13 3 de julio
Alfie y Lucy descendieron rápidamente por las escaleras que llevaban al calabozo de la comisaría.
Lucy apenas contenía su impaciencia, sus pasos rápidos revelaban la curiosidad que la devoraba por dentro.
Alfie, por su parte, se sentía tenso, deseoso de compartir con su compañera todo lo que había logrado sonsacarle a Beverly Cook.
Al llegar al final de las escaleras, cruzaron el umbral de la puerta que daba acceso a los calabozos, cerrándola tras de sí con un golpe firme.
Alfie, apoyándose contra la puerta, se preocupó de que nadie más pudiera seguirlos ni escucharlos.
Observó el lugar en un rápido vistazo, asegurándose de que no hubiera ningún intruso que pudiera escuchar lo que estaban a punto de tratar.
—No creo que tengamos mucho tiempo, así que voy a intentar contarte todo de forma ligera y precisa —comenzó Alfie, con la voz acelerada por el nerviosismo que sentía—.
La señorita Cook me confesó que estuvo en la fiesta.
Ya sabes, mucho alcohol, drogas y famosetes del tres al cuarto.
Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol. Pero lo que me dejó helado es que mencionó la presencia de altos cargos de la policía.
Lucy, que hasta entonces había escuchado en silencio, alzó la vista y lo miró con incredulidad. Los ojos de ambos se encontraron y, sin articular palabra alguna, supieron que estaban pensando exactamente lo mismo.
—¿Crees que era Mitchell? —preguntó Lucy, aún incrédula por lo que acababa de escuchar.
—Estoy convencido —respondió Alfie, apretando los dientes—. Pero, por desgracia, no tenemos pruebas. Y, evidentemente, él lo niega todo.
Lucy se quedó en silencio por un momento, tratando de encontrar alguna manera de comprobar si su capitán había estado realmente en aquella fiesta. Sin embargo, su mente, normalmente ágil, estaba completamente en blanco, así que volvió a mirar al sheriff con inquietud.
—Sigue, cuéntame más. ¿Qué más dijo la periodista?
—También me ha contado que Ethan Murphy está ingresado en el hospital de Cielo Alto. Al parecer, alguien le dio una paliza esa misma noche —explicó Alfie, mientras veía cómo crecía la sorpresa en el rostro de Lucy.
—¿Sabes en qué piso o habitación está?
—No, no me dio esos detalles —respondió Alfie, sacudiendo la cabeza—. Pero habrá que ir al hospital a averiguarlo. Eso sí, tendréis que ir de paisano.
Lucy frunció el ceño y miró a su superior con cara de extrañeza.
—¿Cómo que «tendréis»? ¿Tú no vienes? —inquirió Lucy, sorprendida .
—No, es mejor que me quede —respondió Alfie en un tono sosegado, aunque su mirada denotaba preocupación—.
Mitchell no puede sospechar que ambos estamos fuera.
Lo más prudente es que nos vea a uno de los dos en la comisaría en todo momento.
Tú irás con Tom, y os haréis pasar por familiares o amigos cercanos a Murphy.
Lucy asintió con seguridad.
—Salid lo antes posible —añadió Alfie, volviendo a apoyarse contra la puerta—. Yo regreso a mi deprimente y diminuto despacho a hacer como que sigo trabajando — añadió, entrecerrando los ojos con una mezcla de resignación y humor.
Alfie ascendió las escaleras a un ritmo más pausado.
La rapidez no era lo suyo en esos momentos; la idea de continuar con su trabajo habitual en casos de hurtos con el agente Pérez no le motivaba en absoluto.
Tras detenerse unos minutos para intercambiar algunas palabras con un compañero y tomarse un respiro en el depósito de agua, finalmente llegó al piso superior.
Allí saludó a Karen, la psicóloga del departamento, y siguió su camino hasta su despacho.
Mientras avanzaba, pasó frente a lo que había sido su oficina, ahora ocupada por el capitán Mitchell.
Echó un vistazo de soslayo y notó cómo el capitán se afanaba en pasar la fregona por el suelo con un ímpetu poco habitual.
Finalmente, llegó a su propio despacho y, al entrar, dejó la puerta abierta para poder mantener un ojo en él.
Durante la siguiente hora, se dedicó a tareas menores, sintiendo la frustración de la monotonía mientras miraba cada pocos segundos hacia el despacho de Mitchell.
De repente, el sonido de su puerta resonó en el pasillo.
Matthew apareció, cerrando su puerta con llave y cargando una gran caja hacia el ascensor.
Cuando se volvió y se encontró la mirada desdeñosa de Alfie, una sonrisa de suficiencia cruzó su rostro, pero desapareció rápidamente cuando las puertas del ascensor se cerraron.
Mientras tanto, unos kilómetros más al norte, Lucy y el agente McKay llegaban al hospital de Cielo Alto, conduciendo el coche de Tom y vestidos de paisano.
Aparcaron en el parking del hospital y se dirigieron a la recepción.
Aunque estaban familiarizados con el lugar, decidieron preguntar a un celador para asegurarse y no levantar sospechas.
Una vez en el mostrador, Lucy dio un paso al frente y tocó la ventanilla con decisión.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudarte, bonita? —preguntó la recepcionista con un tono dulce.
—Buenas tardes. Venimos a visitar a Ethan Murphy, somos sus amigos. Desgraciadamente no sabemos en qué habitación se encuentra. ¿Podría decirnos dónde está, por favor? —preguntó Lucy con una sonrisa cálida.
La recepcionista alzó la vista sobre sus gafas y observó a Lucy, luego a Tom, antes de volver a su ordenador. Con meticulosa atención, buscó el nombre de Ethan Murphy en el sistema.
—Está en el cuarto piso, habitación cuatrocientos doce —respondió la recepcionista, recuperando su tono amable habitual.
—¡Muchas gracias! —respondió Lucy, feliz por haber sacado tan rápido la información.
La recepcionista asintió con una sonrisa y volvió a su trabajo.
Lucy y Tom se dirigieron al ascensor más cercano, pulsaron el botón con el número cuatro y las puertas se cerraron ante ellos.
Al salir, caminaron por un corto pasillo antes de llegar a uno más largo, flanqueado por habitaciones a ambos lados.
—Cuatrocientos uno —murmuró Tom, leyendo el primer cartel que encontraron.
—Está al fondo —confirmó Lucy, tomando la iniciativa y avanzando hacia el final del pasillo.
Caminaron unos metros hasta detenerse frente a la puerta de la habitación que les había indicado la recepcionista. Lucy levantó la mano y dio tres golpes firmes en la puerta. Luego, con cuidado, la abrió un poco y asomó la cabeza.
—¿Se puede? —preguntó Lucy, tratando de mirar con dificultad hacia el interior.
—Sí, adelante —respondió una voz femenina desde dentro.
Lucy y Tom entraron con cautela y cerraron la puerta tras ellos.
Dentro, encontraron a una mujer de unos cincuenta años.
Su cabello rubio, salpicado por canas, sugería que se lo teñía regularmente.
Era alta y tenía unos kilos de más, que se notaban en su figura robusta.
A su lado, Ethan yacía en la cama, con una venda que le cubría la cabeza y un tubo azul en la boca que le suministraba oxígeno.
—Buenas tardes, señora. Soy Lucy y este es mi novio Tom. Somos amigos de Ethan —explicó Lucy, intentando establecer rápidamente una relación de parentesco.
—Encantada de conoceros, guapa. Yo soy Gertrude, la madre de Ethan —respondió la mujer con voz temblorosa—. Pues ya veis, chicos… Casi me lo matan. Afortunadamente, aunque sigue en coma, hay alguna esperanza .
En ese momento, el ruido de la cadena del baño y el sonido del grifo se hicieron audibles desde el lavabo. Luego, un joven con media melena y barba morena emergió del baño.
—Este joven también es amigo de Ethan; lleva aquí unas horas. ¿Lo conocéis? Se llama Noah —comentó Gertrude con una sonrisa, mirando a los tres jóvenes.
—No… —respondió Lucy, sorprendida de ver al exprometido de Madison en la habitación—. Oiga, si no le importa, necesito hacer una llamada.
La señora negó con la cabeza y se acercó a su hijo, acurrucándose a su lado. Tom hizo un gesto discreto hacia Noah, indicándole que acompañara a la agente Pemberton. Noah, obediente, salió tras ella mientras Tom permanecía junto a Gertrude e Ethan.
—¿Qué demonios estás haciendo tú aquí? —preguntó Lucy, aún asombrada por el inesperado encuentro.
—Me siento culpable, ¿vale? Todo esto me está superando —respondió Noah, pasándose la mano por el rostro con desesperación.
—¿Culpable de qué? —susurró Lucy, bajando la voz para que no se enterara nadie de lo que estaban hablando.
Noah la tomó del brazo y la condujo hasta un pequeño pasillo que llevaba a los ascensores.
—¿Recuerdas que te dije que no había visto a Madison desde que se fue a la fiesta? —dijo Noah. Lucy asintió, observándolo con desconfianza—. Te mentí —añadió el joven, con una voz cargada de culpa.
—Maldita sea, Noah… —respondió Lucy con frustración, apretando los puños en un gesto de enfado—. ¿Qué has hecho ?
—Prométeme que no me arrestarás cuando te cuente esto —pidió Noah con voz temblorosa.
—No voy a prometerte nada. De hecho, si no me cuentas ahora mismo lo que sabes, te voy a detener aquí mismo —respondió Lucy, mostrando las esposas con disimulo.
—Está bien. Seguí a Madison hasta la fiesta.
—¿Dónde fue la fiesta? —preguntó Lucy con curiosidad y tensión a partes iguales.
—En casa de Will Tucker, el quarterback de los Cielo Alto Ducks —respondió Noah en un susurro, visiblemente agitado—. El caso es que me colé para seguir a Madison, y pasé toda la noche observando cómo se aferraba a ese tipo y a otro más. Un viejo que estaba en la habitación cuando…
Noah se detuvo abruptamente, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Cuándo qué, Noah? —insistió Lucy, elevando el tono, pero manteniéndolo en un murmullo urgente—. Por favor, cuéntame todo.
—Cuando entré en esa sala, encontré a Madison inconsciente, con el vestido recogido. El viejo había derribado la puerta, y Ethan estaba en la habitación. En ese momento, no pude controlar mi furia y le di una paliza —confesó Noah con su voz totalmente quebrada.
—Maldita sea, Noah… —volvió a murmurar Lucy, con agotamiento.
—¿Qué esperabas que hiciera? —preguntó Noah, desesperado.
—Llamar a la policía, joder —respondió Lucy, esta vez con un tono más agresivo.
—El viejo era policía. Dijo que iba a informar, pero yo no me quedé. Salí de ahí rápidamente y me fui a casa —explicó Noah, mientras un par de pequeñas lágrimas caían por su rostro.
Lucy sopesó cuidadosamente todo lo que Noah le había revelado. La posibilidad de que el alto cargo policial en la fiesta fuera nada menos que el capitán Mitchell adquiría cada vez más sentido. A la vez, reflexionaba si debía detener a Noah o dejarlo en libertad.
—Está bien. Vete a casa y no salgas de allí, Noah. Por favor —pidió Lucy con seriedad, mirándolo directamente a los ojos—. Ya estás metido en demasiados problemas.
Noah asintió con la cabeza, agradecido por la comprensión de Lucy.
Se dirigió al ascensor para salir del hospital, de modo que, cuando las puertas se abrieron, entró en su interior y desapareció.
Lucy, por su parte, avanzó con calma hacia la habitación cuatrocientos doce mientras marcaba el número del sheriff en su teléfono, con la mente totalmente ocupada.
—¿Alfie? No te vas a creer lo que acabo de descubrir… —comenzó diciendo Lucy.
Tras ello, le relató meticulosamente todo lo que Noah le había contado sobre la noche de la fiesta, revelando por primera vez la ubicación exacta del evento.