10 18 de junio #3
—Ya, hija, pero…
—¡Ni peros ni nada! —volvió a gritar Madison, reflejando en su semblante una clara molestia—. Noah es un gran chico, pero yo estoy muy perdida. He conocido a alguien más…
—Válgame dios… —musitó Maggie, santiguándose al oír esas palabras.
Madison, con un profundo suspiro, puso los ojos en blanco y se dejó caer hacia atrás en el sofá, abrumada por el hartazgo que sentía en ese momento .
—Madison, tienes casi treinta años y una relación de diez años con un chico que te quiere —dijo la madre de la joven, intentando ofrecer un poco de orientación y perspectiva a su hija—. Estáis prometidos y además vais a tener un precioso bebé.
Las palabras de su madre golpearon a Madison como un torrente de realidad, abriendo los ojos con asombro.
Después de unos segundos de silencio tenso, se levantó del sofá y comenzó a dar un pequeño paseo por la sala, como si necesitara el movimiento para procesar la avalancha de emociones que sentía en ese momento.
De pronto, dirigió la mirada hacia sus padres con total decisión.
—He perdido el bebé —dijo Madison, sin más preámbulos—. Fui a la revisión hace un par de días y me dieron la noticia.
Maggie se levantó de inmediato, su rostro reflejaba horror y compasión mientras se acercaba a su hija, quien había estallado en sollozos.
Con un amor maternal, envolvió a Madison con un abrazo reconfortante, ofreciéndole el consuelo que tanto había necesitado durante tantos días.
Por otro lado, Robert permaneció sentado en el sofá con expresión de aturdimiento y en completo estado de shock.
—¿Cómo estás? —preguntó Maggie de forma retórica, consciente de que las palabras eran insuficientes para expresar el dolor que Madison debía estar sintiendo.
Madison se encogió de hombros, incapaz de articular palabra. Después del abrazo, volvió a sentarse, secándose las lágrimas con un pañuelo que le había dado su madre.
—El problema es que no sé cómo decírselo a Noah. Está muy raro e inestable y no quiero que esto le afecte más aún —expuso Madison con la voz quebrada, mientras se sonaba la nariz.
—No lo sé, cariño. Pero debes decírselo y pasar el duelo juntos —dijo Robert, quien parecía que había vuelto en sí, de modo que se expresaba en un tono calmado.
—Me voy a ir, ¿vale? —dijo Madison mientras se levantaba lentamente, preparándose para enfrentar la difícil conversación con Noah—. Hablaré con él en cuanto llegue. Lo quiero y no me gustaría que esto fastidie todo.
Los padres de la joven asintieron con una sonrisa tranquilizadora y también se pusieron de pie.
Se abrazaron varias veces, compartiendo ese vínculo especial que solo la familia puede proporcionar, y charlaron animadamente sobre otros temas.
Tras varios minutos, Madison regresó a su hogar en coche.
Al estacionar el vehículo, respiró hondo un par de veces para calmar sus nervios antes de bajarse.
Con paso decidido, salió del coche y recorrió el camino por la verja trasera del garaje, dirigiéndose hacia la fachada principal de la casa.
Justo cuando estaba doblando la esquina, la puerta de su casa se abrió y pudo observar cómo una chica salía de la casa, seguida de cerca por un Noah radiante y sonriente.
—Qué bien que hayamos arreglado esto tan rápido — dijo Keira con una sonrisa. Acto seguido, abrazó con pasión a Noah, quién correspondió el gesto con un afecto sincero—. ¿Le vas a decir algo a Madison? Ya sabes…
—No, nunca. Es algo pasajero y no tiene por qué enterarse, Keira. Además, hemos acordado que no volverá a pasar, ¿verdad? —respondió Noah sonriente y con mucho mejor aspecto que antes.
Keira asintió con una sonrisa y volvió a abrazar a su amigo, esta vez añadiendo un cálido y sonoro beso en su mejilla.
—Te quiero mucho, Noah. Lo sabes, ¿no? —dijo Keira al separarse del joven, transmitiendo su apoyo y afecto de manera notable.
—Muchas gracias por esto, Kei. Realmente lo necesitaba —respondió Noah, con una sonrisa radiante.
La joven se giró con una dulce sonrisa y, con un gesto de despedida, ondeó su mano hacia su amigo antes de emprender el camino de regreso a casa. Mientras tanto, Noah cerró la puerta y se sumergió de nuevo en sus quehaceres diarios.
Madison permaneció inmóvil, oculta tras la pared lateral, sintiendo cómo la rabia le consumía por dentro ante la escena que acababa de presenciar.
Su cuerpo temblaba con la intensidad de sus emociones.
Inhaló profundamente tres veces, intentando calmar los latidos acelerados de su corazón, y exhaló lentamente antes de dirigirse con paso decidido hacia su coche.
Mientras caminaba, colocó el teléfono móvil en su oído.
—¿Ethan? ¡Hola! —exclamó Madison con entusiasmo—. Tengo muchas ganas de verte. ¿Te recojo en el gimnasio y vamos a comer? Perfecto. ¡Ahora nos vemos!
Con un gesto decidido y con la rabia palpable aún en su rostro, Madison colgó el teléfono y lo colocó en el asiento de al lado. Encendió el motor y se puso en marcha con el rumbo fijado hacia el gimnasio.