8 2 de julio
La tímida luz del sol se hacía hueco al igual que la brisa matutina entre las cortinas del despacho del sheriff Spinster.
Alfie había madrugado mucho aquella mañana, en parte porque no podía esperar más para seguir con la investigación para esclarecer los hechos lo más rápido y certero que pudiera.
La agente Pemberton no había llegado aún a la comisaría, puesto que eran casi las siete de la mañana y no había prácticamente nadie en el edificio más que los agentes de guardia y el propio mandatario de la comisaría.
El sheriff observaba minuciosamente los informes del forense mientras sostenía un café con la otra mano.
Cada vez que leía un párrafo negaba con la cabeza, como pretendiendo despertarse de un mal sueño, pero tras dos días frenéticos ya había asimilado que aquello era real y tenía que dar lo mejor de sí para resolverlo cuanto antes.
Tras varios minutos insistiendo en la lectura, dejó los papeles sobre la mesa y comenzó a dar vueltas por el despacho, con las manos entrelazadas por detrás de las lumbares y cabizbajo.
Después de casi un cuarto de hora dando pequeños paseos por la sala, decidió bajar al vestíbulo, eran casi las siete y media de la mañana y ya se le estaba haciendo el día eterno.
Nada más bajar las escaleras pudo observar a Robert, el padre de Madison, hablando con la secretaria en la entrada.
Alfie se dirigió hacia él sin decir ni una palabra, hasta que a medio camino su excompañero se percató de que el sheriff estaba yendo hacia él.
—Robert… ¿Cómo estás? —preguntó el sheriff con la cabeza gacha.
—Lo estamos pasando fatal, Alfie. Maggie lleva dos días en la cama y yo estoy que me subo por las paredes — respondió Robert llevándose las manos a la frente y quitándose el par de gotas de sudor que le caían tímidamente por la frente—. ¿Tienes alguna novedad?
El sheriff le hizo un gesto con la mano y el señor Harris se calló al instante.
Tras eso, le hizo una seña para que lo siguiera y fueron uno detrás del otro a la sala de visitas.
Alfie ofreció amablemente el paso a Robert y, cuando el padre de Madison hubo entrado, el sheriff cerró la puerta, no sin antes mirar hacia los lados por si había alguien alrededor.
Spinster se acercó a su excompañero y le dio un toque cariñoso en el hombro antes de sentarse frente a él.
—¿Sabes algo? —insistió Robert, con la voz quebrada. El señor Harris había sido más de la mitad de su vida policía y sabía cuánto tiempo llevaban las autopsias.
—Sí, Rob. Pero no puedo contarte mucho.
El señor Harris frunció el ceño y apretó un puño en señal de enfado .
—Dijiste que si dejaba a ese hijo de puta en paz me comentarías las novedades —exclamó Robert nervioso.
Alfie suspiró.
—De acuerdo. Pero tienes que prometerme que no harás ninguna tontería, por favor —dijo el sheriff, dejándose ablandar por el estado del señor Harris.
Robert asintió, se colocó bien en la silla y puso los codos encima de la mesa mientras se llevaba las manos a la boca en posición de rezo.
—Verás, las pruebas han sido muy concluyentes.
Va a ser duro para ti oír todo esto… —avisó Alfie a su compañero, el cual cerró los ojos tras las palabras del sheriff—.
Madison murió la madrugada del treinta de junio, probablemente en el mismo bosque donde la encontramos.
La golpearon con una pala en la cabeza y murió en el acto.
Robert escuchaba con los ojos cerrados y con las manos en la misma posición que al principio, pero comenzaron a caer varias lágrimas por su rostro. Rápidamente se las secó con una de las manos y, tras volverlas a poner en la misma posición, miró al sheriff.
—¿Hay algo más? —preguntó con la voz quebrada.
El sheriff Spinster suspiró y tomó todo el aire que pudo antes de empezar a contarle todo. Dedicó el tiempo que hizo falta en explicarle todo lo que le había dicho el forense el día anterior mientras Robert se quedaba sin aire a medida que avanzaba en la historia.
—¡Hay restos de su piel, Alfie! ¡En sus uñas! —exclamó Robert totalmente fuera de sí—. ¡Lo voy a matar!
—Cálmate, Robert, por favor —pidió el sheriff con voz firme, pero entendiendo el episodio por el que pasaba su amigo—. Creemos que eso es debido a una pelea que ambos tuvieron aquella noche.
Robert se calmó, aunque el gesto que hizo con su rostro hacía ver que no estaba del todo conforme con la explicación del sheriff Spinster.
—Entonces… —Robert bajó las manos y miró fijamente a Alfie con los ojos rojos y llorosos—. ¿El que la violó también la mató?
—No lo sabemos, Rob. Solo sabemos que los moratones que tenía no fueron en el mismo periodo de tiempo. Unos fueron antes, otros después.
Robert comenzó a sentirse fatal. Tanta información le había dado tal ansiedad que estaba al borde de un ataque. De pronto, la puerta sonó y, tras abrirse, apareció la cabeza de Lucy. Eran las diez y media de la mañana y la joven había acudido a la sala de interrogatorios en un momento delicado.
—¡Llama a un médico, por favor! —exclamó Alfie viendo que el señor Harris tenía cada vez más dificultad para respirar.
La joven desapareció a la velocidad de la luz por la puerta y, tras pocos minutos, aparecieron tres asistentes de ambulancia. Después de tratar de relajar un poco a Robert, se lo llevaron al hospital para hacerle las pruebas pertinentes.
—Sabía que esto iba a pasar —musitó el sheriff cuando se quedó a solas con Lucy, mirando aún hacia la puerta.
—¿Se lo has contado todo? —preguntó la joven, tratando de entender el ataque de ansiedad del señor Harris.
Alfie asintió con la cabeza y volvió a mirar a la puerta. Suspiró, y dejó caer la cabeza para quitar tensión de las cervicales. Tras mover el cuello hacia un lado y hacia el otro, miró a Lucy de nuevo, ya más calmado.
—¿Novedades?
Lucy sacó la libreta y buscó la página donde tenía toda la información.
—Noah vendrá en breves, le dije a las ocho de la mañana, pero se ha debido de retrasar… —afirmó Lucy, quien hizo un esfuerzo para entender una frase que había escrito en pequeño y con prisa—. No le ha hecho mucha gracia la citación, pero finalmente ha accedido, aunque llega más de dos horas tarde.
—¿Y Ruby Morales? —preguntó el sheriff echando un ojo a la libreta.
—No coge el teléfono. Para mí que oculta algo.
—Bien. Tomaremos declaración a Noah y después iremos a su domicilio.
Lucy asintió mientras guardaba la libreta.
—Contacta con la periodista también —dijo Alfie, pensativo.
—¿Qué periodista, sheriff? —preguntó Lucy, confundida.
El sheriff cerró fuertemente los ojos y se puso los dedos en las cuencas mientras hacía todo el esfuerzo del mundo para acordarse del nombre de aquella mujer que había decidido ir a husmear el día anterior.
—¡Beverly Cook! —exclamó el sheriff con euforia contenida por haberse acordado.
—De acuerdo… —respondió Lucy. Sacó la libreta y apuntó los datos mientras tenía un gesto de no entender nada en el rostro—. ¿Para qué?
—Es una periodista de las que no valen una mierda. Pero ahora mismo nos puede valer oro, estamos hablando de niñatos malcriados e influmierders.
— Influencers , jefe —respondió Lucy con una pequeña carcajada.
—Es lo mismo.
El sheriff miró a Lucy a la cara y sonrió por primera vez en dos días.
Aquella broma había sido satisfactoria y había destensado un poco el ambiente.
Pero no había tiempo para ello, por lo que Lucy tocó la pierna del sheriff en señal de afecto y salió de la sala.
Alfie aguardó unos minutos, respiró hondo y salió al vestíbulo, en el que un frío e intimidante Noah le esperaba de pie.
Estaba mirándolo de soslayo y sin ningún tipo de gesto en la cara.
Tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando durante horas, con múltiples arañazos en el rostro y un aspecto extraño, con el pelo revuelto y la ropa arrugada.
El policía se acercó hacia él y le tendió la mano mientras le agradecía que hubiera ido a la comisaría.
El joven miró hacia abajo y declinó el saludo.
—¿Tenía elección? —respondió Noah con tono poco amigable—. Aunque es un detalle que no te hayas presentado en mi casa a punta de pistola esta vez.
Al oír aquellas palabras, todos los agentes y la secretaria, que estaba en ese mismo lugar, miraron sorprendidos al sheriff. Este se dio cuenta, y, tras mirar de reojo la reacción de la gente, señaló a la misma sala en la que había estado con el señor Harris.
—Pasa, por favor.
Noah siguió mirando desafiante al sheriff y, tras pocos segundos, avanzó hasta la sala, entró y sin más dilación se sentó a la espera del cuestionario de Spinster.
Este, cogió unos papeles de secretaría, avanzó hacia la sala y entró con decisión.
Tras volver a cerrar la puerta se sentó, y apoyó las manos sobre la mesa.
—Creo que no estás en situación de actuar con tanta arrogancia, Noah —expresó el sheriff, con evidente molestia por la actitud del joven—.
Tu prometida ha sido asesinada, eres sospechoso en este caso, y me da absolutamente igual lo que Robert haya hecho en tu casa.
Eso ni es asunto mío, ni te da derecho a llegar más de dos horas tarde.
—¿No es tu asunto que un tarado entre en mi casa a punta de pistola, Spinster? —preguntó Noah, con tono airado.
—No tergiverses mis palabras, muchacho —inquirió el sheriff, harto de la actitud del joven—.
Soy la autoridad en este pueblo y espero que me trates como tal —el policía, sin notarlo, había apretado los puños, liberando la ansiedad acumulada mientras se enfrentaba a Noah.
Este, al notar la tensión por parte de Alfie, se enderezó en su silla, mostrando un gesto más serio.
—¿Para qué me has hecho venir? —repitió Noah, esta vez con tono más sosegado.