4 11 de junio
«¡¡Hola bebés!! ¡Aquí Ruby Morales una mañana más con los consejitos diarios!»
Noah despertó una vez más con el sonido del móvil de Madison, que comenzaba su rutina diaria viendo los vídeos de consejos de Ruby Morales, una amiga de Madison e influencer de Cielo Alto que ofrecía miles de consejos que ella misma no era capaz de cumplir.
En ese sentido, Noah y Madison eran muy diferentes; mientras que Madison se sumergía en todos los programas y realities basura, Noah era reacio a consumir ese tipo de contenido y se limitaba a leer libros o periódicos mientras escuchaba de fondo las risas y los gritos de su prometida.
—¿Ya estás viendo a esa petarda otra vez? —preguntó Noah abriendo un ojo y carraspeando fuertemente debido a la sequedad que tenía en la boca.
Madison sonrió y dio un suave golpe en la cabeza de Noah, quien se dio la vuelta para seguir cómodo en su cama. Habían pasado nueve días desde la pedida de mano, durante los cuales había trabajado casi diez horas al día en el hospital.
—¡Sí! ¡Ruby es la mejor! —exclamó Madison emocionada mientras sujetaba su smartphone .
—La mejor en hacer el ridículo.
Madison apartó la mirada de su teléfono y lanzó una mirada fulminante mientras fruncía el ceño.
—Hoy tiene a un invitado.
—¿Otro estafador que se hace millonario a costa de ingenuas como tú?
—Vale ya, amor —respondió Madison, empezando a impacientarse por las palabras pesadas de su prometido—. Es un chico muy mono, debe ser famoso en Instagram, aunque yo no lo conocía de nada. Se llama Ethan, mira.
Noah observó detenidamente el móvil y, tras ver al joven, encogió los hombros sin apartar la cabeza de la almohada, mientras que Madison continuaba viendo el vídeo.
Después de terminarlo e intentar con todas sus fuerzas que Noah se girara para ver al apuesto joven, bloqueó el móvil y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno.
Varios minutos después Noah hizo lo propio y se encaminó a la cocina para conversar con su prometida.
—Qué pronto te has despertado hoy, ¿no? —preguntó Noah mientras miraba con sorpresa el reloj de pared. Madison solía despertarse alrededor de las once de la mañana, y aquel día apenas eran las nueve y media.
—Sí, hoy empiezo en el gimnasio de Ruby. Estoy fofa, mira qué culo —respondió Madison mientras trataba, sin éxito, de coger algo de grasa en sus nalgas .
Aparte de ser influencer en redes, Ruby poseía una pequeña cadena de gimnasios llamados Cielo Fit, de los cuales era propietaria al diez por ciento.
El otro noventa lo poseía su padre, un magnate que vivía en Los Ángeles y le proporcionaba a su hija todo el dinero que pidiese para compensar la falta clara de paternidad que sufría.
—¿Aún sigues con eso? Sabes que estás genial —Noah fue hacia Madison y le dio un suave beso en la mejilla, luego la abrazó.
Madison recibió el abrazo con una tierna sonrisa y se escabulló rápidamente.
—Tú que me ves con buenos ojos… Había descuento para parejas, ¿por qué no te animas tú también?
Noah soltó una sonora carcajada y negó con la cabeza mientras sacaba una taza del armario.
—Me matas, amor. Tu humor me enamoró.
—Estás sudando mucho, Noah. ¿Estás bien? — preguntó Madison extrañada mirando la camiseta de su prometido.
—Sí, no te preocupes. El calor de verano, ya sabes.
Madison le propinó un golpe en el hombro y se fue hacia otra habitación para preparar la mochila.
Tras varios minutos, Madison se acercó a su prometido, quien había desayunado un tazón de cereales y se había vuelto a tumbar en la cama, le dio un profundo beso y salió por la puerta rumbo al coche para ir al gimnasio de su amiga.
Pasados unos minutos de la despedida, el timbre de la casa sonó. Noah, que en un acto de pereza se había vuelto a la cama, volvió a levantarse mientras murmuraba improperios y se dirigió a la puerta para ver quién era el visitante. Al llegar, abrió la puerta con brusquedad.
—¡Noah! ¿Qué tal estás tío? —dijo alegremente el tipo tras la puerta.
El joven se quedó mudo al verlo, limitándose a mirarlo de arriba abajo con gesto de incredulidad.
—J… ¿Jayden? ¿Qué haces tú aquí? —preguntó Noah con cierto tartamudeo.
—Pues nada tío, andaba por el barrio y me he acordado de ti. Hace mucho que no vienes a verme.
Aquel hombre rapado y vestido con ropa ancha era Jayden Cruz, quien en una época oscura había sido el que proporcionaba la droga a Noah.
—Sí, tío. Hace mucho que dejé esa mierda ya.
—Haces bien, hermano. Esto es una puta mierda, ¿no? —Jayden le propinó una palmada en la espalda mientras echaba una carcajada—. ¡La hostia…! ¿No me digas que esta es tu choza? Sabía dónde vivías, pero nunca la había visto por dentro.
Jayden se autoinvitó a entrar. Noah lo fulminó con la mirada y, con un gesto de pasotismo, cerró la puerta y avanzó hasta el salón.
—Sí, es mi casa. Bueno mía y de Madison.
—¡Guau! Así que al final conquistaste a la rubia, ¿eh?
Estaba cañón la verdad. Pero en cierto modo, es la causante de que te perdiera de mi vida, y eso me enfurece —Jayden se puso serio y miró amenazante a Noah, quien captó el mensaje y no sabía qué decir en aquel momento.
Tras pocos segundos, el joven volvió a soltar una sonora carcajada—.
Es coña, tío. Me alegro por ti y eso. Pero me gustaría que nos viéramos más a menudo. ¿Qué me dices ?
—Sí, claro. Supongo.
Noah no tenía nada claro retomar la relación con Jayden. Habían sido muy buenos amigos, y sobre todo habían hecho grandes negocios juntos, pero aquella vida era su pasado, por lo que no tenía ninguna gana de volver a esos tiempos.
—Ahora mismo estoy con una mierda nueva. Da un colocón que te cagas —aseguró Jayden mientras se ponía cómodo en la butaca—. Mira la movida que me acaba de llegar —el joven sacó una bolsita transparente con polvos en su interior de un tono blanquecino.
—¡Ah, no, no! —Noah se puso a la defensiva, reconocería un gramo de cocaína a un kilómetro de distancia— . Ya no me meto, Jayden. Lo sabes.
—Tranqui, colega, que ya lo sé —sonrió amistoso, poniendo las manos en alto—. Solo te quería contar cómo me iba y eso. Pero veo que es un tema que aún te pone nervioso… —el camello frunció el ceño—. Será mejor que me marche.
Noah lo miró con cierta lástima. En el fondo, era un amigo de toda la vida y era consciente de que el corte que le había dado estaba fuera de lugar.
—No, espera… —Noah lo detuvo, invitándolo a sentarse de nuevo—. Es solo que me costó mucho dejarlo y he reaccionado instintivamente. Lo siento. ¡Venga, cuéntame!
Jayden mostró una sonrisa llena de dientes.
Se acomodó en el sillón y estuvo durante varios minutos explicándole de dónde provenía aquella nueva sustancia que vendía y lo bien que le iba proporcionándosela a todo el barrio.
Noah le prestaba atención con un interés moderado, aunque había momentos que la curiosidad le podía .
—Parece que ha mejorado la calidad… —musitó Noah.
—Está de flipar, socio —corroboró Jayden—. Mira, si quieres, te regalo este gramito —alzó la mano enseñando de nuevo la bolsita transparente—. Si lo quieres, lo tomas, y si no lo tiras por el váter. Un regalo por los viejos tiempos, ¿vale?
Noah no respondió, acción que Jayden tradujo como afirmación. Depositó la bolsita en las manos de su amigo y, tras despedirse con un profundo abrazo, abandonó la casa dejando a Noah solo con sus pensamientos.
Mientras tanto, el trayecto de Madison hacia el gimnasio no resultó tan cómodo como le habría gustado.
Últimamente, debido a las obras en las carreteras, el tráfico en el pueblo de las afueras era muy concurrido, lo que provocó que le llevase mucho tiempo llegar a un lugar que prácticamente estaba al lado.
Después de una tortuosa media hora de caravana y sumando los quince minutos que tuvo que dedicar para encontrar aparcamiento en el parking del gimnasio, finalmente pudo bajar del coche y recoger la mochila para dirigirse al interior del gimnasio, donde una radiante Ruby la esperaba con los brazos abiertos.
Ruby Morales, una conocida creadora de contenido fitness del pueblo, era propietaria de varias cadenas de gimnasios y también administraba una clínica especializada en dar consejos sobre nutrición, aunque, como señalaba Noah, a menudo compartía consejos que ella misma no seguía.
Hija de una familia rica e influyente de los Estados Unidos, Ruby había llevado siempre una vida fácil y llena de caprichos.
Madison y Ruby eran amigas desde la época del instituto.
Ruby solía enfrentarse a problemas con sus compañeros debido a su estatus, así como por ser de raza negra.
A pesar de haber pasado mucho tiempo sin verse, mantenían la sólida relación que siempre habían compartido.
—¡No puedo creer que al final te hayas decidido, tía! — exclamó Ruby desde la puerta, recibiendo a su amiga.
Madison asintió y esbozó una sonrisa radiante. Se acercó a Ruby y ambas se sumieron en un abrazo profundo. Después de varios segundos, se separaron con sonrisas en sus rostros.
—Vamos a la recepción. El primer mes te lo voy a dejar gratis —anunció Ruby, ajustándose el pelo corto moreno mientras pasaba por la puerta.
Madison la siguió hacia la recepción, donde entregó sus datos a un atractivo y musculado empleado y recibió su carnet de socia.
—Bueno, bueno, bueno… Me la imaginaba peor de lo que es —comentó una voz masculina detrás de las dos chicas.
Madison se giró hacia la procedencia de la voz y se encontró un chico alto, musculoso, de piel morena y ojos verdes. Llevaba un pequeño tupé que había moldeado con gomina para que la rutina de gimnasio no le impidiera lucir su pelo impecable.
—Tú hasta en las presentaciones pensando siempre con la polla —le soltó Ruby con una risa incomoda—. Madi, te presento a Ethan Murphy, es un amigo…
—Lo sé —interrumpió Madison, cortando a su amiga y sin apartar la mirada del joven—. Lo he visto en tu vídeo esta mañana.
Ethan rio, mostrando una encantadora sonrisa, y se acercó a Madison, quien seguía mirándolo incrédula.