15 de abril, 2023. 1850h #3
Ángel tenía la vista clavada en los árboles cuando habló.
Por su expresión, parecía muy intrigado por los secretos que ocultaba el lugar.
Miguel, por su parte, no tenía ningún tipo de interés en saber lo que había más allá.
Apoyado contra el coche y de brazos cruzados, escuchaba en silencio la conversación que mantenían los otros dos jóvenes.
—El sitio al que voy está oculto y alejado de los senderos principales. Y la gente de David no viene aquí nunca. Ya no. Podéis marcharos, cogeré mis cosas y me iré.
—¿Y dejarte aquí tirada, en medio de la nada? ¿No quieres que cuando acabes te llevemos por lo menos a la estación de autobuses o algo así?
El tono de Ángel era irónico, aunque Miguel no acababa de entender por qué. Lo que había dicho tenía mucho sentido. La chica cambió el peso de un pie a otro y al final asintió con un suspiro.
—Está bien, podéis esperar aquí, no tardaré.
—Vale.
A Miguel le sorprendió la rapidez con la que su amigo había aceptado la propuesta. Con toda la curiosidad que sentía, ¿se iba a rendir tan fácilmente? Pero cuando el joven caminó hasta situarse junto a Alicia, se dio cuenta de que no iba a ser así.
—Miguel esperará aquí con el coche. Al fin y al cabo, todavía tiene las pruebas, no podemos arriesgarnos a que lo pillen. Pero yo iré contigo. Quizás creas que estás a salvo, que esos tipos no andarán por aquí hoy… Yo no me fío y no voy a dejarte sola.
—Oye, Ángel, ¿por qué tengo que esperar yo? —se apresuró a intervenir Miguel, lanzándole una mirada de advertencia a su amigo.
Lo que de verdad quería preguntarle era qué se traía entre manos y si era lo bastante malo para querer dejarlo atrás. Sin embargo, Ángel meneó la cabeza y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
«Esta vez no», parecían decir sus ojos. «Esperaré a que estés preparado».
Al menos, eso quiso entender Miguel. Aun así, Alicia no parecía muy convencida.
—No necesito ningún guardaespaldas. Nunca lo he necesitado.
—Y mira cómo te ha ido hasta ahora…
Un destello de furia encendió los ojos grises de la chica, que por un momento pareció a punto de abofetear a Ángel. Miguel no la culparía, con aquel comentario cargado de condescendencia su amigo se lo había ganado a pulso.
—¿Qué coño sabes tú, capullo? —Entonces su mirada se volvió hacia Miguel—. Si tengo que ir con alguien, prefiero que sea con él.
—Oh, vaya, eso duele —se rio Ángel, que no parecía en absoluto dolido—.
¿Pero de qué te serviría? Mi querido amigo no es lo que se dice un atleta, ni mucho menos un luchador.
Si tuvierais que enfrentaros a alguien, creo que tú le darías mil vueltas en cuanto a capacidad defensiva se refiere. Sin ánimo de ofender, Miguel.
El aludido entornó los ojos, aunque no intentó negarlo. Ángel tenía razón. La fuerza física no era su especialidad. Su amigo, en cambio, boxeaba desde hacía muchos años y se encontraba en buena forma. Tenía mucho más sentido que acompañara él a Alicia.
—Esto es lo que haremos —continuó Ángel ante la falta de respuesta—.
Yo voy contigo, cogemos tus cosas y volvemos aquí cagando leches.
Miguel, tú vigilas la zona y en cuanto notes algo sospechoso, me llamas para que regresemos.
No vamos a arriesgarnos a que nos pillen, ¿de acuerdo? ¿Estamos cerca del sitio?
—Sí… —reconoció Alicia a regañadientes.
—Entonces no creo que tardemos demasiado. ¿Serás nuestro guardián, Miguel?
—¿Acaso tengo otra opción?
—Por supuesto que sí. Aunque claro, no sería la correcta.
¿Desde cuándo a Ángel le importaba lo que era correcto y lo que no? Miguel hizo una mueca antes de asentir.
—Pero daros prisa, ¿vale? Este día ha sido una locura y quiero que termine cuanto antes.
—En eso estamos todos de acuerdo —escupió Alicia en murmullo de frustración.
Y sin esperar respuesta, la joven echó a andar hacia el interior del bosque. Estaba claro que no le hacía ninguna gracia la situación, pero tampoco tenía argumentos de peso para rechazar la ayuda que le ofrecían sin que la hiciera resultar sospechosa.
Sospechosa… ¿Era eso lo que impulsaba a Ángel?
¿Todavía desconfiaba de ella, a pesar de lo lejos que habían llegado juntos?
Su amigo le dedicó una última sonrisa y se despidió con un gesto de cabeza antes de seguir a Alicia entre la maleza, despareciendo enseguida de su vista.
Miguel no tardó en volver a entrar en el coche, un sentimiento aciago creciendo en su pecho a pesar de sus esfuerzos por reprimirlo.
La noche estaba comenzando a caer y la oscuridad creciente en medio de la quietud de la naturaleza no ayudaba demasiado a su causa.
¿Estaba Ángel diciendo la verdad? No creía que quisiera proteger a Alicia, pero por lo menos ¿era cierto que no planeaba hacerle daño, que solo la estaba siguiendo por mera curiosidad o desconfianza?
Por mucho que le hubiera prometido que iba a esperarle y que se tomarían las cosas con calma, a Miguel todavía le costaba mucho creerlo.
Y, a medida que pasaba el tiempo imbuido en su soledad, el joven tenía más y más dudas sobre si de verdad había hecho lo correcto al dejarlos marchar.