¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 2018h #2
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15 de abril, 2023. 2018h #2

—Oh, vamos, Alicia, no me jodas. Haz honor a tu nombre y di la verdad por una vez en tu vida.

Yo he probado a hacerlo hoy y no es tan malo como parece, te lo prometo.

Por eso estamos aquí, ¿no? Has venido a recoger el dinero extra que te ganaste vendiéndole niñas a esos cabrones.

—Ángel dio varios golpes en el suelo con el talón—.

Adelante, cógelo. Has trabajado duro para conseguirlo.

El suelo era de madera, lo había notado nada más entrar.

La propia Alicia le había dicho que usaban falsos suelos para ocultar dinero, así que era fácil imaginar dónde estaba lo que habían ido a buscar.

A no ser que la chica quisiera llevarse algún instrumento de tortura al que le tuviera especial apego, pero estaba bastante seguro de que ese no era el caso.

¿Qué sería aquel sitio? Forzar a jóvenes a prostituirse, traficar con ellas, convertirlas en esclavas sexuales…

Ese lugar iba un paso más allá. ¿Sería donde acudían los clientes con gustos más refinados?

¿Los que necesitaban de una atención personalizada, un poquito más única?

El joven volvió a echar un vistazo alrededor.

No, no era eso, lo que sea que solía ocurrir en aquel lugar era mucho peor.

Ese era un sitio para el encierro y el tormento real, no para juegos simulados destinados al placer.

Allí se buscaba la destrucción absoluta del espíritu, a veces incluso la extinción de la vida.

No sabría decir por qué estaba tan seguro de ello, tal vez fuera por el ambiente lúgubre, por lo recóndito del lugar o por la expresión entre aterrada y culposa de Alicia, pero algo le decía a gritos que estaba en un cuarto sacralizado por el sufrimiento humano más profundo y cada poro de su piel se erizaba ante esa idea.

Aunque fuera imposible, el eco de gritos lejanos resonaba en sus oídos y el sabor metálico de la sangre llenaba sus papilas y le invitaba con su dulce melodía a unirse a aquel coro y contribuir con su propia obra.

El joven cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire, dejándose embriagar por el ambiente mientras Alicia se agachaba y quitaba varios tablones del suelo.

La chica seguía negándose a hablar, pero al menos parecía haber superado el desconcierto inicial y estaba dispuesta a terminar lo que había empezado.

Ángel sabía que tenía razón, no necesitaba que se lo confirmara.

Lo había notado desde el principio. Al igual que él, Alicia no era lo que pretendía aparentar.

Tenía la confianza de los cabecillas porque se había convertido en una más entre ellos.

Les traía chicas nuevas a las que utilizar y a cambio recibía un trato preferente.

No creía que hubiera mentido cuando dijo que aquel lugar ya no se utilizaba, por la cantidad de polvo debía llevar vacío mucho tiempo.

Quizás encontraran una zona mejor o cambiaron de estrategia.

Debía haber formas más sencillas de doblegar el espíritu de unas jóvenes esclavas.

Sin embargo, Alicia tenía las llaves. ¿Cómo iba a pasar eso por alto?

Si fuera una chica más, no tendría forma de acceder a ese sitio, no habría tenido la seguridad suficiente como para esconder allí su dinero.

Claro que no. Estaba entre los peces gordos, como la pesada bolsa deportiva que acababa de sacar del agujero en el suelo evidenciaba.

Llena de billetes, sin duda. Billetes manchados de la sangre de aquellas chicas que cometieron el error de confiar en ella.

Ángel se levantó y se acercó de nuevo al armario, con expresión pensativa.

Había una cosa que llevaba molestándolo desde que había leído la conversación desesperada entre Anna y Alicia.

Algo que no le encajaba hasta ahora y que de pronto empezaba a cobrar sentido.

Estaba acariciando el mango de un látigo de nueve colas cuando decidió romper el silencio.

—Fuiste tú, ¿verdad?

—¿Qué?

La voz de la chica sonó a sus espaldas y a Ángel se le escapó una sonrisa. Ah, así que recordaba cómo hablar. Empezaba a creer que se había quedado muda.

—Anna. Tú le dijiste a David dónde estaba.

Sabes, cuando leí vuestros mensajes, no acababa de entender por qué tanta insistencia en saber su localización.

Ella no paraba de repetir lo asustada que estaba y tú solo querías saber dónde se había escondido.

—Sus palabras sonaron distraídas mientras sus dedos se dirigían a una de las varas de madera.

Tenía un tacto firme, duro, debía hacer un silbido maravilloso al blandirla en el aire—.

Ahora lo entiendo —continuó con calma—. ¿Aunque no es eso caer demasiado bajo?

Una cosa es vender a unas cuantas chicas desconocidas y otra a tu amiga.

Está claro que Anna confiaba en ti, lo suficiente para escucharte y esperar.

Supongo que ese fue su error, ¿no? Fiarse de una zorra como tú…

Ángel había comenzado a girarse hacia Alicia mientras hablaba, pero antes de que terminara, un dolor repentino estalló en su sien derecha y se extendió por su cráneo, provocando que se tambaleara y terminara cayendo al suelo con un gemido quedo.

Por un momento la vista se le nubló y el joven llegó a creer que se desmayaría, sin embargo, luchó por mantenerse consciente.

Todavía algo aturdido, se llevó una mano a la zona dolorida y un líquido cálido empapó sus dedos. Entonces su mirada confusa se alzó hacia Alicia, que se encontraba de pie ante él, con expresión firme y un martillo en la mano.

—¿Qué coño? ¿Me has pegado con un jodido martillo?

Sin mediar respuesta, Alicia saltó de nuevo sobre él, dejando escapar un grito de rabia y dirigiendo el arma una vez más contra su cabeza.

Por suerte, esta vez Ángel estaba preparado y rodó para esquivarlo, antes de ponerse en pie de un salto.

El movimiento fue demasiado brusco y no puedo evitar marearse, pero enseguida se repuso, la adrenalina haciendo su trabajo y manteniéndolo firme en su lugar.

Sus ojos lanzaban chispas, en una mezcla de furia y diversión.

¿A cuento de que venía aquello? ¿Debería lanzarse sobre ella?

¿Quitarle el martillo y enseñarle una lección? Estaban en el lugar idóneo para ello.

Durante un instante ambos se mantuvieron inmóviles, estudiándose mutuamente, tensos y listos para atacar ante el más mínimo gesto sospechoso del contrario. El silencio comenzó a volverse denso, asfixiante, los dedos de Ángel se crispaban por cuenta propia y su cuerpo le pedía a gritos acción.

Y de pronto, Alicia rompió a llorar.

—¡¡Yo no quería que Anna muriera!!

Si el ataque con el martillo le había sorprendido, aquella repentina explosión de emoción terminó de dejarlo perplejo. La chica temblaba de pies a cabeza y la rabia que hasta hacía un momento la dominaba se había transformado en la más pura de las desesperaciones.

—¿Qué…

Pero no pudo terminar la pregunta, ya que Alicia comenzó a hablar deprisa, las palabras brotando de su boca como si el dique que las había estado conteniendo acabara de hacerse a añicos.

—¡Me prometió que no la mataría! —La joven comenzó a dar vueltas por la habitación, evidenciando su angustia con cada paso—.

Las cosas por fin me iban bien. Casi todo mi trabajo consistía en traer nuevas chicas, las pocas veces que me acostaba con alguien, yo elegía a mis clientes.

Confiaban en mí, podía ir donde quisiera y estaba ganando mucho dinero. El suficiente para ahorrar.

Alicia frenó en seco y le lanzó una mirada melancólica a la bolsa deportiva antes de girarse hacia Ángel.

—Iba a largarme, solo necesitaba un poco de tiempo.

Me iría de aquí y dejaría toda esta mierda atrás.

Pero Anna entró en pánico, estaba a punto de arruinarlo todo.

¿Qué podía hacer? David sabía que era mi amiga y no dejaba de preguntarme dónde había ido.

No podía permitirme perder su confianza, tenía que demostrarle que estaba de su parte.

Ese cabrón me juró que la traería de vuelta y me dejaría hablar con ella para hacerla entrar en razón, que no iba a hacerle daño, al menos no más del necesario, y que bajo ninguna circunstancia moriría…

Pensé que las cosas se arreglarían… Hasta que tú y tu amigo decidisteis terminar de joderlo todo.

Ángel estaba escuchando a Alicia con aire distraído, más preocupado por la herida de su cabeza que no dejaba de sangrar.

¿Necesitaría puntos? No le apetecía nada tener que ir al hospital, el día ya se le estaba haciendo demasiado largo.

No obstante, aquella última frase atrajo de nuevo su atención y lo llevó a alzar las cejas con ironía.

—Ah, así que la culpa es nuestra. ¿Y cuál era el plan, entonces? ¿Matarme y largarte con el dinero? ¿Por eso el numerito con el martillo?

—¡Tú insististe en seguirme! —El tono de la chica no dejaba de ascender ante la angustia que la embargaba—.

Cuando vi el cuerpo de Anna… De verdad quería matar a David, pero sé que es imposible.

Y tampoco podía quedarme allí. ¿Cómo confiar en él?

Yo podría ser la próxima. Me parecía bien que lo delatarais y mandarais todo a la mierda, os he estado ayudando, ¿no?

¡Incluso cuando me seguiste hasta aquí, nunca se me había pasado por la cabeza matarte!

Hasta que has empezado a decir todas esas cosas…

El joven arrugó la frente y realizó un repaso rápido a la conversación que acababan de mantener, siendo incapaz de comprender qué había desencadenado esa reacción tan agresiva en Alicia si ella no planeaba hacerle daño desde el principio.