8 2 de julio #4
Lucy había sufrido mucho en sus relaciones pasadas, pero como había afirmado al sheriff horas antes, quería creer que Tom McKay sería diferente, que por fin podría confiar en un chico sin temor a salir lastimada.
—Es muy valiente que hayas decidido ser policía, tanto por ti misma como por todas esas chicas que sufren a diario, eso te honra —expresó Tom, emocionado por las palabras de Lucy .
La joven sonrió y lo volvió a besar. Él respondió al beso con suma felicidad.
En otro punto de la ciudad, a las siete de la tarde, el sheriff Spinster se acomodó en el vehículo policial, listo para abordar la misión de localizar a Ruby Morales, quien parecía esquivar las llamadas de la policía.
Condujo por las calles tranquilas y solitarias de la ciudad hasta llegar al vecindario donde residía ella.
Era un vecindario peculiar, poblado por celebridades en busca de paz y tranquilidad lejos del bullicio de la ciudad, pero también habitado por jóvenes adinerados y maleducados cuyas travesuras y actos poco éticos no pasaban desapercibidos para el sheriff Spinster, quien siempre recordaba con cierta amargura esas situaciones.
Tras avanzar unos metros más, estacionó el vehículo frente a la casa de Ruby.
La residencia de la influencer Ruby Morales era una majestuosa mansión de dos pisos, cuya fachada estaba adornada con detalles exóticos traídos desde las tierras africanas, un reflejo de su éxito y extravagancia.
Alfie se detuvo frente a la puerta principal de la casa, observándola detenidamente durante varios segundos antes de tomar una profunda inspiración y reunir todo su valor.
—¡Ruby Morales! ¡Le habla la policía! ¡Abra la puerta, por favor! —gritó el sheriff mientras golpeaba ligeramente la puerta.
Nadie contestó.
—¡Ruby Morales! ¡Soy el sheriff Spinster! —insistió el hombre, esta vez un poco más nervioso—. ¡Abra la puerta, por favor!
A medida que el silencio persistía y la incertidumbre crecía, el sheriff Spinster se acariciaba la barbilla en busca de alguna solución que le permitiera analizar lo que estaba sucediendo.
Sabía que necesitaba una orden para ingresar legalmente, pero la urgencia del momento lo llevó a contemplar alternativas más drásticas.
—La ley es clara… —reflexionó en voz baja—. No puedo entrar en la casa sin la autorización de un juez —se dijo para sí mientras examinaba con intensidad la cerradura de la puerta.
Después de sopesar las opciones durante un largo rato, el policía extrajo con decisión una delgada ganzúa de su bolsillo.
Con manos expertas y una concentración extrema, comenzó a manipular la cerradura con movimientos precisos y calculados.
Tras un buen rato esforzándose por mantener la calma y la discreción, un clic repentino y contundente resonó en el aire rompiendo el silencio, indicando que la cerradura se había abierto.
—A no ser que la puerta estuviera abierta —indicó Alfie con una sonrisa de suficiencia.
Spinster, con cautela, cruzó el umbral de la puerta, cerrándola tras de sí con un tímido sonido. Paso a paso, comenzó a recorrer el pasillo con una lentitud medida.
—¡¿Hola?! —gritó Alfie desde el final del pasillo.
Una vez más, el eco del silencio envolvió el ambiente, dejando a Alfie, parado ante la escalera que conducía al segundo piso.
Con un gesto decidido, colocó un pie en el primer escalón, pero su avance se detuvo de inmediato.
Se colocó el dedo índice en los labios, como diciéndose a sí mismo que debía mantener el silencio más profundo.
Pasaron segundos que parecieron eternidades hasta que emergieron sonidos leves desde el piso superior.
El sheriff levantó la mirada, arqueando una ceja con curiosidad mientras fijaba su atención en el techo.
De repente, un suave susurro de pasos diminutos resonó en las escaleras, seguido por la sombra de un pequeño perro que descendía con agilidad por los peldaños.
—Es el perro de Ruby —susurró Spinster, con un suspiro de alivio al escuchar los pasos acercándose hacia él.
Un instante después, una figura blanca y esponjosa emergió, se trataba del caniche de Ruby, llenando el espacio con ladridos tiernos que parecía dirigidos especialmente al sheriff.
Alfie lo observó detenidamente, analizando minuciosamente al adorable animal que se había sentado frente a él, con su lengua fuera colgando.
—Por… ¿Por qué está rojo? —se preguntó el sheriff en voz alta, sorprendido al notar las manchas de color rojo salpicando del pelaje del perro.
Alfie frunció el ceño confundido, su mente maquinando posibles respuestas.
En un instante, la comprensión iluminó su rostro y sin perder un segundo, comenzó a ascender las escaleras a toda prisa.
Registró cada habitación con rapidez hasta que finalmente llegó al baño.
El sheriff se detuvo en la entrada, congelado.
Su cuerpo se tensó mientras sus ojos se clavaban en la escena que aparecía ante él, sin atreverse a moverse ni un ápice.
Decidió abrir la puerta del baño lentamente…
y la sangre empezó a deslizarse sobre sus zapatos.