¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 1758h #3
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15 de abril, 2023. 1758h #3

—Todo eso son tonterías. Metáforas sin sentido. Abel no era un dios, yo tampoco. Simplemente, porque no hay dioses ni demonios, nada de eso es real. Lo único que existe es un montón de humanos estúpidos y crueles arrastrados por sus pasiones. Eso es lo que somos, todos nosotros.

—En eso estamos de acuerdo. —Y en cierto modo, Ángel se alegró de que Miguel tomara una actitud más directa.

Aunque las metáforas eran un entretenimiento intelectual divertido, había llegado la hora de hablar claro entre ellos—.

Pero ¿sabes qué? Humanos o dioses, nada de eso importa.

Tú estás vivo, Miguel, y tu hermano, no. ¿Entiendes lo que eso significa?

—¿Qué soy un asesino? —ironizó Miguel con una mueca.

—Significa que ganaste. Y eso no te hace patético. Te hace mejor. Mejor que Abel, sí, pero también mejor que todos los que te rodean. Tal vez ahora no puedas verlo, pero el día que dejes de avergonzarte de tu victoria, es cuando por fin serás libre.

Por alguna razón, aquel último comentario le resultó muy divertido a Miguel.

—¿Libre? Yo nunca voy a ser libre, Ángel.

—¿Uh? ¿Por qué no?

En lugar de responder, su amigo le lanzó una mirada significativa que el estudiante fue incapaz de interpretar. Parecía estar señalándolo a él, pero Ángel no entendía qué quería decir con aquello.

Ante aquel silencio cargado de confusión, Miguel se decidió a cambiar de tema.

—¿Por qué me besaste, Ángel? Ambos sabemos que yo no te intereso, así que, ¿en qué estabas pensando?

Bueno, había llegado el turno de Miguel para hacer preguntas.

No se iba a oponer a ello, el más joven le había contado todos sus secretos, quizás Ángel le debía un poco de lo mismo.

Aunque, si se trataba de ser sincero, lo cierto es que no estaba pensando en nada cuando lo hizo.

Ambos estaban muy cerca, Miguel no dejaba de mirarlo de aquella forma tan intensa, como si nada más que él importara, como si estuviera dispuesto a entregárselo todo, y por un momento, Ángel se dejó llevar por sus impulsos.

En realidad, nunca le habían gustado los besos y si hubiera estado pensando, lo más probable es que no hubiera hecho algo así.

Pero su cuerpo tenía otros planes y la sensación no había sido desagradable.

Y una vez que obtuvo la confesión de su pequeño Caín, no había vuelto a pensar ni por un instante en cómo se la había arrancado.

Pero Miguel se equivocaba en una cosa. ¿Que no le interesaba?

¿De dónde sacaba esa tontería? ¿No se daba cuenta de que él era la única persona interesante en el mundo?

¿Por qué si no iban a estar ahora allí sentados teniendo esa conversación?

No obstante, Ángel se guardó aquella apreciación para sí mismo.

Estaba dispuesto a exponerse, pero no tanto. Al menos, no todavía.

—Llevo toda la vida persiguiendo la emoción, pero nada de lo que hago ha logrado llenar el vacío en mi interior.

—Las palabras se escaparon entre sus labios antes de que tuviera tiempo de pensarlas con detenimiento.

Una cierta melancolía teñía su tono y Ángel se dio cuenta de que era la primera vez que decía algo así en voz alta—.

Sin embargo —continuó tras clavar una mirada profunda en Miguel—, tú rebosas sentimientos, se perciben a flor de piel, hasta el punto de que te anulan y ahogan, de que me resultan caóticos, incomprensibles, pero de alguna forma…

Tangibles. No lo sé, tal vez no seamos iguales y me equivocara cuando te lo dije.

Todo lo contrario, he empezado a pensar que en realidad somos dos piezas que se complementan y que, si me permites tomar parte de ti, quizás por fin alcancemos ese equilibrio perfecto que siempre nos ha parecido imposible.

Su amigo no pareció muy conmovido por sus palabras. Ángel acababa de abrirse a él como nunca había hecho con nadie y la respuesta que obtuvo fue una sonrisa mordaz.

—¿Alcanzar el equilibrio? Eso es lo último que esperaba escuchar de ti. Te pedí que no me mintieras, esa era mi única condición. ¿De verdad es tan difícil?

¿Habían sido sus palabras demasiado dulces para que Miguel las aceptara? ¿Tan mala era la imagen que tenía de él?

—Jamás en mi vida he sido tan honesto como ahora.

—En ese caso, eres incluso más ingenuo que yo.

—Y la sonrisa de Miguel se torció en una mueca angustiada—.

Tú y yo estamos destinados a destruirnos mutuamente.

Somos veneno el uno para el otro. Cuanto más nos acercamos, más fuerte se hace lo peor que hay en nosotros, mayor es nuestra oscuridad.

Y si seguimos así, terminará desbordándonos.

—Lo peor… —Ángel saboreó aquellas palabras, sin terminar de comprenderlas—. Lo que nos hace distintos, quieres decir. Lo que nos hace únicos, especiales. Mejores. ¿De verdad eso es tan malo? ¿Tanto te asusta descubrir quién eres detrás de la máscara?

—¡Por supuesto que sí!

Y en su expresión molesta, Ángel leyó todas esas dudas que Miguel no se atrevía a confesar ni siquiera ante sí mismo, las dudas impulsadas por un deseo prohibido que yacía en su interior. Y cuanto más trataba de negarlo, más difícil resultaba mantenerlo bajo la superficie.

—Mira, Ángel, te conozco desde hace mucho —continuó su amigo, tratando de mantener un tono sosegado, aunque sin poder ocultar la inquietud que lo dominaba—.

Desde el principio he sabido lo que eres y nunca he tenido miedo.

Traté de evitarte, porque sabía qué ocurriría si no lo hacía.

Pero eres un cabrón persistente, ¿verdad?

Y aquí estamos ahora. Y lo que sospechaba que ocurriría se está cumpliendo paso por paso.

—Ah, ¿ahora eres profeta?

Ángel no pudo reprimir el comentario sarcástico. Miguel lo ignoró por completo.

—¿Crees que no he notado el cambio en ti?

Tú mismo lo dijiste. Aunque deseas hacer cosas horribles, siempre te has reprimido.

Sea por el motivo que sea, has hecho un esfuerzo titánico por mantener a ese monstruo bajo control.

Pero ahora te miro a los ojos y me doy cuenta de que se vuelve más y más difícil.

Cada vez que hablas conmigo, que das un paso en mi dirección, que discutimos sobre moral, sobre leyes y sobre la humanidad, puedo sentir que te alejas más de tu disfraz de persona y te acercas a…