2 2 de junio #3
—¡Gracias, mi amor! Tú también —respondió Madison ruborizada. Tras eso le dio un gran beso—. ¿Entramos?
Noah asintió, abrió la puerta y cedió el paso a su novia.
Una vez dentro y tras hablar con el maître, los acompañó amablemente a su mesa, aquella que los había visto en sus primeros días de relación, puesto que aquel restaurante fue el primero al que había ido la pareja cuando recién empezaban su andadura como novios.
Les recogió sus abrigos y se sentaron. El establecimiento era muy bonito.
Tenía temática italiana a pesar de ser un local en Estados Unidos.
Las paredes estaban decoradas con cuadros de monumentos italianos, como el coliseo o la torre de Pisa.
Las mesas eran de madera artesanal y todas tenían un mantel de cuadros blancos y rojos y dos velas para decorar la velada.
—Estoy un poco nerviosa, como si fuera la primera cita —dijo Madison con una sonrisa.
—Me pasa lo mismo —respondió Noah devolviéndole la sonrisa—. La misma mesa... el mismo restaurante…
Pasaron varios minutos hasta que el maître volvió a la mesa.
Madison pidió una lasaña de atún mientras que Noah se decantó por una pizza de la casa.
La noche transcurrió muy amena. Tuvieron una charla agradable mientras degustaban los deliciosos platos de aquel restaurante.
Mientras Madison hablaba, Noah por momentos se quedaba embobado mirando los labios color rojo que se había puesto su chica aquella noche.
—¿Qué te pasa? —preguntó Madison un poco avergonzada—. Me estás mirando mucho.
—Nunca supe lo que era estar enamorado hasta que te conocí —dijo Noah cogiendo la mano de su novia. Con esas palabras pensaba calentar para lo que se venía.
—Y yo tampoco, mi amor —Tras la respuesta apartó la mirada y la dirigió hacia la mesa.
Noah notó ese cambio de ánimo y agarró la mano con más fuerza. Con la otra le tocó cariñosamente la cara.
—¿Pasa algo? —preguntó Noah tratando de saber el porqué de ese gesto.
—Tenemos que hablar… —Madison volvió a mirar a los ojos a Noah. Esta vez los tenía llorosos.
—Puedes contarme lo que sea, lo sabes —respondió Noah.
En el fondo deseaba que no contara nada puesto que esas palabras le traían malos recuerdos.
En el pasado esa frase siempre acarreaba desgracias.
Desde una ruptura inminente, pasando por un viaje interminable a la otra punta del mundo, incluso alguna enfermedad familiar.
Madison soltó la mano de Noah y miró al techo. Tras secarse las escasas lágrimas que habían salido de sus ojos volvió a mirar a Noah.
—Llevo toda la tarde pensando en cómo decirte esto, pero no he encontrado la forma, así que te lo voy a decir sin más… —le comenzaron a temblar las manos .
Noah le volvió a agarrar las manos y miró a los ojos profundamente como con ganas de saber, preparándose por si era alguna noticia mala.
—Estoy embarazada.
Noah soltó las manos de golpe y se quedaron sobre la mesa. Sus ojos se inundaron en lágrimas, y una sonrisa apareció en su rostro.
—¿En serio? —preguntó con voz llorosa—. Eso es… maravilloso.
Madison rio mientras las lágrimas le caían por las mejillas. Noah se levantó y le dio un profundo abrazo, con el cual rompió a llorar. La gente del restaurante se les quedaba mirando, pero poco importaba con la noticia que acababa de recibir.
—En ese caso… me toca hablar a mí —dijo Noah soltando a Madison y estirándose la camisa, nervioso.
Madison lo miró de arriba abajo dudosa. Noah metió la mano en el bolsillo y sacó la cajita. La joven, nada más verla, se llevó las manos al rostro y observó como Noah se iba poniendo lentamente de rodillas.
—Madison Margaret Harris. ¿Quieres casarte conmigo? —Noah abrió la cajita y enseñó por primera vez el anillo.
Madison seguía con las manos en el rostro, se había quedado helada.
—¡Dile que sí! —exclamó una señora que cenaba en una de las mesas dejándose llevar por la euforia.
Madison miró a la señora y rio.
—¡Claro que quiero! —sacó todas las fuerzas del mundo y puso a Noah en pie para darle un pasional beso.
Noah besó a su prometida con más ganas que nunca y tras separarse le puso la joya en el dedo anular.
—Es precioso… —dijo Madison mirando detalladamente las perlas del aro.
—El anillo más precioso para la chica más preciosa.
Tras aquello, todo el restaurante comenzó a aplaudir y a jalear a la pareja.
Ambos agradecieron a todos la cortesía y, tras pedir una tarta de queso de la casa y pagar la cuenta, salieron a dar un paseo en aquella calurosa noche de junio.
Madison era feliz y así lo demostraba, puesto que fue todo el camino sin soltar el brazo de Noah.
Cuando llegaron al muelle se pusieron uno en frente del otro.
—Vamos a ser muy felices, ¿a que sí? —preguntó Madison con una sonrisa de oreja a oreja.
—Por supuesto que sí —dijo Noah acariciándole la cara con cariño—. Voy a darte la vida que te mereces.
Ambos se sumieron en un profundo beso que duró varios minutos. Tras eso, volvieron al coche para regresar a casa después de una noche increíble que iba a cambiar sus vidas para siempre.