¿Quién mató a Madison Harris? 2 2 de junio
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2 2 de junio

Madison despertó en una veraniega mañana y recibió la primera luz del día con una sonrisa en el rostro.

Era el comienzo de sus tan esperadas vacaciones, por lo que una oleada de felicidad invadió su cuerpo.

Decidió que sería una excelente idea despertar a Noah, su novio, que dormía plácidamente a su lado.

—Amor… ¿estás despierto? —susurró Madison mientras le acariciaba la cara. Noah emitió un suave gemido mientras se estiraba y finalmente abrió los ojos, regalando a Madison una tímida sonrisa.

—Ahora sí —respondió con una leve sonrisa, después regaló un tierno beso a Madison. La emoción brilló en sus ojos.

—Tengo muchas ganas de esta noche. Reservaste el restaurante, ¿verdad? —preguntó con ansias—. Nuestro décimo aniversario no merece menos.

—Claro, no olvidaría nuestro aniversario ni en un millón de vidas —respondió Noah mientras Madison se dirigía al baño.

—Tenemos que ir a casa de mis padres para la comida, no lo olvides —añadió Madison con voz más elevada desde el lavabo.

—No, ciertamente no lo olvidaría… ¡Qué manera de comenzar nuestro aniversario! —murmuró Noah con diversión.

Madison se tomó su tiempo en la ducha, disfrutando de la relajante sensación del agua caliente.

Mientras tanto, Noah se desperezó y con cariño se ocupó de preparar un generoso desayuno para ambos.

Después, se arreglaron y se dirigieron al coche, listos para emprender el camino hacia la casa de los padres de Madison.

—Me veo un poco gorda, amor —dijo Madison tocándose el vientre—. ¿Tú cómo me ves?

Noah se tomó un momento para pensar en su respuesta. Sabía que las preguntas sobre la apariencia física podían ser complicadas, pero decidió ser sincero.

—Te veo tan genial como siempre.

Madison observó a su novio mientras conducía. Noah sentía su mirada sobre él, pero mantuvo la atención en la carretera.

—Me sigues queriendo, ¿no? —preguntó Madison mirando fijamente a Noah.

—Por supuesto que sí —respondió Noah al instante. Tras ello, apartó la mirada y la dirigió a los ojos de la joven— . ¿Qué te pasa, Madison?

La chica apartó la mirada, se acomodó en el asiento y miró por la ventana .

—Tengo miedo de que conozcas a otra —confesó. Noah mantuvo la mirada en la carretera y suspiró.

—Pensé que habíamos superado la etapa de los celos, Madi.

—Sí… Solo que a veces vuelve.

El viaje hacia la casa de los padres de Madison transcurrió en silencio.

Aunque su relación era perfecta, también habían atravesado dificultades.

Cuando se conocieron, Noah acababa de salir de un programa de rehabilitación, ya que en su juventud lidió con una adicción a la cocaína que lo llevó a experimentar episodios de ira durante el proceso de desintoxicación.

Afortunadamente, había superado ese oscuro capítulo y pasaron varios años sin incidentes graves.

Por otro lado, Madison había tenido una relación anterior tormentosa en la que su novio de aquel entonces regresaba a casa borracho de madrugada y la sometía a situaciones de abuso, incluyendo forzarla a mantener relaciones sexuales, entre otras dificultades.

Además, aquel hombre la engañaba con frecuencia, lo que dejó en Madison secuelas profundas en forma de ansiedad y desconfianza hacia los hombres.

Tras varios años de terapia y con el apoyo de Noah, Madison había logrado enderezar su rumbo y reducir la intensidad de su ansiedad cuando pensaba en la posibilidad de una traición por parte de su pareja.

—Te noto nervioso —apuntó Madison un rato después mirando de reojo a su novio—. ¿Qué te pasa?

Noah apartó de nuevo la mirada de la carretera para mirar a su novia con cara de duda.

—¿Nervioso? Será que como con tu padre, que me tiene la misma manía que hace diez años —respondió Noah soltando una pequeña carcajada para destensar el ambiente que se había creado.

—¡No digas eso! Sabes que te tiene cariño, solo que le cuesta demostrarlo.

Rieron juntos y prosiguieron su camino hacia la casa de los Harris.

Después de algunos minutos en medio del denso tráfico, finalmente llegaron a la imponente residencia de Robert y Maggie.

Madison bajó del coche y corrió directamente hacia sus padres para abrazarlos.

Por otro lado, Noah prefirió tomarse su tiempo antes de unirse a la efusiva bienvenida.

—Llegas tarde, chaval. ¿Se te ha olvidado conducir o qué? —preguntó Robert cuando Noah se les unió.

—Parece que se les ha olvidado a todos los del pueblo —respondió Noah con una risa nerviosa.

En ese momento, la puerta situada detrás de ellos se abrió, y un hombre alto, bien cuidado y vestido con un uniforme de policía apareció en escena.

—No seas duro con el chaval, Robert. Ya estás jubilado, por el amor de Dios, deja la placa por un día —exclamó mientras sostenía dos cervezas vacías en las manos y las depositaba en la papelera.

—¡Alfie! ¡No sabía que estabas por aquí! —exclamó Madison al ver al sheriff avanzar hacia su posición.

—No se preocupe, sheriff. Ya estoy acostumbrado — añadió Noah entre risas refiriéndose al padre de su novia.

El sheriff rio. Dio una palmada fuerte en la espalda de Noah y entabló una conversación con Madison sobre algunos sucesos que habían ocurrido en Cielo Alto.

Mientras tanto, Robert encendía la barbacoa y Maggie intentaba fotografiarse junto a su marido, que estaba ejerciendo de chef.

Noah estaba callado, pensativo, hasta que observó al sheriff acercándose a su coche.

—Bueno, querida familia Harris, me tengo que ir. Las calles no se van a vigilar solas —exclamó entre risas el sheriff Spinster.

—Nos vemos pronto, Alf —respondió Robert a lo lejos mientras intentaba avivar las brasas de la barbacoa.

El sheriff se despidió cordialmente y dejó a la familia reunida en la acogedora mesa del porche.

La casa de los Harris destacaba por su imponente tamaño y elegante arquitectura en medio del tranquilo vecindario de las afueras.

Robert había dedicado su vida a la fuerza policial, mientras que Maggie, recién jubilada, había entregado décadas a la noble labor de la enseñanza, una pasión que también compartía su hija Madison.

Esta última, después de completar cinco años de estudio en la Universidad de San Diego, había pasado otros cuatro ejerciendo como profesora en la escuela local de Cielo Alto.

Por otro lado, Noah, su apuesto y esbelto novio, de un metro noventa de altura, tez morena y barba bien cortada, se desempeñaba como enfermero en el hospital.

—Esto ya está, sentémonos —dijo el padre de Madison advirtiendo a su familia de que se acercaran a la mesa.

La familia se acomodó en sus lugares habituales alrededor de la mesa, con Robert ejerciendo de anfitrión en el puesto principal. Mientras se servía la comida, el señor Harris aclaró su garganta y dirigió unas palabras en una tradicional bendición antes de la comida.

—Padre nuestro, te pedimos que bendigas estos alimentos que vamos a disfrutar. Protege a nuestra familia de todo mal y llena nuestras vidas con tu gracia. Amén .

Noah, aunque encontraba anticuada la costumbre de la bendición, respetuosamente se unió a la tradición para complacer a su imponente suegro, compartiendo este momento como uno más en la familia.

—¿Qué tal te va en el hospital? Madi nos dice que llegas muy cansado —preguntó amablemente Maggie, interesándose por los deberes de su yerno.

—La verdad es que están siendo unas semanas duras. Cielo Alto cada día es más peligroso y no lo entiendo. Somos los de siempre —respondió Noah mostrando el cansancio en sus palabras.

—¡Los de siempre no! Que cada vez hay más mexicanos… —dijo Robert mientras trataba de cortar parte de su chuleta.

—Papá, Diego es mexicano y es muy buen amigo mío. ¡Y lo sabes! —respondió Madison molesta con las palabras de su padre.

—Si alguna vez te pasa algo iré a por él el primero — señaló el padre de la joven sin levantar la vista del plato.

Tras aquella broma de mal gusto de las que era habitual escuchar por parte de Robert, se hizo un silencio incómodo. El padre de Madison al ver que nadie añadía nada soltó una sonora carcajada y pegó un puñetazo a la mesa.

—¡Es broma! Ya sabes que me cae muy bien Diego — añadió el rudo expolicía quitando hierro al asunto.

Noah soltó una tímida y forzada carcajada para reír la gracia a su suegro. Tras eso, siguió comiendo en silencio. La comida fue transcurriendo sin incidencias reseñables, únicamente Robert interrumpía la calma con algún chiste forzado de los que solía contar en cada visita .

—¿Te apuntas a ver el fútbol, Noah? —le preguntó su suegro—. Hoy vamos a dar una paliza a los demonios de San Francisco.

—No puedo, Robert. Tengo que ir a comprar algunas cosas para mañana —respondió Noah, intentando esquivar el plan.

—Tú te lo pierdes —respondió Robert encogiéndose de hombros. Dicho lo cual, entró a la casa y se acomodó en el sofá.

Madison y su madre charlaban en la mesa sobre el trabajo en el instituto de Cielo Alto, momento que aprovechó Noah para sacar por primera vez su móvil del bolsillo. Revisó sus conversaciones y pulsó la conversación con Keira.

«Ahora tengo un rato. Voy a dejar a Madi con su madre. ¿Podemos vernos?» , escribió Noah por la aplicación de mensajería a su amiga Keira.

«En veinte minutos en el cruce de Lombard St con Valley St» , respondió Keira al instante.

Noah le confirmó y guardó el móvil. Permaneció durante varios minutos intentando descifrar de qué hablaban su novia y su suegra.

—Madi, tengo que marcharme. Asuntos urgentes en el trabajo, ya sabes cómo son las cosas —dijo Noah con gesto apesadumbrado.

—¡Jo, amor! Qué pena… Nos vemos esta noche en el restaurante, ¿vale? —respondió Madison con una expresión dulce.

—No me lo perdería por nada del mundo —contestó Noah con una sonrisa.

Luego le dio un gran beso a su novia y dos besos a su suegra en señal de despedida.

Una vez que Noah se hubo marchado, madre e hija quedaron solas en la mesa, mientras se escuchaban los gritos y lamentos de Robert, quien ya se había emocionado con las acciones del partido.