¿Quién eres cuando nadie mira? Epílogo #2
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Epílogo #2

Alicia seguía negándose a abrir los ojos, pero sus palabras produjeron el efecto deseado. Era evidente que le dolían y la aterraban a partes iguales. Sin previo aviso, Ángel sacó los dedos e introdujo su pene, para enseguida empezar a moverse en su interior a ritmo rápido.

—¿Crees que una recién nacida puede soportar esto o debería esperar un poco? Aunque me pondría cachondísimo tirármela mientras aún esta empapada de líquido amniótico. Seguro que se muere desangrada, pero bueno, no pasa nada, podemos hacer otra nueva, ¿no te parece?

Ante el persistente silencio de Alicia, Ángel volvió a abofetearla, el calor recorriendo todo su cuerpo y nublando sus sentidos.

—¿Se te han quitado las ganas de hablar, putita? No era así hace un rato. ¿Debería volver a coger el látigo?

—Por favor… —murmuró por fin la joven.

Ah, eso estaba mejor. Las súplicas siempre añadían un toque a sus sesiones. Le encantaba la impotencia que reflejaban los ojos de Alicia cuando los abrió para mirarle. Tan débil, tan triste, entregada por entero a él.

Lo cierto es que no hablaba en serio, solo estaba jugando con ella.

Al menos en gran parte. No tenía ningún interés en herir al bebé más allá del daño que eso causaría a su madre.

Un recién nacido era poco más que un animal, no tendría el entendimiento suficiente sobre su situación para que resultara divertido.

Sin embargo, si esperaba a que creciera y le resultaba de su gusto…

Entonces tendría un juguete nuevo con el que entretenerse y sí podría plantearse llevar a cabo su fantasía más profunda y matar a Alicia.

Aunque para llegar a ese punto harían falta años, ¿tendría bastante paciencia?

Ángel agarró el pelo de la chica y lo retorció con fuerza mientras la abofeteaba una y otra vez. A Alicia le sangraba la nariz y sus súplicas se habían convertido en gemidos estrangulados y palabras ininteligibles. Entonces una idea pasó por su mente.

¿Qué haría si se trataba de un niño? No se lo había planteado hasta entonces, pero por supuesto, era una opción posible.

Ángel arrugó la frente e inclinó la cabeza hasta el cuello de Alicia, para a continuación morderlo y perforar la piel con los dientes.

No se detuvo hasta que el sabor de la sangre le llenó la boca y envió escalofríos de placer por todo su cuerpo.

Quizás podría dárselo a Miguel. Su propio esclavo en miniatura, ¿no le agradaría eso?

Aquel pensamiento le hizo frenar el ritmo por un momento.

Había roto su promesa apenas unas horas después de hacerla, pero ¿qué opción tenía?

Jamás en su vida iba a volver a tener una oportunidad así, no podía desaprovecharla.

Y en cierto modo, había planeado que Alicia fuera su regalo para Miguel.

Cuando el chico estuviera preparado y Ángel hubiera decidido que era el momento de llegar hasta el final, le permitiría estar presente en el instante último de la joven.

Se trasformarían juntos, los tres. Ella alcanzaría el estado final de paz imperturbable y ellos serían aquello a lo que estaban destinados, dos hermosas bestias libres de límites y ataduras.

Los tres quedarían unidos por algo que nadie más era capaz de comprender y compartir.

Ya en los últimos meses su relación con Miguel se había vuelto cada vez más estrecha y ambos habían vivido intensos momentos de intimidad que lograrían hacer sonrojar hasta a los más atrevidos.

Miguel tenía un lado salvaje que Ángel adoraba incentivar y su atracción por el dolor, la violencia y la sumisión lo convertían en la pareja de juegos perfecta.

El joven lo miraba con adoración casi divina y disfrutaba humillándose a sus pies y cumpliendo hasta las órdenes más retorcidas, mientras que Ángel se divertía pidiéndole que fingiera no consentir y que mostrara resistencia y desprecio, en una perfecta actuación que reproducía la única clase de sexo que lograba despertar algo en él.

Podría haber sido todo lo que necesitaba, haberse conformado con aquello, las escenas y juegos fingidos, pero ese era el problema.

No eran reales y no bastaban para satisfacer sus deseos.

Resultaba placentero, le unía más a Miguel y no renunciaría a ello por nada del mundo.

Y aun así, no lograba sentirse completo.

Cuando torturaba a Alicia estaba cerca de conseguirlo, al menos un poco más, pero nunca llegaba al punto álgido que le permitiría liberar la tensión reprimida y llenar su vacío interior.

Para eso tenía que dar el último paso y le encantaría hacerlo junto a Miguel.

Solo tenía que lograr que le perdonara su pequeña traición y aceptara el regalo que pretendía ofrecerle.

No aceptaría a un niño, Ángel comprendió en ese instante.

Sin poder evitar un cierto sentimiento de rabia, el joven rodeó la garganta de Alicia con ambas manos y comenzó a apretar mientras aceleraba el ritmo.

Miguel no quería abusar y dominar a otros.

Quería admirar a Ángel en su estado natural.

Era a él a quien deseaba, no a la criatura inocente que pudiera parir esa zorra.

Un niño sería inútil, a no ser que lo convirtiera en una herramienta más para torturar a su madre, claro.

—Podemos hacer cosas divertidas también si es un niño, ¿verdad? Seguro que le encanta follarse a mamá. ¿Te gustaría montarte un trío con tu bebé?

Alicia no respondió, por supuesto. Aunque quisiera, no podría, la presión en su garganta se lo impedía.

En su lugar, se dedicó a retorcerse y boquear.

Los movimientos bruscos no hacían más que excitar a Ángel y la falta de oxígeno provocaba que los músculos de Alicia se contrajeran, apretándose cálidamente contra su pene.

El joven no tardó mucho más en terminar, liberando su placer en el interior de la chica e imaginando a un tiempo cómo Alicia moría en sus manos en ese mismo instante.

Y entonces la soltó y salió de ella. No, todavía no. Solo tenía que aguantar un poco más. Aquel momento necesitaba ser perfecto, nunca iba a tener una oportunidad igual. Y para ello, aún faltaban muchos elementos en el tablero de juego.

—Oh, Alicia, que chica tan dulce.

Ángel volvió a acariciarle el vientre, esta vez con una suavidad que estaba lejos de ser fingida.

Y durante un rato, las preocupaciones mundanas se evaporaron.

La universidad, el trabajo, su hermana, su madre, su padrastro, los recuerdos del pasado, el dolor, la humillación, la rabia, el deseo, el vacío e incluso Miguel, todo quedó borrado de su mente, que imbuida por las hormonas recién liberadas en su orgasmo parecía flotar en una nube de calma y certezas.

Su futuro era brillante, ahora lo veía claro.

Tenía casi todo lo que necesitaba en su vida, tanto para mantener su perfecta imagen como para alcanzar los anhelos que siempre se había prohibido.

Se convertiría en el cirujano que soñaba con ser, lograría que otra persona en aquel mundo desalmado lo entendiera y aceptara en su totalidad y su monstruo y él por fin se fundirían en un ente único, como en el fondo siempre habían sido.

Solo le faltaba una cosa. Un único y pequeño detalle.

Ángel besó el vientre de Alicia con cariño, una sonrisa dibujándose en su rostro.

—Ojalá seas una niña.