¿Quién mató a Madison Harris?
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1 30 de junio
Las luces parpadeantes de las patrullas de policía iluminaban el bosque de Cielo Alto, un apacible pueblo adinerado a las afueras de Los Ángeles.
El sheriff Alfie Spinster se abría paso entre la maraña de vehículos de las fuerzas del orden y periodistas que se habían congregado en el lugar donde yacía el cuerpo de una joven.
Con paso decidido, el oficial avanzó entre luces parpadeantes y ramas crujientes; el sombrero le pesaba como la culpa que ya intuía.
Se acercó al lugar donde el cuerpo, cubierto por una manta térmica dorada, estaba siendo observado por decenas de miradas indiscretas.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el sheriff, dirigiendo la mirada hacia el cadáver, con formas femeninas que se intuían bajo la manta. Después alzó la vista y echó una ojeada alrededor.
—Se trata de Madison Harris, de veintinueve años, natural de Cielo Alto, señor —respondió Sullivan, el forense de la policía.
—¡¿Cómo dices?! —gritó Alfie, llevándose una mano al pecho debido al sobresalto que se había llevado al oír aquel nombre.
El sheriff Spinster se agachó lentamente, con la respiración entrecortada y deseando más que en toda su vida que bajo aquella manta no estuviera la joven que conocía con ese mismo nombre.
Apartó la manta y dio un paso hacia atrás, horrorizado.
Efectivamente, el cadáver que se encontraba en ese frondoso bosque era el de Madison Harris, la que él conocía; hija de un excompañero de la policía, Alfie quería a aquella muchacha como si fuera su propia hija.
—La hija de Robert… —farfulló el sheriff con una pena incalculable. Le costaba mantener la compostura en aquel momento.
Alfie contempló con suma atención a la joven.
Sus ojos permanecían cerrados, ocultando el brillo que solían albergar.
El cabello dorado, una vez sedoso y reluciente, yacía ahora enmarañado y manchado por el barro del bosque.
Un profundo suspiro escapó de los labios del sheriff mientras sus ojos se posaban en la prenda que la joven llevaba, la cual se hallaba desgarrada por múltiples lugares.
Era un vestido rojo, un regalo que él mismo le había hecho en su último cumpleaños, un vestigio de su última conversación llena de risas y cariño.
—Sheriff… —murmuró Sullivan al ver totalmente conmocionado a su superior.
Alfie, con las manos cubiertas con los guantes, se adentró en la sombría tarea de buscar evidencias en el cuerpo de la joven, sus ojos vidriosos incapaces de retener las lágrimas que amenazaban con derramarse.
El sheriff comenzó su minuciosa inspección, sus dedos expertos explorando con cuidado cada centímetro de la piel pálida y fría del cadáver de Madison.
Su atención se centró en los brazos de la víctima, y sus ojos notaron de inmediato una serie de moratones que marcaban las delicadas muñecas de Madison.
Una profunda perplejidad nubló su mente mientras su dedo índice se deslizaba con sutileza por encima de los hematomas.
—¿Qué son esas marcas y heridas por todo el cuerpo? —preguntó Spinster, girando bruscamente la cabeza en dirección a donde se encontraba el forense—. Tiene un profundo corte en la cabeza.
La evidencia de que había sido un asesinato era implacable. Madison tenía numerosos cortes a lo largo y ancho de su cuerpo. También presentaba moratones en las muñecas y el cuello, arañazos en la espalda y un profundo corte en la cabeza, presumiblemente el causante de su muerte.
—Necesito saber lo que ha pasado aquí. ¡Y lo necesito con urgencia!
El forense, Sullivan (los más allegados lo apodaban Sully), no se dejó intimidar. Mantuvo la calma en su respuesta, aunque percibía la tensión en el aire.
—Comprendo que este caso es particularmente sensible para ti, Alfie, pero debemos apegarnos al protocolo — explicó el forense—.
No existen excepciones. Para comenzar a resolver este caso cuanto antes, tendré que autorizar el levantamiento del cadáver y su traslado al depósito.
Lamentablemente, es poco probable que obtengamos resultados claros hasta mañana .
El sheriff Spinster, abrumado por la tragedia que tenía ante sus ojos, dio un paso atrás, apartando su sombrero y dejando ver la angustia que le atormentaba.
Sus manos se alzaron instintivamente hasta su cabeza mientras sus ojos permanecían fijos en el cadáver de Madison.
El forense, mostrando respeto por la gravedad de la situación, se adelantó hacia la izquierda.
Con el dedo señaló una pala que se encontraba en el suelo, dentro del perímetro, y se la mostró al sheriff.
—Tenemos esto —informó Sully con tono grave—. Creemos que fue utilizada para propinar el fatal golpe en la cabeza de la joven antes de ser abandonada y arrastrada hasta las zarzas.
El sheriff se tocó suavemente el mentón mientras reflexionaba profundamente sobre el horror que tenía ante sí. La pregunta que le asediaba constantemente era quién podía haber sido capaz de infligir tal sufrimiento a una joven tan amable y dulce como Madison.
Cielo Alto, un pintoresco pueblo en las afueras, tenía ese encanto particular que hacía que todos se conocieran.
En este entorno cercano, el sheriff Spinster tenía una relación más personal con la mayoría de los vecinos.
Madison y su prometido, Noah, no eran la excepción; compartían una amistad cercana con el jefe de la comisaría.
Robert, el padre de Madison, no solo había sido sheriff de Cielo Alto y compañero de Alfie durante años en la comisaría, sino que habían forjado una amistad duradera.
—¡Pemberton, ven! —exclamó el sheriff.
Lucy Pemberton, con su cabello oscuro que enmarcaba su rostro de veinticuatro años, destacaba como una agente de policía incansable en su deber de proteger a los residentes de Cielo Alto.
A pesar de su modesta estatura, irradiaba un aura de valentía y pundonor que la catapultaba como la principal agente de la zona, capaz de abordar los desafíos con habilidad y convicción.
—Dime, sheriff —dijo la joven, acercándose a su superior.
Spinster posó su mano en el hombro de Lucy e, inclinando la cabeza hacia un lado, le indicó con sutileza que se alejara unos metros del cuerpo sin vida y de la multitud.
—¿Quién ha podido hacer algo así? —preguntó el sheriff, sin parar de darle vueltas en su cabeza.
Lucy se encogió de hombros y puso la mano en la espalda de Spinster.
—Sé que la apreciabas, pero tenemos que trabajar duro para dar con quien ha hecho esta salvajada —exclamó Lucy, mientras acariciaba de forma cordial el hombro del sheriff.
—Sí, por supuesto —aclaró Spinster—. Necesito pistas, datos, ADN… lo que sea que se pueda encontrar en el cuerpo de Madison.
—Se lo comunicaré a Sullivan, señor —respondió Lucy, mirando fijamente a su superior.
Al concluir la conversación y notar que el sheriff quedaba ensimismado, con la mirada perdida, la joven policía decidió alejarse y se encaminó hacia el forense para transmitirle la solicitud.
Mientras tanto, una mujer de unos treinta años, de cabello castaño, se abría paso entre la multitud y lograba aproximarse hasta el sheriff.
—¡Hola, sheriff! Beverly Cook, para Skyline Observer. ¿Qué se conoce sobre el asesinato de Madison Harris?
El sheriff dirigió su mirada a la periodista, pero optó por el silencio, limitándose a observar con sorpresa a los agentes de seguridad que habían permitido el acceso de la joven hasta él.
—¿Es cierto que podría tratarse de un caso de violencia de género? La gente del vecindario rumorea que Madison discutía con su pareja con frecuencia —insistió la periodista, tratando de sacar una exclusiva.
Alfie volvió a clavar su mirada en la periodista, esta vez con un gesto aún más severo.
—Si no te largas de aquí, te llevaré a la comisaría —gritó el sheriff, perdiendo totalmente la paciencia.
La joven reportera pareció dar marcha atrás tras la amenaza de Spinster, pero después de unos segundos de duda, volvió a la carga, justo cuando Lucy Pemberton se acercaba de nuevo junto al sheriff.
—Solo hago mi trabajo, sheriff. ¿Qué se sabe de Ethan Murphy? Se comenta que Madison y él pasaban mucho tiempo juntos…
El sheriff se acercó a Beverly Cook, le arrebató la grabadora y la tiró al suelo con furia. Luego, la tomó del brazo y la sacó de la escena con decisión.
—¡Esto es abuso policial! —gritó la periodista, forcejeando en un intento de liberarse del sheriff.
—Llevadla de vuelta a Cielo Alto. Dejadla en libertad, pero aseguraos de que no regrese por aquí —exclamó Spinster, harto del comportamiento de la joven. Después miró a Lucy, quien evitaba su mirada, lanzando la vista alrededor del bosque.
Dos agentes de policía agarraron a Beverly y la introdujeron en un coche, a pesar de sus intentos cada vez más débiles por escapar.
Una vez que se la llevaron, el sheriff regresó al lugar del crimen, donde Sullivan estaba recopilando muestras de ADN del cadáver de Madison, mientras que Pemberton se dirigió hacia la salida del vallado para abrir el acceso a la policía.
Alfie se quedó contemplando el cuerpo, absorto en sus pensamientos.
«¿Quién te ha hecho esto?» , pensó Alfie Spinster, entornando los ojos. «¿Quién diablos es Ethan Murphy?»
El sheriff volvió en sí de repente. Agitó la cabeza para despejarse y se ajustó el sombrero.
—Voy de regreso a la comisaría, Sully. Si necesitas algo, solo tienes que llamarme y vendré enseguida —dijo el sheriff al forense.
—Lo tendré en cuenta, pero tenemos un largo trabajo por delante. Quedan horas y horas de exhaustivo análisis — respondió el forense, mostrando signos de agobio.
Alfie asintió con la cabeza, se dio la vuelta y avanzó hasta su coche. Una vez dentro, arrancó y condujo lentamente de vuelta a Cielo Alto.
«¿Quién diablos es Ethan Murphy?»