3 30 de junio #2
El sheriff asintió, tomó los papeles que Lucy tenía en la mano y se encaminó con decisión hacia la sala.
—¿Quieres acompañarme? —preguntó amablemente el sheriff. Era uno de los primeros casos importantes de Lucy en Cielo Alto.
—Está bien, entro contigo. Pero, ¿estás seguro de que estás en condiciones?
Alfie asintió y abrió la puerta. Luego, cedió el paso a Lucy, quien tomó asiento apenas hubo entrado. El sheriff cerró la puerta y revisó el papel mientras se dirigía a su silla. Cuando estuvo frente al testigo, dejó las hojas encima de la mesa.
—Bien, señor Campbell. Necesitamos que nos cuente exactamente lo que presenció —pidió amablemente Alfie.
Liam se aclaró la garganta y dio varios sorbos de agua, evidenciando nerviosismo y afectación por la escena que había presenciado hacía unas horas.
—Eran alrededor de las cinco de la mañana. Estaba paseando a Spike como de costumbre por esa zona. Decidí internarme en el bosque porque es temporada de setas. La verdad es que hay unas setas increíbles en ese bosque, debería ir a verlas. Además, yo entiendo, ¿sabe? Entonces es más fácil.
El sheriff y la agente intercambiaron una mirada por unos segundos y luego volvieron a centrarse en el testigo. Lucy carraspeó fuerte y abrió los ojos mirando al hombre.
—Ah, sí. Discúlpenme. Estoy un poco alterado y me pongo a hablar y no paro. ¿Por dónde iba? —preguntó Campbell, llevándose la mano a la barbilla.
—Estaba paseando al perro en el bosque y se adentró —respondió Alfie, dejando salir un suspiro de impaciencia.
—Exactamente, es como dice. Me adentré en el bosque y de repente oí un sonido metálico. Sigilosamente me acerqué para mirar, pero de repente Spike empezó a ladrar.
—¿Cómo era? ¿Era hombre o mujer? ¡Deme todos los detalles! —respondió el sheriff con cierta ansiedad por obtener respuestas.
—No vi nada, sheriff. Era una persona… Pero no vi nada más. Lo siento. Después de eso, se metió en un coche gris y se fue por la carretera. No vi más, estaba oscuro .
El sheriff se levantó y salió de la sala. Lucy se disculpó y lo siguió.
—¿Estás bien? Te has puesto como un loco…
—Sí. Lo siento. Esto me supera. Dice que ha visto algo, pero no ha visto una mierda —respondió el sheriff, consciente de que se le había ido la cabeza.
Lucy miró al sheriff con una mezcla de lástima y ternura. Ella sabía que este caso afectaba personalmente a su jefe, pero él estaba decidido a descubrir todo lo más rápido posible, lo que le generaba más ansiedad.
—Vete a casa, jefe. Yo me encargo de todo —dijo Lucy, ofreciéndole toda la ayuda posible al sheriff—. Te mereces descansar; ya es de noche. Relájate y mañana vuelves con las ideas despejadas.
Spinster dudó. Por un lado, no quería abandonar el interrogatorio a medias, pero, por otro lado, necesitaba descansar y desconectar del trabajo.
Después de varios segundos pensando con calma, miró a Lucy y asintió.
La joven le tocó el hombro y, tras dedicarle una sonrisa cómplice, volvió a entrar en la sala.
Alfie se encaminó hacia su despacho, se sentó en la silla y al coger su teléfono vio que tenía un mensaje de Sullivan.
«Ya estamos en el depósito. Para mañana podré decirte algo.»
El sheriff bloqueó el teléfono y volvió a acercarse a la ventana.
Por ella pudo ver cómo Noah salía, con una mejor apariencia, aunque aún bastante afectado, y se despedía de la psicóloga.
Hubo un momento en el que Karen y Alfie cruzaron miradas, y este le hizo una seña para que se acercara a su despacho.
Ella se despidió de Noah y se dirigió hacia el despacho.
—¿Me llamabas? —preguntó Karen después de dar tres toques en la puerta.
—Sí. Quería saber qué te ha dicho, si puedes contármelo.
—No debería proporcionar esta información, Alf.
Pero como sé que esto te afecta de primera mano, y además hay una investigación penal en curso, voy a darte la información que necesitas —Karen se acomodó en la silla y sacó una libreta con apuntes—.
Afirma que todos los problemas comenzaron cuando Madison empezó a ir al gimnasio. Llegaba a casa tarde y cansada.
—Tiene sentido si vas al gimnasio. Lo de llegar cansada, digo —respondió el sheriff tratando de entender los apuntes de la psicóloga.
—El caso es que iba al gimnasio a las cinco de la tarde y regresaba a casa a las diez u once de la noche —añadió Karen, quitándose las gafas y levantando levemente una ceja.
—No insinuarás… ¡Eran felices, Karen! —exclamó el sheriff, molesto por las insinuaciones de la psicóloga.
—Eran felices, sí. Pero Noah ha podido darme el nombre de un amiguito que Madison hizo en el gimnasio. Sospechaba que tenían algo.
Spinster miró fijamente a Karen a los ojos. Se quedó helado ante ese dato.
—¿Y cómo sabe Noah eso?
—Dice que los siguió los primeros días. No ha querido dar muchos detalles; parece estar bastante cerrado en cuanto a proporcionar información. Entiendo que es debido al estado de shock en el que se encuentra .
El sheriff se rascó la cabeza mientras pensaba que apenas habían transcurrido tres semanas desde la pedida de mano hasta el asesinato de la joven.
—¿Sabes el nombre del tipo? Habría que interrogarlo —preguntó el sheriff. Estaba entrelazando los dedos, distraído en ese momento y con la cabeza llena de pensamientos.
—Sí, me lo ha dicho. Dame un segundo para mirar — Karen abrió de nuevo su bloc de notas y comenzó a pasar páginas.
Mientras tanto, el sheriff se echaba hacia atrás para tratar de despejar su cabeza.
Por un momento, se acordó de Robert y Maggie.
Había pasado todo el día y no se había puesto en contacto con ellos.
De pronto, comenzó a sentirse muy mal y muy culpable.
Aunque no tuviera la culpa de nada de lo que había sucedido, él era el encargado de velar por la seguridad del pueblo.
—¡Aquí está! Madre mía, qué cantidad de apuntes tengo —dijo Karen quejándose amargamente mientras buscaba el nombre con el dedo índice.
Spinster cogió un bolígrafo y una ficha y miró a la psicóloga impaciente para que le dijera el nombre y poder apuntarlo y buscar sus datos.
—Su nombre es Ethan Murphy.
Spinster sintió un escalofrío al oírlo. Antes de que pudiera reaccionar, el sonido de un coche arrancando a toda velocidad fuera de la comisaría lo hizo asomarse por la ventana. Noah estaba en el sitio del piloto, con las manos temblorosas sobre el volante y los ojos vidriosos.
«¿Huyendo… o roto de dolor?», pensó Alfie, con un nudo en el estómago.