8 de abril, 2016
El tiempo y la experiencia terminaron por convertirla en un animal nocturno.
También era así para los otros niños que vagabundeaban en las calles de la gran ciudad.
Escondidos en los túneles, en las estaciones de metro y en las casas vacías, intentaban descansar durante el día, resguardándose como podían del ajetreo de un mundo demasiado ocupado para reconocer su existencia.
Era por la noche cuando muchos comenzaban su actividad.
Vendían su cuerpo a cambio de algunas monedas o por un plato de comida, asaltaban a borrachos distraídos y se hacían con sus carteras, corrían por Moscú, vaciaban botellas de vodka para entrar en calor y volaban lejos, muy, muy lejos, cuando los efectos del pegamento les alcanzaban el cerebro.
Por supuesto, si lo que querías era mendigar, resultaba más fácil hacerlo de día, pero el que luego pretendiera dormir por la noche, tenía que asumir los riesgos del frío invierno y los peligros que yacían en la oscuridad.
Cada uno tenía su forma de sobrevivir y los demás no solían inmiscuirse demasiado en las del resto.
Si funcionaba para ti, entonces ¿qué importaba lo que hicieras?
Alicia había corrido mucho aquella lejana noche de marzo y solo cuando amaneció se detuvo para esconderse.
Tenía miedo de que su padre fuera a buscarla o de encontrarse a su madre y que la llevara de vuelta a casa.
Por eso comenzó a moverse en las sombras, siempre de noche, buscando comida en la basura y recogiendo monedas del suelo y las fuentes.
Fue así como encontró a los demás niños.
Había muchos otros como ella, hijos de la tragedia que optaron por entregarse a las despiadadas calles en pos de la salvación frente a los horrores que experimentaban en sus hogares y orfanatos.
Al principio le asustaron, no tenían buen aspecto, eran groseros y en ocasiones incluso agresivos, casi peor que sus hermanos, pero pronto comprendió que la vida sería más fácil si contaba con algunos amigos.
Además, los más mayores estaban organizados y había grupos diversos a los que tener en cuenta si no quería meterse en problemas.
Ni siquiera en la calle podía ser libre, dependiendo de dónde se encontrara y lo que hiciera, quizás tendría que rendir cuentas a adolescentes poco agradables.
Lo mejor fue unirse a un pequeño grupo con el que colaborar en su día a día, a cambio de la poca protección que se pudieran brindar unos a otros.
Y así pasaron los años. El vodka la ayudó a sobrellevar los duros inviernos, pero jamás tocó el pegamento.
Los otros chicos se perdían por él. Era su válvula de escape, lo que les permitía olvidar quiénes eran y elevarse sobre su miseria, sentir la euforia de la huida y desaparecer durante al menos un rato.
Alicia no quería esto para sí misma. Ella no podía olvidar.
Necesitaba recordar cada golpe, cada traición, cada desprecio.
Se aferró a su sufrimiento con toda la pasión que su joven corazón le permitía.
Ella era una superviviente. Sobreviviría no importaba qué.
Si se olvidaba de sí misma, si se dejaba arrastrar por la fantasía de libertad que proporcionaba aquella droga, quizás perdiera su camino, el objetivo se desvanecería ante sus ojos y su vida acabaría en el mismo pozo sin fondo en el que había comenzado.
No, Alicia no renunciaría a ser quién era, ni siquiera por un momento de alivio y placer.
Se mantendría centrada en su realidad y recordaría todo el dolor para algún día lograr alzarse sobre él por sus propios medios, de forma real y definitiva.
Y cuando llegara ese momento, nadie volvería a hacerle daño.
Pronto aprendió que si quería llenarse el estómago, robar de vez en cuando unas cuantas monedas o la cartera de algún turista distraído no sería suficiente.
La imagen de lo que su padre hacía con sus hermanas jamás había desaparecido de su mente y, a medida que crecía, fue tomando consciencia de que su cuerpo tenía un valor especial al que podía sacarle provecho.
Muchos de los otros chicos lo hacían, tanto niños como niñas, y eran los que mejor conseguían alimentarse.
¿Qué le impedía intentarlo a ella? Si sus hermanas lo habían aguantado, Alicia no iba a ser menos.
Lo importante era salir adelante, daba igual cómo.
La primera vez estaba nerviosa, asustada ante lo que pudiera ocurrir.
Era mucho lo que no sabía ni llegaba a comprender.
El tiempo y la experiencia la ayudaron a acostumbrarse.
La mayoría ni siquiera querían ir tan lejos como lo hacía su padre.
Se conformaban con sus manos o su boca y luego le daban unos pocos billetes con los que la chica podía comer hasta varios días, si tenía suerte.
Con otros no era tan sencillo y en más de una ocasión se encontró en una situación peligrosa de la que tuvo que huir para evitar el daño.
Los años le permitieron perfilar su instinto y la hicieron más selectiva, pero también más apreciada por los clientes.
Su aspecto pequeño y adorable contrastaban con el salvajismo que brillaba en su mirada y la dureza de sus gestos, algo que muchos encontraban excitante, para suerte o desgracia de la niña.
Esa noche no le había ido demasiado bien.
Las calles estaban más silenciosas de lo habitual y nadie se acercó a la zona por lo que se movía.
Tampoco había encontrado a un cliente adecuado el día anterior y el hambre en su estómago comenzaba a resultar demasiado pesada.
Tenía que buscar una solución, aunque eso requiriera cambiar de estrategia.
El bulto que logró vislumbrar en un callejón a su izquierda le dio una idea.
Alicia se acercó con sigilo a echar un vistazo.
Se trataba de un hombre adulto, tal vez de unos cuarenta años, aunque era difícil decirlo.
Entre la oscuridad y las malas circunstancias de la calle, uno nunca podía estar seguro de las edades de los demás.
El hombre dormía sobre unos cartones y se cobijaba entre mantas sucias.
A su alrededor había varias botellas vacías de vodka y un conocido olor emanaba de él, provocando que Alicia arrugara la nariz y un sentimiento mezcla de asco y odio se alzara en su pecho.
Aquel imbécil no debía ser muy distinto de su padre.
El pensamiento cruzó veloz por su mente, pero enseguida lo descartó.
Lo que le interesaba no era eso, si no lo que yacía justo a sus pies, la vieja gorra llena de monedas y algún billete que descansaba junto a la cabeza del hombre.
Aunque tenía la mano posada sobre ella, el poder del sueño había aflojado su agarre.
Si se daba prisa, podría cogerla y salir corriendo antes incluso de que el mendigo tuviera tiempo de comprender lo que había ocurrido.
Lo había hecho mil veces. Un gesto rápido era todo lo que necesitaba. ¿Por qué no funcionó está vez? ¿Cómo era posible que aquel hombre le agarrase la muñeca en el mismo instante en el que notó el tirón? Quizás no estaba tan dormido como aparentaba…
Sus ojos acuosos se clavaron en ella y la confusión enseguida dio paso a la rabia. Llevaba un gorro que le cubría la frente y las orejas y una barba larga y desarreglada. Alicia se retorció para intentar escapar, pero el hombre solo aumentó la fuerza con la que la sujetaba.
—¿Qué coño haces, ladrona?
Cuando habló, el olor a alcohol se hizo más notorio. La joven tampoco pudo evitar notar que le faltaban varios dientes y los que le quedaban tenían un desagradable color marrón.
—¡Puto borracho! ¡Suéltame de una vez!
—¿Y dejar que tú y tus amiguitos os llevéis mi dinero? ¿Dónde están los otros, pequeña zorra?
No había nadie, no esa noche. Alicia se había alejado de su barrio por cuenta propia. Ninguno de los chicos iba a poder ayudarla. La comprensión de esto cayó como una losa sobre sus hombros, aunque la joven se esforzó por disimularlo. No podía dar muestras de miedo o estaría perdida.
—¿Y a ti que te importa, vago de mierda? No te mereces ese dinero. ¡Deberías estar trabajando, como los hombres de verdad! Eres basura, cabrón. Sería mejor que te murieras. —La chica gritó todo aquello de golpe, sin dejar de forcejear en ningún momento—. ¡Suéltame de una jodida vez!
No vio venir el golpe. Se había enfrentado a muchos mendigos antes, como los demás niños.
Se habían reído de ellos, los habían golpeado, escupido, robado…
Eran unos fracasados, adultos incapaces de ganarse la vida, no se merecían ningún tipo de respeto.
Y aun así, nunca le habían pegado. A veces respondían con insultos y escupitajos, otras, se limitaban a alejarse o mostrar actitudes tristes.
¿Pero coger una botella de vodka y golpearle en la cabeza con fuerza suficiente para que se rompiera en pedazos? Eso era nuevo.
Alicia se desplomó sobre el suelo con un ruido sordo. El dolor nubló sus sentidos por un instante y, cuando se quiso dar cuenta, el hombre se encontraba sentado a horcajadas sobre ella. Antes de que pudiera decir nada, recibió una bofetada cuyo eco resonó en el callejón.
—¡¿A quién llamas vago, ladrona?! —Otra bofetada y los oídos de Alicia comenzaron a zumbar—. Yo me he ganado este dinero, es mío. Si tanto lo quieres, tendrás que trabajar por él.
El dolor en su rostro despertó los viejos recuerdos.
Habían pasado muchos años y nada había cambiado.
Su padre estaba allí de nuevo, gritando cosas sin sentido, haciendo exigencias, castigándola por pasar hambre, provocando que su cuerpo temblara, sus piernas se sintieran débiles y su cabeza a punto de estallar.
El hombre deslizó las manos por debajo de su camisa hasta alcanzarle los pechos, que comenzó a apretar y frotar con ansiedad.
—Eres una puta de mierda, ¿crees que no lo sé? ¿Pensabas alimentarte a mi costa? Entonces tendrás que compensármelo.
¿Dónde había oído aquello antes? ¿No se lo habían dicho a Arisha, que se había quedado callada como de costumbre, apenas una muñequita dócil que permanecía inmóvil ante los abusos?
¿O tal vez a Lera, que no dejaba de llorar y gimotear mientras su padre entraba y salía de ella, recordándole lo duro que trabajaba para poner el pan sobre la mesa, lo mucho que se debía a él?
¿Eso era lo que iba a ocurrir? ¿Al igual que a sus hermanas, un borracho le arrancaría la ropa y la tomaría a la fuerza a cambio de algo para comer?
Pero ella no era Arisha, la chica que nunca protestaba.
Tampoco era Lera, la que siempre estaba enferma y triste.
Era Alicia, la niña que había escapado hacia lo desconocido, se había enfrentado al peligro y estaba dispuesta a todo para sobrevivir.
Alicia no había huido de su padre para acabar de nuevo en sus garras.
Y la energía que la había dominado aquella noche hacía cinco años la invadió de nuevo.
Ese mismo impulso que la empujaba a actuar sin pensar, con una fuerza que jamás habría creído posible en ella, tomó una vez más el control de su cuerpo.
El extremo de la botella de vodka con la que había sido golpeada se encontraba a su alcance y pronto estuvo en su mano.
Lo demás ocurrió muy deprisa. Antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo, el cristal se había hundido en el pecho de aquel hombre, que soltó una exclamación sorprendida.
Pero eso no era suficiente. La imagen de su padre no desaparecía de su mente y de pronto todo el odio que habitaba en su interior desde que tenía memoria estalló en una nube de sangre.
Empujó al hombre hacia un lado y atacó de nuevo.
Una y otra vez, puñalada tras puñalada, la camiseta del mendigo se tiñó de negro.
Ni siquiera tuvo la oportunidad de defenderse, tan sorprendido por la respuesta agresiva de la joven que no hubo ocasión de reaccionar.
Y Alicia continuó hundiéndole el cristal en el pecho a pesar de su quietud.
Una sensación de euforia le erizaba la piel y el gorgoteo agonizante del hombre se convertía en una dulce melodía en sus oídos.
La joven terminó agarrándolo del pelo y tirando para alzar su cabeza antes de rajarle el cuello de lado a lado, tan profundo que la botella se partió de nuevo y un gran trozo de cristal se quedó atrapado dentro.
Después de aquello Alicia cogió las monedas y los billetes, se los guardó en el bolsillo y volvió a correr como ya hizo años atrás.
No podía volver con los suyos, lo sabía.
Acabarían descubriendo lo que había ocurrido.
Tal vez no se esforzarían demasiado en encontrar al asesino de aquella basura, después de todo, le había hecho un favor a la sociedad, pero aun así, estaba cubierta de su sangre y ella tampoco agradaba a la policía.
Si tenían la oportunidad, intentarían encerrarla.
No podía quedarse allí, la certeza la golpeó con tanta fuerza que tuvo que detenerse, mareada ante su realidad.
Rusia no era su lugar, nunca lo sería. Mientras siguiera en aquellas calles, no podría escapar de su destino.
Tenía que irse lejos, tanto como pudiera.
No tardó en recordar la oferta que había recibido hacía unos días.
Se la llevarían a trabajar a otro país de Europa, decía la agradable joven.
Sería un buen trabajo, tendría una casa, un sueldo, todo a cambio de limpiar, nada más.
Por fin abandonaría la calle. Por supuesto, Alicia no era estúpida, sabía que era mentira.
Querían vender su cuerpo a personas que pagaban más caro.
Al principio había dicho que no. Al fin y al cabo, si iba a hacer lo mismo, ¿no era mejor que todo el dinero se lo quedara ella?
Si se iba con esa gente, apenas vería una pequeña parte de lo ganado.
Eso si no se lo quedaban todo y la esclavizaban por completo, claro.
Una sonrisa amarga torció su gesto. Estaría bien verlos intentarlo.
No, ella era más lista, más rápida, más fuerte.
¿Querían utilizarla? Entonces sería Alicia la que los utilizara a ellos.
Serían su billete para salir de Rusia. Y una vez lejos, trabajaría, sí, se ganaría su confianza, descubriría sus puntos débiles y, cuando menos se lo esperaran, atacaría con todo lo que tenía, al igual que acababa de hacer con ese mendigo.
Estaba decidido. Encontraría a aquella mujer de voz suave y actitud amigable y fingiría creerse todas sus mentiras.
Sería paciente, esperaría y aprendería. Y cuando todo acabase, se alzaría una vez más, tal vez como aquella noche, cubierta de sangre, temblorosa y desquiciada, pero libre y preparada para hacer lo que siempre había hecho.
Sobrevivir.