¿Quién mató a Madison Harris? 2 2 de junio #2
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2 2 de junio #2

—¿Estáis bien, cariño? —preguntó Maggie, mirando a su hija a los ojos.

—Sí… Últimamente está muy ausente, pero es por su trabajo, mamá —respondió Madison, restándole importancia a la preocupación de su madre.

—Es un buen chico, la verdad —añadió la madre pensativa—. Aunque, si las cosas no salieran bien, no se acaba el mundo, ya sabes.

—Para, mamá. Hoy hacemos diez años. Y aunque las cosas no estén en su mejor momento, esto es lo que quiero — exclamó Madison, un tanto alterada—. Además… bueno, no importa.

Maggie asintió con la cabeza y, sin dar más importancia a las últimas palabras, siguió tomando el café.

Quince minutos más tarde, Noah llegó al lugar acordado con la chica. Allí aguardaba Keira Simpson, una joven de veinticuatro años, morena, alta y con una figura de modelo. En cuanto vio a Noah, se acercó corriendo y se lanzó hacia él.

—¡Keira! ¡Qué alegría verte! —exclamó Noah mientras besaba la mejilla de la joven. Keira le devolvió el beso en la mejilla y luego se apartó de él.

—¡No puedo creer que finalmente te hayas decidido! — dijo ella, emocionada. Noah sonrió y se ruborizó un poco. Luego, tomó el brazo de Keira .

—¿Lista? ¿A dónde vamos? —preguntó Noah echando un vistazo al barrio.

Keira señaló al otro lado de la acera con entusiasmo, instando al joven a seguirla. Al cruzar la calle, sorteando los coches de aquella concurrida zona, llegaron frente al escaparate de un negocio.

—Joyería Mariah —leyó Noah—. ¿Vas a comisión?

Keira le propinó un suave puñetazo mientras se reía.

—No seas tonto. Mi abuela tiene lo que buscas. Ya le he hablado de ti y de tu petición. Tiene el anillo perfecto para la ocasión —respondió la joven efusivamente. Acto seguido empujó la puerta.

Al abrirse, dos campanillas sonaron. Noah siguió a Keira hacia el interior de la tienda. Era una joyería encantadora, con un aire antiguo, pero impecable y muy bien cuidada. Detrás del mostrador, una señora de pelo blanco vestía un jersey rosa, probablemente tejido a mano por ella misma.

—¡Mi querida niña! —exclamó Mariah al ver a su nieta, su rostro se iluminó con la misma alegría que un niño en Navidad.

Con una velocidad sorprendente para alguien de su edad y constitución robusta, la mujer se acercó rápidamente hacia Keira.

—Hola, abuela —musitó la chica, incómoda por el efusivo abrazo—.

Este es Noah, el chico del que te hablé — señaló hacia su amigo con la única mano que le quedaba libre.

Noah, por su parte, observaba la escena entre la abuela y la nieta con ternura—.

Está buscando un anillo para su novia, como ya te había contado.

La abuela abrió la boca con una mezcla de sorpresa e ilusión, observando con atención por primera vez al amigo de su nieta.

—¡Sí! Justo hoy hacemos diez añ… —un profundo abrazo de Mariah lo interrumpió antes de acabar la frase.

—Felicidades, hijo —dijo la anciana, plantando sonoros besos en la mejilla del joven—. No doy un dólar por las parejas de hoy en día. Solo buscan pasar el rato y no hay ningún tipo de fidelidad.

—¡Abuela, por Dios! —exclamó Keira mirando con consternación a Noah para asegurarse de que el comentario no le hubiera incomodado.

—Es la verdad. Yo pasé toda mi vida con tu abuelo, desde los dieciséis años hasta que nos dejó hace tres años.

—Eran otras épocas, supongo —añadió Noah en tono conciliador, interviniendo por primera vez desde que habían entrado en la tienda.

La abuela asintió y volvió al mostrador. Colocó las manos sobre la mesa y miró directamente a Noah, quien aguardaba los consejos de la septuagenaria.

—Te he reservado un anillo precioso. Sabía que era lo que buscabas incluso antes de conocerte —declaró Mariah, girándose y escudriñando exhaustivamente entre las estanterías. Al no encontrar lo que buscaba, se agachó con dificultad y abrió el último cajón—. ¡Aquí está!

La abuela tomó el anillo y cerró el cajón usando el pie derecho y provocando un golpe sonoro.

Mariah colocó la joya en las manos de Noah, quien lo observó con fascinación.

Era un delicado anillo de oro adornado con diminutas perlas blancas.

Entre ellas, destacaba un toque de plata que rodeaba a las pequeñas esferas .

—Es precioso… ¿Cuánto vale? —preguntó Noah, mientras Keira le arrebataba el anillo de las manos tan pronto como pudo.

—Por ser amigo de mi nieta, setecientos cincuenta dólares. Normalmente lo vendería por novecientos, pero dado que es una situación especial… —dijo reflexiva la abuela, guiñándole un ojo. Luego, miró de reojo a la joven, quien examinaba detenidamente el anillo bajo la luz de una pequeña lámpara.

Noah sonrió. No tenía una cifra exacta en mente, pero había estimado alrededor de mil dólares, por lo que consideraba que estaba saliendo victorioso con la oferta de la señora Simpson.

—El precio me parece más que razonable. Tú, Gollum , suelta eso —exclamó Noah, dirigiéndose a Keira. La joven soltó una queja malsonante antes de devolver la pieza a su abuela con una exagerada solemnidad.

—Cómo sois los hombres… Dejáis todo para el último momento —espetó la abuela con una carcajada. Luego, colocó el anillo en una elegante cajita roja y se la entregó a Noah—. Espero que le guste y seáis muy felices —añadió la anciana con ternura—. Y si no, pues me caso yo contigo, que eres muy guapo.

—¡Abuela, de verdad…! —exclamó Keira, poniéndose completamente colorada.

Noah rio a carcajadas. Se sentía increíblemente bien en ese momento y agradecía haber pedido ayuda a Keira para elegir el anillo.

Estaba feliz y anticipaba aún más felicidad, ya que esa misma noche planeaba pedirle matrimonio al amor de su vida.

Después de unos minutos despidiéndose de la abuela, salieron de la tienda y se dirigieron a la terraza de un bar.

—Es tarde, tomaré algo rápido y me iré —señaló Noah, echando un vistazo a su reloj.

Keira asintió y pidió al camarero dos refrescos de cola.

—¿Eres feliz, Noah? —preguntó Keira con interés.

—Sí, muy feliz.

—Me alegro mucho. Últimamente te he notado… diferente.

Noah dio un sorbo a su bebida y miró con cautela a su amiga.

—¿Diferente cómo? —preguntó.

—Sí, como más distante, no sé explicarlo.

Noah y Madison habían estado distantes últimamente, pero eso no indicaba que su relación pasara por un momento delicado. Al contrario, cuando estaban juntos, disfrutaban su amor con una pasión intensa.

—Ambos tenemos mucho trabajo. Pero ahora ella está de vacaciones así que todo mejorará —añadió Noah, intentando tranquilizar a su amiga.

Ambos se sumieron en un silencio durante varios segundos mientras bebían rápidamente sus refrescos. Noah debía regresar a casa para darse una ducha y dejar todo preparado para el momento especial que se avecinaba.

—¿Le has hablado de mí? —preguntó Keira con interés—. A Madison, digo. Noah vaciló, se frotó la barbilla en una expresión pensativa.

—Sí, sabe que existes.

En realidad, Madison no tenía la más mínima idea de la existencia de Keira.

Conocía muy bien a su pareja y estaba seguro de que, si mencionaba que tenía una amiga tan cercana, su novia sacaría conclusiones equivocadas.

Por lo tanto, en aras de evitarle sufrimiento y discusiones sin sentido, prefería mantenerse en silencio y disfrutar su amistad con Keira sin conflictos innecesarios.

Keira rio amigablemente y golpeó levemente el brazo de su amigo.

Después de pocos minutos más de conversación, se despidieron.

Keira regresó a la tienda de su abuela, y Noah se apresuró de regreso a casa.

Durante el camino a casa, se sumió en sus pensamientos.

Por un lado, sentía un gran nerviosismo por la propuesta de matrimonio que tendría lugar en pocas horas.

Por otro lado, el comentario de Keira sobre si todo estaba bien lo hizo reflexionar y dar vueltas a las cosas, pero después de unos segundos decidió que no era el momento para dudas; se sentía demasiado feliz como para empezar a cuestionarse las cosas.

Además, le preocupaba que Madison sacara conclusiones precipitadas acerca de una gran relación de amistad.

Mientras todas estas preocupaciones rondaban su mente, llegó a casa, aparcó el coche en el garaje y entró en su domicilio.

La noche ya había caído y faltaba una hora para la cita con su novia.

Noah sacó el anillo de su bolsillo, lo miró una vez más y lo colocó cuidadosamente encima de la mesita de noche.

Se despojó de su ropa y se metió en la ducha.

Después de varios minutos cantando a pleno pulmón, salió y se secó.

Escogió unos vaqueros elegantes y una camisa roja y negra del armario.

Volvió a tomar las llaves del coche, verificó sus bolsillos y, asegurándose de tenerlo todo, salió de casa, cerró la puerta con llave y se dirigió al garaje.

Al dar dos pasos en el porche, se detuvo abruptamente.

—¡El anillo! —exclamó profiriendo un chillido—. Me muero si se me olvida.

Tras eso, volvió a entrar en casa y se dirigió a la mesita donde lo había depositado minutos antes.

Una vez tuvo el anillo en su poder, volvió a cerrar la puerta y bajó al garaje, cogió el coche y se dirigió al restaurante.

Un restaurante de comida italiana llamado Stefano.

Nada más llegar aparcó y se dirigió a la entrada, donde tuvo que esperar diez minutos hasta que apareció Madison.

Iba con un hermoso vestido rojo, corto y con medias oscuras.

Iba maquillada, lo cual hacía que su belleza natural resaltara más aún.

—Estás preciosa —exclamó Noah en cuanto Madison llegó a su posición.