11 18 de junio #2
Noah – Audio 1:20
Madison desbloqueó el teléfono con manos temblorosas y, sin dudar, abrió la conversación con su prometido. Presionó el botón de reproducción, y la voz familiar de Noah comenzó a sonar:
«¡Hola, amor! ¿Cómo estás? Espero que bien, porque no he sabido nada de ti desde hace rato.
Te echo muchísimo de menos y no puedo esperar a que vuelvas.
Tenemos que hablar, hay muchas cosas que quiero contarte…
Estos últimos días he estado un poco raro, y prefiero explicártelo todo en persona.
Quiero que arreglemos las cosas para que volvamos a estar como antes.
¡Ah, por cierto!, también quiero hablarte de Keira. »
La mención de Keira hizo que el corazón de Madison se acelerara.
«Es una amiga a la que debí haberte presentado hace tiempo. Esta tarde estuvo en casa, y hablamos de ti casi todo el tiempo. Es un encanto, ya la conocerás. Estoy deseando verte, amor. Te amo.»
Madison quedó paralizada al escuchar el audio.
Aunque el tono de Noah parecía más amable que en otras ocasiones, sus palabras la sumieron en una confusión aún mayor, amplificando el peso de la culpa que ya la agobiaba.
Con los pensamientos agitados, le envió un mensaje breve: «Voy para casa, hablamos cuando llegue.
» Guardó el móvil en su bolso con las manos temblorosas y se apresuró a la salida.
Al llegar a su coche, subió rápidamente, encendió el motor y condujo a través del atardecer.
Cada kilómetro recorrido parecía alargar el nudo en su estómago y, cuando finalmente llegó, aparcó en el garaje.
Se quedó inmóvil un instante, inhalando y exhalando profundamente, tratando de calmarse antes de enfrentarse a lo que la esperaba dentro.
Con un último suspiro, abrió la puerta y entró en casa.
Madison apenas había cruzado el umbral de la casa cuando la voz de Noah resonó desde el otro extremo del pasillo.
—¡Amor! —gritó con entusiasmo. En un instante, corrió hacia ella con la velocidad y energía de un niño, envolviéndola en un abrazo apretado—. ¡Como te he echado de menos!
Madison correspondió al abrazo, luchando internamente por contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Forzó una sonrisa mientras lo saludaba, intentando aparentar normalidad.
—Hola, mi vida —dijo con voz suave pero tensa. Le dio un beso rápido en los labios—. ¿Qué ha pasado? Te veo mucho mejor…
Noah la miró con una mezcla de alegría y alivio, pero sacudió la cabeza suavemente.
—Aquí no. Mejor vamos al salón y lo hablamos mientras cenamos, ¿te parece?
Madison asintió en silencio mientras se quitaba la chaqueta.
—Vete a cambiarte y date una ducha. Yo me encargo de todo —dijo Noah con su rostro irradiando una felicidad que contrastaba profundamente con el torbellino de emociones que la chica trataba de controlar.
Madison besó a Noah una vez más antes de subir las escaleras en dirección a su habitación.
Sentía que su cabeza estaba a punto de estallar; el peso de las decisiones, las emociones y los secretos se volvían insoportables.
Por un lado, experimentaba una felicidad genuina al ver a su prometido en mejor estado, y también se sentía aliviada por haber resuelto las cosas con Ethan, confiada en que su amistad podría prosperar de manera sana.
Sin embargo, los recuerdos de lo sucedido en el gimnasio la carcomían.
Una vez en su habitación, Madison se desnudó lentamente y se dirigió a la ducha.
El agua caliente cayó sobre su cuerpo, pero ella permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la pared.
Se debatía internamente: ¿debería confesarle a Noah lo que había pasado con Ethan?
Por un lado, la idea de guardar silencio y dejar el incidente en el pasado parecía tentadora, Noah jamás se enteraría, y ambos podrían seguir adelante sin daño aparente.
Pero, por otro lado, el peso de la culpa la abrumaba.
No era solo lo que había ocurrido ese día en el gimnasio, sino los días anteriores, en los que había jugado con fuego, tonteando con otro hombre de manera constante.
Perdida en sus pensamientos, Madison se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo en la ducha.
Volvió a la realidad, se frotó el cuerpo con la esponja y lavó su pelo con esmero.
Finalmente, minutos después, apareció en el salón envuelta en un albornoz morado y unas chanclas, con una toalla del mismo color enrollada en el cabello.
Noah la vio entrar y le dedicó una sonrisa cálida.
—Estás preciosa, incluso así vestida —exclamó Noah con un gesto juguetón. Madison se ruborizó ligeramente, dibujando una sonrisa en su rostro mientras se acomodaba en el sofá.
—¿Qué era eso tan importante que me tenías que contar, Noah? —preguntó, intentando sonar relajada, aunque una ligera tensión se reflejaba en su voz.
Noah la miró con seriedad, sopesando sus palabras antes de hablar.
—Antes de contarte nada, quiero que me prometas que no me vas a juzgar. Necesito que trates de entenderme y que pase lo que pase sigamos igual que siempre —dijo, con un tono que revelaba su propia incertidumbre. Sus ojos buscaban alguna señal de comprensión en los de Madison.
—¿Qué has hecho, Noah? —preguntó ella, enderezándose en el sofá.
Noah suspiró profundamente y, sin soltar su mirada, tomó la mano de Madison entre las suyas, intentando transmitirle calma mientras se preparaba para lo que estaba a punto de confesar.
—Hace unos días, cuando tú fuiste al gimnasio, apareció un viejo amigo del barrio donde vivía antes — comenzó a contar Noah, con voz temblorosa mientras la tensión se acumulaba en su rostro—.
Lo invité a pasar y estuvimos charlando como en los viejos tiempos.
Pero después de un rato, me dijo que andaba vendiendo algo nuevo…
una mierda nueva, y de repente sacó una bolsita.
¡Yo le dije que la guardara! —exclamó. Noah tragó saliva, el recuerdo lo agobiaba—.
La guardó, y seguimos hablando, como si nada.
Pero justo antes de irse me dijo que me dejaba la bolsita, como regalo, por si algún día quería probarla.
—¿Te la quedaste? —interrumpió Madison mientras sus ojos aumentaban en incredulidad.
Noah asintió, incapaz de sostenerle la mirada por mucho tiempo. Madison se llevó las manos a la cabeza.
—La guardé, sí… pero sin intención de usarla, lo juro.
La metí en un cajón y ahí se quedó. Sin embargo, los días pasaron y apenas estabas en casa.
Casi no me hablabas, ni siquiera me mirabas.
Cada conversación que teníamos era una pelea, y cuando me fui a dormir a la otra habitación…
Me sentí tan solo, Madison. Me hacías falta.
Y… — Noah cerró los ojos, como si tratara de escapar de la vergüenza—.
No pude soportarlo más. Fui al cajón, saqué la bolsita y…
me la metí toda. Te juro que en ese momento sentí más paz que nunca.
El silencio que siguió era denso, casi insoportable.
—¿Me estás culpando a mí de eso, Noah? —preguntó Madison, con un tono cargado de ofensa.
Noah, notando el cambio en la actitud de Madison, tomó nuevamente su mano con ternura.
—No, cariño. No es mi intención culparte. Solo quiero que entiendas cómo me he sentido. ¿Podrías dejar de estar a la defensiva, por favor? —pidió Noah.
Madison, sintiendo la sinceridad en sus palabras, comenzó a calmarse. Dejó escapar un suspiro y asintió.
—Bien —dijo Noah para continuar con su relato—. Como me sentí algo aliviado después de eso, llamé a mi viejo amigo para pedirle más. Llevo varios días consumiendo. Esta mañana, mientras tú estabas en el gimnasio, vino a casa una amiga… se llama Keira.
Al escuchar aquel nombre, el rostro de Madison reflejó una mezcla de sorpresa y preocupación. Noah notó su reacción y, con delicadeza, le tocó la mejilla, buscando reconfortarla.
—Keira es mi mejor amiga, Madison. Ha sido un gran apoyo en mi vida y, entre otras cosas, fue quien me ayudó a elegir el anillo con el que te pedí la mano.
Madison se quedó paralizada. En ese momento, entendió que lo que la había llevado a besarse y casi tener relaciones con Ethan fue, en parte, la percepción de la cercanía entre Noah y su amiga, especialmente después de verlos juntos.
—¿Qué te pasa? —Preguntó Noah, preocupado al notar que Madison estaba inmóvil, mirando fijamente a la pared—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí, perdón —respondió Madison con voz quebrada mientras forzaba una pequeña sonrisa—. ¿Por qué nunca me hablaste de Keira?
—Sé lo que has sufrido con los celos, mi amor — admitió Noah—.
Soy consciente de que he cometido errores al ocultártelo.
Por eso te estoy contando todo ahora. Quiero liberarme de esta culpa para que podamos seguir adelante, casarnos como siempre soñamos y tener ese maravilloso hijo que tanto deseamos .
Madison, abrumada por todo lo que estaban tratando, sintió una oleada de náuseas.
—Tengo ganas de vomitar, Noah —dijo Madison, al escuchar aquella frase.
Madison se levantó de un salto del sofá con el rostro pálido y la mente en una profunda tormenta.
Se dirigió rápidamente al baño más cercano, abriendo la tapa del inodoro.
En un instante, su cuerpo se volvió a someter a una ola de náuseas, y vomitó la comida y la cena que había ingerido a lo largo del día.
Se quedó de rodillas, con la respiración agitada, mientras se aguantaba el pelo con una mano.
Noah, angustiado, se mantenía en la puerta del baño, observando con preocupación.
—Madi, ¿estás bien? ¿Te llevo al hospital? —preguntó Noah, alarmado y preocupado.
—No, amor. No te preocupes, me ha debido sentar mal la comida de casa de mis padres.
Noah frunció el ceño, visiblemente confundido.
—¿Has estado donde tus padres? Pensé que ibas al gimnasio.
Madison finalmente logró ponerse en pie con esfuerzo y se acercó al lavabo. Se lavó la cara con cuidado, tratando de eliminar cualquier resto de vómito.