¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 2018h
94%

15 de abril, 2023. 2018h

Alicia estaba furiosa, no hacía falta ser muy perceptivo para notarlo.

No lo quería allí, no lo había querido desde que dejaron el piso de Buenos Aires, y si no supiera que Ángel era más que capaz de alcanzarla, ya habría echado a correr hacía un rato.

Sin embargo, fue ella la que volvió al coche cuando.

Si tantas ganas tenía de perderlos de vista, ¿por qué lo hizo?

No habría sido necesario, ya no había nada que decir.

Ángel había dejado claras cuáles eran sus intenciones respecto a las pruebas y tampoco creía que Miguel le cayera tan simpático para necesitar despedirse de él antes de desaparecer.

Bien, quizás quería compartir que todo seguía bien y que Gregori no había notado nada.

Y ya que estaban allí, ¿qué más daba si Ángel la acompañaba hasta el final?

¿Qué se estaba esforzando tanto en ocultar?

El paseo por el bosque fue más largo de lo que Alicia había prometido y la oscuridad creciente le obligó a encender la linterna del móvil para poder moverse entre los árboles.

La chica mostraba una gran certeza en su camino, dejando ver que no era la primera vez que lo recorría, a pesar de que no estaban siguiendo ningún sendero.

Había marcas en algunos troncos, comprendió Ángel cuando ya estaban cerca de su destino.

Unas pequeñas cruces que ningún caminante distraído habría notado.

Pero el joven no era nada de eso y cuando Alicia se detuvo por un momento y sus ojos buscaron algo con avidez en los árboles, Ángel no tardó en darse cuenta de la realidad tras su buena orientación.

Estaban siguiendo un camino marcado, pero ¿a dónde?

En apariencia a ningún sitio, ya que cuando Alicia volvió a pararse, no fue capaz de ver nada especial en el lugar.

Solo árboles y tierra, un trozo más de bosque que no destacaba entre el resto.

¿Se habrían perdido? ¿Estaban siguiendo el rastro incorrecto?

¿O es que Alicia estaba jugando con él? Antes de que pudiera decir nada, la joven se agachó y empezó a apartar la maleza.

Ángel la observó en silencio y un brillo de curiosidad encendió su mirada cuando una trampilla de madera apareció ante ellos.

—Os gusta ocultar cosas en el suelo, ¿eh?

La chica lo ignoró, por supuesto. Sin volverse hacia él, sacó una llave del bolsillo y abrió el candado metálico que mantenía ocultos los secretos que guardaran allí abajo.

Abajo, sí, hacía ahí iban las viejas escaleras que aparecieron al apartar la trampilla.

—¿Estás de coña? ¿Un túnel en medio del bosque? ¿De qué va este rollo?

—No tienes que venir si te da miedo —comentó Alicia con desdén mientras guardaba el candado y la llave en el bolsillo—. Puedes montar guardia aquí arriba.

¿Miedo? Ángel a duras penas era capaz de ocultar su excitación ante lo que podría encontrarse allí abajo. Ya bastante difícil se le hacía no lanzarse de cabeza hacia los misterios de aquella oscuridad como para encima quedarse arriba esperando.

—No seas ridícula, ¿cómo voy a dejar que entres sola en la boca del lobo? —Y con un amplio gesto de mano, Ángel señaló el túnel ante ellos—. Por favor, las damas primero.

Por muy emocionado que estuviera, no pensaba entrar y dejar a Alicia atrás, con aquel candado tan tentador en sus manos. No era tan estúpido como para eso.

—No hay damas aquí —escupió Alicia, que comenzó a bajar las escaleras a pesar de sus palabras—. Ni tampoco caballeros.

—Supongo que no.

Y con una amplia sonrisa, Ángel echó a andar tras ella.

La madera crujía a cada paso con un sonido un tanto amenazador.

¿Cuántos años tendría esa construcción? No creía que fuera una obra del grupito de David.

Tal vez se trataba de un viejo túnel creado con otros fines y abandonado hacía años al que aquellos mafiosos habían comenzado a dar un nuevo uso.

De un modo u otro, les iría bien renovarlo, la bajada no parecía demasiado segura.

El pasillo al que desembocaban las escaleras no era mucho mejor y la oscuridad seguía reinando en él.

Largo, estrecho, con paredes de cemento y madera y suelo de tierra.

Ángel lo estudiaba todo con atención, dirigiendo la luz de su linterna a uno y otro lado sin dejar de preguntarse qué encontraría al final.

La infinidad de posibilidades que cruzaba por su mente estaba despertando un conocido cosquilleo en la boca del estómago y la punta de sus dedos.

Alicia caminaba en silencio frente a él, tan pequeña, tan frágil, tan vulnerable…

Nadie escucharía sus gritos allí abajo. Nadie la encontraría si no volvía a salir.

El joven apartó aquel pensamiento con una mueca.

Ese no era el motivo por el que estaba ahí.

Ya bastantes problemas habían tenido ese día por culpa de sus retorcidos instintos, no era el momento de dejarse llevar.

Si Alicia no regresaba con él, Miguel haría preguntas y todavía no estaba listo para escuchar las respuestas.

Necesitaba más tiempo y Ángel le había prometido que esperaría.

Por una vez en su vida, le gustaría ser capaz de cumplir su palabra.

No era un salvaje, se lo había repetido una y otra vez.

Podía controlar sus impulsos, dominarlos y alzarse sobre ellos.

Convertirlos en una ventaja a su favor, no un yugo que lo sometiera.

Una puerta, eso es lo que había al final del pasillo. Una puerta metálica, gruesa y para la que Alicia también tenía la llave. Qué chica tan interesante, pensó Ángel con cierto deleite mientras la observaba abrir la cerradura. Empezaba a parecerle que de verdad merecía la pena conocerla.

Cruzaron el umbral y Alicia presionó un interruptor, permitiendo que una solitaria bombilla iluminara la amplia sala. Solo entonces Ángel comenzó a entender por qué la joven no quería que la acompañaran y se seguía mostrando tan inquieta por su presencia.

—Joder… Me dijiste que te llamabas Alicia, pero no sabía que ibas a traerme al País de las Maravillas.

El estudiante se adentró en la habitación mirando a su alrededor con expresión extasiada.

Tanto que hasta llegó a olvidar la desconfianza hacia Alicia y las razones que lo habían empujado a aquel lugar.

Se trataba de una habitación con paredes de hormigón, abarrotada de toda clase de objetos que arrancarían un estremecimiento hasta a las almas más osadas.

En el lado izquierdo había una cama, adornada por un cabecero de rejas al que se unían un par de grilletes.

A los pies de esta, había una estructura similar, también acompañada de sus correspondientes grilletes.

Al fondo de la estancia, se podía ver una jaula que en principio parecía diseñada para perros, aunque también podría albergar a un ser humano sentado o a cuatro patas.

A su derecha, Ángel vio una mesa a la que no tardó en acercarse.

Toda clase de herramientas descansaban sobre ella, desde martillos a sierras de diversos tamaños, pasando por alicates, cuchillos, agujas y hasta pistolas táser y otros elementos diseñados para dar descargas eléctricas.

Sus dedos se pasearon por aquellos objetos, totalmente abstraído en su contemplación.

Pero eso no era todo. A lo largo del techo había múltiples barras, con agarres a distintos niveles para cadenas y grilletes.

Ángel no tardó en encontrarlos, en un armario situado junto a la jaula.

Allí también había más cosas. Látigos de diversos tipos, varas de madera, juguetes sexuales de tamaños muy variados e incluso objetos que a primera vista no sabía identificar, pero que de tener la oportunidad le encantaría poner en uso.

Al lado del armario había un cepo de madera al más puro estilo medieval, que podía trasladarse y fijarse al suelo en distintas zonas.

Lo mismo pasaba con la cruz de San Andrés que encontró junto a la cama.

A parte de la entrada, solo había otra puerta en la habitación, que conducía a un pequeño cuarto de baño, compuesto por un inodoro y un plato de ducha sin mampara. Allí había varios cubos y baldes que le dieron a Ángel una idea muy clara de para qué se habían utilizado.

Sin poder contener su emoción, se giró hacia Alicia, sus ojos brillando con una alegría nunca antes vista.

—Esto es el sueño húmedo de cualquier asesino en serie. ¿Pensabas guardártelo para ti solita?

La chica lo estaba mirando con una mezcla de asco y miedo. Era obvio que lo despreciaba por su reacción al encontrarse con aquella pequeña mazmorra de tortura, pero Ángel estaba demasiado emocionado para darle importancia.

—¿Es aquí donde traías a las chicas nuevas cuando las camelabas? ¿Así es como te ganaste su confianza?

Ah, ahora sí que estaba asustada, no había lugar a dudas. La forma en que sus músculos se habían contraído y sus pupilas se estaban dilatando… Ángel casi podía olerlo.

—¿De qué coño hablas?

El enfado solo era una defensa ante la verdad que no quería revelar.

Pero ya habían jugado bastante, iba siendo hora de poner las cartas sobre la mesa.

El joven se acercó hasta Alicia, que se mantuvo firme en su sitio a pesar del pánico creciente.

Aunque trataba de ocultarlo, ahora que la veía de cerca Ángel se dio cuenta de que estaba temblando.

—¿Crees que no me he dado cuenta? Tú eras el cebo, ¿verdad?

—Cogió a la chica por la barbilla y la obligó a alzar la cabeza hacia él.

Ángel estudio su rostro con atención antes de soltarla y dejar escapar un suspiro afectado—.

Con esa carita de inocente, no me extraña que te siguieran.

Solo tenías que buscar a alguna cría vulnerable, hacerte pasar por su amiguita, contarle cuatro mentiras y ¡ya está! Carne nueva para el negocio.

Con un par de zancadas, Ángel llegó hasta la cama y se sentó en el borde, sin apartar los ojos de Alicia. Su expresión era amable y su tono más curioso que acusador.

—¿Cuánto te pagaban por cada chica?

—No… No sé de qué me hablas…