10 18 de junio #2
Noah permaneció de pie, inerte y observando la escena con incredulidad y conmoción, sintiendo el peso de la culpa por sus acciones.
«Nunca nadie me había mirado así…» , pensó Noah, atormentado por el repentino entendimiento de la gravedad de su comportamiento. Un profundo remordimiento se apoderó de él al instante.
El joven corrió hacia la puerta y comenzó a llamar desesperadamente a Keira con gritos desgarradores mientras las lágrimas bañaban su rostro.
Suplicaba perdón mientras lloraba como hacía lustros que no lo hacía.
Keira se detuvo con muchas dudas. Su corazón estaba dividido entre el miedo y el entendimiento por la situación del joven.
Tras sopesarlo durante unos segundos, retrocedió lentamente hacia la casa mientras miraba con cierto miedo a Noah, que se encontraba tras la puerta tembloroso y sumido en un llanto inconsolable .
Varios kilómetros al sur, Madison llegaba a Leyton Park, el barrio donde residían sus padres.
Había decidido hacerles una visita después de varias semanas sin verse.
Una vez hubo apagado el coche, Madison se bajó del vehículo y se encaminó hacia la imponente puerta de la casa de los Harris.
Maggie, quien disfrutaba de la mañana en una tumbona en el porche, notó la llegada de su hija y se puso en pie rápidamente.
Con una sonrisa radiante, se adelantó para recibir a Madison en la verja de la entrada.
—¡Madi, cariño! —exclamó la madre de Madison nada más llegar a su encuentro y dándole un intenso abrazo.
—Hola, mamá —respondió la joven contenta, aunque algo desganada.
La señora Harris separó la cara de su hija y la miró con detenimiento mientras sujetaba los hombros de Madison con sus manos.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Maggie mientras cambiaba su rostro de alegría por uno de preocupación.
—Ahora te cuento, mamá. Déjame pasar y ponerme cómoda, por favor — respondió Madison, con voz suave, pero con un claro síntoma de agobio.
Maggie asintió con comprensión y abrió la puerta de par en par, permitiendo que su hija entrara en la casa.
Madison avanzó con decisión hacia el vestíbulo, donde dejó su mochila y se descalzó con gestos automáticos, buscando un acomodo confortable.
Mientras tanto, Maggie observaba cada movimiento de su hija con una mezcla de preocupación y amor maternal.
Con gestos amables, invitó a Madison a pasar al salón, indicándole con el dedo un cómodo butacón color cian oscuro donde tomar asiento frente a su hija.
Una vez sentadas, Maggie buscó su mirada con ternura, lista para escuchar cualquier problema que su hija necesitara compartir.
—Cuéntame, hija —comenzó Maggie al notar el silencio de Madison, quien apenas bebía pequeños sorbos de té, sumida en sus pensamientos.
—No lo sé, mamá. No sé por dónde empezar… — confesó Madison con una mezcla de nerviosismo y fatiga evidente en su voz—. Han pasado tantas cosas…
Maggie se incorporó en su asiento y colocó con cuidado la tacita de té junto con el plato sobre una mesa de cristal en el centro del salón. Luego, se retiró con calma las gafas mientras miraba a su hija con evidente preocupación.
—Solo han pasado dos semanas desde la última vez que nos vimos, ¿Qué ha pasado?
¿Noah está bien? ¿Estáis bien? — preguntó Maggie, que comenzó a ponerse nerviosa.
Sus palabras fluían con ansiedad mientras su mente se llenaba de preocupaciones—.
Tu padre está reunido, enseguida acabará… Si es grave puedo llamarlo…
—Vale, mamá. Por favor —suplicó Madison, sintiendo cómo la ansiedad de su madre aumentaba su propia angustia— .
Noah y yo no estamos en nuestro mejor momento.
No sé si es por él, por mí o por ambos —añadió.
Después, dio un trago largo de té y dejó la tacita y el plato junto con los de su madre—.
Solo sé que estamos distanciados y no lo entiendo, hace dos semanas éramos felices, nos íbamos a casar. Y ahora…
—¿Ya no os vais a casar?
—Claro que nos vamos a casar, mamá. Pero no es lo mismo… Llevamos una semana durmiendo en habitaciones separadas —explicó Madison, tratando de soportar el temblor de su voz y luchando por contener las lágrimas—. Y… mamá …
Justo en el momento en que Madison parecía estar a punto de compartir algo de gran importancia, una puerta se abrió de repente a varios metros de distancia.
Desde allí emergió el señor Harris, seguido de un hombre canoso, de porte sereno, pero con la autoridad que emanaba de su uniforme policial.
Los dos hombres avanzaron hacia las dos mujeres con pasos tranquilos.
—¡Madison! —exclamó Robert con un brillo de alegría en sus ojos al contemplar el hermoso rostro de su hija—. ¿A qué se debe esta visita?
—Hola, papá. Tenía un ratito libre y quería visitaros — respondió Madison, aunque su intento por sonreír se veía perturbado por la preocupación que había en su mirada.
—¡Qué bueno verte! No sé si te acuerdas, eras muy pequeña en aquel entonces —dijo su padre, señalando con afecto al hombre vestido de policía que lo acompañaba.
—Soy Matthew Mitchell, señorita —se presentó el policía con una voz serena. Luego, con una elegancia casi sorprendente, tomó la mano de Madison y le dedicó un pequeño y suave beso—. Soy agente de policía en Los Ángeles, y he aprovechado mi visita a Cielo Alto para hacerle una visita a tu padre.
—¡Sí! Es un antiguo compañero de la comisaría. Bueno… a decir verdad yo le enseñé todo lo que sabe — exclamó Robert entre risas, mostrando complicidad con su amigo. El agente Mitchell soltó también una sonora carcajada.
—Bueno, Robert. Madison. Señora —dijo, girándose hacia Maggie con una pequeña inclinación de cabeza—. Me voy hacia Los Ángeles. Esta noche hay partido de los Lakers y no pienso perdérmelo por nada del mundo .
La familia se despidió de Matthew Mitchell, quien salió por la puerta y la cerró con suavidad tras su marcha. Robert se sentó junto a Maggie, preparado para escuchar atentamente a su hija.
—Bueno, cariño. ¿Qué le estabas contando a tu madre? —preguntó Robert con interés y una dulce sonrisa no muy común en él.
Madison se rascó la cabeza. Conocía demasiado bien a su padre y sabía que en cuanto supiera la situación entre ella y su prometido se alteraría en escasos segundos.
Con un resumen conciso, Madison compartió todos los detalles con su padre.
Al terminar, la sonrisa que adornaba anteriormente el rostro del hombre rudo había desaparecido por completo, dando paso a una expresión seria y ceñuda, con las cejas ligeramente arqueadas.
—Como te toque un pelo te juro que… —comenzó a decir Robert, elevando notablemente la voz.
—¡Papá, basta! —intervino Madison con ansiedad—. ¿Se puede saber en qué momento he insinuado que Noah ha sido malo conmigo?