¿Quién mató a Madison Harris? 12 3 de julio
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12 3 de julio

Un día más amaneció sobre Cielo Alto, pero era distinto, pues, a pesar de estar de lleno en la temporada estival, caía una ligera llovizna impropia de la estación en la que se encontraban.

Alfie se encontraba inmóvil, mirando por la ventana.

A decir verdad, llevaba así varias horas, ya que todos los sucesos acaecidos en los días anteriores le habían causado un insomnio inaguantable.

Para su propia sorpresa, estaba sobrellevando perfectamente su recaída en el alcohol por varias razones.

La primera, porque sabía perfectamente que, en estado de embriaguez, le sería imposible estar con los cinco sentidos puestos en el caso que tenía entre manos.

La segunda, y más importante, era que había conectado tanto con Lucy que solo pensar en fallarle le hacía más daño que cualquier enfermedad que pudiera causarle el alcohol.

Tras unos cuantos minutos más mirando por la ventana mientras buceaba en sus pensamientos, comenzó a andar por la habitación despacio, de lado a lado y con las manos entrelazadas en su espalda.

Lo cierto era que, tras mucho pensar, sopesar y elucubrar, no sabía el paradero de Ethan Murphy, quien le traía de cabeza desde hacía unos cuantos días.

Lo que sí tenía claro, y le torturaba a su vez, era que con el capitán Mitchell en la comisaría sería totalmente incapaz de resolver ninguna de aquellas incógnitas.

Alfie se detuvo en sus pensamientos y, con un pequeño sobresalto, miró el reloj.

—Las siete y media —murmuró, casi sin aliento, mientras se dirigía al armario.

Con movimientos lentos y pesados, sacó el uniforme de sheriff que tanto lo definía.

Se lo puso con la misma lentitud, cada prenda pesando más de lo normal, como si el insomnio acumulado lo aplastara con su cansancio.

Después de quince minutos, donde se esforzó por lucir presentable, el timbre resonó en la casa.

Con paso firme y decidido, descendió las escaleras.

Al abrir la puerta, se encontró con la sonrisa radiante de Lucy que, como cada mañana, lo recibía con esa energía que él solo podía envidiar.

—Buenos días, Alfie. ¿Cómo te encuentras esta mañana? —preguntó Lucy, conservando la radiante sonrisa que la caracterizaba.

Alfie soltó un profundo suspiro, seguido de un prolongado bostezo que parecía arrastrar con él todo el agotamiento acumulado de las últimas noches. Se frotó los ojos con ambas manos, intentando espantar la fatiga que lo tenía atrapado.

—He pasado noches mejores, eso seguro. No he pegado ojo —respondió con voz rasposa.

Sin mucho ánimo, dirigió la mirada al coche patrulla estacionado frente a la casa.

Con movimientos lentos, comenzó a caminar hacia él, pero antes de llegar a la puerta del conductor se detuvo y se giró hacia Lucy—.

Hoy, si no te importa, conduces tú —murmuró con un gesto de resignación.

Lucy asintió sin decir una palabra. Con paso firme, se dirigió al coche patrulla y se acomodó en el asiento del conductor.

Esperó un par de segundos hasta que Alfie estuvo listo, y entonces giró la llave, haciendo rugir el motor en la tranquila y sosegada mañana.

Al cabo de unos kilómetros, Alfie, con la mirada fija en el horizonte, dejó escapar un suspiro.

—Fíjate, hasta los días de julio son grises ahora —dijo en voz baja. Lucy desvió la vista hacia él por un segundo.

—Es extraño, sí… —respondió, volviendo a centrarse en la carretera—. Pero no te preocupes, Alfie. Estoy segura de que el día mejorará, y antes de que te des cuenta el sol estará brillando de nuevo. Confía en mí —añadió con una sonrisa cálida llena de cariño.

Alfie estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera se percató de la mirada cálida que Lucy le dedicaba.

Su atención permanecía fija en la carretera frente a ellos.

Lucy, consciente de la fragilidad de ese momento, condujo con extrema precaución.

El silencio entre ellos era espeso, interrumpido apenas por algún carraspeo de Alfie y el constante golpeteo de la lluvia sobre el techo del coche.

Finalmente, llegaron a la comisaría. Lucy apagó el motor y se dispuso a salir del coche, pero justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, sintió una mano sobre su brazo.

Era Alfie. Su agarre era firme pero no brusco.

—Espera… —dijo con su ya habitual voz ronca .

Lucy se detuvo, girando la cabeza hacia él con suavidad, viendo la tensión en su rostro. Él no la miraba, seguía con su mirada perdida en algún punto del salpicadero.

—Quiero que entiendas que, a partir de hoy, las cosas no van a ser como antes —dijo Alfie, con su voz temblando levemente—.

Matthew… lo conozco bien. No es de fiar, ni es de los que se muerden la lengua.

Es un policía a la vieja usanza, directo, duro.

Aunque ambos seamos mayores, no te engañes pensando en que se parece en algo a mí.

—Ya lo sé, Alf. Me bastaron dos minutos con ese tipo para saber la clase de persona que es —respondió Lucy—. Además, tendría que ser muy bueno para igualarte a ti —Lucy soltó una risa suave, dándole a su vez un golpecito amistoso en la pierna.

Por primera vez en todo el día, Alfie esbozó una sonrisa, esa que rara vez dejaba entrever y, con un gesto casi instintivo, tomó la mano de Lucy.

—Me importas muchísimo, Lucy —dijo en voz baja, mirándola fijamente a los ojos—. Por favor, ten cuidado. Hazle caso en lo que te diga, sigue su juego… Y, sobre todo, que no nos vea juntos. Si lo hace, te sacará del caso sin pensarlo dos veces.

—Alfie, soy mayorcita ya para saber lo que tengo que hacer —replicó Lucy con un tono firme, y llevaba una leve reprimenda en sus palabras.

El sheriff bajó la cabeza, dejando escapar un suspiro.

—Perdóname, es la vena paternal que me sale… — intentó disculparse, pero no alcanzó a terminar la frase.

Antes de que pudiera decir algo más, Lucy se lanzó hacia él, envolviéndolo en un abrazo profundo y cálido.

No era un gesto de consuelo cualquiera, era el tipo de abrazo que calma las tormentas internas.

Alfie sintió cómo sus hombros se relajaban, cómo ese nudo constante en su pecho se desvanecía durante esos breves, pero poderosos, minutos que permanecieron así.

Al separarse, ambos llevaban una sonrisa en los labios.

—Todo va a ir bien, ¿de acuerdo? —dijo Lucy con calma—. Vamos a entrar, no quiero llegar tarde en mi primer día de cárcel —bromeó entre dientes.

Alfie rio suavemente, dejándose contagiar por su optimismo.

Salieron del coche al unísono y caminaron hacia la comisaría.

Al llegar a la puerta, ambos dudaron por un instante, como si al cruzarla se enfrentaran a una realidad para la que aún no estaban preparados.

Pero, tras un profundo suspiro, tomaron el primero paso.

La comisaría los recibió como cada mañana, con su bullicio habitual.

Saludaron a la secretaria en la entrada y, mientras Lucy miraba alrededor, divisó a Tom al final de la sala.

Con una sonrisa rápida, se despidió de Alfie y se dirigió hacia el joven policía con paso enérgico y decidido.

Alfie la observó desde lejos con una sonrisa distraída en su rostro.

Pero su atención se desvió de pronto cuando la puerta de los calabozos se abrió de golpe.

Matthew Mitchell apareció en el vestíbulo con su porte robusto y una mirada que irradiaba autoridad.

El nuevo capitán era la encarnación del viejo estilo policial.

—¡Hombre! ¡Mi buen amigo Spinster! —exclamó Matthew con voz ronca, acercándose al sheriff y dándole una palmada en la espalda, demasiado fuerte como para ser un simple gesto amistoso—. ¿Cómo te encuentras hoy?

—Bien —respondió Alfie, esforzándose por mantener un tono neutral, aunque no pudo ocultar del todo la incomodidad que le provocaba estar cerca de Mitchell.

—Nueva norma, Spinster. Mientras yo esté aquí, todas las mañanas se empieza el trabajo con alegría. ¡Aburres al personal, colega! —gritó Matthew con su desagradable voz retumbando por toda la comisaría.

—Con el debido respeto, capitán —dijo Alfie, enfatizando el título con un tono burlón—. Estamos todos consternados con el caso que nos ocupa. No creo que la alegría sea precisamente lo que necesitamos ahora mismo.

Matthew se cruzó de brazos y lo observó, el brillo en sus ojos reveló que no se dejaría intimidar fácilmente. Sonrió, pero en esa risa había más desafío que empatía.

—Creo que ya quedó claro que a ti no te concierne nada, Spinster. Este caso es mío. Tú mejor dedícate a investigar hurtos de los bolsos de las viejas del barrio —dijo Matthew, soltando una risa estruendosa que llenó el vestíbulo de la comisaría.

Alfie, visiblemente avergonzado, desvió la mirada y fijó los ojos en el suelo, tratando de ocultar su incomodidad. No había nada que pudiera decir que no empeorara la situación.

—Creo que lo mínimo que se merece en esta comisaría es respeto, capitán —intervino Lucy, regresando de su conversación con el agente McKay y acercándose con valentía a Matthew.

—Lucy Pemberton. ¡Vaya! Debo admitir que tienes agallas —exclamó Matthew con una mezcla de sorpresa y admiración, mientras sus ojos recorrían el cuerpo de Lucy de arriba abajo. Luego, se acercó a ella con una sonrisa diabólica— . Ve a mi despacho y espérame allí, encanto .

Lucy cerró los ojos brevemente y retrocedió unos pasos, sintiendo una oleada de desagrado por la actitud de Mitchell.

Sin embargo, sabía que no podía permitir que la situación se agravara.

Lanzó una mirada rápida a Alfie, quien le hizo gestos con los ojos, indicando claramente su preocupación y sugiriendo que se contuviera.

Después de unos momentos de tensión, Lucy respiró profundamente y se dirigió hacia el despacho del nuevo capitán, con una mezcla de determinación y malestar.