14 4 de julio
El despertador rugió de nuevo, sacudiendo la mañana en la habitación del sheriff Spinster con una intensidad terrible.
Alfie, jadeante y sudoroso, se incorporó lentamente, esforzándose por enderezar su cuerpo cansado.
Su cabeza palpitaba con un dolor punzante que parecía amplificado por el estruendoso timbre del reloj.
Con un esfuerzo mayúsculo, dirigió su mirada hacia el despertador en la mesilla, intentando enfocar la vista en el pequeño aparato.
«Las siete y media» , murmuró para sí mismo.
Se estiró con lentitud, intentando aliviar las tensiones acumuladas, y comenzó a buscar con desespero sus zapatillas de casa.
Caminó con calma hacia la cocina, decidido a prepararse un café fuerte que lo ayudara a enfrentar otro día en la comisaría.
Tras desayunar, regresó a su habitación para vestirse, asumiendo la rutina con un ritmo pausado.
Se colocó el uniforme, roció un poco de perfume sobre su piel desde la mesilla, y finalmente se acercó al espejo. Allí, se observó detenidamente.
—Hoy es el día. Vamos a atrapar al que te hizo esto, Madison —murmuró el sheriff, mientras entornaba los ojos.
Con un último destello de resolución, desvió la mirada, cogió las llaves y salió de casa.
Se subió al coche y condujo con calma, sin prisa, a través de las tranquilas calles de Cielo Alto, hasta llegar a la comisaría.
Al estacionar, se quedó unos segundos contemplando la fachada del edificio, respirando profundamente antes de cruzar la puerta.
Dentro, el ambiente era sereno, interrumpido únicamente por el suave tecleo de la secretaria en su ordenador.
Al fondo, cerca del depósito de agua, Lucy conversaba de manera relajada con Karen.
Al notar la presencia de Alfie, las mujeres se giraron y lo saludaron con una sonrisa.
El sheriff respondió al saludo y, sin perder el tiempo, se dirigió hacia las escaleras para encaminarse a su pequeño despacho.
—Llegas tarde, Spinster —se escuchó una voz desde el despacho contiguo. El capitán Mitchell, con una expresión de satisfacción por la humillación, añadió—: Antes eras el que mandaba en esta pocilga, pero mientras yo esté aquí, soy la autoridad, ¿entendido?
A pesar de la provocación, Alfie continuó su camino sin inmutarse, se adentró en su despacho y cerró la puerta con firmeza. Tras varios minutos de silencio, la puerta se abrió nuevamente y entró el capitán, una acción que, aunque perturbó a Alfie, logró disimular su irritación.
—Voy a salir un momento —comentó Mitchell con el ceño fruncido—. Sullivan me ha llamado para darme detalles sobre el cuerpo de Ruby Morales.
Alfie miró al capitán con incredulidad. Después de haberlo excluido del caso, ahora se presentaba para hablarle sobre el mismo sin previo aviso.
—¿Por qué me estás contando esto si me has apartado del caso? No tengo absolutamente nada que ver en esto — respondió Alfie con firmeza.
—Te lo cuento para que veas cómo trabaja un verdadero policía —replicó el capitán Mitchell entre dientes, con cara de satisfacción—.
Cuando llegué hace un par de días esto era un caos absoluto, no sabías ni por dónde te daba el aire.
Tenías dos cadáveres en la ciudad y tu mejor agente estaba teniendo una comida romántica en un restaurante de mala muerte.
¿No te das cuenta? Soy capitán porque siempre he sido, soy y seré mejor policía que tú.
Las palabras de Mitchell golpearon a Alfie como cada día con una dureza inesperada. Bajó la mirada y notó un dolor en su interior agudizado por el repentino recuerdo de su difunta mujer e hija. Se esforzó por ocultar el odio que hervía en sus ojos, dirigiendo la vista al suelo.
—Déjame trabajar y déjate de tonterías, Matthew — pidió Alfie con su voz cargada de frustración.
Mitchell pareció meditar por un momento, luego su expresión se endureció aún más.
—Está bien, me he pasado, lo admito. Siempre se me olvida que tienes mucho trabajo vigilando a ladronzuelos que roban bolsos a las viejas del barrio, fracasado.
El capitán Mitchell estalló en una sonora carcajada antes de lanzar una última mirada despectiva a Alfie y salir del despacho dando un portazo que resonó en el pasillo.
Alfie, en un gesto automático de frustración, se levantó y se dirigió al pequeño armario donde guardaba su botella de Chivas.
Sacó un vaso, vertió el licor en él y, con un gesto cansado, lo llevó a sus labios justo en el momento en que unos ligeros toques sonaron en la puerta.
Lucy entró en el despacho con una expresión de entusiasmo con intención de visitar a su compañero.
Sin embargo, al ver la escena y el evidente estado de Alfie, su sonrisa se desvaneció de inmediato.
—¿Qué estás haciendo, Alfie? —preguntó Lucy, con claro gesto de decepción y preocupación.
Alfie, con la mirada perdida y las lágrimas asomando, dejó escapar un suspiro profundo. Llenó de nuevo el vaso, pero antes de que pudiera llevarlo a sus labios, Lucy se adelantó con rapidez y se lo arrebató de las manos.
—¿Qué ha pasado? —volvió a preguntar Lucy, con el rostro marcado por la sorpresa y la angustia de ver así a su superior, y amigo, en ese estado.
Alfie se encogió de hombros, evitando el contacto visual.
—Alfie…
—Mitchell ha venido a verme —comenzó a relatar el sheriff, con voz temblorosa—.
Me ha informado sobre el caso, a pesar de que le dije que no quería estar al tanto.
Luego ha empezado a insultarme y humillarme nuevamente.
En lugar de enfrentarme a él, me he dejado llevar por la desesperación y he terminado así…
Mientras Alfie narraba la historia, los ojos de Lucy se llenaron de lágrimas. Sin decir una palabra más, se acercó a él y lo rodeó con un cálido abrazo. Alfie se dejó envolver, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo el consuelo y la calma que necesitaba desesperadamente.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó Lucy tras unos minutos en los que notó una visible mejoría en Alfie.
El sheriff asintió lentamente y esbozó una sonrisa tímida. Se sacudió la cabeza y se sentó de nuevo frente a su mesa.
—He estado reflexionando sobre lo que ocurrió ayer, y creo que debemos ir a hablar con Will Tucker —explicó el sheriff, acompañando su argumento con un leve movimiento de manos—. ¿Te importaría ir con Tom?
—Claro que no, Me encantaría que vinieras tú como en los viejos tiempos, pero… —Lucy se encogió de hombros—. ¿Necesitamos una orden?
—En teoría, sí. Pero tendría que solicitársela al capitán Mitchell, y no tengo la impresión de que esté muy dispuesto a colaborar —respondió Alfie con un tono burlesco. Lucy rio con ironía.
Después de debatir durante varios minutos la estrategia para llevar a cabo la misión, Lucy salió del despacho y fue a buscar al agente McKay. Juntos, vestidos de paisano, se dirigieron hacia la lujosa casa del famoso jugador de fútbol americano.
—¡Vaya mansión! —exclamó Lucy al ver la imponente casa de la estrella.
—Algún día viviremos nosotros en una de estas, mi amor —comentó Tom con una sonrisa tímida, dejando ver su entusiasmo.
—Qué mono eres, de verdad —dijo Lucy con una sonrisa, dándole un pequeño beso en la mejilla a Tom. Luego, enfocaron su atención en la misión—. Creo que lo mejor será llamar y hablar con él de manera directa, sin rodeos.
Tom asintió y se acercó al timbre. Miró a Lucy para recibir su señal y, en el momento en que ella asintió, pulsó el timbre.
Segundos después, se escucharon pasos acercándose al otro lado de la puerta.
Luego, el sonido característico de la mirilla abriéndose y cerrándose se hizo evidente, pero no hubo respuesta inmediata.
Tom presionó el timbre nuevamente, esta vez con más insistencia.
—¿Quiénes sois? —se oyó una voz al otro lado de la puerta, llena de sorpresa y desconfianza—. No esperaba visitas y no os conozco de nada.
—Señor Tucker, somos Lucy Pemberton y Tom McKay, agentes de policía de la comisaría de Cielo Alto. Nos gustaría hablar con usted un momento, si no es mucha molestia —dijo Lucy con calma y una sonrisa amable.
Hubo un silencio prolongado, seguido de pasos que se alejaban con prisa.
—¿Señor Tucker? ¿Sigue ahí? —insistió Lucy con un tono ahora menos cortés y algo más firme.
De repente, se escuchó el chirrido de una verja al abrirse en la parte trasera de la imponente casa del deportista.
Un hombre alto y musculoso, de raza negra, emergió corriendo del jardín.
Su considerable masa muscular limitaba su velocidad, así que Tom aceptó el desafío y se lanzó tras él.
Tras unos segundos intensos de carrera a través de unos exuberantes jardines, Tom alcanzó a Will.
Con la precisión de un atleta profesional, ejecutó un placaje impecable, inmovilizando al quarterback de los Cielo Alto Ducks en el suelo.
—¡Esto es un ultraje! —exclamó Tucker, visiblemente indignado por la escena que tenía ante él. Tom, con rapidez y determinación, le cubrió la boca para acallar sus gritos, mientras Lucy se acercaba con calma .
—Soy Lucy Pemberton, señor Tucker. Solo necesitamos hacerle unas preguntas.
—No pienso deciros nada. ¡Estáis completamente locos! —volvió a gritar Tucker mientras intentaba liberarse— . ¡Quítame las manos de encima, blanco!
—Tranquilícese, señor Tucker. Si colabora lo soltaré de inmediato —respondió Tom con calma, mientras contenía una sonrisa al escuchar el término que Tucker había usado para referirse a él.
—Está bien, pero quítame tus manos de encima, puto Ken policía de los cojones —exclamó Will separándose bruscamente del policía y alisándose la ropa—. ¿Tú sabes cuánto vale esta ropa? No te la puedes pagar ni con el sueldo de un año, chaval.
—Vale ya, señor Tucker. Deje la arrogancia para sus amigos —sugirió tensamente Lucy.
Después de varios segundos, la estrella de fútbol americano comenzó a calmarse, susurrando con desconfianza y lanzando miradas furtivas a Tom.
—¿Qué demonios queréis de mí? —preguntó Will, ya visiblemente más sosegado.