¿Quién mató a Madison Harris? 12 3 de julio #4
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12 3 de julio #4

—¿De qué demonios estás hablando ahora? ¡Puto loco, paleto de los cojones! —espetó el capitán, intentando calmar su tono, aun siendo un manojo de nervios.

Alfie esbozó una sonrisa de suficiencia. Sabía que Mitchell era una persona horrible, pero desconocía hasta qué punto era capaz de cruzar líneas.

—Por eso estás aquí. Solo has venido a entorpecer la investigación. ¿Qué estás ocultando? —preguntó Spinster, esta vez con una furia contenida que no se molestó en ocultar.

Mitchell soltó una carcajada amarga, abrió la cremallera de su chaqueta y sacó un pequeño frasco dentro de una bolsa de plástico.

—Mira y aprende cómo trabajan los policías de verdad —dijo Mitchell, alzando el frasco ante la mirada atónita de Alfie—.

Aquí dentro hay ADN de la escena del crimen.

Esa misma escena en la que el inútil de tu forense no encontró nada —añadió con el ceño fruncido, clavando sus ojos desafiantes en los del sheriff—.

¿De verdad crees que estoy aquí para entorpecer la investigación?

La sonrisa se desvaneció del rostro de Alfie en un instante. Lo que hasta hacía unos minutos parecía un rompecabezas resuelto, ahora se convertía en un cúmulo de preguntas sin respuesta, dejando en su mente solo confusión.

—Vete a tomar por culo de aquí, Spinster —dijo Mitchell con un tono cargado de ira—.

La próxima vez que te atrevas a insinuar algo semejante, te garantizo que moveré los hilos necesarios para acabar con tu carrera.

¿Entendido? Deberías darme las gracias por seguir teniendo un trabajo en este agujero de mala muerte.

El sheriff Spinster dudó por un momento, pero no movió ni un músculo. Permaneció inmóvil en la silla, observando sin pestañear al capitán Mitchell, quien ahora estaba de pie, esperando con evidente impaciencia a que Alfie abandonara la sala.

—¿De verdad no sientes nada, Matthew? —dijo Spinster alzando la voz—.

Han asesinado a la hija de Robert. ¡Fue tu compañero durante años!

¡Es tu amigo, por el amor de Dios! —exclamó, intentando encontrar alguna chispa de humanidad en el rostro impasible de Mitchell—.

Estás tratando este caso como si fuera un asesinato más, pero sabes muy bien que tanto tú como yo estamos implicados de una forma diferente.

Esto nos afecta a ambos, no puedes fingir que no te importa.

—La virtud está en saber separar los sentimientos, Spinster —dijo Mitchell con una frialdad calculada—.

Yo adoraba a Madison y, a pesar de no haber acabado bien mi andadura profesional con él, quiero profundamente a Robert y a Maggie.

Sin embargo, cuando me siento en el sillón de capitán, mis emociones quedan fuera.

Eso es lo que me diferencia de ti, y la razón por la que yo soy capitán en la policía de Los Ángeles, mientras que tú no eres más que un sheriff de un pueblucho de mala muerte.

Aquellas palabras cayeron como un peso en el pecho de Alfie, que agachó la cabeza. Durante un breve instante, se preguntó si tal vez Mitchell tenía razón. Un nudo amargo se le formó en el estómago, mientras sentía que las lágrimas amenazaban con salir.

—Vete de aquí, Alfie —concluyó el capitán—. Y asegúrate de que sea la última vez que te metes en este caso.

Alfie asintió sin decir nada y salió de la sala.

Al pasar por el marco de la puerta, notó el ligero toque de Mitchell en su hombro, un gesto de dominancia que reafirmaba su superioridad.

El sheriff observó a lo lejos a Lucy, quien conversaba animadamente con el agente McKay.

Por unos segundos, parecía ajena a la turbulencia que los azotaba desde hacía días.

Cuando la joven agente giró la cabeza y lo vio, Alfie aprovechó el momento y, con un leve gesto, la llamó.

Lucy se despidió rápidamente de su novio y caminó con paso acelerado hacia su superior.

—Vaya emboscada nos ha montado el capitán, jefe — dijo Lucy con un tono amargo.

—Sí, es como dices —respondió Alfie, dejando escapar un largo suspiro—. Al menos me ha dado tiempo a recabar información valiosa sobre la noche del asesinato.

—¿Vamos a tu despacho y me cuentas? —preguntó Lucy, con una impaciente curiosidad.

—No. Mi despacho está demasiado cerca del capitán — explicó el sheriff bajando la voz mientras echaba una rápida mirada a su alrededor—. Sígueme.

Alfie analizó rápidamente la comisaría. Al comprobar que el camino estaba despejado y que el capitán Mitchell no se encontraba a la vista, aceleró el paso hacia la puerta de los calabozos, la abrió de un tirón y descendió sin perder tiempo.

Lucy lo siguió de inmediato, curiosa y ansiosa por conocer los detalles que el sheriff había logrado obtener.

Mientras tanto, en el piso de arriba, Mitchell llegaba a su despacho. Frente a la puerta lo aguardaba Beverly Cook, visiblemente irritada y de brazos cruzados por la larga demora en la comisaría. En cuanto vio al capitán acercarse, se abalanzó hacia él con una actitud brusca y airada.

—¡Esto es inadmisible! —exclamó Beverly con un tono lleno de indignación—. He pasado todo el día aquí retenida, y no he hecho absolutamente nada. ¡Exijo una explicación!

De pronto, sin previo aviso, Mitchell agarró a Beverly por el cuello, cortándole el aire y cualquier intento de continuar con su queja.

El miedo en sus ojos fue instantáneo. Al ver que el silencio se imponía, la soltó bruscamente y, sin darle tiempo a reaccionar, la arrastró del brazo hacia el interior de la sala.

Cerró con un portazo y, con un gesto violento, la empujó contra una silla, obligándola a sentarse de mala manera.

—¡¿Qué demonios les has contado?! —rugió Mitchell.

Beverly, recuperando el aliento, lo miró con ojos desorbitados mientras las piezas del puzle encajaban en su mente: «El policía de la fiesta...»

—Eres… ¡Eres tú! —exclamó Beverly, su cuerpo siendo invadido por el terror—. ¡El policía que estaba en la fiesta!

Antes de que pudiera hacer más, Beverly saltó de la silla y corrió hacia la puerta con desesperación, pero Mitchell fue más rápido.

Con un solo movimiento, levantó el brazo y la golpeó con fuerza en la cabeza.

El impacto fue seco y brutal, y Beverly se desplomó en el suelo como una muñeca de trapo.

Su cuerpo quedó inerte mientras un delgado hilo de sangre comenzaba a brotar de su cabeza, manchando el suelo bajo ella.

El capitán observó el cuerpo inmóvil de la periodista con una expresión helada.

Dio un paso hacia ella, sudando ligeramente, y susurró con desprecio.

—Así estarás callada.