8 2 de julio #3
Lucy esbozó una sonrisa mientras se recostaba cómodamente sobre el asiento del coche.
Había tenido una vida complicada con sus relaciones pasadas, pero tenía que admitir que con el agente McKay se sentía diferente; él le brindaba una sensación de seguridad reconfortante.
Tras unas cuantas vueltas por el barrio, finalmente encontraron un lugar para aparcar frente al restaurante.
Una vez dentro, tras una breve interacción con el maître, fueron conducidos a una mesa romántica apartada del bullicio, donde podrían disfrutar de su almuerzo en privado.
—¡Qué sitio tan encantador! —exclamó Lucy emocionada al contemplar la decoración del lugar—. La de parejas que habrán sido felices en este lugar.
—Quizás… —balbuceó Tom, nervioso—. Quizás podría ser el inicio de otra, ¿no? —Tom se ruborizó tras aquellas palabras. Dirigió la mirada a la mesa y se tocó el pelo con mucho nerviosismo.
—Pero bueno, agente McKay… —comenzó Lucy, arqueando una ceja de forma juguetona—. ¿Me has traído hasta aquí solo para comprarme con un plato de pasta?
Las palabras de Lucy hicieron que Tom se sintiera aún más incómodo, incapaz de encontrar una respuesta adecuada ante la mirada desafiante de la joven.
—No… Yo… —balbuceó el joven, luchando por encontrar las palabras mientras su mente buscaba desesperadamente una salida elegante de aquella situación.
Las carcajadas de Lucy resonaron en todo el restaurante, atrayendo la curiosidad de los comensales y hasta del propio maître, que se asomó para ver qué era lo que estaba sucediendo.
Sin embargo, la risa de Lucy no menguó; al contrario, parecía contagiarse aún más con su propia risa.
Tras unos momentos, y con la gracia aún brillando en sus ojos, Lucy se levantó de su asiento y se acercó al agente McKay.
La joven se plantó junto a él con una sonrisa radiante.
—Estaba de broma, cielo —exclamó Lucy con una risa juguetona, mientras se secaba las lágrimas derivadas de su risa.
Con un gesto travieso, pero cariñoso, acercó su rostro al de Tom, sumiéndose en un profundo beso que parecía extenderse en el tiempo.
Después de un momento que pareció eterno, Lucy se separó lentamente, dejando a Tom con la cara completamente enrojecida y una expresión de asombro.
Se acomodó en su asiento y observó la reacción de Tom con diversión.
—¡Joder, Tom! ¡Cualquiera diría que no te ha gustado! —exclamó Lucy entre risas.
—Me… me ha encantado. No me lo esperaba — musitó Tom tímidamente, con cierta emoción palpable en su voz.
El ambiente se llenó de una cómoda complicidad tras aquel beso.
Mientras esperaban que el maître tomara nota de sus órdenes, Lucy y Tom se sumergieron en una animada conversación, que fluía con total naturalidad entre ellos.
Hablaron de todo un poco, desde recuerdos de la infancia hasta sueños y aspiraciones para el futuro.
Cuando los platos llegaron a la mesa, Lucy disfrutaba de la comida mientras Tom, que ya había conseguido desprenderse de la timidez que lo caracterizaba, compartía detalles íntimos de su vida.
—¿Y tú? ¿Qué me cuentas de la tuya? —preguntó Tom, sin poder evitar mirar a Lucy con ternura.
En cambio, la joven cambió su expresión por completo. Con un gesto repentino, bajó la mirada y comenzó a jugar nerviosamente con los espaguetis en su plato. Tom notó el cambio enseguida y, preocupado, tomó su mano suavemente acariciándola con ternura.
—¿Qué he dicho? —preguntó Tom con una expresión dubitativa.
—No es tu culpa, cielo, de verdad —respondió Lucy tratando de tranquilizar al joven—.
Llevamos un buen rato hablando de tu familia y tus cosas, y es justo que yo te cuente las mías —Lucy respiró hondo y soltó la mano del agente McKay para cruzar los brazos, como si quisiera contenerse emocionalmente—.
Yo nunca he tenido padre… Bueno, sí lo tuve, pero era un desgraciado.
Nos pegaba a mi madre y a mí. Crecí odiándolo hasta el último día de su vida, y celebré como nunca he celebrado nada el día que me lo encontré tirado en ese frío suelo.
Los ojos de la joven estaban completamente inundados por la rabia que sentía en su interior, cosa que no pasó desapercibida para Tom.
Por un instante, el agente McKay se sintió desconcertado al contemplar la expresión de Lucy, sin evitar experimentar un escalofrío ante la historia que le contaba la chica.
Lucy tomó una pausa, inhaló profundamente y dio un sorbo de agua para tratar de calmarse.
Finalmente, esbozó una sonrisa tranquila y nerviosa.
—Luego en el instituto tuve un novio, Jerry.
¡Menudo hijo de puta! Me enamoré de él profundamente, y después me enteré de que estaba con Mackenzie Walton, la jefa de las animadoras.
Todo resultó ser un truco para reírse de mí y dejarme mal delante de todo el instituto.
He crecido toda mi vida odiando a los hombres injustos y que se creen con el derecho de hacer daño a chicas buenas como yo, y como todas otras que sufren a diario y pasan por lo mismo.
Tom percibía la mezcla de rabia y tristeza en las palabras de Lucy, así que optó por tomar su mano nuevamente. La miró con empatía, y ella respondió con una sonrisa, agradecida por su gesto de apoyo.
—Te juro por mi abuela, que es lo más sagrado que tengo, que yo jamás te haré daño.
Llevo pocos meses compartiendo contigo comisaría, conociéndote día a día y enamorándome en silencio de ti, y he soñado muchas noches el momento en el que me daba el primer beso contigo.
Y ahora que por fin ha pasado no pienso dejarte ir nunca más — aseguró Tom con un nudo en la garganta, pero con los ojos llenos de lágrimas por la emoción.
Al terminar la frase, Lucy volvió a ponerse de pie de repente y lo volvió a besar profundamente, mientras unas lágrimas de emoción se deslizaban por su rostro.