¿Quién eres cuando nadie mira? Epílogo
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Epílogo

Una fiesta de disfraces… ¿Cómo había accedido a aquella ocurrencia?

Es cierto que Ángel seguía acudiendo a los eventos principales a los que ningún estudiante popular podría faltar, pero hasta cierto punto había reducido sus salidas nocturnas.

Aunque todavía era un eje central en la dinámica de su clase, en los últimos meses había perdido el interés en mantener aquella imagen de chico divertido y fiestero que nunca dice que no a un buen plan.

Tenía cosas más satisfactorias en las que entretenerse sin la necesidad de fingir y tragarse su desdén a cada instante.

Había sido Miguel quien se lo pidió y una vez más, no pudo negárselo.

Al parecer, Halloween era su fiesta favorita, siempre lo había sido, y estaba deseando compartir un poco de macabro desenfreno con él.

Noah se mostró entusiasmada ante la idea, por supuesto.

El garito al que irían montaba la fiesta del año, con música alternativa, concurso de disfraces “y aterradoras sorpresas que no querrían perderse”, según rezaba el anuncio.

A Ángel no le resultaba en absoluto llamativo, pero tras jugar un ratito con Miguel, hacerlo suplicar a sus pies y lograr que le permitiera utilizar su boca con tanta brusquedad como deseara mientras su amigo fingía no consentir a ello, el estudiante no tuvo más remedio que acceder.

Eso sí, sería él quien eligiera su disfraz.

Al principio había pensado en Pogo el Payaso, pero pronto lo descartó. Era demasiado elaborado y no creía que la mayoría de los asistentes fueran a captar la broma. No le apetecía poner tanto esfuerzo en un disfraz que solo iba a utilizar una noche, así que al final optó por la opción más simple.

Jeffrey Dahmer. La serie había sido un exitazo y trascurrido ya un año desde su estreno, ¿quién no la había visto aún?

Sería sutil, pero reconocible. La ropa era sencilla y no le costó demasiado encontrar las gafas perfectas.

Le sugirió a Miguel que se vistiera de Steven Hicks para ir conjuntados, aunque su amigo lo rechazó de malas formas.

Comentó entre dientes que la propuesta era de muy mal gusto, para enseguida añadir que no entendía cómo se atrevía a pedirle que se disfrazara de su víctima.

Seguro que había mejores alternativas para ellos.

Quizás Henry Lee Lucas y Ottis Toole habrían sido más apropiados para lo que Miguel parecía insinuar, pero arruinaría la diversión de ofender a unas cuantas personitas sensibles si nadie en la fiesta sabía de qué demonios iban vestidos.

Al final, Ángel se quedó con su idea inicial de ir de Dahmer y su amigo tiró por el clásico y aburrido camino de comprar un disfraz cutre de vampiro en un bazar. Lo importante no era cómo se vistieran, era el ambiente de la fiesta y eso iba a ser increíble. O al menos, eso aseguraba Miguel.

Ángel apartó estos pensamientos con un meneo de cabeza.

Ya lo tenía todo preparado, así que hasta el día siguiente no valía la pena darle más vueltas.

Todavía era día treinta y esa noche tenía asuntos más importantes en los que centrarse.

Abofeteó el rostro de Alicia con todas sus fuerzas, esperando que los gritos de la chica lo ayudaran a centrarse en el presente.

Después de la intensa sesión de latigazos se había quedado muy tranquila, ni siquiera se quejó cuando la descolgó del techo y la encadenó a la cama.

Ahora, yacía desnuda bajo su cuerpo y si no fuera por los rápidos movimientos de su pecho, cualquiera diría que estaba muerta.

El joven le apretó el cuello con una mano, mientras dirigía la otra a la entrepierna de Alicia y comenzaba a acariciar sus genitales.

La muy zorra era una luchadora, eso estaba claro.

Tanto, que aquel día en la mazmorra estuvo a punto de dejarla marchar.

Esa chica era una fuerza del caos y sería divertido que se mantuviera libre, haría la vida más entretenida para muchos.

Pero no para él y Ángel nunca se había considerado generoso.

Así que tras un intenso forcejeo el joven la había desarmado y estrangulado hasta que perdió la conciencia.

La tentación de llegar hasta el final fue poderosa y tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para resistirse.

Alicia se merecía algo mejor que eso. Se había ganado a pulso su atención y estaban en el lugar perfecto para poner en práctica las fantasías retorcidas con las que siempre había soñado.

¿Por qué acabarlo deprisa cuando tenía toda una vida para ello?

Por eso la había encadenado a la cama y se había marchado de vuelta con Miguel.

No la violó esa noche, habría sido demasiado precipitado.

Tampoco al día siguiente, ni al siguiente.

De hecho, al principio se planteó no volver jamás.

La dejaría allí atada, permitiría que se convirtiera en un objeto más de aquella habitación innombrable, cogiendo polvo y oculta del mundo.

Sin embargo, el cosquilleo en el fondo de su mente era poderoso y al tercer día se encaminó de vuelta al bosque.

No olvidó llevar con él algo de comida y agua fresca.

Si iba a divertirse con Alicia, la chica tendría que reponer fuerzas primero.

No tenía ninguna intención de matarla de hambre.

Habían sido unos meses intensos, tal vez los más extraños de su vida.

Poder disponer de Alicia a voluntad era sin duda magnífico y ayudaba a calmar al monstruo que anidaba en su interior.

La dosis justa de violencia para mantenerlo relajado y satisfecho, pero insuficiente para aplacarlo por completo.

Ángel la visitaba casi a diario, aunque con intenciones diversas.

En ocasiones, la torturaba durante horas, hasta que la chica le rogaba a gritos que la matara.

Otras, se limitaba a violarla un par de veces y se marchaba sin perder más tiempo.

Y de vez en cuando, ni siquiera la tocaba.

Se sentaba a su lado y hablaba largo rato con ella, la escuchaba, la consolaba y le mostraba una amabilidad y cercanía que devolvían un poco de esperanza a aquella criatura destrozada.

Era divertido ver cómo se le iluminaban los ojos al pensar en que tal vez, si conseguía de algún modo llegarle al corazón, lograra recuperar su libertad, solo para que esta ilusión se hiciera añicos al día siguiente, cuando Ángel decidía probar un nuevo juguete con ella, golpearla con más dureza que nunca o introducir toda clase de objetos humillantes en su interior.

Ya no había orificio en Alicia que no hubiera sido penetrado de las formas más brutales posibles ni partes de su cuerpo que no sufrieran magulladuras o experimentaran algún tipo de dolor en sus manos.

Y a pesar de ello, había días en los que la chica seguía luchando y resistiéndose con uñas y dientes o llegaba a creer que podría salir de allí con vida.

Era encantador a la par que patético y Ángel no podía evitar sentir que estaban hechos el uno para el otro.

Con frecuencia la estrangulaba hasta hacerle perder la conciencia y esperaba a que se despertara solo para hacerlo de nuevo.

Ansiaba el día en el que pudiera llegar hasta el final.

Cuán delicioso sería verla morir entre sus brazos, apretar hasta que sus ojos se apagaran y aquellos labios rotos exhalaran su último aliento.

Solo con pensar en ello la sangre fluía veloz hacia su entrepierna y sus dedos se crispaban anticipando el momento.

El único problema es que si lo hacía, perdería para siempre su juguete más preciado.

¿Y qué pasaría entonces? Ahora que había probado la miel, sería muy difícil renunciar a ella.

Tendría que encontrar otra chica, una a la que nadie fuera a echar en falta, lo bastante resistente y luchadora para convertirse en una buena sustituta.

No era sencillo y, en aquel momento de su vida, Ángel prefería ahorrarse el dolor de cabeza.

Por fortuna, puede que la solución hubiera llegado por sí misma.

El joven apartó la mano con la que estaba ahogando a Alicia y la deslizó sobre uno de sus senos.

La chica tosió, luchando por recuperar el aliento, y sus jadeos pronto se convirtieron en un grito cuando Ángel le pellizcó y retorció el pezón.

Su otra mano seguía ocupada estimulando el clítoris de la chica y sus ojos estudiaban cada gesto en el rostro de Alicia, fascinado por lo que producía aquella mezcla de dolor y placer indeseado.

—¿Por dónde deberíamos hacerlo hoy?

Su mano siguió bajando y acarició el vientre abultado de la joven. Era una puta fértil y precisamente en aquello podía encontrarse la respuesta a sus problemas. No había tardado ni dos meses en quedarse preñada y el avance de su embarazo era cada vez más obvio.

—¿Te la meto por el culo o intentamos llegar hasta el útero y mandarle algo de sustancia extra a tu bebé?

Tal y como esperaba, el comentario provocó un sollozo en Alicia, que cerró los ojos y se negó a responder.

Por alguna razón, las bromas sobre la criatura que llevaba en su vientre no le hacían ninguna gracia.

¿Es que acaso sentía algún tipo de cariño por el crío no nato?

¿Por qué? Era el resultado de su oprobio.

En todo caso, debería detestarlo. A veces las personas le resultaban imposibles de comprender.

En realidad, no importaba. No necesitaba entenderlo para aprovecharse de ello.

—Si es una niña —comentó Ángel con naturalidad, introduciendo un par de dedos en la vagina de la joven—, me encargaré de hacer que se sienta muy, muy bien, exactamente igual que su mamá.

¿Le enseñarás a ser una puta como tú? Puedes darle lecciones sobre cómo chuparla o cómo aguantar unos cuantos polvos seguidos.

¿Te correrás viendo como me la follo? Seguro que eso te pone, zorra.

Y cuando crezca lo suficiente… Bueno, tal vez pueda dejarte descansar un poco, ¿no crees? Te lo estás ganando.