10 18 de junio
El despertador sonó con fuerza retumbando en las paredes de la habitación de Madison.
Con un ojo entreabierto, observó la hora en el reloj: «las nueve y media de la mañana» , pensó para sí misma antes de girarse en la cama, abrazando con fuerza una almohada cercana.
La relación de Madison y Noah no estaba pasando por el mejor de los momentos.
Las discusiones se volvían cada vez más habituales, en las que el chico terminaba durmiendo en la habitación de invitados con más frecuencia de la que le gustaría, tal y como había sucedido esa misma noche.
Desde que Madison regresó a casa tras su cita secreta con Ethan, Noah había permanecido inusualmente callado durante todo el día.
La joven sospechaba que su prometido intentaba evitarla a propósito, y tenía la intuición de que él ocultaba más de lo que admitía.
Quince minutos después de que el despertador sonara, Madison finalmente logró desperezarse y levantarse de la cama con lentitud.
Tras lavarse la cara y recoger su pelo en una coleta, se acercó sigilosamente a la habitación donde Noah se encontraba.
Lo halló sentado en la cama, visiblemente agitado y sudoroso, mientras desayunaba un pequeño bocadillo.
A distancia, podía notarse que temblaba de manera ostensible.
—¿Estás bien? —preguntó Madison con timidez desde la puerta.
Noah desvió la mirada hacia su prometida y asintió sin decir una palabra.
Tomó otro bocado de su sándwich mientras aumentaba el volumen de la televisión.
Al observar aquel gesto infantil e inapropiado, Madison entró en la habitación, le quitó el mando de la mano y apagó la televisión.
Luego, se sentó en el borde de la cama y miró a Noah con una mezcla de compasión y preocupación.
—¿Vas a contarme qué te pasa? Llevas una semana rarísimo, ni siquiera quieres dormir conmigo. Mírate, tienes un aspecto terrible… —Madison colocó su mano en la frente de Noah, buscando algún indicio de fiebre.
—No lo sé —musitó Noah con una preocupación y frustración palpable en su tono de voz, mientras dejaba su bocadillo a un lado sobre un trozo de papel en la mesita de noche—. Noto que me ocultas algo a todas horas.
Madison tomó la mano de su pareja con ternura.
—No hay nada que contar, cariño —murmuró con voz suave, tratando de calmar los temores de Noah—. Simplemente estoy dedicándome más al gimnasio últimamente, eso es todo.
A pesar de los esfuerzos de la joven por tranquilizar a su prometido, todo hacía indicar que no solo no estaba consiguiendo su propósito, sino que estaba empeorando aún más la situación.
Las palabras de Madison parecieron caer finalmente en oídos sordos, incapaces de apaciguar la maraña de dudas que atormentaba a Noah.
—No te preocupes, Madison. Ve al gimnasio y disfruta. Creo que tengo algo de fiebre, me quedaré en casa relajándome. Todo bien —respondió Noah, dando un breve beso en los labios de la joven.
—Si luego te encuentras mejor, ¿te apetece ir a comer? Podríamos aprovechar para pasar tiempo juntos y comenzar a reconstruir el camino hacia la felicidad eterna que nos prometimos hace años —propuso Madison con una sonrisa sincera, buscando iluminar el rostro de Noah para que se la devolviera.
Esta vez las palabras de Madison lograron su cometido, arrancando una leve sonrisa en el rostro de Noah. La joven abrazó a su pareja y, tras darle un beso fuerte en la frente, salió de la habitación para preparar la mochila del gimnasio.
Veinte minutos después de la salida de Madison, sobre las diez y media de la mañana, un suave golpeteo resonó en la puerta de la residencia de los Young.
Noah, aún despeinado y sin cambiarse de ropa, se las arreglaba para intentar acomodar su melena negra y lacia con las manos.
Con pasos pesados se dirigió hacia la puerta y la entreabrió.
Al otro lado, Keira aguardaba con una expresión de preocupación.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó la joven tan pronto como vio el aspecto de su amigo.
—Nada. ¿Por qué lo preguntas? —respondió Noah con un encogimiento de hombros, tratando de ocultar cualquier rastro de incomodidad.
La mirada de Keira descendió hacia la camiseta desgastada que Noah llevaba puesta, y luego se encontró con los ojos de su amigo con una expresión de incredulidad.
—Parece que acabas de correr la maratón de San Francisco, Noah —respondió Keira. Después, cerró la puerta tras de sí y se adentró en la casa, buscando un lugar en el sofá donde sentarse y seguir la conversación.
El joven se quedó paralizado en la puerta mientras observaba los movimientos de su amiga.
Durante un buen rato, se rascó la cabeza mientras dirigía su mirada hacia donde estaba sentada Keira.
Ella, al notar la ausencia de respuesta por parte de su amigo, dio dos palmadas en el aire, llamando así la atención de Noah de manera instantánea.
Cuando este la miró, la saludó efusivamente con un gesto con su mano, tratando de que su amigo volviera en sí de una vez por todas.
—¿Me vas a contar qué te pasa de una vez? —preguntó Keira con impaciencia, notando la tensión palpable en el aire— . Está claro que te pasa algo, además, llevas varios días sin llamarme, sin escribirme siquiera. La última vez que nos vimos fue el día que fuimos a la tienda de mi abuela.
Noah se dirigió al sofá con pasos lentos y pesados, pasando cerca de Keira antes de sentarse en la butaca de al lado. Metió una mano en el bolsillo de su pijama, encogiéndose ligeramente de hombros.
—Verás… —comenzó Noah, con una pizca de afonía—. No sé cómo decirte esto. Se me hace muy complicado.
—Dilo de una vez y ya está. Soy tu amiga, no te voy a juzgar, y lo que sea que tengas que decir, no será suficiente para que deje de hablarte para siempre —instó Keira, con una voz llena de energía y confianza mientras intentaba animar a Noah .
Noah inhaló profundamente mientras sus ojos se humedecían más con cada segundo.
Con un esfuerzo visible, apretó los ojos con fuerza, conteniendo las ganas de llorar.
Después de casi un minuto de silencio, pensativo y con los ojos cerrados, exhaló lentamente con un suspiro exagerado para abrir finalmente los ojos, encontrando la mirada preocupada de Keira.
Con mano temblorosa, sacó una pequeña bolsita de plástico del bolsillo y la sostuvo entre sus dedos.
—He vuelto a consumir —confesó Noah, mostrando la bolsita a su amiga. En su interior se vislumbraba un polvo blanco, evidenciando que se trataba de cocaína.
Keira se llevó las manos a la cabeza y se levantó del sofá con un gesto de incredulidad.
Comenzó a deambular de un lado a otro del salón mientras respiraba fuerte, como intentando que aquella escena no fuese real.
Caminaba con desesperación mientras negaba con la cabeza repetidamente, soltando un murmullo constante de negativas.
Mientras tanto, Noah observaba la reacción de su amiga desde el sofá, guardando nuevamente la bolsita en su bolsillo.
—Dámela —exigió Keira con una voz cargada de urgencia y preocupación, extendiendo la mano.
Noah negó con la cabeza, sintiendo cómo temblaba involuntariamente, mientras el sudor frío recorría su espalda. Ante la negativa, volvió a sentarse en el sofá y colocó una mano reconfortante sobre la pierna de Noah.
—Te costó mucho salir de esto, Noah. Por favor, no lo tires todo por la borda. Te lo suplico —imploró Keira, con voz quebrada mientras las lágrimas recorrían sus mejillas—. ¿Qué coño te ha pasado para que vuelvas a consumir ?
Noah secó las pocas gotas de sudor que caían de su frente y miró a los ojos de Keira, que estaban enrojecidos y llenos de lágrimas.
—Tengo miedo de que Madison me deje. Ella es perfecta para mí.
Y ese miedo me provoca ansiedad. Y la ansiedad solo la calmo metiéndome y desconectando de todo —explicó Noah, apretando el puño con fuerza mientras luchaba por mantener la compostura—.
Es un pensamiento constante, y sé que me estoy autodestruyendo, pero siento que no tengo otra salida; cada vez que me siento bien y cada vez que soy feliz, mi mente encuentra una forma de arruinarlo todo.
—Si tienes ansiedad habla conmigo, llámame, tienes mi número. O busca ayuda profesional, pero por favor, no vuelvas a caer en eso —instó Keira, tomando la mano de Noah y dándole un beso reconfortante en su mejilla—. Por favor… Dame la bolsita.
Noah cerró los ojos una vez más, tratando de encontrar la calma en medio de la tormenta emocional que lo consumía en ese momento.
Tras unos momentos de silencio, retiró bruscamente su mano de la de Keira, sorprendiéndola y dejándola atónita ante su reacción.
Con los ojos aún cerrados, Noah se levantó del sofá y comenzó a dar vueltas por el salón en un intento desesperado por tranquilizarse.
Su mirada estaba perdida en el vacío y su puño aún apretado con fuerza reflejaba la tensión que sentía.
—Creo que deberías irte —murmuró Noah sin siquiera dirigirle una mirada a su amiga, con una voz temblorosa.
—Noah… Por favor… —suplicó Keira entre sollozos.
—¡FUERA! —rugió Noah, con una voz llena de ira y desesperación.
Keira se levantó del sofá y fue en dirección al joven, que había entrado en un ataque de ira.
Le tocó la cara e intentó calmarle con gestos suaves de cariño.
Sin embargo, Noah reaccionó bruscamente, apartándola de un empujón.
Esto la hizo retroceder y caer al suelo, dándose un golpe fuerte en la cabeza.
Keira se aferró a su cabeza, aturdida por el impacto, mientras comprobaba si sangraba.
Una oleada de pánico la invadió cuando se dio cuenta de la situación, sus ojos llenos de terror se encontraron con los de Noah, que ya se había arrepentido nada más propinar el empujón a su amiga.
Con el corazón roto y los ojos inundados en lágrimas, Keira salió corriendo de la casa, sumida en un llanto desconsolado y dando un portazo que resonó en toda la casa.