3 30 de junio
Habían transcurrido ya dos horas desde que el sheriff Spinster llegara a la comisaría, pero la incredulidad aún se sumía por completo por su cuerpo después de lo presenciado en el bosque de Cielo Alto.
Spinster, con la mirada perdida, sabía que enfrentarse al cadáver no era lo más desgarrador de aquella fatídica escena, pues era la carga emocional que vendría al tener que darles a los padres de Madison y a su prometido la fatal noticia, consciente en todo momento de que los medios se encargarían rápidamente de esparcir la dolorosa verdad.
Se levantó con gesto inquieto y comenzó a deambular por la sala, sintiendo cómo el deseo de refugiarse en el alcohol como hacía tiempo aumentaba, aunque resistía con fuerza a sucumbir a aquella tentación.
En su mente, daba vueltas y más vueltas al rompecabezas, tratando de encajar las piezas de quién podría cometer semejante barbaridad.
Además, resonaba en sus pensamientos el nombre pronunciado por la periodista que husmeaba la zona.
Ethan Murphy. Un misterio escondido en dos palabras que lo sumergía entre las sombras de la incertidumbre. ¿Quién era realmente Ethan Murphy?
Se mantuvo sumido en sus pensamientos durante varios segundos, hasta que finalmente se encaminó con determinación hacia el imponente escritorio que ocupaba el centro del despacho y encendió el ordenador.
Tras unos minutos esperando pacientemente a que todo cargara, clicó en el programa de censos del pueblo.
Con las gafas de cerca posadas en la nariz, se sumergió en una búsqueda meticulosa, analizando cada línea con suma atención.
—Vamos a echar un vistazo —susurró el sheriff mientras pasaba el dedo pulgar por el medio de la pantalla—. Aquí lo tenemos.
Spinster abrió la carpeta que contenía los apellidos que empezaban con la letra M y se adentró en la búsqueda, rastreando con detenimiento cada entrada con el apellido Murphy.
—No hay rastro de ningún Ethan Murphy en Cielo Alto —susurró con frustración, apretando el puño contra la mesa con cierta fuerza.
El sheriff cerró el programa con un suspiro y se quitó las gafas con gesto cansado.
—Igual… —pensó el sheriff mientras se tocaba la barbilla.
Spinster dirigió el puntero hacia el buscador de internet. Intuía que buscando información en la red podía conseguir recabar información acerca de aquel sujeto. Pero las pretensiones del sheriff se vieron frustradas rápidamente con un mensaje: “No hay red disponible” .
—Puta mierda de comisaría —exclamó mientras daba un puñetazo en la mesa—. ¡Mierda de comisaría, mierda de internet y mierda de todo!
Tras varios minutos completamente exaltado, decidió respirar hondo y relajarse.
«Quizás sea de algún otro pueblo», reflexionó para sí mismo, mientras se quitaba las gafas y se pasaba las manos por la cara.
De repente, el teléfono del despacho sonó.
Alfie respondió y, al escuchar las noticias, sus ojos se abrieron de par en par.
—Sí, por supuesto. Que pase.
El sheriff colgó el teléfono, se puso de pie y se secó rápidamente las lágrimas.
Aunque la muerte de Madison le afectara profundamente, sabía que no podía permitirse perder la compostura, al menos no estando de servicio.
Alfie se dirigió hacia la puerta, la abrió con manos temblorosas y, pocos segundos después, Noah entró en la habitación.
El sheriff suspiró, cerró la puerta y se aproximó a su asiento.
Una vez sentado, trató de pensar en la mejor manera de iniciar la conversación.
—¿Es cierto lo que dicen? —preguntó Noah, sin despegar la mirada perdida de la mesa—. Lo que dicen en la televisión. ¿Es cierto?
Alfie inhaló profundamente. La situación también le afectaba profundamente.
—Sí, Noah. Es cierto. Lo siento mucho.
Noah cerró los ojos. Unas lágrimas se deslizaron por sus pómulos mientras intentaba controlar la respiración y evitar un ataque de ansiedad. Después de unos segundos lamentándose con los ojos cerrados, los abrió de nuevo, revelando una mirada enrojecida .
—¿Quién…? ¿Quién ha podido hacer algo así? — preguntó Noah con la voz entrecortada. Se le notaba visiblemente afectado, sin duda la noticia lo había dejado conmocionado.
—No lo sé —respondió Alfie con firmeza, tratando de tranquilizar al joven. Se levantó de su asiento y se acercó a él, colocándole una mano reconfortante en el hombro—. Pero haremos todo lo posible por descubrirlo.
Noah se puso de pie y se colocó frente al sheriff.
Este titubeó un momento, puesto que la falta de expresión del joven hacía difícil adivinar cuáles iban a ser sus actos.
Después de unos segundos de miradas tensas, Noah estalló en lágrimas y se abrazó a Spinster, quien resopló antes de corresponder al abrazo mientras sus ojos también se llenaban de lágrimas.
Después de varios segundos, aún envueltos en el abrazo, el teléfono móvil del sheriff Spinster comenzó a sonar.
Se separó de Noah y, al notar que la llamada provenía de Sullivan, el forense de la policía, agarró el teléfono.
Antes de contestar, dirigió una mirada acogedora a Noah.
—¿Te importaría esperar fuera?
Noah negó con la cabeza y salió del despacho de Spinster sumido en un llanto profundo. Una vez que Noah se hubo ido, el sheriff se dirigió hacia la puerta, la cerró y tomó su teléfono.
—Aquí Spinster. ¿Hay novedades?
—Buenas tardes sheriff. Sí, de hecho, las hay. Hay un hombre que afirma haber visto a alguien huir de la zona mientras paseaba a su perro. Fue él quien alertó a las autoridades —respondió Sullivan. La cobertura de la llamada era un poco defectuosa, ya que el forense aún se encontraba en el bosque.
—Dile a Lucy que lo traiga a la comisaría. Lo someteré a un interrogatorio a ver si sacamos algo en claro. ¿Han obtenido alguna muestra de ADN? —preguntó el sheriff ansioso. Su urgencia era palpable; necesitaba información lo antes posible.
—Nada aún, sheriff. Este proceso lleva su tiempo, lo sabes. En estos momentos estamos levantando el cadáver y en nada pondremos rumbo al depósito.
—De acuerdo. Da la orden a Lucy. Os espero en la comisaría.
El sheriff colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa.
Apoyó los puños en el escritorio y bajó la cabeza entre los hombros para liberar algo de tensión.
Después de unos minutos inmerso en sus pensamientos, salió del despacho para volver a atender a Noah.
Al salir, se sorprendió al no encontrar al joven, así que se encaminó con prisa por los pasillos en su búsqueda.
Después de recorrer toda la planta baja, el sheriff preguntó en la recepción si alguien había visto a Noah.
La recepcionista, ocupada en ese momento con una llamada telefónica, señaló con el dedo hacia el piso de arriba.
Subió de nuevo al primer piso y llamó a una de las puertas, la cual accedía al despacho de Karen, la psicóloga de la policía de Cielo Alto.
Esta había encontrado a Noah llorando por los pasillos y se había ofrecido a ayudarlo.
Al ver que estaba en buenas manos, el sheriff se disculpó y los dejó a solas.
—Bien. ¿Por dónde íbamos? —preguntó Karen, revisando sus notas—. Oh, sí. Estábamos hablando de las discusiones.
Noah se secó las lágrimas y tomó aire para continuar hablando.
—Éramos felices. Muy felices. Pero desde el día que le pedí matrimonio todo cambió —explicó Noah, con la mirada baja—. Lo que debería haber sido algo increíble se convirtió en una relación tensa y superada.
—¿Por qué crees que sucedió eso? —preguntó la psicóloga mientras anotaba la respuesta anterior de Noah.
El joven parecía pensativo, como si estuviera reticente a contar toda la historia, una señal que Karen no pasó por alto.
—Noah, si no me cuentas todo no podré ayudarte.
Noah miró a la psicóloga con ciertas dudas y, tras sonarse la nariz, inhaló profundamente para continuar la conversación.
—Todo empezó cuando decidió apuntarse al puto gimnasio.
El sheriff descendió las escaleras y se dirigió a la máquina de café en busca de un breve respiro, mientras intentaba poner en orden sus pensamientos.
Después de pedir un descafeinado, se apoyó en la pared y miró por la ventana mientras removía el líquido en su vaso.
Anhelaba que fuera una buena copa de whisky, pero estaba de servicio.
Spinster permitió que sus pensamientos giraran en su mente al ritmo del amargo café, y no fue hasta que vio a lo lejos el coche patrulla de Lucy que volvió a conectar con la realidad.
«A ver qué nos cuenta…» , reflexionó para sí mismo al ver descender de la parte trasera del coche a un hombre de unos sesenta años, con un jersey cubierto de barro y botas de goma.
A su lado, un majestuoso pastor alemán salió también del vehículo.
Después de atar al perro afuera de la comisaría, entraron juntos.
Alfie apuró el café y se dirigió rápidamente hacia la puerta .
—Hola, sheriff. Este es Liam Campbell, el hombre del que te habló antes Sullivan. Dice haber estado en el bosque en el momento del asesinato —informó Lucy tan pronto vio llegar a su superior a la entrada.
—No vi gran cosa, señor —comenzó a decir Liam.
Spinster extendió la mano para silenciar al hombre. El pasillo de la comisaría no era el lugar adecuado para un interrogatorio policial.
—Pemberton, lleva al señor Campbell a la sala de interrogatorios. Déjale ahí unos segundos y vuelve aquí —dijo Alfie, señalando a una de las salas.
La joven agente asintió y guio amablemente al testigo hacia la sala. Tras asegurarse de que Liam se hubiera sentado, Lucy cerró la puerta y regresó junto al sheriff.
—¿Cómo lo llevas?
—Mal. Encima ha venido Noah y casi me derrumbo — respondió Spinster apartando la mirada de la joven policía para que no notara que estaba al borde del llanto—. En cuanto al testigo, ¿es de confianza?
—Sí. Asegura haber visto a alguien abandonando la escena del crimen minutos antes de avisar a la policía.