5 1 de julio
«El sheriff Spinster avanzaba con determinación por el espeso bosque, luchando contra la maleza que le impedía desplazarse con la comodidad que deseaba.
La oscura noche lo envolvía y, en medio del silencio, Alfie percibió unos extraños sonidos a escasos metros de su posición.
Detuvo sus pasos de manera abrupta, intentando agudizar todos los sentidos para conseguir adivinar qué eran aquellos misteriosos gemidos y pasos que se aproximaban.
—¡Alfie! ¡Ayúdame, por favor! —clamó una voz femenina a escasos metros de distancia.
“¡Madison!” —pensó Alfie sorprendido al reconocer la voz familiar.
El sheriff se precipitó hacia la posición de la joven, quien presentaba una herida impactante en la cabeza, de la cual brotaba un chorro de sangre.
Madison yacía en el suelo, con vida, sosteniendo la mirada del sheriff sin apartar sus ojos ni un instante.
—¿Por qué me dejaste morir, Alfie? —preguntó Madison entre lágrimas .
—Yo no te dejé morir. Desearía cada minuto de mi vida que siguieras con vida.
De repente, Madison se incorporó como si una fuerza misteriosa la impulsara y se lanzó hacia el sheriff. Le aferró las manos al cuello y comenzó a estrangularlo.»
El sheriff despertó de golpe en su cama, empapado en sudor como si hubiera completado la maratón anual de Cielo Alto.
En menos de medio minuto, se levantó y se dirigió al baño para comprobar ante el espejo el aspecto que tenía.
Sus ojos dilatados mostraban aún el impacto del sueño perturbador.
Después de lavarse la cara repetidas veces, salió del baño y se encaminó hacia el salón.
Abrió un pequeño armario cerrado con llave y extrajo una botella de whisky que había adquirido en uno de sus viajes a Escocia.
Sin vacilar, se sirvió un vaso lleno hasta el borde y lo bebió de un solo trago.
Repitió este acto varias veces hasta que una arcada intensa lo llevó corriendo de vuelta al baño, donde vomitó todo lo que tenía en el estómago.
Una vez liberado de todo, se sentó contra la pared, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a llorar desconsoladamente.
A pesar de ser considerado uno de los mejores agentes de policía de su generación, la trayectoria de Alfie no había sido un camino de rosas.
Durante sus primeros años en el cuerpo de policía, en una noche oscura y neblinosa, regresaba de una cena en la madrugada, en la que tan solo había tomado un par de cervezas.
A pesar de ser consciente de su estado, de que conducir habiendo bebido no estaba bien, pensó que dos cervezas no eran suficientes para no tener reflejos al volante, por lo que aquello no evitó que cogiera el coche.
En un momento dado se despistó, invadió el carril contrario y colisionó de frente con otro vehículo.
En aquel automóvil viajaba una familia que, desafortunadamente, falleció en el acto, así como la esposa e hija pequeña del sheriff, que hicieron lo propio sin tener ninguna esperanza de sobrevivir.
Como consecuencia, Alfie fue retirado de su placa y pistola por dos años y dicho acto sumió al sheriff en una profunda depresión, la cual derivó en un alcoholismo voraz e incontrolable.
A lo largo de los años, Alfie había logrado mantenerse alejado de cualquier sustancia, limitándose a disfrutar de alguna que otra cerveza mientras veía un partido.
Sin embargo, recientemente, la ansiedad generada por la nueva ola de violencia en las calles le había despertado viejas adicciones.
A pesar de sus esfuerzos, el trauma de perder a la hija de un amigo lo llevó de vuelta a ese oscuro hábito años después.
Después de pasar varios minutos sollozando en el suelo de su desolado baño, Alfie tomó la decisión de levantarse lentamente, tambaleándose hasta la cocina donde con dificultad logró ver el reloj.
«Las siete y media de la mañana, voy a llegar tarde» , pensó el sheriff mientras se rascaba una nalga sobre el pantalón.
En ese momento, sonó el timbre de la casa del sheriff Spinster. Con dificultad y manifestando una obvia inestabilidad, se dirigió hacia la puerta y la abrió.
—Buenos días, sheriff… —Lucy posó su mirada en su superior con una preocupación latente en sus ojos—. ¿Qué te sucede?
Spinster se volteó y se encaminó hacia una de las butacas en su salón, dejándose caer en ella.
—Nada… una mala noche, no te preocupes.
—¿Cómo que no me preocupe? No creo que seas consciente del estado en el que te encuentras —respondió Lucy, frunciendo el ceño al mirar al sheriff. Luego se aproximó y lo olió—. ¿Has vuelto a beber?
—Quizás una copa.
Lucy se llevó las manos a la cabeza, y en sus ojos se reflejaba la presencia de varias lágrimas ansiosas por brotar.
—He soñado con ella, Pemberton. Con Madison — respondió el sheriff con la mirada perdida, fijando sus ojos en una pared del salón—. Me preguntaba por qué no la había ayudado, por qué la había dejado morir.
El sheriff cerró los ojos y dejó caer varias lágrimas. Lucy, al verlas, las borró con un dedo y agarró la cara de Alfie mientras lo miraba fijamente a los ojos.
—En mi corta trayectoria como policía, nunca he conocido a nadie como tú, Alfie.
Nadie ha entregado tanto por el bienestar del pueblo.
Nadie ha sentido una pasión tan profunda por llevar la bondad a Cielo Alto.
Estoy convencida de que el último pensamiento de Madison sobre ti fue que su pueblo natal y su propia vida no podían estar en mejores manos.
Alfie abrió los ojos y sostuvo la intensa mirada de Lucy, quien tenía los ojos llenos de lágrimas debido al conmovedor discurso que acababa de dedicarle.
—Por eso tienes que levantarte, superar esta pequeña crisis y luchar por esclarecer todo.
Queremos que la memoria de Madison descanse en paz y el responsable de este crimen atroz pague por ello el resto de sus días —continuó diciendo Lucy al ver que su jefe no daba señales de abrir la boca en ningún momento.
—¡Tienes razón! —exclamó Alfie, agitando la cabeza con determinación—. Ayúdame a levantarme, me voy a dar una ducha, y vamos a dar caza al hijo de la gran puta que nos ha arrebatado a Madison.
Lucy sonrió mientras secaba las pocas lágrimas que se deslizaban por su rostro.
Ayudó a Alfie a ponerse en pie, lo acompañó al baño y le permitió ducharse durante unos minutos.
Después de una breve espera en el salón, Spinster emergió como un hombre renovado, en excelente forma, bien peinado y con el traje impoluto.
—¿Alguna novedad? —preguntó el sheriff como si nada de lo anterior hubiera sucedido.
—Nada. Estamos esperando a que Sullivan nos llame desde el depósito para informarnos sobre la autopsia.
Spinster se acarició la barbilla, pensativo, mientras recorría el salón.
—Creo que lo mejor será que nos acerquemos a la casa de Noah. Mantendremos una distancia prudente y vigilaremos durante toda la mañana.
—¿Crees que hay alguna posibilidad de que haya sido él? —preguntó Lucy con gesto pensativo.
—No lo creo. O, mejor dicho, no quiero creerlo. Pero en esta situación, no podemos descartar ninguna hipótesis. Además, el chico está expuesto, en el centro de todos los focos.
Lucy asintió. Alfie se encaminó hacia la cocina, se preparó un café bien cargado y, tras devorar un plátano a velocidad de vértigo, ambos salieron hacia el coche patrulla y se dirigieron al barrio de la difunta Madison y su prometido.
Recorrieron las calles lúgubres de Cielo Alto; el día estaba oscuro y apenas había gente en las calles.
Daba la sensación de que el pueblo entero estaba de luto por lo acontecido, como si algún ser celestial hubiera decidido que el día fuera gris.
Tras varios minutos de conducción, llegaron al barrio de la residencia de Noah y aparcaron el coche a varios metros de la casa, que permanecía en silencio.
Únicamente se vislumbraba una tenue luz en la ventana de la cocina.
—Parece que ya está despierto —comentó Lucy, observando la luz a través del cristal.
Alfie asintió en silencio. Aunque se sentía más animado y motivado que nunca para llegar al fondo del caso, en su mente resonaban una y otra vez los acontecimientos recientes en su casa. Después de unos minutos de reflexión, miró a Lucy.
—Oye, muchas gracias por lo de antes. Has logrado que recupere la fe en mí mismo —dijo el sheriff tímidamente, sintiendo vergüenza por haberse mostrado vulnerable frente a Lucy.
—No te preocupes —Lucy respondió con una mirada conciliadora y una sonrisa para quitar peso al asunto—. Yo tampoco he tenido una vida fácil, ¿sabes? Aunque solo tenga veinticuatro años, he vivido mucho más que la gente de mi generación.
Alfie titubeó. No estaba seguro de si era el momento adecuado para indagar en la vida privada de Lucy.
Aunque llevaban poco tiempo trabajando juntos en la comisaría, habían construido una sorprendente conexión.
Reflexionando sobre el episodio que compartieron en su casa unas horas antes, el sheriff sintió que podía hacer la pregunta.
—¿Te importaría que pregunte qué te sucedió? — inquirió Alfie con curiosidad—. No estás obligada a contarme nada, pero después de lo de antes quiero que sepas que, a pesar de ser tu jefe, estoy aquí para lo que quieras, aunque sea un poco peculiar ya que te llevo más de treinta años.
Lucy esbozó una sonrisa y apartó la mirada. Suspiró por unos segundos y luego fijó sus ojos en la luna delantera.