¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 2141h
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15 de abril, 2023. 2141h

¿Dónde demonios estaban? Ya había pasado más de una hora desde que Ángel y Alicia se adentraron en el bosque y Miguel seguía sin tener señales de ellos.

Hacía rato que se había bajado del coche y ahora paseaba a grandes zancadas por el pequeño claro.

¿Debería llamar a su amigo? ¿Y si había ocurrido algo?

Después de lo lejos que habían llegado, sería un desastre que todo fuera a arruinarse justo ahora.

Miguel maldijo para sus adentros, ¿por qué había dejado que Ángel fuera solo?

Tendría que haberlo acompañado. Quizás no hubiera sido de mucha ayuda, pero al menos sabría qué estaba ocurriendo en lugar de esperar de nuevo sumido en la ignorancia.

Estaba harto de quedarse siempre en segundo plano, esperando a recibir órdenes.

Ángel tenía razón, ya era hora de que cogiera las riendas de su vida.

Miguel detuvo su paseo y arrugó la frente.

¿Sería eso lo que quería su amigo? ¿Estaba jugando con él?

Tal vez se encontrara cerca, agazapado en medio del bosque, esperando a que el joven tomara la iniciativa y se lanzara en su búsqueda.

De ser así, seguro que se reiría de él por haber tardado tanto.

Pero entonces, ¿qué pasaba con Alicia? No creía que la chica estuviera dispuesta a participar en aquello. No, no tenía sentido. Y aun así, estaba harto de esperar, por lo que tras echarle un último vistazo pensativo a su teléfono, se decidió a adentrarse en el bosque.

Apenas había dado un par de pasos hacia los árboles cuando su amigo hizo acto de presencia en la explanada. Miguel paró en seco y se quedó mirándolo durante un instante. La repentina aparición lo había dejado en blanco, pero enseguida comprendió qué era lo que no encajaba. Ángel había vuelto solo.

—¡Ya era hora! —exclamó, intentando disimular con su enfado el nerviosismo que empezaba a crecer en su interior—. ¿Qué os ha llevado tanto tiempo? ¿Y dónde está Alicia?

Tras sostenerle la mirada unos instantes, Ángel dejó escapar un sonoro suspiro.

—Es una larga historia. Te la contaré por el camino.

—No, prefiero que lo hagas ahora.

Miguel deseaba poder confiar en él, subirse al coche con total tranquilidad y escucharlo hablar sin dudar de sus palabras, sin miedo a que algo horrible hubiera ocurrido mientras esperaba.

Pero aquel no era el caso y a esas alturas Ángel debería comprenderlo.

Aun así, su amigo realizó una mueca ofendida ante su respuesta.

—¿En serio, Miguel?

El joven se mantuvo firme y Ángel no tuvo más remedio que comenzar a hablar.

—El sitio estaba más lejos de lo que pensaba, no ha sido fácil llegar y mucho menos volver. Y respecto a dónde está Alicia… Digamos que las cosas se han complicado y hemos tenido que separar antes nuestros caminos.

—¿Complicado? —Miguel se cruzó de brazos y arrugó la frente con obvia desconfianza—. Vas a tener que explicarte, porque me prometiste que si teníais cualquier problema me llamarías y eso no ha ocurrido.

—No ha sido ese tipo de complicación. A decir verdad, le hice a Alicia unas cuantas preguntas, tal vez me metí donde no me llamaban, lo admito. Pero sigo pensando que su reacción fue desproporcionada. No debería haber tratado de matarme a martillazos.

—¿Perdón?

Debía haberle entendido mal, porque aquello no tenía sentido. Eso, o su amigo le estaba gastando una broma pesada.

—Ya, déjame adivinar. Alicia no haría eso, si alguien aquí intentase matar a otro a martillazos sería Ángel. Es eso lo que estás pensando, ¿no? Pero mira esto, a ver qué te parece a ti.

Su amigo se acercó hasta situarse frente a él e inclinó la cabeza mientras se señalaba la sien derecha.

Miguel tuvo que acercar la linterna del móvil para entender a qué se refería.

El pelo en esa zona se encontraba apelmazado y tras apartarlo con cuidado el joven pudo ver la herida que rasgaba la carne y había provocado el sangrado.

—¡Joder! —exclamó sin poder contenerse—. ¿Va en serio?

—Totalmente.

—Pero ¿por qué?

—Alicia era un cebo. Atraía a otras chicas para la organización de David. También fue quien delató a Anna. Si no hubiera sido por ella, esa chica no habría muerto. Yo lo descubrí y… bueno, creo que entró en pánico.

Por un momento, Miguel se sintió mareado.

¿Qué se suponía que debía hacer con toda aquella información?

Alicia creía que Anna seguía viva. Se desesperó al ver su cuerpo y se puso furiosa al descubrir que había sido David.

Ella les había ayudado a encontrar pruebas contra la organización para la que Ángel aseguraba que estaba trabajando y también se arriesgó para esconder el cadáver de Anna.

¿Por qué tomarse todas esas molestias si formaba parte del juego desde el principio?

¿Y cómo se había enterado Ángel? En lugar de resolver sus dudas, solo estaba logrando generar otras nuevas.

—¿Cómo que lo descubriste? ¿Y por qué nos ayudó entonces? ¿Dónde está ahora? ¿Por qué quería ir al bosque? Ángel, ¿qué es lo que hay allí? ¿De dónde demonios sacó un martillo?

—Eh, tranquilo, relájate. Nada de eso importa, porque ya está todo arreglado.

El hecho de que su amigo pareciera divertirse con su confusión le produjo un ramalazo de furia, pero también reavivó su inquietud.

—¿Arreglado? ¿Cómo va a estar arreglado? ¿Qué es lo que has hecho, Ángel?

—¿Yo? Recibir todos los palos, como siempre.

—El estudiante meneó la cabeza y suspiró de nuevo, procediendo a explicarse con un tono que buscaba ser reconfortante—.

Había indicios, cosas que me hicieron sospechar de Alicia, no tiene sentido perderse en los detalles.

Yo expresé mis dudas y ella creyó que pretendía delatarla a la policía.

Por supuesto, nada más lejos de la realidad, ya sabes que no tengo ningún interés en mezclarme con las autoridades.

Ángel realizó una mueca de desagrado al mencionar aquello. Sí, no tenía que jurárselo, llevaba todo el día haciendo las locuras más retorcidas solo para evitar contactar con la policía, no creía que eso fuera a cambiar justo ahora.

—Ella no quería seguir con esto, Miguel —continuó el joven tras una breve pausa—.

Lo hizo para sobrevivir y delató a Anna porque ese cabrón de David le prometió que no la mataría.

Por eso nos ha estado ayudando, porque la traicionaron y ya no podía confiar en ellos.

El sitio al que fuimos… Es difícil describirlo, pero de ahí sacó el martillo.

Y también el dinero que tenía escondido, preparado para fugarse en cuanto pudiera.

Creo que con nuestra pequeña odisea en busca de justicia para Anna le hemos dado la oportunidad perfecta para desaparecer y no iba a echarla a perder, incluso si eso implicaba matarme a mí o a cualquier otro que se interpusiera en su camino.

—Y, sin embargo, tú sigues vivo.

—Sí, creo que eso es bastante obvio.

Miguel no iba a permitir que la ironía de su amigo le sirviera para evadir las implicaciones de su afirmación.

Hasta cierto punto podía comprender a Alicia.

Sí, era terrorífico pensar en las pobres chicas a las que había manipulado para arrastrarlas a aquella red de explotación y abusos, por no hablar de la forma en la que había condenado a muerte a Anna con su traición.

Pero tampoco era quién para juzgar. No conocía su historia, no podía siquiera imaginar la clase de horrores que debía haber vivido a una edad tan temprana para tomar un camino como ese.

Además, la propia Alicia había sido engañada por las personas para la que trabajaba.

Si hubiera sabido que pretendían matar a su amiga, tal vez no les habría dicho nada.

Y al final, se había arriesgado para ayudarlos.

Eso también contaba a su favor. Que estaba dispuesta a todo con tal de sobrevivir era algo que no debería sorprenderle, ya cuando entraron en su piso demostró esta predisposición al tratar de apuñalar a Ángel.

Y, no obstante, Alicia no estaba allí. Al contrario que su amigo, que se mantenía firme frente a él, sus ojos claros estudiando a Miguel con atención, como si esperara algún tipo de veredicto o señal por su parte.

—¿Qué es lo que has hecho?

Miguel repitió la pregunta, aunque en esta ocasión su tono se había vuelto gélido.

Tras su conversación en el coche, el estudiante sentía que habían llegado a una especie de acuerdo y ahora tenía la impresión de que Ángel no había tardado ni un día en quebrantarlo.

Para su sorpresa, más que la preocupación por lo que pudiera haberle pasado a Alicia, lo que le dolía de verdad era la sensación de traición y abandono que aquella idea le producía.

—La he dejado marchar.

No había rastro de vacilación en sus palabras.

Tampoco en su mirada, la cual Miguel sostuvo durante largo rato, buscando cualquier indicio que dejara adivinar la mentira tras su afirmación.

No lo encontró. Pero eso no significaba que no lo hubiera, ¿verdad?

Después de todo, Ángel ya le había demostrado de sobra su capacidad para engañarle.

—Ah, ya veo. No me crees. Supongo que era de esperar.

Me lo he ganado, ¿no? —Más que molesto, Ángel sonaba resignado—.

Muy bien, si quieres puedo llevarte al sitio al que he ido con ella.

No creo que nos perdamos, hay marcas en los árboles que indican el camino, Alicia me lo enseñó.

Es sutil, pero será suficiente. Vayamos allí y comprueba que no queda rastro de nadie.

Tampoco del dinero. Es la única forma que se me ocurre para convencerte. Si eso no te sirve…

El estudiante se encogió de hombros y Miguel apartó la vista.

¿Merecía la pena intentarlo? Si Ángel había matado a aquella chica y escondido el cadáver, no se lo mostraría.

Bastaba con que lo llevara a cualquier otro sitio y le hiciera creer que no había nada que ver.

Adentrarse en el bosque sería una pérdida de tiempo.

Y si su amigo de verdad se había mantenido fiel a su promesa y aun así, Miguel desconfiaba de él de forma tan obvia, era posible que lo ofendiera y aquella nueva relación que empezaba a florecer entre ellos nacería ya dañada desde el principio.

—Te creo —respondió por fin. O al menos, eso deseaba—. Entonces, ¿no volveremos a verla?

—No… —Ángel se giró hacia los árboles y su mirada se perdió en el horizonte, iluminada durante un momento por la nostalgia—. Lo cierto es que me gustaba. Tal vez haya cometido un error al dejarla marchar. Es una lástima, ¿no te parece? Podría haberse convertido en nuestra compañera de juegos.

Y por un instante, Miguel se sintió tentado de darle la razón.

Su mente voló a aquel momento tan solo unas horas antes, cuando Ángel había inmovilizado a Alicia y dejado asomar su lado más oscuro.

La forma en que su corazón se había acelerado al verlo y los anhelos indecibles que parecieron despertar entonces se agitaron de nuevo en su pecho al escuchar la propuesta velada en las palabras de su amigo.

Pero aquello era imposible. Por mucho que Ángel se esforzara en adornarlo y justificarlo, no podía permitir que se volviera real.

—No. Hiciste lo que había que hacer. No podía ser de otro modo.

Cómo desearía que no le temblara la voz al hablar.

Cuánto le gustaría recuperar la seguridad que alguna vez tuvo, los principios firmes y las ideas claras.

Porque en medio de su confusión, Miguel se dio cuenta de que ni él mismo creía sus propias palabras y que lo que sentía al jurarse que nunca cruzaría la línea no era alivio, sino decepción.

Tal vez solo fuera cuestión de tiempo que Ángel se saliera con la suya y el joven dejara de fingir incluso ante sí mismo.

Su amigo sonrió, como si aquella fuera la respuesta obvia que esperaba escuchar de él, pero a la cual no daba ninguna clase de crédito. Ángel era muy capaz de leer en su interior y no se dejaría engañar por palabras vacías.

—No te preocupes. Sé que no estás preparado. Por eso la he dejado marchar, no era tu momento. Hoy he malgastado una gran oportunidad, Miguel, espero que logres hacer que valga la pena.

¿Y cuándo llegaría su momento? ¿Hasta dónde pensaba llevar Ángel ese juego retorcido?

¿Qué era lo que esperaba de él? Ni siquiera sabía qué responder, así que se limitó a bajar la vista y permanecer en silencio.

Estaba tan cansado de luchar, contra sí mismo, contra la vida, contra el mundo…

Quizás había llegado la hora de cerrar los ojos y dejarse llevar.

Después de todo, la voz de Ángel era tan suave y sus labios sabían tan dulces…

¿Qué mal podía hacerle escucharlo y permitir que lo guiara?

—No le des más vueltas. Hoy ha sido un día demasiado largo. Tenemos tiempo, Migue, mucho tiempo. —Ángel le pasó un brazo por el hombro y comenzó a andar, dirigiéndolo hacia el coche—. Por ahora, tan solo nos queda volver a casa.