¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1758h #2
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15 de abril, 2023. 1758h #2

Y eso es lo que hizo. Permaneció en silencio durante todo su relato, soportando con paciencia las pausas en las que Miguel se esforzaba por recomponerse, el temblor en su voz, los ojos llorosos, la vergüenza y la rabia entremezclados en su tono y la dificultad para darle forma en palabras a todos los abusos vividos.

Escuchó con atención cómo hablaba de su en apariencia perfecto hermano, de la elegancia, los modales, la fuerza y la inteligencia de Abel, del amor que recibía de sus padres y que le fue negado al más joven, de su aislamiento, de las torturas, las mentiras y la humillación.

Miguel no se ahorró detalles, ni siquiera de las partes más sucias y escabrosas, y Ángel no pudo evitar un sentimiento de agitación en su interior al imaginarlo.

Cuán delicioso habría sido ocupar el puesto de Abel, tener a alguien tan exquisito solo para sí mismo, tan dulce, tan vulnerable, tan fácil de romper y moldear…

Cuántas cosas podría haber hecho con el joven Miguel si hubiera estado en sus manos.

Tuvo que hacer un esfuerzo para no dejarse llevar por esa línea de pensamientos antes de que su cuerpo empezara a dar señales de una excitación nada acorde con las emociones que su amigo pretendía trasmitirle.

Sin embargo, no trató de mostrarse apenado o dolido por lo ocurrido en la infancia de Miguel.

No era eso lo que quería para ellos. Cuando llegó a su casa esa mañana, se había quitado la máscara de normalidad con la que llevaba conviviendo toda su vida y se había mostrado por entero ante él.

No pensaba dar marcha atrás ahora. Al igual que Miguel le estaba desnudando su alma, Ángel le dejaría conocer lo que solo el espejo había podido vislumbrar.

No tenía razones claras para ello, pero su instinto se lo exigía y el joven no iba a hacer nada para impedirlo.

Por eso su mirada atenta no dio muestra alguna de emoción, su expresión se mantuvo imperturbable ante el horror, ni siquiera un gesto de extrañeza logró asomarse en él cuando Miguel comenzó a disertar sobre lo complejo de sus sentimientos por Abel, como lo odiaba y amaba a un tiempo, como aquel joven despiadado se convirtió en el dios en torno al que giraba todo su mundo y como su vida sin él parecía carecer de sentido.

Habló de la amiga del conservatorio, de su violín hecho añicos y de aquella moto que se convirtió en su venganza.

Y las lágrimas escaparon de sus ojos cuando confesó lo que consideraba el peor de sus pecados.

Se había alegrado de la muerte de su hermano.

Y podría tolerar aquello, le resultaría comprensible, si fuera capaz de odiarlo.

Pero al mismo tiempo que se alegraba, se sentía perdido, roto, débil y culpable.

Desearía haberse sentido aliviado, haber abrazado la libertad recién adquirida, en lugar de seguir siendo el mismo perdedor patético de siempre.

O tal vez que el dolor y la culpa lo consumieran hasta hacerlo desaparecer, confesar y arrepentirse de veras.

No obstante, su situación era peor. Lo sentía toda a la vez, emociones contradictorias, un mar de imposibles que le ahogaba y le impedía salir del agujero en el que Abel le había enterrado.

Miguel seguía siendo ese niño temeroso y dócil que jamás había conocido el amor de los otros.

Solo entonces Ángel se dio cuenta de que aquello era más de lo que lograba comprender.

¿De verdad un ser humano podía sentir todas esas cosas al mismo tiempo?

Sonaba agotador. Conocía todas las palabras que Miguel estaba usando, pero cuando trataba de darles un sentido conjunto, su organizador central fallaba y aquellas emociones se convertían en un caos lingüístico imposible de desentrañar.

Ángel estaba acostumbrado a funcionar en una sintonía distinta a la de la mayoría de la gente.

Los escuchaba, los observaba, interpretaba sus conductas y descifraba sus sentimientos con facilidad, sin que estos llegaran a reflejarse en sí mismo.

No necesitaba vibrar con la misma emoción para entenderla.

Sin embargo, lo que Miguel estaba contando iba mucho más allá del rango de emociones en el que estaba acostumbrado a moverse y por un momento llegó a sentirse abrumado.

Por eso, cuando su amigo dejó de hablar, tuvo que tomarse un tiempo para ordenar sus pensamientos.

Se le ocurrían una serie de respuestas estándar con las que podría mostrar simpatía por Miguel y fingir que todo aquello tenía sentido, que lo comprendía y apoyaba.

Pero no era eso lo que quería, ya lo había decidido aún antes de que empezaran la conversación.

Sería honesto con él, como no lo había sido nunca.

Hecho número uno: Abel era un capullo abusivo que había hecho la vida de Miguel imposible.

Hecho número dos: Miguel quería vengarse, pero no matar a su hermano. La muerte no fue planeada.

Hecho número tres: Aunque no la buscara, Miguel se había alegrado de la muerte de su hermano.

Bien, era comprensible. Abel se lo merecía.

Hecho número cuatro: Miguel se sentía culpable por la muerte de su hermano.

¿Por qué? ¿Porque era su hermano? Podía llegar a comprenderlo, sí. Hasta ese punto, todavía lo entendía. Era contradictorio, pero posible. Los seres humanos tendían a desarrollar vínculos profundos con los que compartían su sangre, independientemente de los horrores a los que llegaran a someterlos.

Hecho número cinco: Miguel se encontraba perdido, desorientado, atrapado, confuso, se veía como un perdedor patético, alguien roto e imposible de amar…

No, a partir de aquí, Ángel ya no era capaz de continuar. ¿Cómo llegaba a esas conclusiones? ¿Qué camino seguían sus pensamientos para acabar en ese pozo sin sentido?

—No lo entiendo —respondió por fin. Y en cierto modo, sus propias palabras le supieron amargas—.

Abel se lo merecía, es normal que te alegres.

Y bueno, era tu hermano, puedo llegar a comprender que te sientas culpable, más aún si matarlo no era tu intención.

Pero ¿por qué estás tan perdido, Miguel?

¿Cómo es posible que Abel todavía tenga poder sobre ti?

Porque de eso se trataba, ¿no? De algún modo, su hermano seguía ejerciendo su influencia sobre él desde la tumba.

—¿Cómo no iba a tenerlo? Ya te lo he dicho, Abel era el dios de mi mundo. Me debía a él en cuerpo y alma. Todo lo que yo era, dependía de su palabra y cuando desapareció, dejó un vacío que nunca he sabido reparar.

Ángel reflexionó un momento sobre ello, hasta que una sonrisa contrajo sus labios.

—¿Era un dios? Entonces mataste a un dios, Miguel. ¿En qué te convierte eso a ti?

Confundido por la repentina pregunta, su amigo arrugó la frente.

—¿En el Diablo?

No pudo evitarlo, Ángel se echó a reír ante aquella respuesta tan infantil y poco precisa. Sus carcajadas parecieron molestar a su amigo, que realizó un mohín contrariado.

—¿Te parece gracioso?

—Oh, Miguel, vamos. Tú eres mejor que eso, piensa un poco más. ¿De verdad podría el Diablo matar a Dios? Eso asumiendo que ambos no fueran lo mismo, claro. No. Si crees que mataste a un dios, entonces solo hay dos opciones.

—Sorpréndeme.

Su amigo entornó los ojos, fingiendo estar molesto por el cariz que había tomado la conversación después de abrirse a él con toda honestidad.

Sin embargo, tras aquella expresión ceñuda, estaba claro que se ocultaba una intensa curiosidad.

En realidad, Miguel bebía con desesperación de cada una de sus palabras.

—Fácil. La opción uno es creer que, si puede ser derrotado, entonces no era un dios, por tanto, te deshiciste del falso profeta que trató de conquistar tu mundo. En ese caso, merecía la más cruel de las muertes y tú ejerciste un derecho que tenías más que ganado. Y luego está la otra opción…

Su pausa dramática tuvo el efecto deseado y Miguel se inclinó hacia él con ansiedad.

—¿Qué otra opción?

—Sí que era un dios. Y tú lo derrotaste. Y eso no te convierte en el demonio, Miguel. Te convierte en lo que eres. Mataste a tu dios y ahora debes ocupar su puesto.

El joven se quedó observándolo durante un rato, con la confusión danzando en sus pupilas.

Ángel le sostuvo la mirada. En ese momento se dio cuenta de lo ingenuo que había sido cuando se acercó a Miguel.

Sí, supo ver algo único en su interior, pero creía que estaba dormido y que sería él quien lo traería a la vida.

Nunca antes se había equivocado tanto. Su amigo ya había cometido la mayor de las transgresiones.

No contra las leyes de los hombres, esas eran externas, difusas, carentes de importancia.

Miguel había roto sus propias normas. No, no solo eso.

Las había pulverizado, le prendió fuego a su mundo y se revolcó en las cenizas.

El estudiante no había matado a su hermano, había destruido sus principios, las cadenas que lo retenían y dominaban.

Y no obstante, le había faltado el impulso necesario para dar el siguiente paso, para asumir el legado y permitir florecer a la hermosa criatura que estaba destinado a ser.

Tal vez ahí era donde Ángel debía intervenir.

Puede que lo que necesitaba hacer no fuera despertar al monstruo, sino darle la guía que hacía años había perdido.

Solo un pequeño empujón que lo acercara al sendero correcto y le permitiera caminar a su lado.

¿No sería eso maravilloso? Quizás la soledad a la que Ángel se creía condenado desde el día en que su sombra cayó sobre aquella charca estuviera a punto de terminar.

Por primera vez en mucho tiempo, empezó a creer que había otra opción para él, una en la que por fin fuera a ser comprendido.

Su amigo terminó por menear la cabeza y chasquear la lengua con desdén. A pesar de los esfuerzos de Ángel, seguía mostrándose escéptico ante sus palabras.