¿Quién mató a Madison Harris? 12 3 de julio #2
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12 3 de julio #2

—Spinster, he habilitado un pequeño despacho justo al lado del mío para ti.

Puedes instalarte cuando gustes —dijo Mitchell, dando media vuelta para dirigirse a su oficina—.

Ah, y casi olvido mencionarlo. Tienes el dosier de un caso de robo en un domicilio.

Estarás trabajando con Fernando, un nuevo agente que necesita aprender de los mejores —añadió con sorna.

Sin más preámbulo, y con una sonrisa cargada de sarcasmo, Matthew ascendió por las escaleras hacia su despacho, sin dejar de observar a Lucy.

Al llegar al final, vio a la joven agente esperando junto a la puerta, con una expresión de desdén y los brazos cruzados.

El capitán avanzó con calma, no sin antes lanzarle una última mirada a la figura de la joven.

Al llegar a la puerta, la abrió y entró en la oficina.

Una vez acomodado en su sillón, y después de ajustar el cartel con su nombre y título, dirigió su mirada hacia Lucy.

—Pasa, guapa —dijo Matthew, entrelazando los dedos y apoyándolos en la mesa con una sonrisa calculadora.

Lucy descruzó los brazos y entró en la oficina, cerrando la puerta con un portazo que resonó en el pequeño despacho. Avanzó hasta la silla y se dejó caer en ella con evidente desgana.

—Le agradecería que evitara llamarme «encanto» o « guapa». Mi nombre es Lucy Pemberton, así que le ruego que me llame por él —dijo con firmeza.

Matthew, sin mostrar ninguna señal de incomodidad, se levantó de su silla y se situó justo detrás de Lucy. Tras un breve momento de indecisión, colocó sus manos en sus trapecios y comenzó a masajearla.

—Estás muy tensa, Lucy —comentó el capitán—. No entiendo por qué no quieres que te llame así. Eres, sin duda, la agente de policía más guapa y sexy que he visto en todos mis años en el cuerpo. Relájate, ahora tienes un jefe que sabe lo que hace, y verás cómo todo empieza a funcionar mejor.

—¿Para qué me has hecho venir? —preguntó Lucy, intentando deshacerse de las manos del capitán que todavía la tocaban con una familiaridad incómoda.

Mitchell cesó el masaje y regresó lentamente a su silla, adoptando una postura más formal. La seriedad en su rostro era palpable cuando fijó su mirada en Lucy.

—Quiero que queden claras unas cosas —comenzó el capitán, ajustando su tono a uno completamente neutro y profesional—. Tras pensarlo detenidamente, he decidido dejaros a ti y a tu novio en el caso.

—El agente McKay —corrigió Lucy, interrumpiendo al capitán con firmeza—. En esta comisaría no es mi novio, es el agente McKay.

Matthew la miró con un destello de desdén y rabia, pero optó por ignorar la interrupción.

—Como sea. El punto es que he decidido confiar en vosotros para este caso. He revisado tus informes y me han sorprendido. Para ser mujer, tus cifras son sobresalientes.

Lucy contuvo su frustración, notándose claramente el descontento en su cara, pero el capitán continuó revisando el informe sin percibir el malestar de la joven.

—Por supuesto, debes tener en cuenta que ni tú ni tu…

ni el agente McKay podréis compartir ninguna información sobre la investigación con Spinster —dijo el capitán con voz tajante—.

Si descubro que habéis revelado detalles a alguien que no esté directamente involucrado en el caso, seréis suspendidos de empleo y sueldo. ¿Está claro?

—Clarísimo —respondió Lucy con frialdad. Se levantó visiblemente molesta—. ¿Desea algo más? —añadió.

Matthew movió la cabeza hacia la puerta, indicándole a Lucy que se marchara. Ella, conteniendo las lágrimas de rabia, se levantó y se dirigió rápidamente hacia la salida, dejando tras de sí el despacho del capitán.

Las horas avanzaron en la comisaría, y Alfie, tras una mañana de trabajo frustrante y bajo la estricta vigilancia de su nuevo entorno, decidió hacer una pausa.

Salió de su pequeño despacho, dirigiéndose a la máquina de café en la planta baja.

Se preparó un café solo, fuerte y cargado, en un intento por despejarse y afrontar el resto del día.

Mientras esperaba a que se rellenara su taza, Matthew Mitchell apareció en el vestíbulo, descendiendo por las escaleras con paso firme.

Llevaba el uniforme impecable y una chaqueta doblada sobre el antebrazo.

—¡Atención a todos! —exclamó el capitán Mitchell con voz autoritaria—.

Debo salir hacia el bosque. Me han informado de nuevos hallazgos en la zona donde encontraron el cuerpo de Madison Harris.

Después de una búsqueda exhaustiva con perros, han llegado a algunas conclusiones.

Regresaré en un par de horas, tres a lo sumo .

Con eso dicho, se colocó el sombrero con una brusquedad que acentuaba su actitud y abandonó la comisaría con rapidez. En cuanto la puerta se cerró tras él, Lucy, visiblemente furiosa, se dirigió hacia Alfie, que aún estaba junto a la máquina de café.

—¡Este hombre es tonto! —exclamó Lucy, con voz cargada de frustración—. Me ordena que no hable de nada sobre la investigación, y él sale y se lo cuenta a toda la comisaría.

A pesar de la tensión que envolvía la sala, una leve carcajada escapó de Alfie al ver la reacción de su compañera.

Ante ese gesto, Lucy se relajó y esbozó una pequeña sonrisa.

Durante los minutos siguientes, Lucy relató a su superior los detalles de su encuentro con el capitán, una historia que pronto borró la sonrisa del sheriff.

—¡Ah! ¡Por cierto, Alfie! —exclamó Lucy en un susurro—. Hoy tenemos la cita con Beverly Cook, la periodista del Skyline Observer.

El rostro de Alfie se iluminó de nuevo, como el de un niño al recibir un regalo de navidad.

—¿Mitchell sabe que viene? —preguntó con esperanza, manteniendo el tono bajo.

Lucy negó con la cabeza.

—No, aún no —miró su reloj—. Tenemos alrededor de una hora y tres cuartos. Debe estar al llegar.

Los minutos transcurrieron y la tardanza de la joven periodista empezaba a sacar de quicio a Alfie, quien no había dejado de pasear nerviosamente por el vestíbulo de la comisaría.

Finalmente, el tintineo de la puerta anunció la llegada de la mujer.

Beverly Cook apareció en el umbral, vestida con un conjunto verde de dos piezas.

Su cabello rubio y rizado enmarcaba su rostro parcialmente oculto tras unas enormes gafas de sol.

Al reconocerla, Alfie se dirigió hacia ella con rapidez, echando una ojeada ansiosa a su reloj.

—Llega usted tarde —dijo el sheriff, dejando claro con su tono seco la angustia que sentía.

Beverly se deshizo de las gafas con un movimiento decidido.

—Discúlpeme, sheriff, pero tengo una especie de alergia a la comisaría desde que me trajeron aquí a la fuerza hace unos días.

Alfie dejó escapar un suspiro exasperado, cerrando los ojos por un momento para recobrar la compostura. Cuando volvió a mirarla, su tono era más firme, aunque cortés.

—¿Podría, por favor, acompañarnos a la sala de interrogatorios? —preguntó Alfie con una falsa amabilidad que no pasó desapercibida por la joven.

—Siempre puede llamar a otra patrulla que me lleve a la fuerza, como le gusta hacer —respondió la periodista, consciente de que estaba terminando con la poca paciencia que le quedaba al hombre.

—Mire…

—Buenos días, señorita Cook —intervino Lucy, acercándose con una sonrisa profesional y lanzando una mirada de advertencia a Alfie—. Soy la agente Lucy Pemberton, trabajo en esta comisaría. Estaremos encantados de proceder con sus preguntas de la manera más cómoda para usted.

Beverly dudó por un momento, inspeccionando a la agente de arriba abajo con una sonrisa evaluativa. Luego, volvió a mirar al sheriff, lanzándole una mirada de triunfo antes de hablar.

—De acuerdo. ¿A qué sala debo ir? —preguntó Beverly, observando cuidadosamente los pasillos de la comisaría.

—La sala de interrogatorios está allí —señaló Lucy con una sonrisa amable—. Mi compañero se tomará un momento para relajarse y luego se unirá a usted con un vasito de agua — finalizó con dulzura. Después lanzó una mirada de claro regaño a su superior.

Beverly asintió con la cabeza y se dirigió a la sala de interrogatorios. Lucy se acercó a la fuente de agua y, con un gesto de calma, instó al sheriff a que la acompañara. Alfie, respirando profundamente, la siguió sin articular una palabra.

—Esta chica sabe algo, Alfie. Mantén la calma y el control, y seguro que obtendrás la información que necesitas —dijo Lucy con tono tranquilizador, intentando infundirle serenidad.

—Últimamente estoy al borde del colapso —respondió Spinster con frustración—. Todo esto me está superando.

—No te dejes llevar por la desesperación, Alfie. No hay nadie más capacitado para esto en la comisaría —contestó Lucy, esbozando una tímida sonrisa de apoyo—. Has manejado estas situaciones mil veces. Hazlo una vez más.

El sheriff, agradecido por el apoyo de Lucy, sonrió y le dio un afectuoso toque en el hombro antes de dirigirse hacia la sala donde ya se encontraba la periodista. Al llegar a la puerta, respiró hondo, ajustó su sombrero y la abrió para encontrarse con Beverly, que esperaba con impaciencia.

—¡Por fin! Llevo un cuarto de hora esperándoos —dijo Beverly, con un tono de nerviosismo y enfado a partes iguales .

—Vamos a empezar el interrogatorio —comenzó Alfie con seriedad—. Le recuerdo que es esencial que nos proporcione toda la información relevante…

—¿No me va a ofrecer ni un vaso de agua? — interrumpió Beverly, con un aire de desafiante cinismo—. Sabía que no era muy atento, sheriff, pero cada segundo que pasa, me sorprende más.

Alfie, dejándose llevar por la frustración que sentía, propinó un golpe a la mesa, se levantó de la silla y se acercó a ella con una expresión grave.

—Mire, entiendo que lo que hice en el bosque estuvo fuera de lugar —dijo con una voz cargada de emoción contenida—. Usted solo estaba cumpliendo con su trabajo, pero yo acababa de encontrar un cadáver en mi jurisdicción. No solo un cadáver, sino el de la hija de un buen amigo mío.

Tomó una respiración profunda para contener las lágrimas que amenazaban con brotar.