto.
—¿Los malos ganarían, dices? —respondió Alfie, todavía sonriendo—. ¿Y se supone que tú eres uno de los buenos? Vamos, Mitchell, no me hagas reír.
El sheriff sostuvo la mirada del capitán y, por un segundo, pareció que ambos estuvieran midiendo sus fuerzas en un duelo silencioso.
—Claro que lo soy —bramó el capitán con voz grave— . ¡Soy la ley ! ¡La ley, Spinster! ¡La puta ley! En cambio, mírate. Tú… —señaló al sheriff con desprecio—. Tú ya no eres nada. Un viejo perro al que le han quitado los colmillos.
Alfie se mantuvo impasible, aunque su mandíbula seguía tensa y sus puños apretados sobre la mesa.
—No voy a permitir que te salgas con la tuya, Mitchell —replicó Alfie con una voz cargada de una calma peligrosa— . Madison Harris merece justicia, y te juro que haré lo que sea necesario para vengarla. No me importa a quién tenga que enfrentarme.
Mitchell se echó a reír de nuevo, esta vez con una risa más oscura y burlona, como si disfrutara del espectáculo.
Se paseó por la habitación, inspeccionando cada rincón con una mirada calculadora, abriendo armarios y revisando cajones como si estuviera en su propia casa.
Finalmente, se detuvo frente a Alfie, apoyando ambas manos firmemente sobre la mesa y acercando su rostro hasta quedar a escasos centímetros del sheriff.
—¿Puedo contarte algo, Spinster? Será nuestro secreto —dijo Mitchell de forma exageradamente malévola—.
Me moría por ella. Sí, por Madison. Desde el primer día en que la vi después de mucho tiempo…
¿Qué tendría… dieciséis años? Iba con su camiseta apretada, con esos pechos de adolescente que pondrían caliente a cualquiera.
Esas faldas de estudiante que llevaba en la universidad. ¡Qué buena estaba, joder!
Alfie sintió como un temblor empezaba a apoderarse de su cuerpo, una mezcla de rabia e impotencia que apenas podía contener.
Cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, mientras la mandíbula se tensaba hasta dolerle.
Sabía que si se levantaba en ese momento y se lanzaba hacia Mitchell estaría perdido; su rival tenía el arma y él estaba desarmado.
Así que se obligó a respirar hondo y a calmar toda la rabia de su interior.
—Tienes razón, Spinster. Estuve en esa fiesta — confesó Mitchell por primera vez, esbozando una sonrisa turbia, casi victoriosa—.
Y cuando la vi aparecer con ese vestido rojo ajustado, los labios carmesí…
Dios, era irresistible. Quise que fuera mía en ese mismo instante.
Pasé toda la noche detrás de ella, charlando, seduciéndola, y bebimos juntos, ¿por qué no admitirlo?
Incluso nos metimos alguna que otra raya, por supuesto.
La vi reír, relajarse… y luego, finalmente se me insinuó.
No pude resistirme, ¿cómo iba a hacerlo?
La llevé a una de las habitaciones, la de ese estúpido jugador de fútbol americano, y me la follé ahí mismo como un puto animal.
La desesperación de Alfie alcanzó su punto de ebullición.
Sin poder soportarlo más, se lanzó hacia Mitchell con un grito de pura rabia, con los ojos desorbitados, pero el capitán ya estaba preparado.
De un rápido movimiento, esquivó el ataque y le asestó un puñetazo directo al rostro, inmediatamente seguido por un brutal golpe con la culata de su pistola.
Alfie se desplomó al suelo como un muñeco de trapo, su cabeza impactando contra el frío suelo de madera.
Sintió un dolor punzante que le nubló la vista; la sangre empezó a brotar de una profunda brecha en su sien.
—¿Te quieres estar quieto? Al final te voy a matar por accidente —bufó Mitchell, visiblemente irritado por el ataque de Alfie. Con un movimiento brusco levantó de nuevo el arma y le apuntó directamente a la cabeza—. Siéntate en la puta silla, Spinster. Y no me obligues a repetirlo.
Alfie se puso en pie lentamente, tambaleándose, con el dolor lacerante del golpe todavía pulsando en su cabeza. La sangre corría por su rostro, mezclándose con las lágrimas que brotaban de sus ojos, surcando las mejillas en un flujo amargo de rabia y desesperación.
—La drogaste para poder acostarte con ella —espetó Alfie, con voz cargada de desprecio—. Eres un ser repugnante.
—Es posible. Quería tenerla para mí esa noche. Y su novio estaba por ahí rondando, así que… bueno, tuve que ser creativo —admitió Mitchell con una sonrisa en el rostro, como si estuviera hablando de algo banal.
—¡Eres un puto violador! —acusó Alfie, atragantándose con sus palabras por la rabia que sentía.
—No la violé, Spinster —respondió tajantemente el capitán—. Ella en todo momento quería hacer lo que hizo. Se la veía disfrutar.
—¿La mataste? —preguntó Alfie, entre sollozos, cambiando abruptamente de tema.
Mitchell soltó una risa amarga, casi burlona, y golpeó la mesa con la palma de su mano.
—¡Claro que no! Ese fuiste tú —respondió el capitán con una agresividad palpable—. Eres un puto asesino.
—Sabes que no fui yo, Mitchell —murmuró Alfie, entre jadeos, con la garganta cerrada por el dolor y el miedo—. ¿Por qué haces esto?
Mitchell se acomodó en la silla frente a él y dejó el arma encima de la mesa. Lo miró fijamente y alzó una ceja.