¿Quién mató a Madison Harris? 5 1 de julio #3
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5 1 de julio #3

Alfie se limitó a negar con la cabeza sin articular ninguna palabra, indicando con ello que no tenía ninguna gana de hablar en ese mismo instante.

La ruta hacia la comisaría resultó larga y tediosa.

A medida que avanzaban, la mañana transcurría, y los habitantes de Cielo Alto salían a realizar sus quehaceres diarios.

Una vez en la comisaría, bajaron del coche, sacaron al señor Harris del automóvil y lo condujeron hacia el interior del edificio, ante las miradas de asombro de sus compañeros.

Todos en la comisaría sabían perfectamente quién era el hombre al que acababan de detener.

—Lucy, por favor, lleva al señor Harris al calabozo. Me pasaré en un rato para tomarle declaración —pidió el sheriff sin mirar siquiera al padre de Madison.

—Sí, señor.

Lucy tomó del brazo a Robert y lo condujo escaleras abajo hacia una celda.

Mientras tanto, Alfie se encaminó hacia su despacho y se sentó.

Pocos segundos después, se levantó, abrió el pequeño armario y extrajo la botella de whisky escocés.

Sin dudarlo, se sirvió un vaso y apoyó la botella contra la mesa.

«Piensa en todo lo malo que te ha traído en la vida el alcohol.

Piensa en todas las personas que has perdido, en la conversación con Lucy, no le falles» , reflexionó el sheriff para sí mismo.

Tras unos momentos sosteniendo el vaso en la mano, decidió volver a verter en la botella lo que se había servido.

Después de relajarse durante casi una hora en su silla del despacho, salió de la habitación y se dirigió hacia el calabozo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Karen, la psicóloga, asombrada al haber visto a Robert detenido—. ¿No me digas que es sospechoso de matar a su hija?

—No digas tonterías. Lo encontramos en casa de Noah, y tenía la intención de matarlo. Cree que Noah es el asesino.

Karen se quedó boquiabierta, recordando que el día anterior había estado en la consulta con él.

—Yo confío en el chico. Sí, es celoso y tiene problemas psicológicos, pero de ahí a que fuera capaz de matarla… — argumentó Karen mientras acompañaba sus palabras de gestos con las manos.

—Si no te importa, prefiero dejar esta conversación para otro momento, Karen. Tengo prisa.

Karen asintió, le puso una mano en el hombro en señal de cariño y regresó a su despacho. Alfie descendió las escaleras que llevaban al vestíbulo y, desde allí, continuó hacia las siguientes, que conducían a las celdas. Al llegar a la entrada, vio a Lucy esperándolo frente a la puerta.

—¿Entro contigo? —preguntó Lucy, consciente de los cambios de humor que su superior había experimentado durante todo el caso.

—Si no te importa, me gustaría entrar solo esta vez, Lucy.

La joven asintió y se encaminó hacia las escaleras que conducían al vestíbulo.

Alfie inhaló profundamente, giró el pomo de la puerta y entró en el calabozo con decisión.

Todas las celdas estaban desocupadas, excepto la de Robert, que se encontraba sentado en la cama, moviendo nerviosamente una pierna.

El sheriff tomó un taburete cercano, lo colocó frente a su excompañero y se sentó sobre él.

—¿Has perdido la puta cabeza o qué te pasa, Robert? —preguntó Alfie evitando sostener la mirada con el señor Harris.

—Sí, por supuesto que la he perdido. Mi hija está en una bolsa en el puto depósito.

Mi mujer está postrada en la cama desde ayer porque no puede estar ni cinco minutos sin desmayarse —Robert se puso de pie y agarró las barras de su celda con fuerza, generando un estruendo resonante—. ¿Y tú? ¿Dónde diablos estabas?

—Estaba tratando de esclarecer la situación, Rob — respondió Alfie, intentando calmar a su amigo.

—Ni se te ocurra llamarme así en estos momentos…

Alfie persistió, extendiendo la mano hacia Robert, quien, tras detener su frenético andar, se colocó frente al sheriff.

—Robert, por favor, dame la mano —suplicó el sheriff a su amigo.

—¿Tanto costaba una visita? ¿Una puta llamada? ¿No somos amigos o qué demonios pasa, Alfie? —gritó entre sollozos el señor Harris, afectado profundamente por la aparente indiferencia de su amigo.

—Soy consciente de que no me he puesto en contacto con vosotros.

Claro que lo soy. Pero he tenido mucho trabajo, no he parado.

Esta noche no he dormido, y lo poco que he cerrado los ojos ha sido con pesadillas recurrentes.

Además, no estaba preparado para miraros a la cara y deciros que os he fallado, que vuestra hija ha muerto por mi culpa —respondió Alfie con la voz entrecortada.

Mientras hablaba, se fue quedando sin aliento, lo que lo llevó a volver a tomar asiento.

Robert observó a su excompañero mientras parecía que se relajaba un poco.

—No fue tu culpa, Alfie. Ni mía. Ni de Madi… —a Robert se le quebró la voz al nombrar a su hija—. Es culpa del malnacido que ha hecho esto.

—Entiendo que estas pasando por la peor situación que puede vivir un ser humano. Sé lo que estás atravesando… — el sheriff se quedó pensativo y muy tembloroso mientras colocaba la mano que tenía tendida en uno de los barrotes—. Yo también lo viví.

Robert retiró las manos de los gélidos barrotes de la celda y, con un suspiro, le dio la espalda al sheriff a la vez que dirigía sus manos instintivamente hacia su cabeza.

—La vida es muy cruel. En mi caso perdí a mi hija y a mi mujer, a ambas. Sé que no hay consuelo posible, pero te aseguro que dedicaré el resto de mi existencia a resolver este caso, Rob —dijo el sheriff mirando fijamente a su viejo amigo.

—Recuerdo ese funeral como si fuera ayer —comentó Robert con un gesto de profunda lástima.

—No podemos cambiar el pasado, Robert. Pero lo que sí podemos hacer es luchar en el presente para atrapar al malnacido que ha causado tanto sufrimiento —dijo Alfie con determinación, y completamente seguro de cumplir la misión—.

Hemos compartido veinticinco años de nuestras vidas, Robert.

Te lo juro por mi hija, que en paz descanse, que llegaré hasta el fondo de este caso y meteré entre rejas al responsable de arrebatarle la vida a nuestra Madi.

—Ha sido él, Alf. Lo sé. Noah ha sido el responsable —susurró Robert, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas en torrentes incontenibles.

—No lo creo, Rob. Tu animadversión hacia él ha nublado tu juicio. Permíteme llegar al fondo de esto, por favor. Te liberaré, pero necesito tu promesa de que te mantendrás tranquilo.

Robert se giró, colocándose las manos en la cabeza, y comenzó a dar vueltas por su celda. Tras unos instantes, se detuvo y asintió. Extendió la mano hacia Alfie, sellando así un pacto con el apretón de manos.

—Está bien, no haré nada. Pero a cambio necesito que me informes de cada paso que deis —negoció Robert con su antiguo compañero.

Alfie asintió sin pensarlo un segundo.

—Estarás aquí un tiempo, hasta que resolvamos los trámites. Lucy vendrá a liberarte después. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Y lo siento… Me dejé llevar.

Alfie se despidió del señor Harris y abandonó el calabozo.

Ascendió las escaleras y, tras comunicar a Lucy los detalles de su conversación y darle instrucciones para liberar a Robert, se encaminó a su despacho, no sin antes hacer una breve parada en la máquina de café para servirse un vaso bien cargado.

Una vez dentro de su despacho, se acomodó en su silla y saboreó el café de un trago, mientras se sumergía en sus pensamientos.

Un rato largo después, se levantó para tirar el vaso en la papelera y, al regresar a su asiento, notó cómo su teléfono móvil se iluminaba.

Con premura, se dirigió hacia su teléfono y lo agarró con rapidez.

—Aquí Spinster.

—Hola, sheriff. Ya tengo los resultados de la autopsia. Siento no haber podido hacerla antes, pero tengo muchos cadáveres ahora mismo en el depósito.

—¿Y qué revelan los resultados? —preguntó Alfie con impaciencia, sin darle importancia a las demás tareas del forense.

—Verás… creo que lo mejor será que vengas y lo hablemos en persona. Los resultados de la prueba han sido chocantes y no podría explicarme bien por teléfono — respondió Sully. Su voz dejaba entrever una incomodidad palpable.

—¿Tan grave es? —insistió el sheriff Spinster, con una impaciencia inaguantable.

—Será mejor que vengas, de verdad. Te espero en el depósito. Ven lo más rápido que puedas.

Alfie colgó el teléfono, se levantó de su silla con agilidad, abrió la puerta de un golpe y descendió las escaleras con rapidez. Al llegar al vestíbulo, encontró a Lucy inmersa en una conversación intensa con un joven y atractivo agente que se había unido al cuerpo hacía poco tiempo.

—Pemberton, vamos —exclamó Alfie sin detenerse, saliendo por la puerta.

Lucy lo siguió al coche, sin tener ninguna idea de hacia dónde se dirigían.