15 de abril, 2023. 1758h
En esta ocasión, el camino de vuelta al coche se le hizo mucho más corto.
Tal vez tuviera algo que ver con que ahora la maleta que arrastraba a sus espaldas se encontraba vacía, su funesta carga oculta por fin en el sitio al que pertenecía.
Le gustaría decir que su corazón se sentía igual de ligero, que experimentaba eso que suelen llamar alivio al haber resulto el terrible problema que había agitado todo su día, pero lo cierto es que nada había cambiado en su interior y lo más parecido a una emoción que experimentaba era el vacío en su estómago.
Desde el pequeño aperitivo en casa de Miguel no había tomado nada más en todo el día y ahora su cuerpo empezaba a mostrarse exigente.
¿Habría algún sitio de comida rápida por allí cerca?
Tal podría coger una hamburguesa y comerla en el coche mientras esperaban por Alicia.
Todos aquellos pensamientos se esfumaron de su mente en cuanto cruzó miradas con Miguel.
El joven se había quedado en el asiento del conductor, esperando la más mínima señal de peligro para cumplir con su tarea.
Y ahora sus ojos estudiaban a Ángel con atención, la ansiedad contrayendo su rostro y dándole ese aspecto de cervatillo asustado que tan bien le sentaba.
Ángel le dedicó una sonrisa y se apresuró a dejar la carga en el maletero antes de abrir la puerta y acomodarse en el asiento del copiloto.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿Por qué habéis tardado tanto? ¿Dónde está Alicia? ¿Y el cuerpo? ¿Qué… Qué habéis hecho con él? ¿Quién más había allí? ¿Qué…
—Eh, para, para —Ángel se apresuró a interrumpir la avalancha de preguntas de su amigo, que habían escapado de su boca con fluidez en cuanto cerró la puerta del vehículo—. Más despacio, ¿quieres? No puedo contestar a todo a la vez.
—Vale. Lo siento. Es que has tardado tanto… ¿Sabes lo preocupado que estaba? No te imaginas lo horrible que ha sido tener que esperar solo, sin tener ni idea de lo que estaba ocurriendo allí dentro.
Ángel chasqueó la lengua. En esta ocasión, no trató de contener su sarcasmo.
—Ah, sí, ya me imagino lo difícil que ha sido sentarse sin hacer nada mientras los demás nos ensuciábamos las manos. Perdona mi incomprensión.
No se había pasado la última media hora partiéndole los huesos a un cadáver mientras intentaba descubrir de qué iba Alicia para ahora tener que escuchar los lloriqueos sin sentido de su amigo.
Aquel día tan extraño ya había absorbido la mayor parte de su energía, la que le quedaba no era suficiente para fingir compasión ante un malestar que ni entendía ni le importaba.
—Yo no te obligué a entrar ahí. De hecho, te dije que no fueras. Así que si os ha ido mal, no tienes por qué pagarlo conmigo… —se quejó Miguel entre dientes, ofendido por su respuesta.
—¿Mal? No, ha ido muy bien. Incluso podría decirse que ha sido divertido. Alicia es una chica de lo más interesante.
El mohín molesto desapareció del gesto de Miguel, que de pronto pareció recordar todas las preguntas que habían quedado sin responder.
—¡Alicia! ¿Dónde está? No me lo has dicho.
—Vendrá más tarde. Dijo que sería inusual que saliéramos a la vez, que lo normal es que el cliente se marche y ella se quede duchándose y bueno… Atendiendo sus asuntos o lo que sea, pero no acompaña a nadie a la salida. Hacerlo de otra forma podría levantar las sospechas del gorila de la puerta.
—¿Os ha dado problemas? ¿Había alguien más allí?
—¿Problemas? Solo a mi cartera. —Ángel realizó una mueca al recordarlo—. Pero ese gorila, Gregori, es un auténtico idiota. Todo músculos y nada de cerebro, ni por un instante ha sospechado nada. Y no, no había nadie más.
En realidad, no era Gregori quien le preocupaba, sino Alicia.
Aunque lo que le había dicho sonaba coherente y podía tener sentido, no le hizo ninguna gracia dejar allí a la chica y volver por su cuenta.
¿Y si todo era una elaborada trampa? Nada le garantizaba que, nada más salir del piso, Alicia no hubiera corrido a contarle al portero lo que acababan de esconder en la habitación y qué pretendía hacer Ángel con el pen drive .
Tal vez en lugar de esperarla, deberían largarse de allí y acabar con esta historia de una vez.
Y luego podría ir a cenar con Miguel a algún sitio agradable.
Sin embargo, si Alicia quisiera traicionarlo, ¿por qué no hacerlo desde el principio?
Podría haberle contado a Gregori la verdad en cuanto entraron.
Ángel estaba bien entrenado y se sentía capaz de luchar contra aquel hombre, pero eso Alicia no podía saberlo.
Habría sido mucho más fácil y rápido para ella dar la voz de alarma en ese momento.
Y se habría ahorrado la visión de su amiga muerta siendo reposicionada con tan poco tacto.
Puede que su desconfianza estuviera siendo excesiva, no sería la primera vez que le ocurría algo así.
Era difícil fiarse de las intenciones de los demás, siempre parecían estar aguardando el momento adecuado para saltar sobre él y apuñalarlo por la espalda.
Fuera cual fuera el verdadero plan de Alicia, al final Ángel se decidió a continuar con lo acordado.
Sentía demasiada curiosidad por saber qué iba a hacer la chica como para largarse ahora.
Si se iban en ese momento, era posible que jamás volviera a verla y sería una lástima que aquella interesante historia se quedara a medias.
Su atención volvió a dirigirse hacia Miguel, cuyos labios acababan de esbozar una nueva pregunta.
—¿Perdón? ¿Qué decías? —Estaba tan perdido en sus pensamientos que no había escuchado sus palabras.
—El cuerpo —repitió su amigo con impaciencia—. ¿Qué habéis hecho con él?
—Ah, sí. A ese respecto, hemos tenido bastante suerte. El suelo tiene un doble fondo, así que he levantado unas cuantas tablas y lo hemos metido debajo. Con un poco de suerte, tardarán bastante en darse cuenta de que el piso tiene un nuevo inquilino.
La sonrisa divertida de Ángel no se vio correspondida por el gesto de Miguel, que se mostraba más bien preocupado. ¿Qué era lo que le angustiaba ahora?
—¿Crees que la policía lo encontrará?
Ángel ladeó la cabeza. Lo cierto es que no se lo había planteado.
Alicia estaba segura de que ese piso sería de los primeros que registrarían, por eso lo había elegido, pero a decir verdad, le daba igual lo que pasara con el cuerpo de Anna.
Mientras no lo relacionaran con él, que lo encontraran o no ya no era asunto suyo.
Cualquier preocupación que pudiera sentir por el destino del cadáver desapareció en cuanto colocó el último tablón de madera.
Ahora era problema de los dueños del piso, ¿por qué iba a importarle si la policía lograba recuperarlo?
Y no obstante, aquella idea sí parecía molestar mucho a Miguel.
—Supongo que sí —comentó tentativamente. ¿Era eso lo que quería oír? —. Registrarán el piso de arriba abajo, buscarán drogas, dinero, otras pruebas… Puede que hasta lleven perros. Y el cuerpo terminará oliendo. Si no lo encuentra a la primera, algún vecino molesto dará la voz de alarma.
—Eso espero —murmuró el joven. Sonaba solo aliviado en parte.
—¿Por qué te preocupa?
—¿Cómo no va a preocuparme? Esa pobre chica… —Miguel meneó la cabeza—. Nadie merece acabar sus días así, enterrado bajo un falso suelo y olvidado por todos, sin que se haya hecho justicia. Deberían encontrarla para que así el mundo sepa lo que le ocurrió de verdad.
Menuda estupidez. Anna estaba muerta, ¿acaso Miguel lo había olvidado?
Ya no sentía nada, ni frío, ni miedo, ni rabia, ni desde luego ganas de justicia.
¿Qué importaba que el mundo lo supiera? Las cosas no cambiarían para ella, simple y llanamente, porque ya no existía.
La persona que fue se había esfumado. Sin embargo, en esta ocasión Ángel hizo el esfuerzo de morderse la lengua.
La cruda realidad no era algo que su amigo pareciera dispuesto a recibir en ese instante.
Además, había cosas que le interesaban mucho más que una discusión sobre la justicia y el descanso de las almas en condiciones decorosas.
—La encontrarán, no te preocupes. Pero creo que tú y yo tenemos una conversación muy importante pendiente.
—No creo que sea el momento… —murmuró Miguel, la vista clavada en algún punto lejano del horizonte. Estaba claro que había entendido a lo que se refería.
—Sí, claro que sí. Alicia aún tardará un rato. Vamos, la parte más difícil ya está hecha.
—¿Qué es lo que quieres, Ángel?
—Entenderte, por supuesto. Mataste a tu hermano… —El recuerdo de aquella confesión le arrancó una sonrisa—. Creía que había sido un accidente.
—Y en cierto modo, lo fue. Pero al mismo tiempo, no.
¿A qué venía aquella ambigüedad? Su amigo no lo estaba poniendo fácil.
—Puedes contármelo, Miguel. Sabes que no voy a juzgarte. Todo lo contrario. Siempre supe que había algo especial en ti, algo que hacía que mereciera la pena conocerte. Así que por favor, déjame verlo. No hace falta que te escondas de mí. Muéstrame tu lado más brillante.
—¿Brillante? ¿Especial? —Su amigo soltó una carcajada amarga—. No sé en qué estás pensando, pero me temo que no es tan jugoso como imaginas. En realidad es bastante patético, como todo lo que tiene que ver conmigo.
—Ah, mírate, ya estás otra vez. —Ángel casi se sintió indignado ante esas palabras—. He conocido a miles de personas patéticas a lo largo de los años y tú no estás entre ellas.
De hecho, se atrevería a decir que, con la honrosa excepción de Miguel, su hermana y él mismo, el resto de seres humanos eran patéticos hasta la médula. ¿Por qué su amigo seguía tratándose de esa forma?
—Escúchame primero y cuando acabe dime si todavía piensas igual.